CUMIS: 10 años disminuyendo brechas de salud y educación en Venezuela
El grupo de extensión universitario CUMIS cumple 10 años recorriendo Venezuela ofreciendo atención médica e insumos sostenibles para comunidades criollas e indígenas | Por Alejandra Otero
El amanecer en el Delta del Orinoco viene acompañado de sensaciones: sobre el caudal del río se reflejan toda una variedad de colores afables; el aullido de los monos araguatos parece deslizarse desde la copa de los árboles y el sonido de las canaletas al golpear el agua es como el latido de la experiencia de estar aquí.
El Delta despierta temprano. Son días de jornada médica. Es el 5to año seguido que viene CUMIS y la gente está al tanto, los conocen.
“Vine a arreglarme la muela que está deteriorada. Es la primera vez que vengo. Me enteré porque nos invitaron. Yo vivo lejos, en la comunidad de Manamito. Vinimos en una curiarita y salimos de madrugada, tardamos cuatro horas en llegar”, cuenta María, una joven warao de ojos miel.
CUMIS es el Campamento Universitario Multidisciplinario de Investigación y Servicio, un proyecto desarrollado por sociedades científicas estudiantiles de diferentes universidades enfocado en la salud.
Una pequeña escuela rodeada de manglares recibe al grupo de médicos, odontólogos, psicólogos, y sobre todo, estudiantes que año tras año visitan el Caño Manamo, el sector más oeste del Delta, con el fin de llevar atención médica especializada y educación sanitaria enfocada en la prevención.
El Delta del Orinoco está a más de 700 kilómetros de Caracas, a 110 kilómetros de Tucupita y a 250 kilómetros de Maturín. En Boca de Uracoa, Monagas, las carreteras dejan de existir y las bifurcaciones del Orinoco se enredan hasta encontrar con desespero el paso al Atlántico.
A lo largo y ancho del río brotan comunidades dispersas sobre islas fluviales, adornadas con altos morichales que sustentan a sus habitantes. Trasladarse en este entorno es un desafío que tarda horas, y a veces, días.
Este es el hogar ancestral de más de 25.000 personas pertenecientes a la etnia warao, la población humana más antigua en Venezuela, según estimaciones antropológicas. Su cultura y su lengua siguen latiendo con fuerza, aun conviviendo con comunidades criollas y mestizas.
Las consecuencias del aislamiento, no son sólo geográficas sino también sanitarias. Los warao son una de las poblaciones con mayores dificultades de acceso a centros de salud. Un grupo de antropólogos y especialistas de salud declararon para Correo del Caroní que “las condiciones de vida de los warao son las más precarias de todo el país”.
Esto se refleja en cifras. Según un informe de la Fundación La Salle de Ciencias Naturales (2021), 95% de la población padece de parasitosis, incluyendo malaria, y otras enfermedades como el cólera, la tos ferina y la tuberculosis que suelen ser comunes en la zona. Una investigación realizada por la Universidad Federal do Piaui en Brasil, en 2020, lo reafirma apuntando que la tuberculosis tiene una incidencia 13 veces mayor en la población warao que en la no indígena y que la diarrea es la principal causa de mortalidad en la zona.
Las cifras encuentran eco en las voces de sus habitantes. Abel, un residente de la comunidad El Guamal, comenta que estuvo hospitalizado por diarreas, producto de una parasitosis, este mismo año. “También es bastante común en los niños de la comunidad”, agrega.
El himno nacional en warao, pegado en las paredes del ambulatorio. Foto: Alejandra Otero.
Según un informe de Provea que analiza las condiciones de salud y alimentación del pueblo warao (2020), parte de estos problemas de salud están determinados por falta de acceso a servicios básicos como agua potable y sistemas de eliminación de excretas y desechos sólidos, así como también por deficiencias nutricionales vinculadas a situaciones de pobreza y desigualdad.
La situación de salud de los habitantes del Delta del Orinoco se ve agravada aún más por la crisis socioeconómica compleja que Venezuela atraviesa en la última década.
