Espectáculos

Jurassic World forzó la extinción de los superhéroes

Ni usted podrá convencerme a mí que Jurassic World es una película en vez de un parque de atracciones, ni yo podré evitar que mi opinión se levante con la insignificancia de una lagartija ante volúmenes descomunales. El tamaño importa: fue el estreno más taquillero de la historia en Estados Unidos (con casi 209 millones de dólares, pisoteó el récord de la primera The Avengers), quebró luego la marca para el mejor segundo fin de semana en cartelera (107 millones) y en apenas unos días ya está entre los 20 filmes más taquilleros de todos los tiempos en el planeta, desplegando alas de pterosaurio hacia la eternidad. ¿El meteorito que ocasionará la extinción de los superhéroes?

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Se trata de uno de esos casos en los que parecen irreconciliables las convicciones del público masivo y de la crítica elitesca. Pero estamos obligados a buscar un punto medio.

“Lloré cuando vi el primer dinosaurio que presenta la película, un animal gigantesco comiendo de la copa de los árboles. Era tan hermoso, tan dulce y estaba tan vivo frente a mis ojos. Eternamente vivirá para mí. Frente a esa imagen de los dinosaurios se puede encontrar la razón misma del cine y de la poesía cinematográfica”, escribió en 1993 quien fue en vida uno de los más destacados guionistas y críticos del séptimo arte en Venezuela, además de paladín de la diversidad sexual: David Suárez. Lo hacía en defensa de Steven Spielberg y su Jurassic Park: “El descomunal éxito de taquilla de la película exaspera los sentimientos de los pequeñoburgueses que tratan a Spielberg como un simple director de oficio”, reclamaba Suárez.

Noté la barrera generacional cuando esta semana pedí en el cine una entrada para “Jurassic Park” y la muchacha de la taquilla me salió con un: ¿Jurassic qué? Solo tenemos Jurassic World, señor”. La película de Spielberg de 1993 se apoyaba la teoría del caos, un concepto entonces de moda, y en su realización se emplearon “animatronics”, marionetas electrónicas gigantes hoy completamente obsoletas ante la tecnología digital que es capaz de recrear cualquier imagen antes solo soñada.

¿Fue Jurassic Park una revolución, un antes y un después en la historia del cine? Sí, lo fue. Nunca antes se había recreado una forma extinta de vida con tanto realismo. Dos décadas antes de la moda de los videos verticales en los smartphones, Spielberg jugaba incluso con una insólita toma “recostada” como recurso para sugerir que no había otra manera de plasmar el cuello de un apatosaurio herbívoro.

Supongo que los espectadores que en 1925 observaron una batalla entre un tiranosaurio y un triceratops en El mundo perdido también sintieron que presenciaban una revolución:

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También los que en 1970 se acercaron a Cuando los dinosaurios gobernaban la Tierra en 1970:

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O los que imaginaron en 1864 la pelea entre un ictiosaurio y un pleisosaurio luego de leerla en las páginas de Julio Verne (Viaje al centro de la tierra).

¿Me pareció Jurassic Park una gran película en 1993? Sería un mentiroso si le dijera que sí. ¿Marca Jurassic World una revolución en la historia de la imagen, como Jurassic Park? Probablemente no. Podría concluirse que, con la introducción de le tecnología digital, hemos perdido ya la capacidad de asombro. De todos modos, dígale eso a los que han pagado ya más de 1.021 millones de dólares en todo el planeta por boletos de cine, un número que crece minuto a minuto y probablemente dejará atrás a Rápido y furioso 7 y Avengers 2.

¿Cuál es la novedad en el argumento de Jurassic World con respecto a su antecesora de 1993? Ya entonces había manipulación genética para devolver la vida a lo extinto. En esta ocasión, hay un grado superior de sofisticación. Y de depravación. En la película se explica que los visitantes del parque temático en una isla de Costa Rica se cansan rápido y claman por nuevas especies, algo así como los fichajes del Real Madrid de cada verano. Esto lleva al desarrollo en laboratorio de animales que ni siquiera existieron hace 100 millones de años, como el tal Indominus Rex, un tiranosaurio mejorado y muchísimo más inteligente. Ingeniería con efectos secundarios inesperados: unos genes de calamar por acá le convierten en un camaleón de 15 metros de largo. Unos genes de ranas arbóreas por allá le permiten autorregular su calor corporal y engañar los detectores térmicos. ¿Sabía que ya se crearon ratones fluorescentes con genes de medusa?

Me parece haber visto una historia parecida alguna vez. ¿Dónde? En una película del montón muy divertida que vi en una función de medianoche (eso existió) en el Centro Sambil: Deep Blue Sea (2000), con tiburones mejorados genéticamente y una actriz de mirada triste y digna de la que enamoré para siempre, Saffron Burrows, una especie de Mónica Spear de piernas larguísimas emergida de la neblina londinense.

¿Hay algo parecido a Saffron Burrows en Jurassic World? No, porque para apreciar Jurassic World hay que entender alguna de las claves de la franquicia creada por Spielberg y continuada ahora por su respetuoso discípulo Colin Trevorrow, de solo 39 años y emergido del cine independiente:

1. Los personajes humanos nunca son fascinantes. Los femeninos, mucho menos: ni lo fue Laura Dern en 1993 ni lo es ahora la pelirroja Bryce Dallas Howard. El entretenimiento es estrictamente familiar y el elemento sexual está prácticamente ausente, con la excepción del subliminalmente implícito en el tamaño de los reptiles erectos.

2. Los rasgos esquemáticos de los grandes estereotipos humanos deben establecerse de inmediato: la tía workahólica, el niño vulnerable y su hermano mayor púber, el explorador que se comunica con los saurios, el científico soberbio, el perro de la guerra, etcétera. Un velocirráptor es una criatura mucho más compleja.

3. La exposición integral en pantalla del gran carnívoro debe retrasarse lo más posible. Aquí pueden encontrarse ciertos símiles con el espectáculo de striptease e incluso con un acto sexual en el que la descarga orgásmica se posterga hasta el límite.

4. Los finales siempre son flojos, insatisfactorios y abiertos. No hace mucha falta que le diga la razón.

5. El efecto Terminator: el viejo villano de tecnología obsoleta, a la luz del paso del tiempo, salta la talanquera y se convierte en un factor simpático y benévolo. ¿De quién hablamos? Nada menos que del pana Tiranousario, tan confiable como un Dodge Dart de 1976.

22 años después, con un gobierno de Hugo Chávez clavado en el medio (¿el último gran dinosaurio de la Guerra Fría o el primero de una nueva generación), el mensaje de Jurassic World sigue siendo más o menos el mismo: nunca puedes dominar 100 por ciento a la naturaleza, ni domesticarse como exhibición de parque temático sin asumir las consecuencias. Cabría establecer un correlato en las fuerzas desatadas de la economía y los intentos de acorralarla con controles. Quizás no vale la pena intelectualizar demasiado un producto cultural capaz de generar semejante unanimidad en sus resultados. Compre su ticket para estremecerse con el nuevo monstruo marino, el mosasaurio, quién sabe si viene una secuela suya al estilo Liberen a Willy. ¿Podrá compararse la nueva entrega de Star Wars con el músculo en taquilla de los dinosaurios? Esa es otra pregunta fascinante que solo conoceremos en diciembre.

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