Cultura

"Terror", el veredicto imposible de Ferdinand von Schirach

El Grupo Actoral 80 comenzó una nueva temporada de "Terror", una pieza en la que el público participa como jurado en un juicio retador en múltiples dimensiones | Por: Diego Ávila Muskus

Terror
Fotos: Andrés Brancovic
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¿Toda vida vale lo mismo? ¿Quién decide el valor de un alma y el valor de la dignidad humana? ¿Puede y debe sacrificarse a un inocente para salvar a otros miles? En un mundo en el que la ley y la moral no son capaces de dar respuestas certeras a todas las situaciones, a veces debemos buscar una verdad imperfecta dentro de nosotros y decidir bajo situaciones inimaginables. Esa es la cuestión central de «Terror».

Obra creada por el escritor y abogado alemán Ferdinand von Schirach en 2015, «Terror» empuja al límite los conceptos de justicia y moral en un mundo en el que lo horrendo ya habita entre nosotros. El espectador es obligado a sentarse en el banquillo del jurado en el juicio del mayor Lars Koch (Daniel Rodríguez Cegarra), un piloto de la fuerza aérea acusado de cometer un crimen atroz que, sin embargo, algunas personas considerarían necesario y que se expone a detalle. 

¿Es correcto, es lógico, asesinar a 164 personas para salvar a 70.000?

terror

Cuando las luces del teatro se apagan, la audiencia es recibida por el juez principal (Héctor Manrique), quien anuncia con imponente voz que seremos testigos del juicio de un ser humano. Un ser cuyas motivaciones y cuya condición es idéntica a la nuestra. 

La actuación de la fiscalía (Julie Restifo) y de la defensa (Rafael Romero); los testimonios del teniente coronel Christian Lauterbach (Adolfo Nittoli) y de la querellante Franziska Meiser (Josette Vidal), trascienden a sus personajes. No se trata del debate entre dos abogados, ni de la lógica militar o las lágrimas de una viuda.

Más que hablar de actuaciones magistrales, que lo son, se trata del encuentro entre dos ideas que proponen maneras distintas de navegar un mundo abundante en complejidades. La obra no ofrece respuestas perfectas ni verdades absolutas, porque no las hay, pero genera un espacio para la reflexión, para la discusión y para la filosofía a través del teatro.

Kant en «Terror»

Para el filósofo alemán Immanuel Kant, la moral no es negociable. No se cambian los principios como cambiar de ropa interior. La moral es un territorio de leyes no-negociables. Para Kant, la dignidad humana es de valor absoluto, infinito e indivisible. El ser humano debe ser siempre el fin último de cada acción que se tome. Nunca deberá ser visto como un medio, como una herramienta o un escalón, para alcanzar algo más (principio del Imperativo Categórico).

Bajo esta premisa, no se debe extrapolar al ser humano a las ecuaciones matemáticas. Reducir la experiencia y la conciencia de una persona a simples números es un claro atentado contra la dignidad humana.

Sumar y restar vidas como protocolo para tomar una decisión rompe con la idea de que cada ser humano es sagrado por su condición de humano. Sin embargo, la cuestión prevalece en «Terror»: “¿qué ocurre entonces con la vida de los otros 70.000 seres humanos?”

El utilitarismo en la sala

En el rincón opuesto del tribunal encontramos al utilitarismo, una corriente liderada por pensadores como Jeremy Bentham y John Stuart Mill, que propone una lógica mucho más pragmática. La máxima del utilitarismo, la idea que guía cada decisión, es generar la mayor felicidad al mayor número posible de personas con cada acción.

Para esta corriente filosófica, la moral deseable se mide por las consecuencias de sus acciones, más que por las acciones en sí mismas. Es una filosofía de resultados, de balances y, en ocasiones, de una frialdad matemática comparable a una calculadora.

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Fotos: Andrés Brancovic

Para un utilitarista, el dilema de sacrificar a cientos de inocentes para salvar a un número mucho mayor resulta simple. 70.000 vidas son más valiosas que 164, pero no se trata de que esas 164 personas no importen. El costo de la inacción, en este escenario, es infinitamente superior.

