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El día que Raúl Castro nos recordó quién es el jefe

Cuba y Venezuela cada vez se parecen más. Pero con la Constituyente se pretende hermanar las consideraciones legales para atornillar un sistema de gobierno que por décadas se ha impuesto en la isla. Pero un pueblo y una dirigencia marcan la diferencia

El día que Raúl Castro nos recordó quién es el jefe

Lo más parecido a la legislación cubana es la formulación del ‘sujeto peligroso’ por el hecho de ser adversario del régimen. Esta figura está en el marco legal de Cuba y ya se ve que será contemplada por la constitución que Nicolás Maduro quiere hacerse a la medida de sus intenciones de permanecer en el poder a toda costa”. Esta es la percepción del doctor Alberto Arteaga Sánchez, abogado y catedrático de Derecho Penal. “Por la tipificación de ‘sujeto peligroso’, una persona puede ser detenida y encarcelada no por lo que hace, sino por lo que es: un opositor”.

Arteaga Sánchez, respetado jurista, dista mucho de ser el único experto que afirma que la Constituyente del PSUV es una versión con pocas variantes de la Constitución cubana. De hecho, Venezuela comparte ya muchos rasgos con la isla antillana. Entre los puntos en común destaca el racionamiento de alimentos y medicinas, que se expresa a simple vista en las largas colas a las puertas de supermercados, abastos, panaderías y farmacias. El desabastecimiento, en uno y otro país, se corresponde con la corrupción en la distribución de alimentos, que en Venezuela ha generado una élite militar que goza de gran poder y beneficios económicos.

Los dos países comparten también la persecución de la disidencia, el adoctrinamiento de la población escolar y el aislamiento ocasionado por el restringido transporte aéreo, aunque cabe observar que mientras los cubanos celebran la reanudación de vuelos entre La Habana y ciertos puntos del mundo, los venezolanos lamentan la cotidiana merma de conexiones por el abandono de aerolíneas internacionales. Y, por último, pero quizá el factor común más prominente es la militarización del sistema y de la vida cotidiana. Tanto en Cuba como en Venezuela los uniformados ocupan la mayoría de los puestos claves del gobierno y  controlan un alto porcentaje de las actividades económicas.

En este contexto, Nicolás Maduro impuso una Asamblea Nacional Constituyente que no consultó al pueblo venezolano para ser convocada, como lo establece la Constitución vigente, pero que sí goza del beneplácito del presidente de Cuba, Raúl Castro, quien recientemente expresó su «inmenso júbilo revolucionario» por la instalación de lo que la oposición venezolana llama “la prostituyente”.

La entusiasta felicitación de Raúl Castro no sorprendió a nadie. Ya el gobierno venezolano había adelantado que, entre los objetivos de la Constituyente, está consolidar el Estado comunal ideado por Chávez, con inspiración claramente cubana, y reformar el sistema judicial para tener un instrumental legal que justifique la detención de la disidencia y la disolución de la Asamblea Nacional, de amplia mayoría opositora.

La designación de la ex canciller Delcy Rodríguez como presidenta de la ANC es una confirmación de la injerencia de Cuba. «Con Rodríguez se garantiza el control cubano de las decisiones que allí se tomen», aseguró, en su cuenta de Twitter, la abogada Rocío San Miguel, presidenta de la ONG Control Ciudadano. Y, de hecho, al asumir el puesto, Rodríguez afirmó que “en Venezuela no hay hambre ni crisis humanitaria”, y dio un mensaje de confrontación contra la disidencia al hablar de “ellos o nosotros”.

El doctor Alberto Arteaga comparte la opinión según la cual la Constituyente de Nicolás Maduro “es un ardid ilegal, puesto que viola la Constitución repetidamente, para evadir cualquier consulta popular, porque el régimen ya no volverá a ganar ninguna elección. Y no debería extrañarnos que, además de dar sustento al sistema comunal, instauren la pena de muerte en Venezuela, tal como existe en Cuba. A eso parecen apuntar las alusiones de los voceros del régimen de Maduro a lo que ellos llaman ‘delitos de odio’, para los cuales están pidiendo aumento de las penas. No es descartable que ese incremento apunte a la pena capital”.

Las similitudes entre ambas dictaduras son numerosas. Y son frecuentes las alusiones a las ventajas que la profundización del socialismo en Venezuela traería para Cuba, que entonces ejercería un tutelaje sin trabas sobre la nación petrolera. La gran diferencia es que en Venezuela hay una mayoría opositora que se expresó claramente en las elecciones a la Asamblea Nacional de 2015 y que constantemente queda corroborada en las encuestas.

«Habíamos dicho venía rondando la idea de una constituyente comunal –advirtió el presidente de la Asamblea Nacional y uno de los más prominente lideres opositores, Julio Borges– Queremos decirles que lo que presentó Maduro es mucho peor a la denuncia que hicimos. Que le quede claro al mundo, al pueblo venezolano: lo que hoy se anunció no es una constituyente, no se dejen engañar […] es una estafa para engañar al pueblo venezolano con un mecanismo que no es otra cosa que agravar el golpe de Estado en Venezuela y buscar con la Constitución destruir la propia Constitución, la democracia y el voto en Venezuela. Lo que ha pasado hoy […] es el golpe de Estado más grave en la historia venezolana. Es Nicolás Maduro disolviendo la democracia y disolviendo la República».

Ningún disidente cubano ha hablado públicamente en esos términos de los Castro. Ni mucho menos ha recibido aplausos de apoyo como los tuvo Borges. Maduro y Raúl Castro se ha propuesto repetir en Venezuela lo que ya les funcionó en la isla. Pero esta vez, el libreto tiene un personaje nuevo: un país y una dirigencia que han jurado que no van a tolerarlo.