Internacionales

Irán y la esquiva democracia

Irán es un país atrapado entre el deseo de modernización y el peso de regímenes autoritarios. Y aunque soplan aires de libertad, no hay certezas de un verdadero tránsito a la democracia

Publicidad
Irán

La trayectoria de Irán durante los siglos XX y XXI se define como una crónica de tensiones constantes. Es el relato de una nación atrapada entre el deseo de modernización y el peso de regímenes autoritarios y teocráticos que, a pesar de breves destellos de apertura, han terminado por asfixiar sistemáticamente las libertades de sus ciudadanos.

Para entender el presente iraní debemos comprender su estructura actual. Desde 1979, el país se rige por una teocracia, un sistema donde el poder político emana de la autoridad religiosa y las leyes se subordinan a principios clericales, otorgando a los líderes religiosos el control total sobre el Estado.

Al inicio del siglo pasado, la entonces Persia intentó romper con el absolutismo. La Revolución Constitucional de 1906 fue un hito histórico al establecer la primera asamblea legislativa de Asia, buscando limitar el poder monárquico y garantizar derechos ciudadanos. Sin embargo, este sueño de modernidad se vio truncado por la resistencia de las élites tradicionales y la constante interferencia de potencias extranjeras, como el Reino Unido.

La era Pahlavi: modernización con puño de hierro. La llegada de la dinastía Pahlavi en 1925, de la mano de Reza Shah, trajo consigo una ambiciosa agenda de secularización y desarrollo de infraestructura en Irán. Pero el progreso material tuvo un costo político: la represión de la disidencia y la limitación de libertades fueron la norma.

Su hijo, Mohammad Reza Pahlavi, continuó esta senda con la «Revolución Blanca», impulsando el sufragio femenino y la alfabetización. No obstante, su régimen fue percibido como una monarquía corrupta y dependiente de Occidente. La SAVAK, su policía secreta, se encargó de silenciar cualquier oposición mediante torturas y ejecuciones, sembrando el descontento que más tarde estallaría en las calles.

El descontento acumulado contra el régimen del Shah, tras 38 años de poder como emperador, explotó en la Revolución Islámica de 1979, un evento que transformó radicalmente a Irán y marcó el fin de la monarquía.

Lo que comenzó en 1977 como un frente unido de intelectuales, estudiantes, marxistas y clérigos contra la opresión del Shah, culminó en 1979 con el regreso triunfal del ayatolá Ruhollah Jomeini. Aunque el pueblo votó masivamente por una República Islámica esperando justicia e independencia, la realidad fue otra: se consolidó una teocracia autoritaria que traicionó las aspiraciones democráticas de los sectores seculares que apoyaron la caída de la monarquía.

La figura del ayatolá Jomeini, exiliado en Europa, emergió en aquel 1979 como líder carismático, canalizando el descontento popular con un discurso que prometía justicia, independencia y un retorno a los valores islámicos.

El poder absoluto y la ficción electoral. Bajo la nueva constitución de 1979, se instauró un sistema híbrido donde el Líder Supremo (primero Jomeini y luego Alí Jamenei) poseían autoridad absoluta, incluyendo el veto a leyes y el control de las fuerzas armadas. Aunque han existido elecciones, el Consejo de Guardianes filtra a los candidatos, asegurándose de excluir a cualquier voz reformista u opositora. En la práctica, el voto libre es una ficción.

No hay certezas de que Estados Unidos priorice una agenda democratizadora, ya que el objetivo de los ataques iniciados el fin de semana parecen destinados a acabar con el programa de energía nuclear y obligar a los sobrevivientes en el poder a plegarse a Washington, con lo cual Rusia (especialmente) y China pierden su influencia en Irán, país bisagra entre Asia y el Medio Oriente.

Sin embargo, el propio presidente Donald Trump ha deslizado la tesis de que en Teherán, como lo encontró en Caracas, podría haber un aliado dispuesto a trabajar con EEUU del propio círculo actual de poder. Pero a diferencia de lo que ocurrió en Venezuela el 3 de enero, se prevén semanas -al menos- de ataques, contraataques y conflictividad armada.

Publicidad
Publicidad