Cuarentena desde Lima: "Sabemos cómo vivir en una crisis"

Sara Ramírez lidia con la cuarentena por la llegada del Covid-19 a Perú. Pese a las órdenes oficiales, sus jefes la obligaron a salir el primer día del aislamiento social en una ciudad sin transporte público y a riesgo de ser multada. Con su testimonio arrancamos esta serie sobre venezolanos en el mundo: así sobrevivimos allá afuera

La noche del 15 de marzo Perú estaba en crisis.

Los días previos a aquel domingo habían transcurrido con una angustia descontrolada. Ya se conocía que el primer caso de coronavirus había llegado al país por un hombre de 25 años que había estado en España, Francia y República Checa, y que el virus comenzaba a esparcirse como pólvora. En las calles de Perú había desespero. Se sentía en el aire la preocupación de una población que no sabía cómo enfrentar una pandemia que en su país de origen (China) había cobrado un sinfín de vidas.
Se desataron las compras nerviosas en Lima. Las colas por comida y productos de primera necesidad eran kilométricas. Para la fecha, el Estado no se había pronunciado al respecto, no había establecido medidas ni declarado estado de emergencia; pero el miedo estaba ahí.

Para Sara Ramírez los sentimientos no eran lejanos; todo lo contrario, eran tan cercanos que la transportaban al año 2017, cuando en su natal Caracas se disputaban innumerables batallas: convergían protestas sociales en contra del mandatario Nicolás Maduro y la crisis económica y social que declaraba la peor etapa del país.

«Yo me sentía en Venezuela nuevamente», admite. La incertidumbre reinaba en su mente, que además trabajaba rápidamente imaginando escenarios que la atormentaban. ¿Tendría que hacer colas por comida? ¿Y si faltando poco los insumos se acababan y perdía su día? ¿Qué pasaría si todo empeoraba? ¿Y el trabajo? ¿Y si no consigue dinero cómo se mantiene y cómo mantiene a sus padres y a su hermano que tan solo una semana antes habían llegado a Lima para radicarse con ella definitivamente?. «Acá estamos en una realidad diferente. En Venezuela no pagábamos alquiler ni servicios, aquí en Perú sí».

cuarentena

Aunque en el calor de aquel nuevo hogar ya todas las piezas estaban completas, el ambiente parecía ser un throwback de lo que todos querían dejar atrás.

Sara vive en el conocido Bulevar de Magdalena, una zona de clase media-alta como Altamira, en Caracas, pero con un tráfico de personas similar al de Sábana Grande por tener uno de los principales mercados de la ciudad. Desde su casa podía observar el descontrol de la ciudad, la ansiedad en personas que incluso llevaban consigo cosas que nada tenían que ver con la emergencia.

«Me da miedo que haya gente enferma y en los hospitales los estén mandando a sus casas. Aquí el sistema de salud es muy precario»

«Compramos comida para los 15 días de cuarentena. Creo que tenemos una ventaja y es que sabemos cómo vivir en una crisis. Mi mamá y mi papá me dijeron: ‘Sara, nosotros venimos de algo parecido a esto. Tenemos que distribuir bien los alimentos para que nos alcancen lo suficiente».

A las 10:00 pm de aquel domingo, Martín Vizcarra habló.

«Estamos ante el riesgo de que este virus pueda extenderse en todo el territorio, lo que haría más difícil controlarlo. Es por ello que hemos aprobado de manera unánime un decreto de estado de emergencia nacional por 15 días», anunció el mandatario. Vizcarra informó que hasta ese momento Perú tenía 71 casos detectados de Covid-19, por lo que solo estarían exentos de la medida los trabajadores de las áreas de la salud, farmacia, trasporte, gasolineras y bancos.

Perú

Inmediatamente, Ramírez le escribió a su jefe para saber si le correspondería ir a la oficina o podría trabajar remoto. La opción fue negada.

“Yo no pertenezco al rubro de salud, trabajo en una clínica de coaching. El coaching es salud mental pero no entra en el tema de salud y además el presidente se refería al área de salud de emergencias”.

La joven le escribió al jefe de operaciones, quien le dio la misma respuesta que su jefe directo. No conforme, le escribió al director del centro. «El presidente decía que todas las personas que salieran iban a ser llevadas a una comisaría porque se debía cumplir la cuarentena. Esos eran mis nervios, entré en pánico».

La respuesta que recibió fue que por ser una «clínica» no veían problema. «Van a textear estos dos o tres días y ahí vemos, sino los mandamos a casa», señalaba el mensaje del superior. «Mi trabajo es algo que se puede hacer desde casa (manejar redes sociales), no necesito estar ahí; pero a pesar de que insistí me dijeron que debía trabajar».

