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Alberto Vollmer, el Bruce Wayne venezolano

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22/03/2017
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FOTOGRAFÍAS: MARIANA YÉPEZ

¿Quién es Alberto Vollmer? Además de ser heredero de sangres patricias, es el director de la Hacienda Santa Teresa, donde se destilan conocidos rones. Después de dos horas de conversación y de pasar una tarde en sus dominios en el estado Aragua, viéndolo interactuar con jugadores novatos de rugby, profesionales y convictos, la respuesta queda a medias. Aquí el perfil de un empresario que ha sabido negociar con el bien y el mal

Descendiente del alemán Gustav Julius Vollmer y Francisca Ribas y Palacios, prima del Libertador Simón Bolívar, este catire de risa fácil y espíritu bonachón posee simpatía y un carisma parecido al de Hugo Chávez, el que lo llevó al poder. Es decir, conecta con la gente. Sabe cómo ganársela. De hecho, rápidamente interrumpe al periodista para saludar a un joven que estuvo preso.

—¿Tienes trabajo? —pregunta Vollmer.

—No, llevo dos meses desempleado.

Entonces le da un nombre y una dirección para que consiga un empleo. Incluso antes de que la grabadora registrara sus primeras palabras, ya le había preguntado a la fotógrafa si hacía yoga. “Se te nota en el cuerpo”, dice. Es un hombre hecho para las relaciones públicas.

Durante la investigación previa, se encuentra mucho material sobre sus logros. Está en una selecta lista como “Líder Global Latinoamericano”, es reconocido mundialmente por el Proyecto Alcatraz, un emprendimiento que busca generar el espíritu solidario del rugby en la población penal y también por implicarse socialmente en la mejora del entorno que rodea a la Hacienda Santa Teresa. Sin embargo, no hay ni pistas sobre cómo fue su niñez. Así que empezamos por allí.

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“Mi infancia fue hiperprivilegiada”, recuerda. “Influenciada por ambos padres. Por mi madre —Christine de Marcellus—, crecí con historias como la de Los Caballeros de la Mesa redonda; Ricardo Corazón de León y Robin Hood, más que las de héroes griegos. A mis padres no les gustaba los sistemas de educación establecidos. Entré a un colegio a los siete años, nunca antes había visto uno. Eso fue en Estados Unidos. Pero el gran aprendizaje fue haber contado con un hermano menor muy particular, Leopoldo”.

Leopoldo nació vegetal. “Con un retraso mental supersevero. Los médicos dijeron que no iba a durar cuatro años. Él nació sin poder ver, sin poder ser amamantado, sin poder sentir. Es decir, si lo quemabas con un cigarro, no sentía. No sabía bien respirar; le daban unos paros respiratorios a cada rato y era totalmente flácido”. Al principio la experiencia los superaba, pero su progenitora encontró en un libro la fortaleza para hacer frente a la situación. “Ella me contó que se leyó un libro llamado Viven, sobre los jugadores de rugby que sobrevivieron en Los Andes. Y dijo que, si ellos habían logrado superar eso, ella también lo lograría”.

En Filadelfia, después de tropezar en miles de clínicas, se encontraron con un doctor que tenía una mirada diferente para trabajar con el hermano menor. “Le dieron a mi papá un programa muy exigente de estimulación, 12 horas al día y siete veces a la semana. Había que enseñarle a respirar; luego tenías un ejercicio para la vista y así. Un día estábamos en la terapia de estimulación visual, que constaba de prenderle diferentes bombillos en un cuarto oscuro para dilatarle la pupila, cuando de repente reaccionó. Pegamos un grito y llamamos a mi mamá. Él brincaba. Nos dimos cuenta de que una persona estaba viva allá adentro”.

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Por su condición física, a Leopoldo lo bañaban con esponjas y cepillo de metal. “Llegó un momento que sangraba”, recuerda Alberto, que lo acompañó hasta 1988, cuando Leopoldo murió, a la edad de 14 años. Él, con 20, tuvo que administrar esa tristeza. “Fue una experiencia única, un privilegio. Crecimos en el proceso y tuvimos que echarle pichón. Su crecimiento fue tal que se hizo muy sensible a la luz y al tacto. Aprendió a comunicarse y tenía sentido del humor. Era una persona muy sociable”.

