El agitado rock and roll de Stephanie Cardone

Luchadoras, bien dispuestas y conscientes de lo que son: hermosas sin importar talla ni edad. Y exitosas en las metas profesionales que se han propuesto. Con la actriz Stephanie Cardone continuamos esta serie de entrevistas con mujeres que plantean el encanto de ser más que caras bonitas: te harán pensar

Stephanie Cardone sabe lo que es ser gorda y flaca. Famosa y escondida. Libre, presa, sobria, espiritual. Una vida corta pero de grandes aprendizajes y excesos la han hecho apreciar el equilibrio de las cosas y eso busca para su género en Venezuela.

Por parte de mamá es descendiente de húngaros y venezolanos. El padre, el lado más marcado, es italiano. Nació en Caracas en 1987, más cerca de ser generación X que millennial. Desde su educación inicial estuvo en el Colegio Bolívar y Garibaldi, en El Marqués.

“Para mí fue muy heavy en el aspecto del bullying en el colegio. Al ser nieta de italianos, la nonna me cuidaba mucho, casi que me crió y como bella italiana, me lo comí todo”.

Stephanie se describe como una niña incómoda. O inconforme. A los 10 años pesaba 80 kilos y medía 1,63 metros. Se recuerda a sí misma como gorda. Usaba “mangueras”, esa especie de cinturón corrector de la posición de sus piernas al caminar.

“Como Forrest Gump”, dice y suelta una carcajada.

Evidentemente, los abusadores, los burlistas, llegaban de muchos lados. “Hasta una profesora en segundo grado, Johanna, se metía conmigo. Por morder para defenderme y porque no me peinaba. Decía que parecía un perro y eso le daba ‘cancha’ a mis amigos para que me jodieran”.

Ella era amiga de los desprotegidos: un niño moreno gay y una niña nada agraciada para el resto. Esas relaciones la marcaron.

Tampoco estaba dispuesta a aguantar pasivamente. A los seis años le pidió a su papá que la metiera en Taekwondo. Y fue en segundo grado cuando tuvo que utilizarlo.

“Un día estaba en el recreo y un niño me vino a joder, Alex Rachoppi se llama, (ponlo porque siempre lo jodo) y el chamo me dijo ‘vaca eléctrica’. Por gorda y por las mangueras. La rabia me consumió. Ese día llegué a mi casa y le dije a mi mamá que no aguantaba más, me quité las mangueras y a mi prima le pedí unas botas con puntas de metal que se había comprado en un viaje. Llegué preparada al colegio al día siguiente”.

Lo vio en las gradas y corrió detrás de él. El abusador no se lo esperaba. Lo persiguió y lo agarró por la camisa y se armó la conocida “olla” venezolana, Stephanie trató de darle una patada y en ese momento el niño cayó al piso. Se rompió la boca. Ahí se terminó su bullying.

Stephanie contra sí misma

Mientras se hacía adolescente, empezaba el estrés por no ser una Spice Girl o Danielita Alvarado en “De sol a sol”. Quería estar delgada a cualquier precio. Ahí arrancó una alianza tortuosa con la bulimia.

“De los 11 hasta los 14 años fue muy heavy, eran como picos. En primer año de bachillerato fue lo más duro. Yo ponía el cd morado de Blink 182 y me encerraba en el baño con un traje aeroespacial. Sudaba mientras vomitaba”.

Después de comer Stephanie hacía este proceso durante el tiempo que duraba el disco de la banda post-punk: una hora y media en la que trotaba, sudaba en exceso por el traje y después vomitaba todo. Al terminar, se bañaba y se acostaba a dormir.

“Lo aprendí en una película en la que salía la Power Ranger rosada y vomitaba, ahí lo explicaban. También una amiga mía siempre estaba pendiente del cuerpo, hacía gimnasia rítmica en el Centro Ítalo”.

Perfect Body (1997) es una película sobre una joven gimnasta que cree que dejando de comer alcanzará un lugar en el equipo olímpico de Estados Unidos. Amy Jo Johnson es esa Power Ranger rosada. Lo que estaba destinado a ser una película de crítica social, para Stephanie fue un tutorial.

Eventualmente las cosas cambiaron, para peor.

“Después de años en eso no aguantaba comer porque me daba asco. Llegó la anorexia relacionada con la bulimia: la comida me daba asco porque ya sabía lo que iba a pasar”.

Se aplacó un poco la condición que desarrolló a los 14 años cuando conoció a su novio, quien actualmente es su esposo. Miguel Martín Sánchez, artista plástico venezolano, tiene casi 20 años de relación con Stephanie.

En el 2001 comenzaron. Miguel era mayor que ella, tenía carro y ella lo veía como su galán. Fue un apoyo y la ayudó en cuestiones de autoestima, aunque siendo un problema tan personal no llegó a terminarse por completo.

Al Sur

Stephanie fue la madrina de su promoción en 5to año: un gran salto para la gordita que usaba mangueras pero peleaba como Bruce Lee. En ese momento pesaba 57 kilos.