Según las ideas del utilitarismo y las complejidades del mundo actual, cuando la felicidad y el bienestar no son resultados posibles, entonces la elección deberá basarse en cuáles de los males presentes ofrece el menor daño posible a la sociedad. Se trata de un escenario indeseable, pero frecuente.

En «Terror», la contraposición de estas dos corrientes filosóficas, la calidez idealista de la filosofía kantiana con el frío y calculador utilitarismo, genera un verdadero diálogo en los miembros del jurado. Asume así el teatro su rol civilizante, reflexivo y político.

El peso de jugar a ser Dios

Si nos basamos en abstracciones y en escenarios hipotéticos resulta sencillo juzgar, opinar y decidir. Pero las acciones no ocurren en el plano de las ideas, sino en la realidad material que nunca ha ofrecido tiempo adicional para que hombres y mujeres decidan. En el caso del mayor Koch, solo él y su avión se interponen entre la vida y la muerte de inocentes. El vértigo lo invade y lo obliga a asumir la función divina de ser verdugo y salvador de unos y de otros. En ningún momento se trató de decisiones lógicas o inequívocas, ni de la maldad del piloto, sino de la complejidad que rodea a la idea de justicia en la época contemporánea. 

«Terror» plantea un enfrentamiento entre la ética, la ley y la psicología que acompañará a los miembros del jurado -que son los espectadores desde sus butacas- incluso horas después de abandonar la sala.

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En situaciones extremas, como la planteada en «Terror», es natural que se activen los reflejos de lucha, huida o congelamiento del cuerpo. El cerebro, intoxicado por un cóctel de información, miedos, expectativas y posibles consecuencias, debe tomar decisiones infalibles. Decisiones imposibles en situaciones donde el estrés y el tiempo juegan en contra.

Con el peso de miles de vidas sobre sus hombros y viéndose obligado a tomar una decisión en escasos minutos, ¿qué considera usted como correcto? ¿Sería capaz de asumir las consecuencias de sus acciones (bienintencionadas o no)?

Nada es absoluto

La relatividad de lo correcto y de la decisión acertada es un tema central en «Terror». Por supuesto que esto se evidencia en las disertaciones de los abogados y los testimonios de los testigos, pero es una idea que empapa los demás aspectos de la puesta en escena.

La escenografía, a cargo de Héctor Manrique, representa una sala de juicio con rígidas paredes y mesones de granito. El vestuario, a cargo Eva Ivanyi, es elegante y estilizado acorde a los sobrios códigos de un tribunal, ropa formal en la que predominan el negro y el blanco.

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La elección de colores, tanto en la escenografía como en el vestuario, representan la complejidad del caso de Lars Koch. No se trata de blancos y negros, sino de una extensa gama de grises que habita en el espectro del claroscuro acromático. Incluso, la misma iluminación, a cargo de José Jimenez, comienza con un blanco cegador, para luego atenuarse durante los testimonios y comparecencias de los personajes, resaltando la complejidad de sus motivaciones.

Ante la barbarie, los tribunales y la ceremonia de un juicio se presentan como antídotos para desarmar las atrocidades de la vida, para diseccionarlas hecho por hecho en búsqueda de justicia. Es en estos espacios de civismo en los que los villanos, los homicidas, los torturadores y los dictadores, con sus claros y oscuros, pierden el poder de la intimidación para enfrentar las consecuencias de sus acciones. -Por: Diego Ávila Muskus

Desde el viernes 10 de abril, «Terror» tiene nueva temporada en Trasnocho Cultural. El montaje es del Grupo Actoral 80 y se presentará viernes y sábados a las 8:00 pm y los domingos a las 7:00 pm. Las entradas pueden ser compradas en la taquilla del teatro o a través de WhatsApp al número 414-6913811 y tienen un precio de $10 los viernes y $15 sábados y domingos. 

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