El día que Galipán dejó de ser un paraíso

Las lluvias constantes habían azotado al país desde inicios de diciembre de 1999, pero la noche del día 15 El Ávila despertó: las quebradas colapsaron e inició un deslave que cobró vidas de quienes habitaban en sus bosques

Antes de la tragedia de 1999, en Galipán hacían vida unos 2.000 habitantes, pero en apenas horas del 15 de diciembre ese número se redujo en más de una decena. El deslave causado por las incesantes lluvias arrastró tierra y personas en los sectores San Francisco, San Isidro, El Cacique y San José.

Zuleika González apenas tenía ocho años, pero el impacto fue tan rudo que recuerda cada detalle de esa noche. Vivía con sus padres en una casa de bahareque, en el sector Manzanares, parte media de Galipán. “No teníamos muros alrededor de la vivienda, por lo que fue necesario salir de nuestra casa, que además estaba toda inundada. Vivimos en una especie de lomita, con quebrada de lado y lado”. Una zona idílica mostró su vulnerabilidad.

Hasta el 18 de diciembre, “40 personas perdieron la vida y 80% de las viviendas fueron desplomadas”

Para salir del sector debieron subir unos cuantos metros “hasta llegar a un punto donde la crecida de la quebrada nos permitiera pasar. Nos trasladamos de casa en casa, como muchos galipaneros hicieron, hasta que nos establecimos en la casa de mis abuelos maternos”, en el sector San Antonio. Ahí las autoridades le advirtieron los peligros que corrían y les pidieron que por favor desalojaran la casa. La familia se negó y permanecieron en San Antonio un tiempo indefinido, mientras se normalizaba la situación. “Nos daba temor perder las viviendas”.

Diego Urdaneta, paramédico que colaboró en la búsqueda y rescate de los afectados de la tragedia del 99 en varios sectores del país, explica que el trabajo de los socorristas comenzó al subir por Cotiza. «Duramos casi ocho horas de trayecto por las condiciones de la carretera. No había acceso en vehículo y había que montar sistemas para que se pasara con seguridad. La afluencia del agua era grande”.

Galipán

“La primera noche en Galipán trabajamos en un radio de acción del campamento, en el sector La Chivera. Identificar si había personas fallecidas, cuántas personas quedaron damnificadas. Las primeras horas de rescate empezaron a las 5:30 am, que fueron desde La Chivera hacia los otros sectores de Galipán. En San Isidro el personal se abocó a rescatar y dar los primeros auxilios, para posterior sacar a los que no podían caminar en camillas, identificar los cadáveres. Todas estas personas ya estaban identificadas por sus familiares y conocidos en el pueblo”.

Urdaneta recuerda que fueron cuatro días de arduo trabajo en Galipán. En principio la prensa no reseñaba lo que pasaba en el parque nacional, sino hasta el sábado 18 de diciembre cuando en televisión, radio y periódicos se dio a conocer que “efectivos de la Guardia Nacional, Policía Metropolitana, Inparques, Bomberos, Cruz Roja y equipo de médicos y paramédicos voluntarios” realizaban las labores de rescate de heridos.

El entonces viceministro de ambiente, Carlos Enrique Tinoco, anunció que se habían encontrado 18 cuerpos hasta el viernes 17 de diciembre. Sin embargo, el teniente coronel Marcos Rivero, del Cuerpo de Bomberos del Distrito Federal, informó al diario Últimas Noticias que, por lo menos para el 18 de diciembre, “40 personas perdieron la vida y 80% de las viviendas fueron desplomadas”.

Galipán

Para el traslado de los afectados se habilitaron cuatro cabinas del teleférico, específicamente los carritos de carga, “que son los que no tienen ningún tipo de protección a los lados”. El proyecto de Ávila Mágica ya se estaba desarrollando -fue inaugurado año y medio después-, las líneas del teleférico ya existían y en la estación de Caracas las autoridades contaban con cuatro ambulancias para el traslado a hospitales y unidades del ejército.

Sin embargo, el proceso era lento para el número de afectados, por lo que Defensa Civil decidió establecer un plan de rescate aéreo para auxiliar a los damnificados de la sección del Waraira Repano. Por medio de dos helicópteros, las autoridades también ayudaron a sacar a los heridos de la zona y llevaron alimentos, agua potable y medicinas a quienes seguían arriba entre los escombros. Asimismo, el procedimiento se utilizó para trasladar los cadáveres.

“Es algo que no quisiéramos volver a vivir”, insiste Zuleika, quien no borra de su memoria “cómo bajaban de Galipán a las personas fallecidas, tapadas con bolsas negras (…) Era impresionante para nosotros ver cómo salía el agua de la tierra… las grietas en las montañas”.

