Crónicas

"¿Dónde me resguardo?": crónica del bombardeo a Caracas

Fueron 13 estruendos. Un misil visible desde la ventana y un mensaje de texto enviado a la 1:59 a.m. con una sola palabra: 'bombardeo'. Lo que siguió fueron 19 horas de una realidad que supera cualquier pesadilla: huir con lo puesto, dormir con miedo y buscar comida bajo el trauma de un cielo que rompió en llamas

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Foto |Archivo

Despertar con un estruendo. No entender qué pasa. Voltear a buscar a tu ser amado, mirar por la ventana y sentir el terror visceral al oír un sonido inédito: explosiones que estremecen las paredes de tu propia casa.

Silbidos que anunciaban una detonación tras otra. Fueron trece. Al menos esas pude contar. Era lo único que mi mente lograba registrar en ese instante. Todo ocurrió en el lapso de un minuto eterno. Otro silbido. Vi el misil caer sobre La Carlota. Con los sentidos saturados, tomé el teléfono, saqué la foto y miré la hora: 1:59 a.m. Envié la imagen a un colega con una sola palabra: bombardeo.

Una montaña separa mi casa de Fuerte Tiuna, pero sentimos la fuerza bélica como si estuviera en la sala. Corrimos. La pregunta «¿dónde me resguardo?» retumbaba, porque la seguridad del hogar se había desmoronado. Un mínimo error de cálculo en los lanzamientos y el terror se sembraría sobre nuestros techos.

Tomamos la decisión de huir con lo puesto. El destino: la casa de un familiar a ocho minutos. Arrancamos el carro con el sonido de nuevas explosiones y silbidos. En el camino, dos jóvenes estacionados en medio de la calle, desorientados y en shock, nos advirtieron: «No bajen». Temimos que el Conas (El Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro de la Guardia Nacional Bolivariana) que tenemos cerca, hubiera cerrado el paso. Dimos la vuelta, pero las detonaciones continuaban. No había opción. Retomamos el plan original, bajamos pasando frente al comando y nos topamos con un soldado montando un arma larga en una camioneta. Seguimos en completo silencio. El único ruido eran los aviones sobrevolando la zona.

Al llegar, el abrazo fue el único refugio. Desde el patio, mirando hacia la montaña de Fuerte Tiuna, vimos el humo y los destellos del bombardeo. Mensajes iban y venían. Incredulidad ante un episodio de terror que seguíamos viviendo. La necesidad del scroll infinito en redes sociales se alargó hasta las 6:00 a.m., esperando una rueda de prensa de la Casa Blanca pautada para el mediodía que parecía no llegar nunca.

bombardeo
Una casa en La Boyera, destruida en el bombardeo. Foto El Estímulo

Entonces, el cuerpo habló. Tenía hambre. ¿Cómo puedes tener hambre en medio de esta locura? Respuesta: ansiedad. Comer. Tomar café. Sobrevivir.

A las 9:00 a.m. decidimos volver. La calle era una soledad absoluta hasta que vimos las colas en los supermercados. Al entrar a casa, notamos la puerta abierta de par en par; en la huida, ni siquiera miramos atrás. Recargamos fuerzas con 40 minutos de sueño, interrumpidos por pesadillas, antes de salir a buscar comida.

La necesidad de comprar comida

La segunda fase del miedo no fue bélica, sino logística. ¿Abrirán los supermercados? Mi esposo y yo nos separamos para cubrir terreno.

A las 12:00 del mediodía, tenía a 70 personas por delante. El local dejaba pasar grupos de diez para no colapsar al poco personal que asistió. Fueron cuatro horas de espera. Las personas estaban en fila tranquilas, no hacían comentarios entre sí, salvo las que iban en grupo o coincidían con conocidos en la cola. Uno de ellos comentó: «La última vez que hice cola, estuve 11 horas en este mismo supermercado». Otros veían hipnotizados sus teléfonos y esperaban saber algo más.

De pronto, un silbido agudo. La gente volteó al cielo, con el trauma de la madrugada, esperando otro misil. Solo era un camión de agua potable frenando a lo lejos. «Nuestro nuevo trauma», murmuró alguien.

Largas colas hicieron en los supermercados, farmacias y ventas de agua. Foto Daniel Hernández

Logré entrar a las 3:30 p.m. Los anaqueles medio vacíos daban fe de la incertidumbre. La gente daba vueltas, desorientada, consultando por teléfono qué comprar. En la caja, una chica de unos 20 años me atendió. «¿Cómo estás?», le pregunté. «Asustada. Ya quiero que sean las 4:00 p.m. para irme a mi casa», confesó.

El empacador, un muchacho que vive en Palo Verde, al este de Caracas, me contó que tuvo que buscar a la cajera para que pudieran venir a trabajar. «Estamos aquí porque tenemos que comer», me dijo. Les compré latas de atún a ambos; era mi única forma de agradecer su servicio en medio del caos.

Me tomó cinco horas comprar. A mi esposo, nueve horas y media. En el supermercado donde estaba, reinó el desorden. Cuando lo busqué a las 8:30 p.m., el muchacho que nos ayudó con el carrito, un motorizado que vive en El Hatillo, se despidió apresurado: «Esto ha sido una locura. Espero irme y no encontrarme a ningún colectivo (personas armadas a favor del gobierno) en el camino«.

Hacer el recuento de esas 19 horas resulta inverosímil. Sigues en shock, pero agradeces el privilegio de tener casa, comida y vida. Cerramos el día con miedo a acostarnos y una pastilla para dormir. Lástima que para el miedo no existe medicamento que valga.

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