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Vivir con el Monstruo del Guaire en un calabozo

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21/03/2017
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TEXTO: NATALIA MATAMOROS | FOTOGRAFÍA DE PORTADA: DAGNE COBO BUSCHBECK

Su nombre es Alexander Ramírez. Hace año y medio lanzó a sus dos hijastros a las aguas del río Guaire. Mientras espera su cupo a la cárcel de El Dorado, comparte calabozo con seis exfuncionarios policiales. Ellos ya lo ignoran, a pesar de lo que hizo. Pasa horas leyendo y del delito que cometió habla poco. A veces padece de insomnio, quizá la culpa no deja dormir. Cuando lo trasladen, sabe que pagará su crimen con sangre

Mientras las goteras del techo caen sobre un pipote colocado en la esquina de uno de los calabozos de Polichacao, Alexander Ramírez pasa horas sentado en un rincón hojeando el libro El caballero de la armadura oxidada. Aunque permanece callado y sumergido en la lectura, él no es un preso común, su hoja de vida está teñida por un delito abominable que lo mantiene tras los barrotes. Bien aislado. En un arrebato de ira hace un año y seis meses lanzó a sus dos hijastros a las aguas turbias del principal río que atraviesa el valle de Caracas. A partir de ese momento se ganó el mote de “El Monstruo del Guaire”.

Su apariencia física y su conducta no intimidan, distan mucho de las del típico azote de barrio. Aunque solo tiene tres mudas de ropa y siempre anda impecable. No dice groserías, pide permiso y no se queja como el resto de los presos que no se cansan de exigir traslados y comida porque están hambrientos y hacinados —hartos de dormir apilados en celdas de cuatro metros cuadrados por dos. Las veces que no lee, pide a uno de los agentes una escoba para barrer la jaula. Del delito que cometió solo ha hablado en dos oportunidades. En la última confesión le contó a uno de los uniformados que lo cuida que no pudo soportar el desprecio de su expareja, Auristela Durán. Ella había decidido pasar u olvidar la relación que mantuvo con él durante dos años, estaba aburrida, ya no lo quería. El desamor abrió paso a un sentimiento de rabia, sospechaba que ella lo estaba engañando con otro hombre. “Le di un golpe donde más le duele: sus hijos”, le expresó al policía.

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La relación la había terminado él, pero quedaron como “amigos”.  Él con frecuencia daba demostraciones de afecto hacia los niños de Auristela, uno de seis y el mayor de 10 años. En su tiempo libre los visitaba a Catia La Mar, donde vivían con su madre. La mañana del 20 de septiembre de 2015, él los fue a buscar para pasear con ellos su insidia en el Parque del Este. Después del recorrido los llevó a comer helados y cuando caminaban por el puente que comunica a Las Mercedes con Bello Monte, se detuvo y cargó al más pequeño y lo lanzó al río, luego sostuvo entre sus brazos al mayor que le gritaba “papá no me tires, por favor” y se aferraba a él para que no lo dejara caer, pero Alexander dominado por la rabia lo tiró al agua.

La corriente del Guaire arrastró a los pequeños. El más grande en un acto desesperado por sobrevivir abrazó una rama y fue avistado por un hombre que viajaba en un autobús. El pasajero gritó para que el vehículo se parara y se lanzó al caño para salvarlo. Había tragado mucha agua, pero logró sacarlo con vida. Cuentan que a raíz de este episodio el niño no duerme bien y las pocas veces que concilia el sueño tiene pesadillas y despierta en una crisis de llanto.

Su hermano menor no tuvo la misma suerte. La fuerza del agua se lo llevó y hasta la fecha sigue desaparecido. Los drones que había desplegado Protección Civil durante varios días desde Caracas hasta la población de Barlovento, no lo hallaron. Presumen que quedó sepultado entre los sedimentos. Luego de haberlos lanzado, Alexander quedó en shock, paralizado y mudo. En fracción de minutos pasó de ser un albañil que trabajaba por cuenta propia a un asesino.