Sin embargo, existen esfuerzos de distintas instituciones que buscan reducir la brecha sanitaria a través de iniciativas basadas en el respeto multicultural, integrando la medicina tradicional indígena con la medicina multidisciplinaria occidental. Ese es el trabajo de CUMIS. Una agrupación estudiantil que se suma desde la academia, transformando conocimiento y vocación en acción solidaria, para llegar tanto al Delta, como a otras poblaciones remotas durante todo el año.
“El impacto de nuestro trabajo no solo es hacia las comunidades indígenas que asistimos, sino también hacia los estudiantes. Aquí, ellos conocen esa Venezuela profunda que no ven en Caracas. Se sensibilizan, investigan y se convierten en médicos integrales”, explica el doctor Ricardo Blanch, catedrático de la facultad de Medicina de la UCV y médico ginecoobstetra, quien participa en las jornadas de CUMIS todos los años y busca integrar la enseñanza en el campo.
Orígenes de CUMIS
En 2014, Maura Álvarez, una alumna del 5to año de Medicina de la Universidad Central de Venezuela ideó un proyecto que originalmente incluía a 10 personas, tanto médicos, como estudiantes. Se trataba de una jornada de atención -que posteriormente incluiría psicología y odontología- en Maniapure, una comunidad al sur del río Orinoco en el estado Bolívar. Especializar la atención médica en comunidades indígenas era el factor diferenciador de este proyecto.
La idea tomó fuerza. La suficiente para ganar un concurso de la Federación Latinoamericana de Sociedades Científicas de Estudiantes de Medicina (FELSOCEM), en la que alumnos de toda la región latinoamericana postularon proyectos de investigación científica. Este fue el origen del Campamento Universitario Multidisciplinario de Investigación y Servicio (CUMIS).
El aval de una organización prestigiosa permitió que el proyecto de 10 personas de ir una semana a Maniapure se expandiera. Y en la primera jornada terminaron viajando aproximadamente 30 personas. “Ahora CUMIS es 10 veces más grande, y es lo que es gracias a las generaciones que vinieron después”, afirma su fundadora, Maura, quien ahora es pediatra y tiene un postgrado en salud pública en Harvard.
Fue su experiencia en CUMIS lo que hizo que ella confirmara que su vocación como médico era la salud pública: “No me gusta el trabajo de escritorio y esperar a un paciente, me gusta ir a donde está él. Entender su contexto y trabajar desde la prevención”.
A las jornadas de atención sanitaria de CUMIS en el Delta del Orinoco, los niños, niñas y adolescentes llegan en curiaras tras varias horas de traslado. Es una alegría, pero también un esfuerzo colectivo. Foto: Alejandra Otero.
Hace 10 años, CUMIS solo visitaba Maniapure. Hoy ya son 10 comunidades en todo el país que conforman la “Ruta CUMIS”: La Guajira, Zulia; Playa Colorada, en Sucre; San Rafael de Mucuchíes en Mérida; Araure, en Portuguesa; Cataniapo, en Amazonas; Caruao y La Sabana en La Guaira; Delta del Orinoco, entre Monagas y Delta Amacuro; Y Wonken, Maniapure, y Caño Pendare en Bolívar.
“La importancia de visitar los mismos destinos radica en poder observar si el trabajo está teniendo efecto”, aclara Nicole Morante, estudiante de Medicina y coordinadora del Comité de Secretaría de CUMIS: “Se conoce a los pacientes, ellos conocen al equipo, y se crea un vínculo. A nivel científico, se realiza trabajo de investigación donde se estudia la prevalencia e incidencia de enfermedades, y ciertas patologías características de diferentes comunidades, permitiendo comparar si, por ejemplo, tras dar charlas sobre parasitosis, hay una menor incidencia al año siguiente”.
Desde los inicios de la organización, la autogestión y el trabajo en equipo han sido pilares fundamentales.
Oneidys Vizcaya, excumista en el 2019 y ahora médico cirujano, recuerda cuando los costos de logística, alimentos y transporte se cubrían con cuotas de los participantes. “Hoy CUMIS se transformó en una fundación. La organización comenzó a trabajar en proyectos más grandes con embajadas y otras instituciones, desarrollando una estructura sólida y un mayor sentido de pertenencia entre sus miembros”.
