Venezuela

Ni sábado ni domingo en el Noroeste de Caracas

La convocatoria de la MUD a no salir de nuestras casas un viernes me hizo evocar algún pasaje del libro bíblico del Éxodo: “Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre, y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana”. Al mediodía, desobedecí a Jehová y decidí pisar mi calle en el Noroeste de Caracas.

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Liceo Andrés Bello
Foto: Andrea Hernández

En la radio, temprano, había escuchado reportes de periodistas que comparaban el viernes de paro cívico con un sábado, un domingo o hasta un primero de enero. Ni una cosa ni otra. Un sábado, un domingo, un primero de enero o un Viernes Santo tienen cada uno atmósferas y rituales muy específicos. Incluso estoy convencido, sin prueba científica alguna, de que hasta la textura de la luz solar es diferente en cada uno de ellos. Un sábado, por ejemplo, uno no escucha a Ana Vaccarella recordando el santoral a las 11:15 de la mañana. A mí el mood de este paro cívico me hizo recordar más bien esos días de colchón que transcurren entre el 26 y el 30 de diciembre.

La verdad es que en el kilómetro a la redonda todo era más o menos igual a cualquier jornada de semana, aunque había algo levemente diferente. Tenía algo de día mullido, de día-refugio que sentimos precario porque sabemos que es la calma chicha antes de otros días más áridos, ásperos. De hecho, a las 2:06 pm desperté a la dura realidad cuando en mis audífonos empezó la cadena de Maduro.

Pasé lista a los sitios por los que  transito habitualmente. El kiosco de la esquina, donde últimamente venden plátanos en vez de chucherías o revistas, estaba abierto.

El frutero y el zapatero de la esquina: signo de check.

La pastelería donde todavía venden unas de las mejores palmeritas de Caracas: signo de check.

La tienda de sostenes Diane: signo de check.

El camión de cinco aguacates por Bs 1.000: signo de check.

Los hare krishna de la esquina de Jesuítas que venden unos shawarma vegetarianos que hace dos meses costaban 700 bolívares y ya van por Bs 1.500: signo de check.

Los chinos: signo de check.

El único que faltaba en el paisaje era el muchacho colombiano que me vende un medio cartón de huevos grandotes a 2.200 bolívares.

El Banco Venezolano de Crédito, cerrado: mentira, es que ya esa agencia la clausuraron. La cola del cajero automática del Mercantil, más corta que de costumbre. Las colas del pan, impertérritas. La iglesia de la parroquia, cerrada. Nunca me he fijado si los viernes a la 1:00 el portón permanecía abierto.

En el bulevar Panteón, un buhonero expone carátulas de los discos de vinil Like a Virgin de Madonna y Condition Critical de Quiet Riot. Dentro del Banmujer de la avenida Urdaneta ahora hay un mercado de pollo y hortalizas. Corpoelec repara el alumbrado público en la avenida Vollmer.

Mucho se ha hablado últimamente de la inundación de productos básicos importados a precios dolarizados. Por donde yo vivo no ha ocurrido todavía tal desbordamiento de abundancia. La novedad esta semana ha sido el pote de fórmula láctea en polvo Canprolac (Bs 9.240). En unos pocos negocios pequeños consigues arroz (Bs 2.700), azúcar (Bs 2.800), pañales (Bs 3.500), jabón azul de panela (Bs 800), café marca Propatria (400 gramos a Bs 3.950), y la semana pasada, aceite (desde Bs 3.000), que ya se acabó por la zona y me insufla de nuevo el nerviosismo. Ni pista de la Harina Pan o de una marca sustituta. Manzanas en la calle: Bs 1.000 cada una. En el Central Madeirense de por mi casa, parece que temprano llegó mayonesa Kraft, Vatel y detergente Ariel. Al mediodía sólo quedaba pasta larga marca Tamma (Bs 1.900), insecticida (Bs 2.320) y un litro de leche descremada (Bs 980).

Cerca de donde vivo hay un PDVAL y un abasto Bicentenario. En el PDVAL este viernes no había operativo de reparto de bolsas CLAP. Me cuesta concebir que en ese mismo galpón, unos meses atrás, experimentaba auténticas orgías de 10 horas de duración para extraer algo de comida regulada. Hoy se ha convertido en una especie de apacible tienda de delicatesen de alguna exótica república tropical: se ofrece un bolsón de papas fritas para perro caliente (Bs 3.324), lata de sardinas en salsa de tomate marca Incosa (Bs 908), atún marca Chunk Light (Bs 1.590), medio kilo de pasta Donna Vera (Bs 1.900), pargo fresco (Bs 4.352 el kilo), nada menos que langosta (Bs 7.646), queso paisa de búfala (Bs 5.827), bebida en polvo Nutri Cereal (Bs 2.750), pimentón a buen precio (Bs 1.000), gelatina para el cabello Rolda (Bs 456 el frasquito de 120 gramos).

En el Bicentenario de San Bernardino hay aceite de oliva libanés en una botella que hace recordar un jugo de manzana (500 miligramos, Bs 5.600), espuma de afeitar (Bs 806), mayonesa de bolsita (Bs 1.569 por 400 gramos), fororo (500 gramos por Bs 1.200) y hasta juguetes navideños: muñecas Monster High (Bs 20.483), tractor Steel (Bs 15.768), juguete educativo Baby Van Gogh (33.019).

¿Lo peor ya pasó, como asegura Aristóbulo? En todo caso, se consiguen cosas. El peor producto siempre es el que no existe. No sé si este facsímil de abundancia en el fondo se parece al espejismo de cierta bonanza circunstancial en mis finanzas personales, o al espejismo de las tarifas congeladas de la telefonía celular e Internet. Mi misión de todos los días es sacar 6.000 bolívares, mientras queden en la cuenta, y gastarlos lo más pronto que pueda.

Al mismo tiempo, los rebuscadores de la basura son una tribu urbana cada vez más distinguible.

Si me preguntan a mí, al menos por la zona donde vivo, el paro bíblico no funcionó. Tampoco sentí demasiada convocatoria por aquí para la Toma de Venezuela. Lo que no quiere decir que la gente que la mayoría de la gente de por estos lados sea chavista (la oposición siempre gana en las votaciones) o que necesariamente la marcha del 3 de noviembre vaya a fracasar, aunque no soy demasiado optimista. Impera cierta indiferencia, o más bien la subsistencia. La sensación que me dejó este viernes es que la MUD juega en contra de un timing complicado. Comienzan a soplar los aires de las gaitas y de los aguinaldos, más allá de que se escurran como arena en las manos. O quizás solo sea la tranquilidad antes de la tempestad.

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