Leopoldo no solo influyó directamente en la familia, sino también indirectamente en el destino de su hermano mayor. “Por él nos tuvimos que ir a Estados Unidos. Mi papá —Alberto J. Vollmer— se quedó en Venezuela y nosotros nos establecimos en Florida. Estudiar en inglés es una cosa que agradezco mucho y también que cambié de colegio muchísimo —eso te enseña adaptación. Obligatoriamente tienes que adaptarte a un nuevo grupo, a un nuevo idioma y a una nueva filosofía. Tú me tiras ahorita en Arabia Saudita y a los tres días estoy adaptado. No hablo el idioma pero me adapto. Después de eso regresé a Venezuela”.

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En el país, Vollmer continuó con su enseñanza a lo Bruce Wayne, el hombre detrás de la máscara de Batman: “Había una especie de… no profesores particulares, sino digamos unos señores muy eruditos que nos venían a dar clase de historia, de literatura, de matemáticas. Eran ingenieros de verdad o profesores de filosofía. Era una cosa muy rara y criticaron mucho a mi mamá porque no nos daba una educación formal. Después yo quería estar en una academia militar y entré a la Valley Forge Military Academy, cerca de Filadelfia. Estuve allí por dos años. Había militares activos que habían peleado en una gran cantidad de guerras, en Vietnam y en la Segunda Guerra Mundial. Allí fue otro aprendizaje, y de nuevo volví Venezuela, tendría unos 14 o 15 años. Terminaría mi bachillerato en el colegio Francia”.

El espíritu altruista

Es sábado y es el segundo día del Santa Teresa 7, un evento organizado por la Fundación Santa Teresa y Hacienda Santa Teresa para recaudar fondos para los programas sociales destinados a prevenir y erradicar la delincuencia y la violencia entre los niños y jóvenes del municipio Revenga, estado Aragua, como Proyecto Alcatraz, Rugby Santa Teresa y Proyecto Casas Blancas. Oscarcito, Caramelos de Cianuro, Desorden Público, José Rafael Guzmán, Tomates Fritos y Laura Guevara cierran la fiesta.

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Fotógrafos y periodistas de diferentes partes del mundo están cubriendo la iniciativa que ha sido estudiada en Harvard y otras universidades de España y Latinoamérica. El diario El Tiempo de Bogotá aseguró que, como presidente, Álvaro Uribe le consultó a Vollmer algunas iniciativas para incorporar a la vida civil a los combatientes. “Por estas fechas es una locura. Alberto se para muy temprano, visita comunidades, habla con las personas y termina el día compartiendo con los deportistas. Atiende a muchos medios de comunicación y a personal de diferentes embajadas que no conocen la hacienda. No se cansa. A nosotros nos toca redoblarnos”, dice una muchacha que ha trabajado en el departamento de prensa.

Y lo vivimos en carne propia. Representantes de Colombia, exdetenidos, jugadores y hasta sus hijos —María Antonia y Alberto— se cuelan en la entrevista. Todos quieren una foto con él. Cuando termina de posar, debemos recordarle que su relato había finalizado con la llegada de la adultez, ese momento en el que debes escoger una profesión.

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“Al regresar a Venezuela trabajé como un año y medio en una compañía de aluminio que se llamaba Alienaciones Ligeras. El jefe de ingeniería necesitaba un asistente, pero sucedió que en la compañía nadie hablaba inglés, una cosa rarísima. Como yo sí sabía, el presidente de la empresa, Samir Ibrahím, me pidió que fuera su asistente y estaba como muy metido en negociaciones de alto nivel. Pero el jefe de ingeniería me convence para que estudie ingeniería y ahí termino inscribiéndome en la Universidad Metropolitana”.

Lo que sucedió posteriormente fue una serie de eventos que le llevaron desde su casa de estudios a Carapita, donde estuvo colaborando con la comunidad para mantener una biblioteca y crear un taller que debía servir de piloto para que los más necesitados pudieran elaborar sus casas con materiales alternativos, mucho más resistentes y baratos. Esa experiencia llamó la atención de Carlos Ocariz, ingeniero civil de la misma universidad, que creó la Fundación de Desarrollo Social del Estado Miranda a mediados de los 90 y quien lo termina reclutando. “A Alberto y su familia le tengo mucho cariño. Estudiamos juntos y lo considero una buena persona y muy venezolano”, cuenta Ocariz, hoy alcalde del Municipio Sucre. “El tiempo y las ocupaciones nos han distanciado, pero no hay más que eso”, concluye.