Primer día de cuarentena

Las calles amanecieron desoladas. Un domingo y hasta un primero de enero tenían más vida que aquel lunes 16 de marzo. Sara se preparó con disgusto e impotencia para salir a trabajar. De su casa a la oficina debe atravesar cuatro municipios, la distancia es como salir del centro de Caracas para llegar a El Hatillo.

«Me quise montar en el corredor (transporte público parecido al metrobús) y no me dejaron porque si no trabajaba en el rubro de salud, alimentación, transporte o banco, y no mostraba un carnet que lo justificara no podía montarme. Me tocó pagar transporte informal. En el corredor pago 1,70 soles y en el transporte informal me tocó pagar 10 soles para llegar».

«Lo que estamos haciendo es una lista para el día, es decir: ¿qué vamos a cocinar mañana? ¿qué tenemos? ¿qué falta?. Sale una sola persona. Al llegar se quita la ropa, se baña y esa ropa la metemos en una bolsa hasta que la lavemos»

Conforme pasaban las horas algunas personas se arriesgaban a salir a la calle. Sara vio a gente con tapabocas, con guantes y hasta con bolsas en la cara para escapar de un contagio. Y tal como el presidente había dicho horas antes, las vías estaban militarizadas para velar que la cuarentena en Perú se cumpliera.

«La gente está desesperada con el tema del coronavirus, y además están obligando a trabajar. Los empleadores amenazan con que los van a despedir, que no les van a pagar, cuando el presidente dijo que había que pagar sí o sí. El tema está en que los empleadores no quieren quedarse sin ingresos».

Perú

Una vez a salvo y puntual, Sara se encontró con unos pocos compañeros de trabajo. Ni los jefes ni los coach habían llegado. «El lugar donde trabajo ni siquiera se ha inaugurado, no han abierto sus puertas al público».

Desde las 9 de la mañana Sara comenzó a preguntar si el martes sería necesario salir de casa. Argumentó la soledad de las calles, los obstáculos para abordar un transporte público, el riesgo de andar sin una credencial que justificara su salida. Nuevamente los jefes insistieron en que tenían una responsabilidad y asomaron la posibilidad de un despido a todo empleado que se negara a ir.

Perú y su indiferencia

Pese a la preocupación de todos, la directiva no dio su brazo a torcer. Decidieron elaborar unos carnets para que pudieran movilizarse sin complicaciones, pero la irresponsabilidad de la decisión llegó a las 5:30 de la tarde, treinta minutos antes de que terminaran los turnos. Sin el material nadie podía salir del lugar.

«Para esa hora no había transporte. Yo tenía que pagar taxi y si un taxi me agarraba la carrera, no me importaba pagar lo que cobrara. Lo que quería era llegar a mi casa porque las calles estaban desoladas».

«Una mujer sola a las once de la noche en Perú… es complicado. Yo tenía hasta pánico de irme sola en taxi porque tú aquí sola no sabes si vas a llegar a tu casa, incluso si lo pides por Uber»

El reloj marcaba cada minuto como una condena. Sara veía el tiempo correr y su tensión aumentaba. A las 6:30 -recuerda- les hicieron las fotos a todos, para luego mandar a imprimir los carnets. A las 9:30 de la noche llegaron, pero no los entregaron. Esta vez los directores decidieron reunirse y evaluar si era necesario trabajar.

Mientras tanto, Sara intentaba que algún taxi por Uber le tomara la carrera; pero nadie en cuarentena se arriesgaba a montar a un pasajero. Sus padres, desde casa, tenían un rosario en los labios: desde hacía rato observaban que no había carros transitando.

La razón de tanta preocupación es sencilla: los riesgos que las mujeres en corren en Perú son muchos.

En 2019 se contabilizaron, según el portal Americatv.com.pe, 164 feminicidios entre enero y diciembre; mientras que entre enero y febrero de 2020 se registraron 32 casos. «Una mujer sola a las once de la noche en Perú… es complicado. Yo tenía hasta pánico de irme sola en taxi porque tú aquí sola no sabes si vas a llegar a tu casa, incluso si lo pides por Uber que son súper seguros. Acá el machismo es una vaina increíble y literal al 80% de las mujeres las han violado. No me daba miedo llegar a mi casa, sino andar sola».

En Perú ya registran cuatro muertes por Covid-19. Tres hombres de 78, 63 y 48 años de edad y una mujer de 75 años.

