La furia de El Guapo

Miranda fue uno de los estados afectados por las fuertes e incesantes lluvias de diciembre de 1999. Los ríos se desbordaron, las calles se inundaron y cientos de familias sufrieron los daños causados por el aguacero. En Barlovento la tragedia fue absoluta el 16 de diciembre cuando se fracturó la represa de El Guapo y provocó una inmensa ola que destruyó comunidades y desapareció pueblos enteros. 20 años han pasado y sus habitantes todavía recuerdan la fecha con dolor

 

Un 16 de diciembre
Se nos vino por sorpresa
En la población de El Guapo
Se reventó la represa*

A María Magdalena Mattey le mencionan el 16 de diciembre de 1999 y su cuerpo se estremece. Niega con la cabeza, cierra los ojos, se lleva las manos al pecho. No quiere hablar de ese día, no le gusta hablar de ese día. Cuando lo hace, le cuesta pronunciar muchas palabras seguidas sin hacer pausas o sin tomar aire para continuar con su relato. Todavía le duele recordar que ahí, en el pueblo de El Guapo, en la zona de Barlovento del estado Miranda, también ocurrió una tragedia. Una catástrofe que está grabada en su memoria, a pesar del tiempo transcurrido. Escenas tan vívidas que parece que hace 20 años fueron ayer.

Había pasado 15 días encerrada en su casa en Pueblo Abajo de El Guapo junto a su hermana y su sobrino. Era diciembre de 1999 y no paraba de llover en las costas del litoral central de Venezuela. Enrique Mendoza, el gobernador del estado Miranda para la época, había decretado estado de emergencia por las frecuentes precipitaciones, el desbordamiento de los ríos y las inundaciones que estaban azotando su jurisdicción.

María Magdalena aún siente la pesadilla

María Magdalena aún siente la pesadilla

Enrique Mendoza asegura que el número de fallecidos no pasa de los 20. Nunca se pudo tener un número certero

Los ríos Chuspita y Guapo, a pocos metros de la entrada de la vivienda de María Magdalena, se rebosaron e inundaron las calles y su hogar. Los vecinos huyeron de la zona, pero su hermana, su sobrino y ella se quedaron por miedo a que los desvalijaran y los dejaran sin nada. Aún con el agua a la altura de la cintura, no se movieron.

Se negaban a abandonar su casa que con tanto esfuerzo habían levantado, así que subieron los muebles, electrodomésticos y enseres al segundo piso, aún en construcción. Confiaban en que dejaría de llover, el río iba a bajar de nivel y podrían volver a la planta baja, a la normalidad. Pero el río nunca disminuyó. Y a esa preocupación, se le sumó otra.

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La angustia navegaba las calles de El Guapo. Una noticia llegó flotando: la represa, ubicada en el sector El Guamito, a casi cinco kilómetros, se iba a romper. La estructura, construida y puesta en operación entre 1975 y 1977, es uno de los principales elementos de almacenamiento y abastecimiento hídrico de Barlovento. Hubo zozobra, inquietud, miedo. La alerta y el peligro de que de un momento a otro la represa se reventaría iban in crescendo.

Allá, en la montaña, estaba la represa

Allá, en la montaña, estaba la represa

***

Cuando comenzó la lluvia
La gente no imaginaba
El dolor y la tristeza
Que a su pueblo le esperaba 

Si hay algo que Enrique Mendoza no olvida fue lo que pasó en El Guapo en 1999. La desgracia quedó registrada en su retina y las escenas vienen a su mente cuando menos lo espera. Para la fecha, era el gobernador del estado Miranda, de los más importantes del país. Las constantes lluvias a principios de diciembre lo pusieron a recorrer el territorio que regentaba, lo obligaron a instalarse en las zonas a dirigir el operativo de su equipo de rescate y lo hicieron ver una de las mayores catástrofes allí registradas. Los periódicos de la época lo retratan con una gorra hacia atrás, un megáfono en mano y el agua cubriéndole más arriba de las rodillas.

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Mendoza llevaba días trasladándose permanentemente hacia la zona de Barlovento para atender los estragos de las lluvias que rebosaron ríos, riachuelos y quebradas de manera alarmante, inundando pueblos y caseríos de varios municipios. Decretó estado de emergencia en Miranda el 8 de diciembre en la noche y el 11 ordenó el cierre provisional de la carretera nacional que conduce al oriente del país. Su propio comandante de bomberos le comentó que se habían desbordado ríos que jamás lo habían hecho. Como un experto en la materia, le expresó su inquietud de que pudiera ocurrir algo más grande.

