Carta desde Buenos Aires: Entre el estornudo y la furia

Salvador Fleján, autor de "Intriga en el Car Wash" y "Miniaturas salvajes", fue víctima de un estornudo-bomba: lo que hay que padecer por unas provisiones de harina

Ayer cometí la imprudencia de salir a la calle a arriesgar mi vida por tres kilos de harina de maíz. En Caracas lo hacía por apenas un kilo, así que la recompensa bien justificaba la temeridad. El problema era que estaba a una hora y pico de mi objetivo: en el barrio bonaerense donde vivo este producto es exótico y, por lo tanto, carísimo. Solo algunas “dietéticas” lo expenden a precio de jamón de jabugo criado en la sala de la casa viendo Netflix. Y así me puse a tiro de estornudo.

Bien temprano me pegué un baño, metí en el bolso mi kit personal anti Armagedón (un frasco de alcohol más una pañoleta roja como las que usaba Axl Rose cuando cantaba “November Rain” y todavía no se convertía en doña de El Cafetal) y procedí a abrir la aplicación Moovit para planificar la misión de ese día.

El primer pelón fue de Moovit, aunque mi mujer insiste en que fue mío. En la aplicación no alertaban sobre el cierre de varias estaciones del tren de la línea San Martín y, al intentar traspasar el torniquete electrónico, de la nada se me apareció un guardia de seguridad con sobrepeso y armado con un mate en la mano: “Che, esta estación tiene cerrada tres días”.

Ahí fue que caí en cuenta de los días que llevaba encerrado en casa limpiando pupú de gato, pajareando en Twitter, haciéndole recetas de Tasty a mi señora y bosquejando una novela que, por el ambiente que se respira, jamás terminaré.

Estornudo en el 24

El transporte público argentino, a pesar de las negligencias de Moovit, es una de las pocas maravillas que me ha tocado en suerte conocer en vida. ¡Funciona! Por lo menos en los autobuses públicos que acá llaman “colectivos” lo cual, obviamente, es un oxímoron. Y ese fue el único medio de transporte que tuve a disposición para llegar al microcentro de Baires.

La parada del colectivo número 24 se encuentra frente a una cadena de farmacias, situación que me causó cierto repelús anticipatorio. Los dos primeros asientos al lado del conductor se encontraban “sellados” con tirro blanco, supongo que para proteger al colectivero de alguna tos sediciosa. De resto la unidad estaba casi vacía, con pasajeros sin la edad de riesgo pero equipados con potecitos de antibacterial y tapabocas con estampados un tanto macabros: sonrisas de calaveras al estilo FAES, y otras más en la vibra rockera a lo Black Sabbath.

Entonces sonó el primer estornudo.

La situación, ahora que lo pienso, recordaba a esas siempre embarazosas escenas cuando a alguien se le escapa una flatulencia en un ascensor atestado de gente y todos intuyen al responsable.

El interfecto, para pánico de los pasajeros, ni siquiera se tapó la boca durante el atentado. Esto, irrecusablemente, desató la furia de los presentes. Rápida y orgánicamente se armó un pequeño comité sanitario para denunciar al autor del estornudo con el chofer. Tras una breve conferencia entre el comité y el conductor, éste detuvo la unidad en la acera y conminó a bajar, con cierta firmeza, al sospechoso.

Como en las salas de cine de Argentina, todos aplaudieron este pequeño final.

El viaje hasta el obelisco me resultó cansón y nostálgico. Después del incidente me puse mi pañoleta Guns & Roses empapada en alcohol y me dediqué a mirar por la ventanilla. Los anuncios de los negocios callejeros porteños como “Gomera”, “Sacabollos”, “Costumbres Argentinas”, “Pizzería Kentucky” y “Día%”, se me confundían con los letreros caraqueños que veía Andrés Barazarte, protagonista de País portátil, en la ciudad apocalíptica y petrolera de donde vengo.

Al bajarme del autobús sentí que toda la diagonal norte, incluso la ciudad, era el set perfecto y a bajo costo para una producción fílmica de catástrofe del Irwin Allen de los 70. Sin embargo, mi caminata desde la avenida 9 de Julio hasta la calle Florida fue un sobresalto continuo.

Tres (puede que cuatro) homeless de la zona me pidieron cigarrillos halándome de la chaqueta. Una cuadra después, saqué el alcohol de mi armageddon bag y le eché un chorro purificador a la manga de la campera –así le dicen acá- mientras seguía la caminata. Andaba con la bendita pañoleta aun amarrada a la cara y me sentía como un ladrón de trenes de películas de vaqueros del Hollywood de los 40.

estornudo

La calle Florida normalmente es una Sabana Grande con presupuesto saudita. Aunque esta vez el presupuesto parecía sacado del Banco Central de Venezuela. Ahora lucía desolada y pobretona. Era como el bulevar de Catia con avisos de Nike y Zara esquilmados de las tiendas originales. Este paseo por aquella calle también me recordó a otros bulevares caraqueños. Todos los cambistas de divisas (aquí bautizados “arbolitos”) eran venezolanos y estaban protegidos con sus tapabocas modelo FAES. Todo parecía tener una coherencia involuntaria.

