Opinión

Milei prepara fórmula del “gran hermano periodístico” para organizar conferencias de prensa

El "gran hermano periodístico" es la estrategia de Milei para decidir qué periodista le podría hablar o no durante alguna rueda de prensa o alocución. Especialistas argentinos consideran que la medida es una forma de golpear el periodismo local

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La versión argentina del “Gran Hermano”, este reality televisivo originario de Países Bajos, ha sido emitido con gran éxito por la televisión local por más de dos décadas. El gobierno de Javier Milei ha anunciado, ahora, que planea implementar una suerte de “gran hermano periodístico” para organizar las dinámicas de las conferencias de prensa en la Casa Rosada.

La confirmación oficial por parte del vocero presidencial, Manuel Adorni, de que el gobierno del presidente liberal se propone darles un nuevo orden a las dinámicas periodísticas en la sede del ejecutivo, causó reacciones inmediatas de rechazo por parte de entidades como el Foro de Periodismo Argentino (Fopea). Milei ha sostenido una tensa relación con los medios de comunicación, dándole un trato privilegiado a algunos y descalificando crudamente a otros.

Este 5 de marzo, Adorni confirmó que se evalúa establecer un “botón muteador”, para que el vocero oficial pueda callar a un periodista cuando pregunta. Según el gobierno, esto tiene por finalidad evitar que se apropien del micrófono y hagan largas peroratas.

Esto, de por sí difícil de digerir por el sector periodístico, que en Argentina ha sido usualmente beligerante ante el poder desde que retornó la democracia hace 40 años, tiene una segunda dimensión que Adorni literalmente bautizó como “un Gran Hermano periodístico”. 

Esto último, según el vocero presidencial, será “un esquema donde la gente elija quiénes estén y quiénes no (en las conferencias de prensa), como un Gran Hermano periodístico”.

El gobierno de Milei prepara una resolución oficial en esta materia que espera hacer pública en pocos días, según la Casa Rosada. Esta nueva normativa incluirá un código de vestimenta, los hombres por ejemplo deberán ir de traje y corbata, y los periodistas acreditados ante el palacio presidencial en Buenos Aires deberán mostrar un contrato laboral fijo con sus empleadores.

A fines del año pasado, cuando se celebró la asamblea anual de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en Argentina, el presidente Milei les hizo un desplante a los dueños de los periódicos del continente y no asistió pese a ser invitado de honor. Justamente en ese espacio, en las mesas de trabajo relacionadas con libertad de prensa, se detalló la relación difícil del mandatario con el ecosistema mediático y con el mundo periodístico.

“Periodistas y medios de comunicación experimentaron fuertes agresiones verbales de parte del presidente Javier Milei, referentes del gobierno nacional y militantes de su espacio político”, recalcó el capítulo referido a Argentina en el documento balance de la última asamblea de la SIP.

Por su parte, Fopea advierte que un tercio de los ataques y agresiones verbales contra periodistas provienen directamente del presidente Milei, quien usa sus redes sociales o entrevistas en medios afines para sus descalificaciones y acusaciones, siendo una recurrente llamar “ensobrado” a un comunicador que le crítica o cuestiona. El “ensobrado” es quien recibe dinero a cambio de una cobertura, usualmente de fuentes de poder político o económico.

“Milei no está queriendo mejorar al periodismo, está queriendo golpear al periodismo argentino”, advierte el conocido experto en periodismo y democracia, Fernando Ruiz, profesor de la Universidad Austral en Buenos Aires, al ser consultado por El Estímulo.

Para Ruiz, las nuevas normativas que prepara el gobierno argentino tienen por finalidad filtrar o seleccionar a quiénes puedan hacerles preguntas a los altos funcionarios en la Casa Rosada. “Podemos ir hacia el mismo modelo de Donald Trump, con las mismas preguntas ridículas que se están haciendo en las conferencias de prensa de la Casa Blanca, como la de preguntarle a Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania, sobre su vestimenta”, comenta.

Estudioso por largos años de la relación del periodismo independiente con poderes autoritarios en Cuba, Nicaragua, Venezuela y su propio país, Argentina, Ruiz cree que el modelo Milei de interactuar con la prensa simboliza una suerte “de regreso a las prácticas hostiles que tuvo el Kirchnerismo hacia el periodismo profesional e independiente”.

Con varios textos de análisis sobre el periodismo militante, promovido desde el poder por los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007), pero especialmente de la presidencia de su esposa Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015), el profesor de la Universidad Austral cree que Argentina va hacia un modelo de gobierno que promueve un periodismo obsecuente con el poder.

“Para Milei, los buenos periodistas son los militantes de su causa, los oficialistas. Ese es un modelo de periodista. Si, al contrario, está ante un periodista crítico lo acusa de mercenario”, precisa este académico.

Fernando Ruiz enumera una serie de epítetos del mandatario argentino para descalificar a periodistas críticos o no complacientes. Los señalamientos van desde el ya mencionado “ensobrado”, hasta «sorete» o «basura», e incluso ha catalogado de «esbirros» a algunos periodistas o les ha dicho abiertamente que son “zurdos de mierda”.

“Milei tiene un poco más de un año en la presidencia, puede preverse que va a ir creciendo esta andanada de insultos en la medida en que se vayan produciendo más crisis en el gobierno”, pronostica Ruiz, para quien la fórmula presidencial parece resumirse de esta forma: “A más crisis más insulto a los periodistas”.

En julio de 2024, el vocero presidencial del gobierno de Milei adelantó una estrategia que finalmente no implementó del todo: el acceso a la Casa Rosada quedaría restringido a “periodistas de fuste, con experiencia y de medios altamente reconocidos”.

Asimismo, un mes antes, el Gobierno de Milei había intentado retomar una vieja ley de 1944 que obligaba a los periodistas a tener una matrícula otorgada por la Secretaría de Trabajo, como una manera de poder controlar quiénes ingresaban al palacio presidencial, pero se vio forzado a dar marcha atrás ante el repudio generalizado del gremio periodístico en Argentina.

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