“Gobernador, usted tiene que tomar una decisión. Hay que evacuar todas las poblaciones donde pudiera entrar esa ola gigantesca”

El cauce del río no fue suficiente para el caudal de agua hace 20 años

El cauce del río no fue suficiente para el caudal de agua hace 20 años

Estaba inspeccionando Panaquire, un pueblo del municipio Acevedo, cuando el presidente de Hidroven, Alejandro Hitcher lo llama para pedirle que se trasladara de inmediato al cuartel de bomberos de Río Chico para comunicarle una información muy grave.

Al llegar, le informan que a la represa de El Guapo le falta menos de un metro para desbordarse. Habían abierto las compuertas para dejar fluir el agua y aliviar la presión, pero el líquido seguía entrando en grandes cantidades en la estructura. “En cualquier momento se desborda”. Le explicaron que en caso de que el agua llegara al tope de la represa, se escaparía por un tobogán de concreto. Pero si los niveles seguían creciendo, se comería los laterales de la empinada, se abriría un boquete y se reventaría la represa.

—¿Y cuántos litros son? —preguntó el gobernador.
—400 millones de litros de agua.

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“Gobernador, usted tiene que tomar una decisión. Hay que evacuar todas las poblaciones donde pudiera entrar esa ola gigantesca”, le recomendó el presidente de Hidroven. A Mendoza le extendieron un mapa sobre una mesa, le señalaron los nueve pueblos que estaban a lo largo de la ruta de la represa, pero por previsión debían desalojar al menos 15 de ellos.

Esa misma noche, a las 10 pm del 15 de diciembre de 1999, el gobernador Enrique Mendoza decidió la evacuación masiva de los poblados. Dividió a su equipo (policía, bomberos, protección civil) y los envió por grupos a los sectores. Vio cómo los números no le daban en las unidades de transporte que necesitaban para mover a la gente. “Ordené que se me secuestraran todos los autobuses de los terminales de Miranda. Váyanse hasta allá y tráiganme todos los autobuses. Fue la evacuación más grande que hemos hecho”.

Gardenia pensó que perdería a sus hijas

Gardenia pensó que perdería a sus hijas

La angustia navegaba las calles de El Guapo. Una noticia llegó flotando: la represa se iba a romper

María Magdalena estuvo en su casa hasta el 16 de diciembre en la mañana. Poco había prestado atención a la evacuación ordenada por el gobernador Enrique Mendoza la noche antes cuando confirmó que el dique cedería en cualquier momento. Fue su sobrino quien reiteró la alerta: “Tía, vámonos que se viene la represa”. Eso era lo que todos repetían en el pueblo desde hace días. Pero esa mañana el peligro parecía más real, más cercano. Agarraron un televisor pequeño, un equipo de sonido y en una bolsa metieron sábanas, algo de ropa y los tres salieron con el agua que ahora les llegaba al cuello con rumbo al centro del sector, en Pueblo Arriba.

Gardenia Ruiz, desde el umbral de su casa en la calle El Carmen, de las más antiguas de El Guapo, vio por varios días cómo el agua amenazaba con llegarle a los pies. Su esposo ayudó a los bomberos a rescatar a unos jóvenes que habían caído al río luego de que la pasarela de El Guamal se viniera abajo. En esos días todo era caos. Pero el 16 de diciembre y ante la advertencia de la débil represa, recogió algo de ropa, agarró a sus tres hijos y se montaron en la buseta de pasajeros de su esposo.

La leyenda de El Guapo cuenta que, en caso de un desastre en la represa, el sitio seguro sería en la iglesia del pueblo, porque ahí, en lo alto, no llegaría el agua. La afirmación que pasó de generación en generación fue la razón por la que todos los vecinos que dejaron su casa se refugiaron en el cerro El Cementerio, Las Torres y la plaza Bolívar, los sitios más altos.

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Por parte de la gobernación, la orden fue moverse hacia el pueblo de Río Chico, donde habían calculado que no llegaría el agua, y estaban habilitadas escuelas e instituciones para albergar a los evacuados. “Yo ordené cerrar la carretera vía Oriente, desde Caucagua hasta Boca de Uchire. Nadie podría transitar hacia Miranda, a partir del momento que decreté estado de emergencia. No podía entrar ningún vehículo para evitar la catástrofe que se avecinaba”. A primeras horas de la madrugada del 16 de diciembre le anunciaron que la evacuación estaba casi completa.

Una vez más, como tantas que había hecho en aquellos días, Mendoza se subió en su helicóptero para supervisar la crecida de los ríos porque el desastre no paraba en otras zonas de Barlovento. En horas del mediodía recibe la segunda llamada de urgencia. “Gobernador, espero que haya hecho lo que debía hacer: la represa se va a reventar. Ya es imposible de contener”, le dijo al otro lado del teléfono el encargado de Hidroven.

