A Nicolás Maduro, en particular, todo el país productivo tiene dos años pidiéndole facilitar el acceso a las divisas, simplificar las exigencias burocráticas, agilizar el trámite económico con el objeto de atender la inminencia de la recesión, la escasez y la inflación, este cóctel infernal que se apropió de nuestras vidas desde 2012. Está demasiado fresco en nuestras memorias el episodio: Hugo Chávez estaba en trance de morir y Maduro se juramentaba presidente interino, violentando de forma estrambótica los procedimientos legales. “La burguesía pide dólares. Lo que le vamos a dar es dolores”.
Deuda con proveedores, ruptura de cadenas productivas, sequía de divisas, mecanismos cambiarios que se prestan a la operación fraudulenta Eso es lo que Maduro llama “guerra económica”: la tormenta que él mismo ha creado, que se expresa en un déficit fiscal que es más grande que el quebrada Grecia; la sangría de las reservas internacionales y la consolidación del cuadro inflacionario más grave de todo el mundo.
El gobierno le construyó una férula a todo el aparato económico venezolano para supervisar todos sus movimientos, se supone que con el objeto de hacerlos cumplir la ley. Por ese ducto, en operaciones de extorsión y componendas de sobreprecios, se pierde lo medular de nuestros recursos y se crean graves distorsiones que afectan terriblemente las vidas de todos.
Nadie tenga la menor duda: los canales que fomentan la fuga de productos y el desvío del contrabando operan con amplísima frecuencia en componendas urdidas dentro de los dominios del estado venezolano. Lo mismo sucede con la administración de las divisas. En Venezuela no hay medicinas y los amigos del gobierno han podido adquirir con entera libertad propiedades y bienes en el exterior.
El golpe dado a la industria ha sido muy fuerte, y en este momento se produce una dura réplica en el sector comercial. Al presidente y sus ministros parece que les parece completamente normal que los efectivos militares y la policía supervisen las compras de comida en los automercados del país.
Lo cierto es que, finalmente, con la creación del Sistema Marginal de Divisas, el ejecutivo decide atender las demandas de mercado y permite un sistema de transacciones de carácter abierto. Una medida que es saludable, que podría refrescar un poco la sequía del mercado, pero trágicamente tardía, e insuficiente a estas alturas.
Operará en un mercado que, con toda probabilidad, tendrá que existir en un ambiente antieconómico, dominado por el nerviosismo, en el cual hay demasiados bolívares y pocos dólares. En sí misma, la decisión del nuevo mercado abierto la plantea al país la gestación de una nueva maxidevaluación.
Se toma la medida y se le presenta como el eje de una nueva aproximación al problema, aunque ni Merentes ni Marcos Torres tuvieron el menor reparo en anunciar que el artificio de la tasa a 6.30, existente a partir de un subsidio que hace el estado venezolano, continuaría, se supone que con fines sociales. Con los otros tipos de cambio muchos jerarcas de la administración pública mantienen intacto el sistema que les permite hacer operaciones financieras para enriquecerse de manera ilícita. Y el rancho continúa ardiendo. Con cada nuevo paso, Maduro continúa escribiendo la historia de su hundimiento.