Después del colegio inició la carrera de Comunicación Social en la Universidad Santa María. Y hace una advertencia:

“No sé si sigue ese pensum que promete una especialización en Producción de Espectáculos. Si es así, no lo tomen, es mentira”.

En el transcurso de su carrera, una amiga le ofreció algo que la acercaría al mundo de las cámaras: “Mi jefe está buscando a alguien como tú”, me dijo la chama: “Era una academia de actuación y el tipo se llamaba Ralph Kinnard”.

Kinnard necesitaba una asistente y a cambio le ofrecía a Stephanie que le daría un curso de actuación gratis. Ella aceptó, pero no manejó muy bien la experiencia.

“Conocí a gente chévere, que hoy en día son mis panas, pero se supone que estábamos manejando el sense memory y me di cuenta que el tipo no sabía una mierda”.

En 2007 Stephanie tuvo una conversación extendida con su tía, la actriz Catherine Fulop, sobre el sense memory, que es básicamente una técnica en la que la recolección de las sensaciones físicas alrededor de un evento en específico (vista, olfato, oído, tacto) pueden transportar al actor a lo que sentía en determinado momento en específico”.

Su tía, “la Fulop”, le dijo que ella en Buenos Aires también estaba desarrollándose en el sense memory y que quería pagarle un curso. Y así fue a pasar tres meses en la capital argentina.

Empezó a desarrollarse con Augusto Fernándes, “el duro” del teatro argentino en ese momento. Comenzó a sentir que estaba aprendiendo y Marcelo Tinelli, afamado productor, le propuso actuar en la serie juvenil Patito Feo. Eso le presentó un dilema: o su relación y su carrera, o lanzarse a la actuación de clavado.

El asco a los sanduches y el regreso

No todo fue positivo en Buenos Aires. Allí también vivió un episodio más que desagradable. Le ocurrió en una fiesta donde había varios jugadores de rugby, deporte muy popular en ese país. Ella estaba bebiendo, bailando y disfrutando con una amiga. No buscaba nada más.

“Fuimos a una fiesta en casa de un jugador de Nueva Zelanda. Eso es lo último que recuerdo. Nunca me había pasado algo igual”.

Una foto de un cazador con su presa felina hacía que rebotara la luz del día en el cuarto que no conocía. Se despertó con una resaca horrible. Sabía que ese día le venía la menstruación, pero el estado del sangrado no era normal: sangre seca, vieja y nueva se mezclaban entre su ropa interior y las sábanas.

“Así supe que me hicieron algo. Me pusieron algo en el trago, porque no recuerdo nada del acto ni tenía voluntad de decidir. Me sentí profundamente humillada y quise salir corriendo”.

Así lo hizo. No tenía plata para regresar a su casa y tenía clases, entonces decidió comerse algo rápido antes de cumplir sus obligaciones. Desde ese día le dan asco los sánduches empaquetados.

El incidente apuró su decisión de regresar en el mismo 2007. Y apuró también su paso profesional incorporándose en un curso del grupo teatral Skena al llegar a Venezuela.

Stephanie se refiere a Armando Álvarez, uno de los directores de Skena, como un “gran maestro”. Allí hizo muchos amigos, conoció a gente muy talentosa. Su primera obra de teatro fue “La pareja dispareja”, con Luigi Sciamanna y Juan Carlos Ogando.

Tras algunos años haciendo teatro profesional y terminando su carrera universitaria, en 2011 surgió la oportunidad de pasar un tiempo en Michigan. Y, dice ella: “regresé como una tonina”.

Al volver encontró trabajo como asistente de escena de Javier Vidal y Martín Hahn: “Me encataba empezar desde el principio”. Y fue Martín quien vio a la “tonina” entre utilería, vestuarios, atención a los actores y limpieza, y no en las aguas del Orinoco.

“Tú te pareces a Eva Gutiérrez, la hermana de Amanda Gutierrez. Si te pones más delgada, yo te meto en la televisión”. Esas fueron sus palabras. Ella tenía 24 años.

Siguiendo una recomendación de Martín Hahn participó en el casting de “La viuda joven”, en Venevisión: “Yo entrando y estaba saliendo Susej Vera con unos ‘micro chores’, una tipa explotada. Yo me había vestido como si fuera para un bautizo”.

Le hicieron casting básico nada más: un par de vueltas frente a una cámara para evaluar su perfil. “Pensé que no había quedado y me llamaron al día siguiente. Empezaba el lunes”.

Su personaje vino de menos a más. Lo que al principio era el papel de una ama de llaves se convirtió en la hermana de la protagonista.

“Había cosas locas. Me querían corregir los dientes. Yo nunca había pensado en mis dientes, en la boca”. Pero lo pensó. Trataba de no gesticular tanto, se convirtió en una fijación. Otras novelas se atravesaron en su camino pero el problema era el mismo.

“No cumples el cánon de la miss, ellas son mujeres que crean para la televisión, a ti te transforman para que te veas bien”.