Rosalina Márquez esquivó la tragedia, pero sí quedó incomunicada

Aunque su familia no sufrió pérdidas, muchas otras en Galipán sí, y las lamentan como si fueran suyas pues allá “todos somos una familia”. Según reportes de la prensa dos casos de la zona conmovieron: el primero el de la familia González Ríos, quienes en medio del alboroto no se encontraban y una de sus integrantes fue bajada de emergencia por presentar trabajo de parto. El segundo fue el de Nelson Santana y María Irradia de Santana, una pareja de recién casados que disfrutaba de los días de luna de miel y murieron por los derrumbes.

Zuleika y su gente nunca tuvieron intención de abandonar Galipán, y hoy a 20 años de aquella tragedia cruel el arraigo a aquel paraíso venezolano sigue más vigente que nunca. Eso sí, cuando llueve fuerte sienten miedo, pero nada podrá sacarlos.

“Pasamos noches largas. Nos dio el 31 de diciembre y seguíamos sacando piedras de la casa. Esa fue nuestra navidad”

El Ávila -insiste Urdaneta- tuvo sus pobladores desde antes de ser declarado un parque nacional. Allá hay personas que tienen muchos años viviendo ahí y están acostumbradas a estas cosas. Por cuentos de mi mamá, que vivía por Puerta Caracas, decía que cuando caían los diluvios y escuchaban las quebradas ellos tenían que salir, tenían un plan de emergencia. Diferente a lo que ocurrió en Galipán. Existía la emergencia, pero nadie quería dejar su casa”, concluye.

Galipán

La montaña quedó herida (Archivo 1999)

Un camino de lodo y miedo

“Las lluvias me neutralizan. Tú vuelves a estar otra vez en el mismo momento, el mismo lugar”, son las palabras que Rosalina Márquez expresa cuando recuerda la noche del 15 de diciembre de 1999. Vivía en el sector La Matica del Camino de Los Españoles, ubicado en el Parque Nacional Waraira Repano. Recuerda que ese miércoles no era un día común, normal: había un referéndum constitucional y la lluvia desde hacía días no paraba.

La condición climática la motivó a no salir hasta La Pastora para votar. Entrada la noche la tormenta arreciaba. “Era tan fuerte que no veías nada. Yo tenía un ventanal y estaba pendiente de un pino que quedaba frente a la casa porque si se caía quedaba incomunicada de la casa de mi mamá”. Un repentino corte de electricidad anunciaba que la situación se agravaba.

Su suegra tocó su puerta para saber si tenía línea telefónica y notó que el agua se estaba metiendo a la casa. Sin luz, y alumbrando con un carro y una linterna, «hice una barrera para intentar que no pasara el agua con barro. Toda la noche fue sacando agua. Mis dos cuñadas, mi suegra y mi cuñado subieron a ayudarme».

Galipán

De el Camino de los Españoles a el camino a ningún sitio (Archivo 1999)

“Nosotros supimos lo que había pasado al siguiente día, cuando nos despertamos. Vimos todas las montañas deslavadas, eran cascadas de agua por toda la montaña y quedamos incomunicados porque el camino era de tierra. Los pinos cedieron. Colapsaron el camino principal”. No había manera de salir, o por lo menos no en vehículo.

El sábado 18, Rosalina recuerda que el paso de su sector fue abierto. Pero, aunque por su casa no hubo mayores consecuencias, otros sectores del Camino de Los Españoles no corrieron con tanta suerte.

Zuleika no borra de su memoria “cómo bajaban de Galipán a las personas fallecidas, tapadas con bolsas negras»

Cuando se despejó el cielo, días después, El Ávila mostró cómo quedó rajado en su superficie. Las fotografías posteriores a las precipitaciones mostraban los arañazos de la naturaleza sobre la montaña. La tragedia también recayó sobre el Camino de los Españoles, donde afortunadamente no se registraron muertos. La diferencia del impacto del deslave en ambas localidades se debe a la hidrografía de cada sector.

En Camino de Los Españoles, Infiernito, Puerta Caracas, La Matica y el sector El Fortín, hay menos quebradas. “Solo hay dos o tres que están secas y en ese tiempo tuvieron un aumento de caudal que afectó la carretera vieja Caracas-La Guaira y Plan de Manzano. Ocurrió bastante por allá, pero no a nivel de montaña sino a pie de cerro”, explica Diego Urdaneta, paramédico y conocedor del lugar. A Galipán, añade, “le pasan aproximadamente siete ríos en su radio”. Rememora que la saturación en las quebradas era tan grande, que estar allí durante diciembre de 1999 era como ver el río Guaire en aquellos senderos. “La quebrada de San José de Galipán fue la que dio a Los Corales, en Vargas”.