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Enrique Mendoza decidió ir personalmente a ver el estado de la represa, así que se dirigió en helicóptero a la zona. En el aire, el piloto señala y pregunta qué es aquello que tienen frente a ellos. Vio una gran ola, que calcula de unos 15 pisos de altura y un kilómetro de lado y lado. La represa había colapsado. El gobernador escuchó algo que pensó que solo tendría la fortuna de oír en películas y nunca vivirlo en carne propia. “¡Torre control, Higuerote! ¡Torre control. Mayday, mayday!”. Nadie contestó. Una enorme gelatina se movía en el horizonte y sobre ellas bailaban islas de tierra que habían sido arrancadas de la montaña.

La ola superó el limite superior de la casa, recuerdan sus habitantes

La ola superó el limite superior de la casa, recuerdan sus habitantes

Miró hacia abajo y descubrió zonas donde la gente no se había retirado, muchas personas que se negaron a salir y abandonar su hogar. Comenzaron a dar vueltas para avisarle a todos, con gritos y señas, que corrieran hacia las montañas, a los sitios más altos porque la ola ya se acercaba.

“Nunca se me olvidará una negra bien robusta con unos muchachitos, los niñitos como locos saludaban al helicóptero hacia mí y yo no hallaba cómo decirles. Yo veía hacia el horizonte esa ola que se los iba a llevar por delante”, cuenta Mendoza.

“Tía, vámonos que se viene la represa”. Eso era lo que todos repetían en el pueblo

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Abajo, las hijas de Gardenia habían decidido volver a su casa para comer. Ella se quedó en la plaza del pueblo, donde su esposo la ubicó. La vio sola. Dónde están las muchachas. “Se fueron para la casa porque tienen mucho sueño y bajaron a ver qué comían”, le contestó ella. “Vamos a buscarlas. La represa está full, está partida la estructura. Está a punto que se viene”.

Mamerto Velásquez vio cómo el gobernador volaba en helicóptero sobre El Guapo diciendo que había pasado lo que todos temían: “¡Busquen cerro! ¡La represa se fue!”.

Mamerto Evangelista Velásquez,también vio pasar a Enrique Mendoza en helicoptero, y luego perdió su casa

Mamerto Evangelista Velásquez,también vio pasar a Enrique Mendoza en helicoptero, y luego perdió su casa

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 ***
 La gente como corría
La gente como lloraba
Pidiéndole a Dios bendito 
Que el agua no le alcanzara

La tierra temblaba, los árboles se mecían, el ruido evidenciaba que el agua arrasaba todo. Lucrecia Trujillo lo recuerda muy bien. Ella estaba en su casa, a pocos metros de la plaza de El Guapo, cuando le avisaron que la represa se había fracturado y que una gran ola caería sobre el pueblo.

Los vecinos empezaron a salir despavoridos de sus viviendas. Hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos, discapacitados, gente que no quería salir de sus cuatro paredes. Ella recuerda que a muchos los sacaron cargados sobre los hombros. Había que correr, había que salvarse del agua, de los árboles destrozados, de la tierra que venía. A Lucrecia solo le dio tiempo de sacar de su casa una sábana azul.

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Lucrecia cargó con lo que pudo

El gobernador escuchó algo que pensó que solo tendría la fortuna de oír en películas: “¡Torre control, Higuerote! ¡Torre control. Mayday, mayday!”

Unos agarraron hacia El Cementerio o Las Torres, otros se dirigieron hasta la carretera. Todos buscaban un sitio seguro, elevado. Entre ellos, Gardenia con su familia, quienes llegaron a la encrucijada para tomar la vía hacia Caracas cuando vio cómo la ola levantó y destrozó el puente El Guapo, que forma parte de la carretera Troncal 9 que conecta la capital con el oriente. Eso se vino abajo.

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Pasaron la noche en una zona apartada de El Guapo y la mañana siguiente regresaron a su casa. Cuando llegaron, todo era lodo. “Mamá, nos quedamos sin casa”, soltó su hijo. La Calle El Carmen, la más antigua, había desaparecido. No quedaba ni rastro de lo que por tantos años había sido su hogar. Vecinos cuentan que la ola se desvió, pasó por el estadio del lugar, hacia Pueblo Abajo. Las casas de Nuevo Guapo desaparecieron. Todas.