Por el personaje de “La viuda joven”, Stephanie ganó premios y vivió una especie de “boom” de su persona, que no supo manejar.

“El sinónimo de estar delgada era el éxito y aunque llegué a hacerme la loca, nunca sentí que estaba bien”.

Llegó a pesar 57 kilos. Con meditación y terapia, en algún momento tuvo plena conciencia de lo que le estaba pasando y enfrentó mejor su condición de bulimia.

“Me gusta comer, beber. Yo soy una gordita en pausa”.

El calvario y el milagro

Stephanie dejó su rutina dañina. Ya no se paraba en los kioscos para comprar pepitos, twistos y bolsas de chicharrón para engullirlos con ansiedad y vomitarlos luego. Y en algún momento empezó a vivir para algo más. En el 2014 quedó embarazada de Gael, a quien hoy consideran un milagro viviente.

A la actriz le dio un ataque de pánico haciendo “Madonna”, una obra de teatro, y decidió dejar de actuar para dedicarse a ser mamá. En esa época la querían para todo. Hasta Diego Rísquez la buscó para su película “El malquerido”, pero Stephanie no podía.

En la semana 36 del embarazo sucede lo inesperado o lo que nos gusta creer que no nos va a pasar. El bebé venía enfermo. Muy enfermo.

“Le descubrieron una cardiopatía horrorosa. Un doctor que se llama Ronald Ortega, él es cardiólogo de la metropolitana, nos dijo que no fuéramos héroes, que éramos muy jóvenes y que mi hijo se iba a morir. El caso era complicado, pero no debió hablar así. Un profesional debía manejarlo de otra forma, decir ‘es un pronóstico reservado, no se hagan grandes ilusiones’. Cualquier cosa”.

El diagnóstico era “hipertrofia de la cavidad izquierda e insuficiencia de la válvula tricúspide grave”. Suficiente para asustarse.

Con ese diagnóstico y en medio de una acentuada crisis en materia de medicinas, Miguel y Stephanie decidieron tener a su bebé en España. Hablaban de la enfermedad de Gael como irreversible, intratable, incurable. Que podía nacer y vivir dos días. Palabras que aturdían a los padres jóvenes, con todas las ilusiones posibles.

El 2 de mayo de 2015 aterrizaron en Málaga, el 4 la evaluaron y el 6 a la cesárea. Stephanie se entregó a Dios cuando entró al quirófano. Miguel le hizo una promesa a José Gregorio Hernández.

Hoy en día, Federico Borges, médico al que los padres de Gael agradecen mucho, les dijo: “Tendríamos que habernos equivocado 12 profesionales de una talla grande para que esto pasara así”. El niño no presenta ningún problema cardíaco.

Gael tiene 4 años y dormía cuando se hizo esta entrevista, agotado por la natación. Su expediente está para la causa de Jose Gregorio Hernández, al cual Miguel le prometió tres esculturas y se las cumplió.

Después de todo, Stephanie sigue

Stephanie Cardone se reincorporó al mundo artístico en 2017, al parecer para quedarse de forma definitiva…
“Le digo a Daniel Dannery, productor de teatro, que quiero hablar del peo del cuerpo y hacemos ‘Miss Simpatía’, una obra en micro teatro, criticando a la actriz prepagada”.

Ella cree que es más fácil transformar a las personas que a la sociedad. Le seguía teniendo “hambre” a las novelas, pero se le quitaron las ganas. Y no de la mejor manera.

Habló con un gran productor y le preguntó por qué no la llamaba para las novelas. Él le prendió un televisor en frente y le dijo: “por eso”, señalando a una modelo ‘pimpeada’ que era la novia de un allegado a Hugo Chávez.

En 2016 participó en “El Baile”, película estrenada en 2019 y premiada en el Bushwick Film Festival, entre otros. Su último trabajo como actriz fue en la obra de teatro “Prohibido suicidarse en primavera”, en 2019, y también fue asistente de dirección para Julie Restifo en el montaje de “Le prénom”.

Stephanie utiliza mucho la frase “rock and roll”. Esto es “rock and roll”, aquello es un “rock and roll”, pareciera como si los altibajos de su vida personal y artística le hubieran dado una calma casi impuesta, para sobrellevar las cosas. Así que no importa si es “rock and roll” o reguetón, ella quiere seguir bailando.

RONDA PING PONG

Libro: Rayuela de Julio Cortázar.
Comida favorita: La pasta de mi nonna, plumitas con salsa roja y un pedazo de carne.
Película: Edward Scissorhands.
Actriz venezolana: Julie Restifo.
Actor internacional: Robin Williams.
Lugar de Venezuela: El Ávila.
Lugar del mundo: New York.

Vestuario: Geraldine Alarcón @geraldinne.alarcon

Hair Styling: José Rojas @soyrojas17

Maquillaje: Gabriela Policarpio @gabypolicarpio

Trajes de baño: Wave addict swimwear (@waveaddict_swimwear)

Mariana Marval también participó en la serie «Luchadoras», léela aquí.