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“Llegamos a hacer algunas cosas chéveres, pero quedé picado”, recuerda Vollmer, quien también lamenta el distanciamiento con su colega. “Creo que llegamos a entregar dos urbanizaciones, salimos en el programa de Marieta Santana en Radio Caracas Televisión (RCTV) y en El Universal. Sin embargo, sentí que no había logrado nada. Tenía como una pena ajena. Con los años aprendí que todo era una formación para algo que vendría después, porque hasta enfermero en el periférico de Catia fui por espacio de casi nueve meses”.

En ese momento detenemos su inspirador discurso para tratar de entender cómo funciona el cerebro de Alberto Vollmer.

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Ayúdeme a comprender cómo se despierta el chip de alguien que no se queda quieto y tiene una urgente necesidad de ayudar a la gente.

—No me habían preguntado eso y vamos a ver si puedo responderte. Cuando mi papá me pide que entre a la compañía, quedó todo este tema social pendiente. Yo sentí como que no cerré un ciclo. Porque, además, a Carapita lo dejé igualito. Vengo a Santa Teresa y también quedé en deuda con Ocariz. Entro a la empresa de mi familia, comienzo en el área de manufactura, luego en la de exportaciones y después aparece el fantasma de la quiebra. Había una multinacional que nos quería comprar. Termino poniéndome las botas para hacerme responsable con mi hermano, sin tener el conocimiento ni las calificaciones que se necesitaban para la reestructuración. Cuando eso pasa, tengo un sueño y lo fui relacionando con lo que sucedía. Lo escribí todo antes que reventaran las cosas, fue, digamos, como premonitor. El sueño era que estaba saliendo de la Hacienda Santa Teresa en un carro. Cuando llegamos al portón, la entrada estaba inundada. Digo: “Cónchale, aquí no va a pasar nadie”. Pero luego me fijo que el carro tenía forma de bote y de repente empieza a flotar y ya cuando damos la curva de la salida de la hacienda, me encuentro con un río, el Maniapure, que conozco muy bien. Queda entre Bolívar y Amazonas. Mi reacción en el sueño fue como “este es mi terreno, lo conozco bien”. Y entonces vamos en el bote y de repente sale un mono de esos japoneses —Macacos de las Nieves— que parecen gente y se me queda mirando. Y de su pelaje sale una araña gigante, que se le para en la cara. Por una de esas historias que me habrá contado mi mamá de chamo, siempre le he tenido cariño a las arañas. Y le digo al mono “¡no la mates!”, porque para mí la araña es suerte. En la cultura China, yo estuve allí en 1987, el ocho es un número de la suerte y la araña tiene ocho patas. Así que le digo al mono “no la mates” y la araña se vuelve a esconder en el pelaje y el mono se monta en una gramita y hay un corderito que está acostado y el mono empieza a acariciarlo y a silbar. Como esto sucedió antes de enfrentar el problema de la empresa, me dije: tal vez el río es el problema en el que estamos, el carro-bote es la compañía, donde me siento muy cómodo, y yo soy el mono, que además va a tener suerte. Lo que me generó intriga era el cordero y la gramita verde. Estamos hablando de febrero de 1999, Hugo Chávez ganó en diciembre (del 98). Yo me quedo pensando y como al mes, mes y medio digo “será que ese tema social me vuelve a visitar”. Entonces me viene la idea del Cordero de Dios, lo interpreté como un signo religioso. Así que pensé que debía estar atento, porque venía por ahí. Un año después de eso, fue la invasión de Camino Real.

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La invasión a Camino Real pasó a la historia como un intento de ocupación ilegal de tierras que pertenecía a la familia Vollmer y que derivó en un proyecto urbanístico, en el que terminaron trabajando juntos los invasores, la Gobernación de Aragua y la propia empresa. Por medio de la Ley de Política Habitacional, las personas obtuvieron las casas que querían por la fuerza.

—Yo traté de repeler esa acción, de manera tradicional. Cuando vi que no había forma legal para solucionar, dije “este es el cordero”, vamos a echarle pichón, vamos a entrompar esto como lo hice en La Lagunita, en Filas de Mariche, donde tuve una situación parecida en el año 1995, trabajando con Ocariz. Resulta que un grupo muy violento había invadido un terreno grande. El Estado había enviado a policías y Guardias Nacionales. Como habían disparado y había enfrentamientos, nadie de la Gobernación quería ir. Yo dije que iba. Me llevé una cámara y cuando me ven, llega una turba enardecida con palos y empiezo a tomarles fotos. Me preguntan entonces que de dónde vengo y les digo que de El Universal. Me llevan con ellos y me preguntan si sé cuándo viene la Gobernación. Les explico que no, pero que había escuchado que estaban preparando una presentación y les pregunto si hay algún espacio para algo así. Me dicen que sí, que tienen un auditorio. “Perfecto, les diré a las autoridades para que se encuentren en tal parte”, comento. Al día siguiente voy al galpón. Extrañados preguntan por el personal de la Gobernación y los calmo diciéndoles que les iba a mostrar las fotos que había tomado. Tras enseñarles varias, les digo “miren señores, yo soy la persona de la Gobernación”. Se echaron a reír. A partir de allí trabajamos en alianza y pudimos canalizar la situación. Esa experiencia me ayudó a trabajar la invasión de la hacienda.

