Política

El camión al que se subió Ana María Sanjuán

Aunque Ana María Sanjuán no es una recién llegada a la política, ha dado un giro inesperado tras largos años siendo una figura de izquierdas, pero sin militancia partidista conocida. La imagen que tendremos de ella, junto a su trayectoria universitaria, será la de una militante en campaña junto a la presidenta encargada Delcy Rodríguez

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La imagen recorrió las redes y los noticieros: Ana María Sanjuán, ministra de Educación Universitaria, de pie junto a Delcy Rodríguez en una caravana multicolor atravesando Maracaibo. Subida al camión, sonriente entre banderas y consignas, así estuvo en la “Gran Peregrinación Nacional Unidos por una Venezuela sin Sanciones y en Paz”, el lunes 20 de abril.

El acto, presentado como movilización ciudadana contra las medidas coercitivas, en verdad tiene fines claramente electorales: recorrer el país, consolidar el liderazgo y la visibilidad de Delcy Rodríguez y su equipo. Para muchos comentaristas, especialmente en la red social X, ha sido una suerte de Rubicón para esta veterana académica.

Sanjuán no es una recién llegada a la política. Psicóloga social, profesora de larga trayectoria en la Universidad Central de Venezuela, había construido durante más de dos décadas un perfil de intelectual comprometida con la convivencia. Colaboradora cercana de figuras como Alí Rodríguez y José Vicente Rangel, su cercanía con este último tal vez ha sido su puerta de entrada para ser una persona de confianza de los hermanos Rodríguez, y en particular de Delcy, ese nombre a secas que ahora muestran las vallas oficiales.

Sanjuán ha transmutado. El sello con el que intervino largamente en el debate público fue la construcción de puentes. La iniciativa “Aquí cabemos todos”, su paso como directora del Centro para la Paz y los Derechos Humanos de la UCV y su labor como profesora universitaria la posicionaron como una de las voces más consistentes en favor del diálogo en un país atravesado por la polarización.

Durante años, Sanjuán insistió en que la paz no era un eslogan, sino un trabajo cotidiano de reconocimiento del otro. Organizó foros, mesas sectoriales, encuentros entre opositores y oficialistas, académicos y dirigentes sociales. Siempre se identificó con la izquierda, sin complejos, pero rehusaba el carnet partidista. Su independencia ha sido tal vez su mayor capital político.

En país donde hay poco espacio para que las decisiones políticas te sorprendan, Ana María Sanjuán ha sorprendido dos veces en cuestión de semanas. La primera, su designación como ministra de Educación Universitaria el 18 de marzo de 2026. La decisión de Delcy Rodríguez fue recibida con beneplácito inicial en los campus. Una profesora de la UCV al frente del ministerio parecía una garantía de sensibilidad académica.

Sin embargo, ya entonces surgieron las primeras dudas razonables: ¿cómo puede una figura que es parte del poder mostrarse con una supuesta neutralidad en favor de la convivencia? Al ser parte de un gabinete de Gobierno, lamentablemente, te haces responsable del conjunto de decisiones que se tomen y también de las cosas que se dejen de hacer.

No pocos pensaron que Sanjuán mantendría un pie en la academia y otro en el Gobierno, preservando su rol de articuladora. Un mes después llegó lo que sí era difícil de prever: la ministra en el camión de la campaña, en una clara demostración pública de cercanía con la presidenta encargada.

El timing agrava la percepción: este acto ocurrió en Maracaibo a escasos dos días del primer paro nacional universitario convocado por los profesores universitarios. Precisamente el sector que le compete a Sanjuán como ministra está en ebullición por salarios, autonomía, infraestructura y condiciones de estudio. Y ella encima de un camión en un acto netamente proselitista.

Y aquí radica el nudo del giro que ha dado la profesora: en Venezuela, las fronteras entre lo institucional, lo partidista y lo personal se diluyen con facilidad. Sanjuán no es la primera ni será la última figura “independiente” que termina absorbida por la lógica del poder. Pero pocos casos ilustran con tanta claridad cómo una trayectoria de dos décadas puede quedar opacada por una sola imagen.

Políticamente, el movimiento tiene sentido para Delcy Rodríguez. Incorporar a Sanjuán no solo suma una cara académica respetable a la caravana; legitima el discurso de que la “paz” y el “diálogo” son banderas oficiales. Para la ministra, en cambio, el costo es alto. Su capital simbólico —el de la intelectual independiente— se devalúa. Quienes la veían como posible mediadora en la previsible ola de conflictividad que le espera a Venezuela ahora podrían -y con razón- percibirla como parte del aparato de poder chavista.

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