"El diablo viste a la moda 2" es la única secuela realmente necesaria de la década
“El diablo viste a la moda 2” regresa al universo de la cinta original, explorando en su conocida premisa con ritmo ágil, ironía y una mirada más oscura al periodismo actual. El ya conocido glamour convive con despidos, la amenaza de la IA y egos en guerra
“El diablo viste a la moda 2” tiene un problema: es la secuela de una película icónica que ya es parte de la cultura pop. Por lo que el directorDavid Frankel debía justificar el motivo por el cual la cinta necesitaba una continuación. Algo que pasaba por dejar claro que no se trataba solo de recaudar dinero, sino de contar algo nuevo.
Por sorprendente que parezca en esta época de remakes y reboots, “El diablo viste a la moda 2″ lo logra. Además, lo hace con una enorme elegancia y consciente de su lugar como película de confort para toda una generación. La cinta, que regresa con su elenco intacto y profundizando en sus temas principales, tiene el buen gusto de no repetirse. Basa su efectividad en lograr que lo que plantea (cómo sobrevive Runway a la época digital) se cuente de manera lo suficientemente sólida y relevante como para sorprender y resultar interesante.
Todo, sin perder su entusiasmo, buen humor y ritmo. En esencia, el guion de Aline Brosh McKenna rescata la identidad de la película original de 2006 y la vuelve una reflexión en tono de última generación de lo que puede pasar cuando la tradición pierde relevancia e importancia. Mucho peor, a favor de la tecnología sin alma o, en cualquier caso, en detrimento del talento y de la calidad.
La película de nuevo recorre el mundo de la moda y de la prensa, pero esta vez lo hace en tono de homenaje, con una cuidada perspectiva sobre la necesidad de recordar el aporte del periodismo impreso, el buen gusto y la creación artesanal. Un puñado de temas que en ocasiones parecen muy tensos, duros y complejos para una supuesta comedia superficial sobre una batalla de egos sobre la pasarela.
Recorrer un mundo conocido en “El diablo viste a la moda 2”
Como toda secuela que se precie, la cinta comienza con una estrategia bastante efectiva: no pierde tiempo explicando demasiado y lanza a los personajes de vuelta al tablero con una serie de imágenes que evocan el pasado sin quedarse atrapadas en él. Por lo que de inmediato queda claro que no es una obra nostálgica ni necesita de la primera película para sostenerse o tener su propia identidad.
Andy Sachs (Anne Hathaway), en teoría, disfruta del ideal de cualquier periodista con ambición: reconocimiento, prestigio y una trayectoria en ascenso dentro de un medio serio.
Todo parece ir en la dirección correcta hasta que, justo antes de recibir un galardón importante, la realidad decide interrumpir el momento con una brutalidad muy contemporánea: un mensaje de texto le informa que se quedó sin empleo. Sin ceremonia, sin despedida, sin siquiera una llamada. El tipo de escena que resume perfectamente el estado actual de la industria. Parte de los puntos fuertes de “El diablo viste a la moda 2” es justamente este tipo de situaciones, que resumen otras más graves. Por lo que el despido de Andy no solo es un tema pivotal. También demuestra qué rumbo toma la película.
A partir de ahí, el guion juega con la coincidencia como motor narrativo sin que resulte forzado. Runway vuelve a aparecer en el horizonte justo cuando Andy necesita un salvavidas. La revista enfrenta un problema reputacional considerable, lo que deja a Miranda Priestly (Meryl Streep) en una posición incómoda dentro de su propio imperio.
Algo que lleva al siguiente punto estratégico: el acaudalado Irv Ravitz (Tibor Feldman), un pragmático que solo desea obtener dinero y que ahora forma parte de la mesa de accionistas, decide que la solución pasa por reintroducir a Andy en el ecosistema de la revista, ahora con un rol más estratégico. Su misión no es menor: ayudar a contener el daño, recuperar la confianza de anunciantes y estabilizar una estructura que empieza a mostrar grietas. El regreso no es nostálgico, es funcional. Y eso le da un giro interesante al planteamiento inicial. Mucho más, deja claro que la idea de reunir al elenco original es una forma de mostrar su evaluación.
Viejos rostros, nuevas dinámicas
De modo que el reencuentro entre Andy y Miranda no busca repetir fórmulas. Hay una familiaridad evidente, pero también una distancia que se ha construido con los años: los dos personajes no están destinados a ser amigas, sino cómplices circunstanciales, y esa relación hace que la película sea capaz de centrarse en ambas sin recurrir a la película original o desestimar la madurez de sus respectivas figuras.
