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Iván Simonovis: la libertad le pesa

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El viacrusis de Iván Simonovis no ha cambiado mucho desde que lo encarcelaran por los sucesos del 11 de abril de 2002. Excepto por las enfermedades que lo subyugan y por los 10 años de presidio que lo marcan. La medida temporal de casa por cárcel, concedida por el Tribunal de Ejecución este 20 de septiembre, es alegría de tísico. Hoy está en su cama, junto a su esposa, pero mañana quién sabe

“¿Es la primera vez que viene…señora?”, expelió el interrogante, como quien escupe un chicle sin sabor, un funcionario del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, cuyos ojos ígneos, como flamas, y risita burlona, reverberan en la pantalla de la computadora en la que registra la entrada de María del Pilar Pertiñez. Bonny, como atiende en los tribunales donde libra lides penales, desgranó su mejor sonrisa para responder a la ironía. “No, vengo todas las semanas ¿No me ha visto? ¡Qué raro! Mi esposo, Iván Simonovis, ya tiene 7 años preso”, zanja sin afectación mientras, desde lo alto de una escalera, antes de penetrar su infierno, otea la cola de quienes este jueves se endomingaron tempranito para visitar al familiar recluido.

Es víspera de año nuevo y, pese a que el Niño Jesús no le trajo su anhelado regalo, pese a que no tiene nada que celebrar, en el Helicoide el holgorio está prendido. Patio adentro, los tufillos a guiso cosquillean la excitación de las madres y esposas que improvisan una triste cena de noche vieja y los niños, escarchados por su inocencia, en virtud de que no podrán besar a sus padres a media noche, corretean las entrañas de ese edificio que no deja filtrar, ni tan siquiera por un resquicio, vientos frescos. Bonny, aunque asfixiada por el sofoco, no se entristece, no. Por el contrario, se precipita contenta sobre Iván. “Yo era la mujer más feliz del mundo. Antes del 11 de abril lo tenía todo”, deshoja su congoja entre los brazos del ex secretario general de seguridad del Distrito Metropolitano, en tiempos de Alfredo Peña, que, el 3 de abril de 2009, luego de 232 audiencias en el tribunal cuarto mixto del circuito judicial penal del Estado Aragua, regido por la juez y fámula a la doctrina revolucionaria Marjorie Calderón Guerrero, recibió, borracho por la embriaguez de la pena, su palo de agua: 30 años de cárcel.

Iván, antes de estremecerse por la iniquidad que crepitó en la sala, había barruntado o presentido su destino. Al borde del abismo que se le cernía, en el mismo banquillo donde sentó a tantos delincuentes mientras era comisario del CICPC, no imaginó, sin embargo, que le engarzarían los grilletes de la pena máxima. “Yo sabía que me iban a condenar. Este gobierno es de malandros. Violan las leyes y la Constitución ¿Pero 30 años?”, rememora el día que cubrió de infamia su nombre la imputación de homicidio intencional y calificado, por las muertes de Erasmo Sánchez, Rudy Urbano y Josefina Rengifo —amén de la invectiva por lesiones personales y gravísimas en perjuicio de una veintena de personas que marchó, junto a dos millones más, el malhadado 11 de abril de 2002.

Aun cuando ya han transcurrido 12 años de la tragedia, los silbidos de las balas todavía refunfuñan su violencia en los oídos de Iván, lo mismo que se columpian en su memoria las cruentas imágenes de llanto, luto y desolación de quienes, entre consignas, pitos y banderas tricolores, tomaban el legítimo derecho de protestar en contra del clavo de demagogia y despotismo que atornillaba en el proscenio de Miraflores al entonces presidente Chávez. Desmenuza, asimismo una a una las palabras que profirió ante las cámaras de Luisiana Ríos, periodista del extinto RCTV, en denuesto de la locura que deambulaba libremente por el valle. “Exhorté a la gente a no ir al centro de Caracas. Más de una vez llamé al Ministerio de Interior de Justicia para prevenir lo que sin frenos se acercaba, luego que a las 2:30 pm viera el primer muerto por televisión. Pero no conseguí a nadie. Estaba acéfalo. También intenté comunicarme con el comandante general de la Guardia Nacional y fue infructuoso. El resto ya lo conocemos: 12 muertos y más de 100 heridos”, discurre quedito.

Poco tiempo después se sucedían sus íntimas tribulaciones: su aprehensión, la espada de Damocles y una pelea jurídica en la que, durante cuatro largos años, desde 2006 hasta el 2010, pulularon un sinnúmero de disparates judiciales. Verbigracia: la declaración del comisario Domingo Chávez, que para la sazón se encargaba de investigar los sucesos, fue desestimada —a despecho de que señala no existir prueba alguna que incrimine a Simonovis de haber ordenado la masacre en contra del tsunami de gente que se abalanzaba sobre Miraflores. Entre otras arbitrariedades y como colofón de la ceguera e impunidad, las 196 declaraciones a favor del imputado se extraviaron en la vorágine de rencor e imparcialidad del poder judicial —que, dicho sea de paso, también se negó a que le concedieran el sobreseimiento de su causa a través de la amnistía que Chávez promulgó el 31 de diciembre de 2007. “Claro, porque soy un preso de Chávez, un perseguido político; por lo tanto, la solución era confinarme de por vida, porque esto es como una cadena perpetua, pero no voy a silenciar mis denuncias. Seguiré escribiendo, dando entrevistas y declarando ante los medios y ante el mundo. La única manera de que me calle es con la muerte”, se insufla de valor y continúa: “¿sabes qué es lo peor? Que los setenta pistoleros, incluidos los de puente Llaguno, que sí tirotearon mansalva, que sí mataron sin piedad, están afuera gracias a la amnistía”.

Iván, a sabiendas de que su ímpetu y sed de justicia se diluyen en el cacareo de la visita, se indigna porque los poderes, las cortes y la Defensoría del Pueblo, entre otros, caen de hinojos ante el dictamen de Chávez, ahora prolongado por su delfín Nicolás Maduro. “Ya hice todo. Ya apelamos ante todas las instancias, hasta un recurso de casación introdujimos, pero fue rechazado. Sólo me queda esperar a que el pueblo venezolano termine de despertar de este maligno hechizo. Y despertará”, se esperanza. Mientras llega el juicio final, sortea los embastes del confinamiento, que son menos fuertes ahora que el Tribunal de Ejecución dictara, este sábado 20 de septiembre, en horas de la madrugada, la medida casa por cárcel en tanto recupera su delicada salud. “Escribo, leo, pero sobre todo, pienso y pienso. Oro por mis hijos, mi mujer y mi vida”, se le astilla el caparazón de su entereza. También dibuja en su mente noches lluviosas y tardes soleadas —sólo recibía cuatro horas de luz natural al mes, y sueña con amaneceres y con el canto de los gallos. “¿Sabes cuál es la música que me despierta cada mañana? El tintineo de las cadenas que encierran mi celda”.

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