A las 10:30 de la noche los jefes de Sara salieron y anunciaron que el martes 17 se trabajaría desde casa, pero que estarían evaluando cómo se desarrollaban los días siguientes para regresar a la sede.

En ese momento los sentimientos eran muchos y distintos. En su cuerpo había rabia e impotencia por el tiempo perdido, pero también pánico porque estaba confirmado que Sara no tenía cómo llegar a su casa por medio de transporte público. «No tenía ni idea de cómo me iba a venir para mi casa. El poco transporte público que había no te dejaba montar porque solo podían tener personas sentadas y de los rubros».

Entonces lloró. Estaba indefensa.

Sara llegó a su casa casi a la media noche. Luego de la crisis que la embargó, sus jefes se ofrecieron a acercarla hasta su hogar. Pasó por cuatro carros diferentes y una moto. «Las calles están muy solas, fue horrible».

En casa el temor sigue

Ahora, cuatro días después, Sara genera el contenido de la clínica de coaching desde su hogar. El encierro no la agobia, vive en un apartamento con toda su familia, 10 personas en total, y dedica su tiempo a compartir con sus padres y su hermano, a quienes no veía desde hacía casi dos años.

Se distraen viendo series pendientes, cocinando, lavando, jugando entre ellos.

El miércoles 18 de marzo, desde el Palacio de Gobierno, el presidente Martín Vizcarra declaró toque de queda en todo el territorio, debido a que “hay jóvenes que se han infectado porque en horas nocturnas salían a eventos sociales. En vez de respetar responsablemente el estado de emergencia hacían caso omiso».

En las calles de Perú había desespero. Se sentía en el aire la preocupación de una población que no sabía cómo enfrentar una pandemia que en su país de origen (China) había cobrado un sinfín de vidas.

El mandatario aseguró que la inmovilización social es obligatoria y que «las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional hará valer esta norma, que será a nivel nacional”.

Los Ramírez de esas cuatro paredes no salen. Evitan tener que pisar la calle, pues en el hogar hay niños y adultos mayores, los más vulnerables al virus. «Lo que estamos haciendo es una lista para el día, es decir: ¿qué vamos a cocinar mañana? ¿qué tenemos? ¿qué falta?. Salimos bien temprano, lo compramos y sale una sola persona. Al llegar se quita la ropa, se baña y esa ropa la metemos en una bolsa hasta que la lavemos».

Miedo al sistema

En casa, uno de los primos de Sara tiene lechina y «el pobre niño anda sufriendo»; pero el miedo de pisar un hospital y contagiarse los llevó a no acudir a un centro médico. Gracias a internet, lograron contactar a un familiar pediatra en Venezuela que les ayuda a través de consultas online. Sara asegura que pese a las dificultades que atraviesa el sistema de salud venezolano, aquí los médicos “son una eminencia”.

Si en algo no confía la familia es en el sistema de salud peruano: ese es uno de sus grandes miedos. Saben de primera mano que carecen de diagnósticos confiables. O al menos esa fue su experiencia. En 2019 su abuela le dijeron que tenía líquido en los pulmones y la mandaron a su casa; pero el malestar era tan fuerte que decidió regresar a Venezuela y tratarse. En Caracas el diagnóstico fue otro: tenía metástasis en los pulmones, murió a los pocos meses. “Mi abuela estaba muy grave, y así conozco miles y miles de casos”.

El Ministerio de Salud de Perú, hasta el medio día del 20 de marzo, reportó que en el país había 263 casos confirmados y 4.035 descartados. Sin embargo, ya registran cuatro muertes por Covid-19. Las tres primeras fueron anunciadas el jueves 19 de marzo. Se trata de hombres de 78, 63 y 48 años de edad. Y el viernes 20 de marzo se confirmó la cuarta muerte, una mujer de 75 años. 

Hay un rumor en Perú: “Dicen que uno de esos muertos fue un señor que sabía que tenía coronavirus, fue al médico y le dijeron que no tenía nada, que se fuera a su casa. Pero él sentía los síntomas y presentía que tenía coronavirus así que se quedó en su casa, se aisló completamente y se murió”.

Y a Sara las suposiciones le disparan el desasosiego. “Me da miedo que haya gente enferma y en los hospitales los estén mandando a sus casas. Aquí el sistema de salud es muy precario. Aquí en Perú tienen a la gente muriéndose por dengue. Si llega a haber un alza de los infectados por coronavirus lo que realmente me da miedo es que acá los hospitales no vayan a tener la suficiente capacidad para atenderlos ni para manejar la situación”.