“En menos de cinco minutos todo se acabó. Todo fue destruido totalmente. Todo estaba lleno de tierra, lodo, no había calle. Todo era agua, agua. Destrucción”, solloza María Magdalena, de 69 años, al recordar lo que vio cuando regresó a su sector al día siguiente después de que pasara la ola de la represa. “A veces la gente dice ‘lo material no duele’. Claro que sí duele”, suelta Gardenia con lágrimas en los ojos.

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Ese estadio quedó inundado

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***

Se derramaron los cielos
Se desbordaron los ríos
Se reventó la represa
Se llevó lo que era mío

El Guapo quedó incomunicado, sin luz, sin agua potable. Abandonado, desolado. 400 millones de litros cayeron con toda su fuerza sobre el poblado, dejando 5000 damnificados, reseño el diario El Nacional el 19 de diciembre. Los municipios Páez y Andrés Bello fueron los más afectados, así como las comunidades de Nuevo Guapo, El Pegón, Las Lapas, El Cristo, San Fernando, Los Cerros, Caño Arena, Caño Las Palmadas, Belén, Maimó, Herrera, Valle La Cruz, San José y Río Chico, donde habían calculado que no llegaría el agua. Al menos cinco poblados desaparecieron, según registró la prensa entonces.

En las escuelas, hospitales y centros de atención de Barlovento, donde fueron trasladados los evacuados y damnificados, no cabía ni un alma más de refugiados. Río Chico y San José ya llevaban una semana bajo las aguas, que sobrepasaban el metro de altura, y tras la fractura de la represa y la crecida del Río Tuy, terminaron de colapsar. Los habitantes de esas zonas fueron trasladados hasta Los Teques, Tacarigua, Higuerote y Petare.

En cifras oficiales de la gobernación de Miranda, 50 mil personas se vieron afectadas, más de 1200 viviendas desaparecieron y 12 municipios del estado –más de la mitad de los que comprenden la entidad– sufrieron por las lluvias de 1999.

Más de 350 kilómetros de vialidad fueron golpeados. Al menos dos kilómetros de la Troncal 9, principal vía de comunicación de la capital con el oriente de la nación, quedaron completamente deterioradas. Nueve puentes se desplomaron, entre ellos los dos que comunican El Guapo con las zonas de Caucagua, que cedieron por los deslizamientos del terreno. El sector agrícola también se vio perjudicado, con 5294 hectáreas afectadas y 8000 productores del campo perjudicados.

Aunque el gobierno regional y los organismos de seguridad desalojaron comunidades enteras (más de 10 mil evacuados en dos días, según Últimas  Noticias), la presión y la fuerza del agua causaron destrozos materiales. Casi 90 escuelas se dañaron, 17 ambulatorios fueron afectados, otros dos desaparecieron por completo, y un hospital se inundó.

Los vecinos de El Guapo no logran precisar la cantidad de muertos o identificar a alguno. “Hubo dos que murieron porque no quisieron salir”, “En Nuevo Guapo murió uno que se regresó a buscar su ropa”, dicen. Enrique Mendoza asegura que el número de fallecidos por el desastre de la represa no pasa de los 20. Nunca se pudo tener un número certero. El periódico Últimas Noticias del 19 de diciembre mencionaba que la cifra está entre los 300 y 500 fallecidos. En metálico, la cifra de pérdidas sigue siendo incalculable.

Prensa en 1999

 

La prensa del 19 de diciembre publicó que el Plan Bolívar 2000 del Gobierno nacional visitó la zona 72 horas después de la fractura de la represa: «Ahí fue cuando se presentó el Ejecutivo para colaborar, las evacuaciones se hicieron con los helicópteros de la gobernación y los carros anfibios que utilizan los bomberos de la entidad federal». En otra publicación, se afirmó que «las expectativas de soluciones a las necesidades por las cuales atraviesan los habitaste de esta jurisdicción motivado a la catástrofe no han sido resultas».

La primera respuesta al llamado de auxilio vino de manos privadas. Las empresas con sede en Miranda enviaron camiones con ayuda para los damnificados. Entre lo más requerido para ellos estaban los alimentos no perecederos, leche de larga duración y agua potable, ya que la represa de El Guapo era el principal surtidor del líquido en la zona y todas las fuentes de agua potable fueron destruidas. Varias embajadas -Italia, España, Francia, Grecia, Israel- apuraron asistencia desde sus países. Cruz Roja Internacional se abocó a la tragedia. La sociedad civil se movilizó, confirma el exgobernador. Pero ahora el mal era otro.