José Gregorio, el del milagro
La incidencia de la atención médica de CUMIS tiene nombre y apellido. Este año, en el Delta del Orinoco, fueron 1.629 consultas -y entre caras conocidas y acentos acelerados hubo reencuentros. Una de las consultas fue la de José Gregorio, un niño de 4 años que asistió a pediatría.
La doctora Yatrci Galvis, o Chachi, como la llaman de cariño, asistió por primera vez al Delta en 2021. Al ser oriunda de Bolívar, siempre se vio cercana a las comunidades indígenas. “Los primeros años de mi vida viví cerca de las minas, todos mis amigos eran niños indígenas”, recuerda.
José Gregorio no tenía nombre cuando llegó al centro de asistencia de CUMIS. Su caso era delicado, pero sobrevivió. Foto: Archivo CUMIS
La oportunidad de regresar a una comunidad indígena, ahora graduada como pediatra, le emocionó profundamente, sobre todo, después de haber migrado a Caracas.
Chachi recuerda con claridad la llegada de José Gregorio el penúltimo día de jornada de 2021. En ese momento, el bebé de 17 días no tenía nombre. “Estaba con unos pacientes, cuando la doctora Verónica y la doctora Sol me dijeron ‘Chachi ven acá’”.
Llegó un bebé embojotado en los brazos de su padre Elio, con marcas de sarna sobre su piel y mirada perdida. Tenía signos claros de meningitis y más de 24 horas sin comer. Todo indicaba que el niño no sobreviviría.
Los cuidados paliativos en el ambulatorio eran insuficientes y a la familia se le complicaba el traslado a un centro de salud en Tucupita o Maturín. Pero había que hacer algo. El equipo de pediatría, junto con algunos estudiantes, prepararon toallas, buscaron glucosa, ampollas, molieron antibióticos y colocaron suero; un tratamiento insuficiente para el estado de sepsis del niño.
José Gregorio sobrevivió y ahora habla, juega y ríe. Su madrina Chachi lo recibió durante la última jornada. Foto: Alejandra Otero.
“Pensábamos que no iba a sobrevivir, y a petición de su familia, también le echamos una agüita. Lo bautizamos”, cuenta la doctora Sol Rivas. Los padres y las doctoras, ahora madrinas, se pusieron de acuerdo con el nombre: José Gregorio.
Pasaron 48 horas y el equipo de CUMIS llegó hasta la casa de la familia. El tratamiento había sido efectivo. “Ese niño era otro. Era un milagro. La piel era otra, ya no tenía marcas de escabiosis. Agarraba teta. Su mirada ya no estaba perdida. Estaba rozagante”, rememora Sol.
El pronóstico que indicaba que José Gregorio iba a morir siendo un neonato se disipó, y ha crecido como un niño feliz, haciéndole justicia a su nombre. La comunicación entre Chachi y la familia de José Gregorio se mantiene a pesar de la distancia, y este año, tras no poder asistir a las últimas jornadas, se reencontró con su ahijado; quien corre, sonríe y ya esboza palabras en warao.
Más allá de la asistencia: impacto y autogestión
CUMIS va más allá de la asistencia. A través de herramientas de autogestión busca plantar conocimientos que permitan cambiar el enfoque de la sanidad en las distintas comunidades con las charlas de educación y servicio.
Enseñar desde la prevención, brindar conocimientos en materia de salud, y empoderar a líderes locales para ser embajadores, son algunas de las estrategias de CUMIS.
“Desde que empezamos a venir para acá, hemos visto una menor prevalencia de embarazo adolescente, hemos visto una menor prevalencia de malaria y hemos visto una menor prevalencia de VIH”, asegura Andrés Sánchez, director general de la décima gestión de CUMIS. Las charlas, según Andrés, van creando educación en salud, y es allí donde se ve una diferencia.