La larga explicación da pie para hablar sobre las expropiaciones en Venezuela.

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Usted ha podido aguantar porque tal vez su negocio es más extenso, pero muchas personas han quebrado o lo han perdido todo por este tipo de situaciones. Con lo que usted ha hecho pareciera que estuviera aprobando una práctica que ha sido nociva para el país.

—En el caso nuestro nos quitaron casi un tercio de la hacienda. Digamos que fue confiscada porque no fue un proceso de expropiación. Por supuesto que no estoy de acuerdo con que eso sea así, ¿por qué? Porque la gran mayoría de los casos no han sido exitosos. Eran espacios productivos, que generaban empleo y lamentablemente después de la expropiación ni están generando empleo ni bienes ni servicios. Al final cuando no hay una filosofía de trabajo, cuando no hay una filosofía de inversión a largo plazo y que le duela a la gente que esté allí, eso va a fracasar. Hay una gran cantidad de empresas del Estado que no funcionan bien. Creo muchísimo en el tema del compromiso, que seas copropietario. Porque cuando eres propietario cuidas más las cosas. Que la gente en los barrios no tenga la propiedad de su terreno, me parece un error. Cuando tienes un documento de propiedad puedes hacer mejoras, vender y mil cosas que generan valor. De tal forma que éticamente estoy en desacuerdo con las invasiones, con las confiscaciones y con las expropiaciones.

¿Le molesta que le digan “empresario chavista”, porque ha asistido a las reuniones que el Gobierno ha pautado?

—No, no me molesta para nada. No me quita ni me da. Cuando me han preguntado sobre qué hago en el municipio Revenga, digo que “explotando la polarización”. ¿Estamos o no estamos polarizados? Esta discusión la he tenido con el gobierno y con la gente de la oposición. “Sí”, me responden casi siempre. Entonces eso quiere decir que tenemos a la mayoría de la gente en uno de los dos extremos. Eso significa que todo lo que esté entre los dos extremos de terreno baldío. Entonces explotar la polarización es construir un territorio neutral que te da unas oportunidades extraordinarias para conocer gente, construir cosas. En el caso nuestro, en Revenga, comenzamos a hacer eso con los Consejos Comunales. Inmediatamente llegó el Gobierno local y regional y les dijimos que se sumaran. Nosotros de hecho tenemos el modelo PPP —Pueblo, Público y Privado.

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¿Por qué sigue en Venezuela?

—Uno es responsable de lo que le sucede al país, para bien o para mal. Uno siente que está en deuda con José Félix Ribas, con Bolívar y con todos esos personajes que de alguna manera fundaron la patria y con las generaciones futuras. Entonces uno se pregunta en qué espacio trabajan esas deudas. Y la respuesta, en mi caso, es aquí en el Municipio Revenga. Además, tenemos la oportunidad de prender ese bombillito en las cárceles y esperamos que eso se contagie y ya veremos si una cosa va llevando a la otra. Recuerdo que una vez mi papá me dijo: “Tráete a Leopoldo que está arriba”. Yo le contesté que Leopoldo era muy pesado. Ahí me replicaron: “Ese es hermano tuyo”. Así que en la manera que me criaron me explicaron que entre más privilegios más responsabilidades.

Una última, usted como empresario ha estado en las mesas de trabajo con Hugo Chávez y con Nicolás Maduro, ¿cuáles son las grandes diferencias entre uno y otro?

—Creo que Chávez era un gran comunicador. Maduro tiende a ser más negociador. Chávez era muy perseverante y tenía una visión muy formada en su cabeza de las cosas. Maduro es una persona más negociadora, que busca conciliar algunas cosas más de las que se le atribuyen. No le ha tocado fácil, porque tuvo que asumir la misión de otro y donde estaban las cosas en ese momento.