Los militares, al mando del presidente Hugo Chávez, impedían o intentaban decomisar el auxilio que se donaba para la entidad. “Empezó el Ejército y la Guardia Nacional a impedir que pasaron las gandolas al estado Miranda, decían que había que mandarlas a Fuerte Tiuna -donde se había dispuesto refugio a damnificados hasta colapsar el lugar-. Algunas fueron secuestradas”, afirma. “Ya venían con esa sarampión estúpida. Pero gracias a la solidaridad del mundo empecé a gerenciar sin necesidad de que el Gobierno me pusiera un bolívar de nada”.

Prensa - 1999

“Con el tiempo, y esas son cosas que quedan para la historia, esos militares que estaban en funciones y que ya están dados de baja, me han hecho los cuentos que ellos recibían ordenes de Fuerte Tiuna que no dejaran pasar nada para Miranda. Cero ayuda para Miranda”. Precisa que cuando el Gobierno intentó colaborar, él ya había “canalizado todo”. “La maldad la hicieron en el momento crítico porque dar órdenes, poner una alcabala en Guatire para no dejar pasar camiones o gandolas, es una maldad muy grande”.

El estado pudo recuperar buena parte de su infraestructura. Escuelas, hospitales y las vías fueron recuperadas, gracias al apoyo de la comunidad internacional. “Todo se fue resolviendo, hasta no dejar vestigios de que ahí pasó una desgracia”, dice Enrique Mendoza, quien afirma que si en el estado Vargas se hubiera actuado con la misma diligencia, las desdichas se hubieran minimizado.

“Los desastres ocurren en todas partes del mundo, son permanentes. La única forma de mitigar esos problemas es con gerencia. Lamentablemente aquí no hubo quien gerenciar a nivel nacional este problema. En esos momentos estaban inmersos en unas elecciones”, apunta el exgobernador.

1999 - Prensa

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Se reventó la represa
No hallábamos qué hacer
El agua hasta las rodillas
No paraba de llover

La primera vez que Juan Gómez visitó El Guapo después de que la represa colapsara y destrozara varios sectores de Barlovento, las lágrimas le recorrieron el rostro mientras se encontraba sobre el borde del puente recién caído de la Troncal 9. La zona era un desierto, no había verde en el lugar. El agua había arrasado toda la montaña, todo el monte. No quedó nada.

“Ahí dije que ni 100 maquinarias hubieran hecho lo que hizo esa ola en apenas segundos. “Cuando tú vas a atravesar el puente de El Guapo, notas que cambió la geografía. Ves como un llano, de lado izquierdo y derecho. El agua pasó y se llevó todo. Las nuevas generaciones creerán que esa es la característica de la zona”, explica Enrique Mendoza.

La furia de El Guapo 20

Juan Gómez sabe la trayectoria del agua, y la desolación que dejó

Después vinieron las acusaciones, el gobierno de Hugo Chávez habló de «fallas humanas» en la construcción de la represa. El entonces ministro de Infraestructura, José Luis Pacheco, anunció incluso un proceso penal contra responsables de que el dique se desbordara «por mala construcción». El propio Presidente -quien visitó la zona el 17 de diciembre- afirmó que había ordenado una investigación. No pasó de allí.

1999, Prensa

El gobernador volaba en helicóptero sobre El Guapo diciendo que había pasado lo que todos temían. “¡Busquen cerro! ¡La represa se fue!”

20 años después, las escenas que vio tras recorrer todo el estado Miranda en 1999 lo siguen atormentando, de vez en cuando. La gente que no pudo salvar, las vidas que la ola se llevó, las parturientas que no pudieron atender, las lágrimas que botó El Nazareno en Santa Bárbara la noche del 24 de diciembre, el agua enfurecida. En noches complicadas, la tragedia vuelve a él. “Son escenas que uno a veces cuando come mal de noche, se vienen a la mente”.

Lucrecia, por su parte, sigue agradeciéndole a Dios que la ola no se la llevó, ni a ella ni a su casa. A pesar del tiempo, no olvida y no lo supera. “Por eso cuando llega la fecha, nos acordamos porque fue grande, eso fue feo”. Dice que igual canta la canción que los parranderos de El Guapo hicieron tras la tragedia, pero lo hace con tristeza. “La canto, pero llorando”. En El Guapo, sin importar la edad, todos se la saben, todos la cantan.

El tiempo no borra el dolor que todavía siente María Magdalena Mattey cuando piensa en aquel 16 de diciembre. Vuelve a cerrar los ojos y se toca la sien con un dedo, golpeando sus recuerdos. El miedo, el estruendo, la desgracia, la ola… Todo sigue ahí, 20 años después.

Prensa, 1999

*Letra de canción popular creada por habitantes de El Guapo que la cantan como parranda en época decembrina.