CUMIS ha recorrido más de 15.000 kilómetros entre ríos y carreteras para atender a sus pacientes y promover. Aquí están atendiendo a Analides, quien pudo ser operada de labio leporino. Foto: Alejandra Otero.
El proyecto de empoderar a líderes locales busca generar impacto y autonomía en la población. Este año se realizaron charlas sobre higiene menstrual, con insumos como copas menstruales y toallas reutilizables junto a los trabajadores de la posada Orinoco Delta Lodge, uno de los pilares del turismo y economía local.
“La idea de esta iniciativa es introducir, poco a poco -y no de golpe-, productos como las copas menstruales a la comunidad”, apunta Alejandra Fernández, coordinadora del Comité de Educación y Servicio.
Hoy en día, los niños ya saben cual es la técnica de lavado de manos, ya las mujeres conocen la importancia de lactar y ya existe una conciencia en temas de género, de violencia y duelo. Esta incidencia queda y es recordada en cada visita. Y si bien el escenario de la salud pública en Venezuela es complejo, entre visitas y talleres anuales realizados por CUMIS se registran cambios, que aunque no son inmediatos, marcan la vida de personas y familias enteras.
Tal es el caso de Analides, una niña de 6 años con labio leporino, cuyo caso fue remitido por CUMIS al Hospital Domingo Luciani, en Caracas, y a la Clínica Leopoldo Aguerrevere, gracias al equipo de odontología y a la doctora Gisela Velásquez.
Juan Martínez, su padre, comenta que antes de la operación, Analides no podía comer ni beber agua de forma normal, no podía jugar, ni correr libremente como los otros niños. Tras la rehabilitación de su cavidad bucal y su respuesta positiva al tratamiento, su calidad de vida -y la de su familia- mejoró de forma exponencial. “Es una niña feliz”, celebra Francisca, su madre.
Víctor tenía lesiones en la córnea y cuando CUMIS llegó no podía trabajar con normalidad. La atención que recibió le permitió ser operado un tiempo después. Ahora se siente bien. Foto: Alejandra Otero.
También es el caso de Víctor. Un paciente oftalmológico de 56 años que fue operado en 2024 por lesiones en la córnea por el sol, una patología común en la zona: “Me ardía la vista, no podía viajar en la curiara ni trabajar en el campo. Ahora me siento bien, ya puedo estar tranquilo. Estuve años con ese dolor. La operación me cambió la vida”.
O el caso de Rafael, un padre soltero -de 53 años- que fue operado gracias a CUMIS de una hernia en el 2022. La hernia, que le imposibilitaba trabajar, sanó, y ahora puede dedicarse a las labores del campo y al cuidado de su hija Helen, de 13 años.
A través de CUMIS, Rafael pudo ser operado de una hernia. Ahora puede hacer sus labores sin dolor. Foto: Alejandra Otero.
“Vale la pena venir aquí porque es una forma de fomentar el derecho a la salud. Aunque sean pocos días de jornada, creo que el bebé que llegó en estado séptico y fue atendido por la pediatra aumentó sus posibilidades de vivir, lo cual es promover el derecho a la vida”, dice Bárbara Varguillas, coordinadora del Comité de Psicología.
En diez de años de trabajo, CUMIS ha recorrido más de 15.000 kilómetros entre ríos y carreteras, visitando comunidades indígenas y criollas en diversos estados del país. En ese tiempo, miles de consultas médicas, odontológicas y psicológicas han sido registradas; decenas de cirugías se han gestionado con aliados institucionales, se han formado líderes comunitarios en cada zona visitada, se han tejido redes de apoyo, y se ha hecho investigación científica, nacidas desde el aula, ingenio y corazón de la juventud venezolana.
Sobre Alejandra Otero: Es comunicadora social multidisciplinaria. Periodista y fotógrafa independiente. Ha publicado artículos e investigaciones en distintos medios de Venezuela y América Latina. Sus áreas de interés son los fenómenos sociales, la cultura, el arte, los derechos humanos y la igualdad de género. También es coordinadora de proyectos y redactora de comunicaciones digitales. Es profesora de Literatura Iberoamericana.