La relación ya no gira en torno a la subordinación absoluta, sino a una tensión más compleja, donde ambas entienden el valor que la otra aporta. Nigel Kipling (Stanley Tucci), por su parte, sigue siendo el pegamento emocional del entorno, aunque aquí su rol adquiere un matiz más reflexivo, como si estuviera evaluando silenciosamente todo lo que ha dado a la industria.
Emily Charlton (Emily Blunt) regresa convertida en una figura poderosa dentro de una gran casa de moda, lo que añade una capa interesante a su interacción con el resto. Su evolución no elimina su sarcasmo característico, pero lo combina con una seguridad que antes apenas insinuaba. La película encuentra en ella uno de sus motores cómicos más eficaces, con diálogos que cortan como vidrio fino y momentos que equilibran perfectamente humor y fragilidad.
El conflicto central se intensifica con la entrada de nuevas fuerzas que buscan moldear el futuro de Runway según sus propios intereses. Jay Ravitz (B.J. Novak), hijo de Irv, representa una visión corporativa más agresiva, centrada en resultados inmediatos y expansión digital. En el lado opuesto, Benji (Justin Theroux), pareja de Emily, encarna un enfoque igualmente ambicioso, pero con otras prioridades, más alineadas con el prestigio de marca que con la rentabilidad pura. Entre ambos se genera una disputa constante que convierte la revista en un campo de batalla elegante, pero no menos despiadado.
Lo interesante es que estas tensiones no se presentan como simples choques de ego. Más bien, son el reflejo de un cambio estructural más amplio: la moda, el periodismo y la cultura mediática están atravesando una transformación acelerada. La película utiliza estos enfrentamientos para mostrar cómo las decisiones estratégicas afectan directamente a quienes trabajan dentro de la maquinaria. No hay héroes claros ni villanos absolutos, solo intereses que chocan y obligan a los personajes a adaptarse si quieren sobrevivir profesionalmente.
Actuaciones que sostienen el espectáculo
Meryl Streep le brinda al personaje una vejez digna y ajena a los clichés. No necesita exagerar; cada gesto está medido, cada pausa tiene intención. Su interpretación mantiene intacta la esencia del personaje mientras deja ver pequeñas grietas que humanizan sin restarle autoridad. Anne Hathaway, en paralelo, construye a una Andy más segura, menos reactiva, capaz de moverse en ese entorno sin perder su brújula moral.
Stanley Tucci aporta una sensibilidad que eleva varias escenas por encima del tono general. Su presencia funciona como ancla emocional. Y luego está Emily Blunt, que directamente roba cada momento en pantalla. Su manejo del timing cómico es impecable, pero lo más interesante es cómo introduce matices que evitan que el personaje se convierta en caricatura. Hay una vulnerabilidad que aparece en momentos clave y que añade peso a sus decisiones. Es, probablemente, el elemento más entretenido de toda la película.
Emily Blunt en su papel de Emily Charlton
La incorporación de personajes nuevos suele ser un terreno complicado en secuelas, pero aquí se maneja con bastante acierto. Amari (Simone Ashley), la nueva asistente principal de Miranda, recoge el legado de Emily sin intentar copiarlo. Su sarcasmo tiene otra textura, más seca, más contenida, pero igual de efectiva. Por lo que es una pespectiva actualizada del caos que implica trabajar en Runway.
Por otro lado, Caleb (Caleb Hearon) y la asistente de Andy interpretada por Helen J. Shen aportan una dinámica fresca. Él encarna el agotamiento laboral llevado al extremo, mientras que ella introduce una energía optimista que contrasta con el cinismo general. La mezcla generacional se siente orgánica, como si la película entendiera que el relevo no implica reemplazo, sino coexistencia incómoda.
Moda, medios y el colapso elegante
Uno de los aciertos más claros del guion es su enfoque en la crisis del periodismo. La historia incorpora elementos actuales como la automatización, la presión por métricas y la influencia de grandes corporaciones tecnológicas, sin convertirlos en discursos pesados. Todo está integrado en la trama de forma natural, afectando decisiones y relaciones.
La película deja claro que el glamour sigue siendo parte del espectáculo, con desfiles, viajes y apariciones fugaces de figuras reconocibles, pero el centro emocional se desplaza hacia quienes intentan mantener viva la integridad del trabajo editorial. Hay una especie de homenaje implícito a la profesión, aunque sin idealizarla. Se reconoce el desgaste, la incertidumbre y la constante necesidad de reinventarse.
El resultado es un retrato que mezcla admiración con una dosis considerable de escepticismo. Todos temas profundamente serios que laten en el subtexto de una brillante y bien construida historia sobre el mundo contemporáneo, la fama y la celebridad. La continuación que el clásico del 2006 merecía.
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