La silla gestatoria de la Vinotinto se ha convertido hoy, para él, en una tabla de ejecución.
Lo recuerdo bien cuando de chamo yo iba al Olímpico a verlo jugar con mi adorado Marítimo y luego en Minervén. “Chita” era guerrero, luchador, algo tosco. Tenía empuje, ganas y garra, un aporte necesario para dos equipos que derrochaban talento. Obsesivo por ganar, trasladó luego ese carácter a los equipos que dirigió. Esa testarudez por el triunfo hizo que, allá donde fuera (Caracas, Real Esppor y Zamora), su figura fuera algo más que “el técnico del primer equipo”: era un líder que controlaba prácticamente todo. “No soy un entrenador, soy un gerente”, me admitió en una entrevista hecha en abril de 2014.
Su trabajo fue acompañado siempre por los resultados, esos que hoy han decidido darle la espalda. Una situación que ha provocado que muchos que pidieron a gritos su presencia en la Selección Nacional, hoy sean la Salomé que ruega a Herodes Antipas por su cabeza. Que aquellos que condenaron el proceso de César Farías, hoy lo extrañen.
Todo ha cambiado en apenas un año, un período en que el de San Félix ha tratado de implantar su idea de juego y formar a sus futbolistas (¿necesitan ser formados?) para lo que desea: “Quiero que mis jugadores jueguen bien, que sean agresivos en los movimientos con y sin pelota, que agraden al público. Les doy las herramientas para que sean atrevidos”, dijo en aquella conversación. Hoy, de eso, no se ve nada, ni de aquel Sanvicente todopoderoso.
Extrañamente, Noel ha dejado de hablar del juego. En las ruedas de prensa, ese entrenador que le agradaba debatir ideas y conceptos de fútbol, al que era un gusto escuchar, ahora es escueto y limitado cuando responde. Los golpes de las derrotas lo abaten, lo hunden, lo alejan de los análisis concienzudos. Sus expresiones denotan tribulación, durante y después de cada partido. Algo no anda bien para él, más allá que su equipo pierda. No está acostumbrado a manejarlo.
Ahora sus declaraciones dejan más dudas que certezas. “Volvimos a cometer errores de hace 20 años”, “me preocupa que desde mi llegada se cometen errores que a este nivel no pueden pasar”, “me da bronca que se comentan errores que uno trabaja para corregir”, son las frustrantes frases que en este inicio de eliminatorias abren el abanico de extrañezas sobre que algo pueda estar pasando puertas adentro en la Selección, en la que el mensaje, evidentemente, no está llegando a los jugadores.
Y es que los fallos infantiles cometidos terminan siendo el resultado de que no “haya equipo”, de que el conjunto no tenga confianza en sí mismo, que sea un mar de incertidumbres.
Preocupa, más que las diez derrotas y los treinta goles encajados en un año, que no se vea progreso en el juego. Que todo el camino andado se haya desorientado y que justo en la pelea por los puntos, se estén haciendo los correctivos y ensayos. Además, preocupa el “Chita” humano, ese que puede autosentenciarse en el lugar donde quiso estar.