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Los transeúntes, que fueron testigos del hecho, lo acorralaron, le gritaban: “maldito, por qué lo hiciste”, “tú no ves que son criaturas inocentes”, le pegaron en la cabeza y en el estómago. No dejaban de patearlo. Él, en medio de su letargo, no pudo defenderse del ataque. Minutos más tarde una comisión de Polichacao lo rescató de la turba enardecida para evitar que lo lincharan. Lo llevó a una de las jaulas que recientemente habían habilitado en la sede policial para continuar acumulando presos.

Cuando el resto de los internos se enteró de su llegada y de lo que hizo hubo protestas. Decían a todo pulmón: “pásamelo pa’ acá, que yo hago justicia”, “sabes que si te descuidas no vas a salir vivo”, “te vamos a picar”. Aunque los calabozos policiales son espacios de albergue transitorio, se manejan los mismos códigos que en los centros penitenciarios. Los reos no perdonan que otros de su misma calaña agredan o violen a un niño, los pequeños son sagrados y el que atente contra ellos es sentenciado con la pena capital. Por lo general son muertes peor que violentas. Horrorosa, es un adjetivo menor en comparación a lo que puede ocurrir: torturas, desmembramientos, desuellos y hasta degollamientos.

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Ley del hielo

Para preservar su vida Alexander convive con un grupo de seis expolicías, acusado de robo y matraqueo. Aunque ellos no se meten con él, sus compañeros de celda dejan claro que no les agrada. No le hablan y las pocas palabras que cruzan son para dejarle algún recado. Se niegan a compartir con él la poca comida que reciben. “No merece ni agua”, dicen los exfuncionarios. Los agentes que lo custodian son los que le consiguen sándwiches y sopa para que se alimente.

En retribución a la ayuda, Alexander colabora botando la basura y aseando el baño. Un funcionario cuenta que es disciplinado, lava su ropa cada dos días en un pipote que le prestan y la cuelga en unos hilos de alambre, que hacen las veces de tendedero. Trata de mantener la celda limpia, aunque no hay detergente que combata el olor a orine que emanan los 12 calabozos construidos en la sede policial.

En las noches no descansa como los demás internos, en colchonetas tendidas en el piso, sino en una hamaca improvisada que colgó del techo, hecha con sábanas viejas. Allí se acuesta, a veces sufre de insomnio. El agente dice que la culpa es la causa de su desvelo y no lo deja en paz. “Él no llora porque sabe que aquí eso está prohibido, pero seguramente lo hace en silencio, está arrepentido”, confiesa el uniformado.

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La madre de los pequeños, pese al luto, solo una vez lo visitó para llevarle comida. Otro funcionario que lo cuida recuerda que ella se presentó una tarde, a los pocos días del crimen. Le dejó una vianda con arroz y carne molida y no volvió. La mamá de “El Monstruo del Guaire”, horrorizada por lo que hizo, aún no lo ha perdonado. Ella dice que su hijo murió aquel 20 de septiembre de 2015.

Su abuela es el único familiar que pisa la sede policial para verlo. Él la recibe de vez en cuando en un pasillo pequeño con paredes cundidas de grafitis, habilitado para que los reos hablen con sus parientes. La anciana no está en condiciones económicas para viajar con frecuencia desde el interior del país a Caracas, —apenas se mantiene con el dinero de la pensión. “Ella, cuando puede, viene al menos una vez al mes, le trae jabón, ropa interior y algo de comida, lo que consigue por ahí. Dice que así sea un criminal Alexander es su nieto y no lo va a dejar solo”.

“El Monstruo del Guaire” es el preso más antiguo de la Policía Municipal de Chacao. La fecha de traslado a la cárcel de El Dorado, en el estado Bolívar, donde cumplirá su pena, sigue siendo una incógnita, como lo es también el día para los otros 65 detenidos que conviven en el área de guarda y custodia de la institución, cuya capacidad es de apenas 36 internos. De acuerdo con un estudio hecho por la ONG Una Ventana a la Libertad, hay 44 mil reclusos en los calabozos policiales del país que están a la espera de cupos en los penales. La sobrepoblación en esas celdas es de 378%. Mientras los días de Alexander transcurren en esa jaula impenetrable por los rayos del sol, él está consciente que, al llegar a El Dorado, los reos lo harán pagar por lo que hizo. “Yo estoy claro de que me voy a morir. Voy a pagar mi crimen con sangre”, lo decreta.

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