Juego trancao: entre los "votocomosea" y la olla de presión
Entre el encierro y la distancia se difumina la opción que ya parece depender de decisiones ajenas. Y frente a esto, los "votocomosea" con el mero afán de creer en su ilusión
Entre el encierro y la distancia se difumina la opción que ya parece depender de decisiones ajenas. Y frente a esto, los "votocomosea" con el mero afán de creer en su ilusión

Esto ya fue, ¿no? Al menos este capítulo habría que aceptar que tuvo victorias, derrotas y un cierre inconcluso -como siempre- que posiblemente se resuelva en la próxima temporada. O no. De momento, es juego trancado.
Y no es la primera vez. Ya hemos estado aquí. Aunque nunca con tanta firmeza, con el respaldo concreto de unas pruebas que permiten una explicación simple y directa, sin andar con vainas rebuscadas e incomprensibles como el cisne negro o cualquier tipo de masturbación estadística sólo apta para iniciados. ¿Y qué logramos? Se logró eso pues. Lo otro, no. ¿Por qué? Mira, porque no estás enfrentando a mochos ni a gente sin estrategia. Al contrario: siempre han tenido suficiente motivación para quedarse y el poder para hacerlo.
¿Entonces todo fue en vano? No lo diría de esa manera porque no es cierto. Hubo logros importantes que podrían tener consecuencias en el futuro. Podrían, no hay que dar cosas por sentado. Lo que sí es un hecho que hay que aceptar es que al día de hoy ni la estrategia de lo que llaman máxima presión, ni la de los “votocomosea” va a redundar en algo positivo. O en algo, ya que estamos.
Mientras la figura del señor embajador se difumina en la distancia geográfica y los comunicados, a ella -a quien el país opositor debería estarle agradecido por su entrega y lo que consiguió- limitada en su clandestinidad y al trabajo político a través de Apps, se le percibe girando sobre la misma estructura de su discurso, dando vueltas sobre su idea del cómo, enumerando siempre los logros, pero confiando demasiado en que ese mismo team en DC que parece encaminado a un desastre económico e institucional en su propio país hará cosas acertadas con respecto a Venezuela. Se le percibe aferrada a una convicción con más fe que sentido práctico y en política puede que la fe ayude un poquito, pero no basta con rezar.
Segura de que las cosas son como se plantea en su esquema, no hay manera de contradecirla, de que considere alguna otra opción. Ni a ella, ni a sus fanáticos más rabiosos que te dicen cualquier cosa: normalizador, hereje.
Pero es que, claro, ¿cuáles son las opciones? La que están poniendo en la acera contraria es la de ir a participar en las elecciones regionales y parlamentarias. Y tal como se ve la situación, avanzando por esa acera tampoco se conseguirá nada. Es solo la posibilidad de unas migajas.
Y no es por abstencionista ni porque uno crea que no votar podría tener consecuencias positivas. En absoluto: no votar es la nada. La abstención no tiene efectos prácticos, aunque debería. Pero también hay que verle la cara a votar sin elegir (cosa diferente podría ser la que sigue: el consultivo anunciado).
Pasemos por encima del detallito de que dijiste -y lo sigues diciendo- que te robaron el resultado del evento del año pasado y sin embargo dices creer que hay que ir a contarse otra vez. Obviemos eso por unos minutos…
Los “votocomosea” decidieron que el territorio para su cruzada es X. Creen que por un milagroso efecto amplificador sus 700 o 1.000 seguidores se convertirán en millones de evangelizados por su prédica electoral. A veces pareciera que pactan horas específicas para lanzar un tuit tras otro denostando de “la señora” y advirtiendo que lo único que le queda a este país es ir a votar sin importar nada más, ni siquiera que el voto no elija, que lo de ellos es otra cosa más elevada: se trata de inspirar, de protestar. El voto como piedra, marcha, tranca: pura metáfora.
Y se le pasan los días en eso. ¿Viste que a veces te pones a ver el TL y ni cuenta te das de que dejaste dos o tres horas ahí perdidas? Más o menos así.
A los promotores de la movida “votocomosea” no les ha alcanzado el tiempo para verificar el cronograma del organismo electoral, formalizar alguna auditoría, revisar si hay o no irregularidades en el registro, reclutar y preparar a los testigos de mesa, diseñar la logística. Ni siquiera saben bien quiénes serán los candidatos a los que van a apoyar. Salvo dos o tres nombres, ¿quiénes se lanzan respaldados por quiénes? ¿Cuándo les toca inscribirse? ¿Pueden hacerlo o están inhabilitados? ¿Están en capacidad de vigilar las mesas electorales y hasta de llevarle un sanduchito a los testigos?
No hay respuestas, lo que cuenta es que los vean tuiteando, que tomen nota de que ellos sí, claro, que la que no quiere es ella. Y así como la «máxima presión» -al menos como va- no va a lograr nada salvo terminar de jodernos la vida a todos, ir a votar como sea tan poco aportará gran cosa. La ilusión de un par de gobernaciones, dos o tres diputados que se hacen pasar por opositores. Guabineo, pose, cadena corta y te me portas bien.
¿Qué hacemos? ¿Cuál es la solución? Hermano, te hablo claro: yo no sé. Y si lo supiera, no lo diría por aquí porque ya tú sabes…