Galipán

El lodo arrastó la belleza (Archivo 1999)

Angustia y pasos cortados

Aracelis Díaz y su esposo habían contraído matrimonio en agosto del 99 y se mudaron a Chacao, lejos del bosque en el que habían nacido y crecido: Camino de Los Españoles. Cuando despertaron el 16 de diciembre, notaron las marcas en la montaña. “Empezamos a tratar de llamar. En esa oportunidad ya existían los celulares, tipo bloque pero existían, y nada… no había comunicación en lo más mínimo. Decidimos que no podíamos estar sin saber de ellos por todo lo que habíamos oído en la televisión, no sabíamos en qué condiciones estaban nuestras familias”.

Junto a la familia de su esposo, Aracelis subió a un automóvil para subir a buscar a su clan. Llegados a Puerta Caracas se encontraron con el paso obstruido por lodo, piedras, troncos y casas derrumbadas. Emprendieron lo que restaba de viaje a pie. “Todo el trayecto hasta allá arriba si te vas caminando son más de dos horas. Y agrega a eso las condiciones de las vías, no era normal”. La lluvia aún no paraba y, aunque vieron pasar a habitantes del Camino de Los Españoles, no hallaron a ningún conocido que les diera señales sobre el estado de sus familiares.

Aracelis Díaz se convirtió en socorrista

Entre la angustia y el accidentado camino, el trayecto se hacía eterno. De la tierra habían brotado corrientes de agua, los pasos eran angostos, casi al borde de un precipicio, y la neblina dificultaba la visión. “Cuando llegamos a Sanchorquiz era como si el cerro se hubiera unido, eran dos montañas y el camino por el medio. No hallábamos por dónde pasar. Por el sector Las Canoas si pisabas te hundías porque no había tierra firme, lo que había era relleno de lo que se había venido de la montaña. A mí se me enterró la pierna izquierda en el lodo y la derecha me quedó arrodillada. Me agarré de unas raíces, mi esposo me jaló hacia arriba y el zapato se quedó en el barro”.

“Las lluvias me neutralizan. Tú vuelves a estar otra vez en el mismo momento, el mismo lugar”

La primera parada fue en Las Aguadas, sector donde vivían los suegros de Aracelis. Ahí, al igual que en otros caminos, se había formado una nueva quebrada que impedía el paso. La estructura, agradecen a Dios, era una construcción buena que resistió el deslave. La mitad de la casa quedó tapiada de barro, las piedras rompieron una puerta de hierro que protegía la cocina y también destruyeron las ventanas del mismo lugar y otras habitaciones. La casa estaba inundada de agua, barro, pantano. “Sobre la platabanda quedaron árboles, dentro de los cuartos había piedras”. Esa noche la familia durmió en el garaje y con guacales secos que había en el lugar hicieron un fogón para cocinar.

La mañana del 17 de diciembre, emprendió una nueva caminata de 40 minutos hasta el sector Hoyo de La Cumbre para buscar a su papá. Su hermana y su cuñado habían instalado un puente colgante con mecates y tablas para superar las nuevas quebradas. Pero la casa donde creció no había barro. Suspiró con tranquilidad. Todos estaban vivos. “Pasamos noches largas. Nos dio el 31 de diciembre y seguíamos sacando piedras de la casa. Esa fue nuestra navidad”.

De aquellos días recuerda la solidaridad y la unión de todos los habitantes del Waraira Repano. “Había una señora que dializaban, y la señora no la podían bajar a Caracas. No sé cómo ubicaron un helicóptero para que la trasladasen, pero la neblina era tanta, espesa, bajita, que no se veía nada. Escuchábamos al helicóptero, pero no pudo parar y se fue. La señora era obesa, la tuvieron que bajar cargada hasta donde la pudieran montar en un carro. Se reunieron una cantidad de hombres para cargarla, se turnaban”.

«Vimos todas las montañas deslavadas, eran cascadas de agua por toda la montaña y quedamos incomunicados porque el camino era de tierra»

El paramédico Diego Urdaneta atestigua que en El Ávila “colapsaron todas las quebradas”, que se «taponaron», que el agua buscó salir por donde fuera, que las caídas de agua «estaban saturadas» de sedimentos, piedras, árboles y hasta basura que, una vez iniciado el deslave, «todo eso se lo trajo el río». En Caracas el promedio en la época de lluvias era de 160 milímetros de agua, pero ese mes de diciembre de 1999 se precipitaron 400.