Entre las calles Florida y Lavalle tengo a un amigo de Letras que trabaja atendiendo en una heladería. Me comentó que de facturar casi 80 mil pesos diarios, las ventas bajaron a 12 mil. Mientras me comía una tinita, cortesía de nuestra amistad, el compatriota llegó a considerar la isla de Malta como su próximo destino migratorio. Yo, en cambio, tenía unas expectativas más bajas y perdedoras: tres kilos de harina de maíz a seis cuadras más abajo.

La mafia veneca

Uno de los motivos por los cuales no consigo harina de maíz donde vivo son mis propios compatriotas. Los pioneros venezolanos que llegaron a estas tierras al inicio de la diáspora también se enfrentaban a la escasez del producto, pero las razones eran otras: en aquella época era tan exclusivo que solo se conseguía en el barrio chino porteño.

El caso es que con la torrencial llegada de paisanos a este lado del mundo las cosas fueron cambiando paulatinamente. Ya no solo en el barrio chino era dable ver el noble producto sino que, poco a poco, hizo acto de presencia en automercados, dietéticas y hasta algunos emprendedores la ofrecían apiladas en una carretilla en cualquier esquina del centro de Buenos Aires.

Sin embargo, algún problema legal surgió con el empaque de la Harina Pan que las autoridades restringieron su importación y posterior venta. Oportunidad que la competencia aprovechó para posicionarse en el pequeño pero pujante mercado de venezolanos nostálgicos.

Para resumir el cuento, otros emprendedores criollos vieron en el escollo un nicho para “hacer los reales” y crearon una red de distribución y precios poco democrática que sólo los beneficia a ellos con ganancias del 70%. Todo con sabor venezolano.

Y fue en el puesto de uno de estos nuevos emprendedores que fui a parar en busca de mis tres kilos de harina precocida. El expendedor me dio cierta confianza porque estaba equipado con sus guantes y tapabocas, pero también con una botella de ron Santa Teresa que tenía encaletada y por la mitad en un estante al lado de unas latas de Pirulín.

De regreso me tocó volver a tomar el colectivo 24. Camino a la parada esquivé a pedilones profesionales, un tipo con la cara enteramente tatuada que me ofrecía un volante para comer en un restaurante con sillas en la calle y a una señora que tosía mientras fumaba.

Ya sentado en el bus me relajé. Pensaba en las recetas que me depararían aquellos tres kilos de harina que reposaban mansos en mi regazo. Fantaseaba con unos bollos pelones bañados con una reducción de tomates cherrys y coronados con una lluvia de provolone rayado. Pensé también en la osadía de unas empanadas de pulpo a la gallega. Todo ello mientras tres pasajeros a mi alrededor tosían y se restregaban las narices como si hubiese una tormenta de pimienta en el interior climatizado del colectivo.

estornudo

Casi llegando a mi destino, levanto la vista de una receta que tenía rato mirando en el celular. Solo quedábamos un pasajero y yo. No sé por qué recordé un cuento de Cortázar y me dieron unas irrefrenables ganas de tirarme por la ventanilla. ¡Era el mismo tipo del estornudo al que habían bajado en mi viaje de ida!

Al sujeto lo tenía como a dos metros y mi parada como a 50. Igual me levanté de un salto del asiento y fui en modo caminata olímpica hacia la puerta de salida. En el ínterin me dio chance de ponerme la pañoleta de nuevo y sacar el frasco de alcohol. Eché de menos no tener una katana dentro de mi equipamiento. Sobre todo cuando el estornudante se colocó a una distancia imprudente a mis espaldas.

Y sí, reincidió.

En mi nuca y ambiente quedaron flotando aromas de facturas, mate cocido, galletitas de grasa, alfajor barato y milanesa con puré mal digeridas. Toda aquella dieta la sentía en la calva a punto de bajar a mis mucosas.

Entonces corrí.

Corrí mucho hasta la casa. Juro que no me toqué la cara en el trayecto, aunque entre la saliva del estornudante y mi sudor me nublaron la vista. Con la mano izquierda metí la llave en la cerradura y seguí corriendo hasta el baño abrazando mis kilos de harina de maíz Juana y totalmente vestido.

Si les digo que me bañé con ellas, ¿me creen?

Por lo menos tenían nombre de mujer.