Opinión

Se nos fue Elías Santana, un imprescindible de la ciudadanía en Venezuela

Para Elías Santana cabe aquella definición del compromiso de un hombre que trazó Bertolt Brecht. El recientemente fallecido activista civil, comunicador y vocero de las causas ciudadanas en Venezuela fue un imprescindible

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Conocí a Elías Santana a mediados de los años 80 cuando desde las aulas de la Universidad Católica Andrés Bello aterricé junto a Carlos Correa en Radio Fe y Alegría 1390 AM. Inicialmente llegamos como pasantes y luego terminamos metidos de pies y cabeza en aquella propuesta de comunicación alternativa y popular que se gestó bajo la dirección del jesuita José Martínez Terrero en la sede de la emisora en Coche, Caracas.

El “Chepe” como le conocíamos a quien fue nuestro profesor y mentor falleció el 20 de septiembre de 2024. Ahora se ha ido Elías.

Con la autosuficiencia de creer que se domina el mundo, típico de mi juventud, con Elías Santana tuve varios encontronazos. Ya él producía un programa radial dedicado a los vecinos. Parte de mis cuestionamientos de entonces, teniendo ya una posición coordinadora en Fe y Alegría, era que Elías realizaba un espacio pensado para El Cafetal, pero el espacio se emitía por una emisora que era escuchada, fundamentalmente en aquel momento en La Vega, El Junquito y otros sectores del suroeste caraqueño.

Nunca levantó la voz, ni perdió su sonrisa ante los cuestionamientos, a veces poco diplomáticos de aquella versión de mí. Tenía yo 19 y Elías ya pasaba de los 25. Pese a todo esto, tuvo la generosidad de invitarme a hablar sobre mis puntos de vista de la comunicación popular, mi bandera de entonces junto a Carlos Correa, en un espacio con vecinos de clase media en una sala que operaba en la Zona Rental de Plaza Venezuela.

Elías me demostró entonces algo que le observé a lo largo de su vida: creía genuinamente en el diálogo y que quienes pensaban distinto eran precisamente los que debían sentarse y dialogar.

Casi que, en simultáneo, y ya habiendo hecho las paces (de mi parte, él nunca se contrarió conmigo), en 1990 ambos salimos de Fe y Alegría. Yo asumí otra dirección profesional, en lo que luego entendí fue un largo desvío para muchos años después reencontrarme con el activismo desde la sociedad civil. Elías se fue con su “Escuela de Vecinos” a Radio Capital.

Avanzada esa última década del siglo XX, Elías era un personaje asiduo en las salas de redacción de varios impresos capitalinos. Asistía, entonces, con una nota de prensa ya redactada, lista nada más para transcribir y publicar en los periódicos. Solían ser reseñas de las distintas actividades sociales y ciudadanas que promovía. Se aparecía los domingos, en una época ya lejana en Venezuela en la que los periodistas que hacían guardia ese día solían estar aburridos y faltos de material.

Sin ser periodista, Elías entendió como pocos la lógica de los medios de comunicación. No era sólo el programa de radio o esa iniciativa tan suya de tratar de incidir en la agenda mediática, luego vino su paso por El Nacional como Defensor del Lector a fines del siglo pasado.

Intelectualmente inquieto, recuerdo al Elías que promovía la discusión sobre “Venezuela 2020”, a dos décadas de que se llegase a ese momento histórico en el país, o su apuesta soñadora de crear una agencia de buenas noticias. Sin ser parte de su círculo íntimo, cada tanto conversaba con él sobre estas y otras ideas.

En períodos que estuve viviendo fuera de Venezuela, Elías me escribía correos electrónicos para hablarme de iniciativas sociales en los países en los que me encontraba y me recomendaba que conociese a esa gente. Sus pares en distintos lugares de América Latina. Con mucha vergüenza una sola cosa me pidió Elías, en todos los años que le conocí. Yo me iba de viaje a Washington y se me ocurrió preguntarle qué podía traerle. Se emocionó de tal manera cuando le hice entrega de un calendario dedicado a Martin Luther King. Ese había sido su encargo.

En una de las tantas mutaciones profesionales y vitales que viví, por allá por 2004-2005 nos encontramos de nuevo y conversamos en varias ocasiones de forma intensa. Me invitaba a su programa en Radio Capital y luego recalábamos en un lugar cercano en la que vendían “unas empanadas de las más buenas”, según su propia definición. En aquel momento, él de forma desinteresada escribió varias recomendaciones para que me presentase a oportunidades de financiamiento. Estaba genuinamente preocupado por mi sostenibilidad económica.

Aquel Elías venía de regreso a la acción política, tras haber estado involucrado en la Coordinadora Democrática. No se sentía decepcionado, y al contrario, la experiencia amarga de ver frustrado un cambio democrático en el país, luego de las gigantescas olas de protestas ciudadanas de 2002-2003, no le hicieron perder la sonrisa con la que le había conocido.

Tampoco perdió ni la sonrisa ni la energía cuando tras una serie de acciones arteras le quitaron la marca y la estructura legal de la “Escuela de Vecinos”. Quienes protagonizaron aquel arrebato pasaron al olvido, mientras que Elías se reinventó y pasó a ser en los tres lustros siguientes, hasta el día de su muerte, la referencia principal de Venezuela en materia de condominios.

Volvió al origen de su larga historia de compromiso ciudadano. No sólo motorizó la actividad sobre los condominios, promovió espacios para el encuentro ciudadano y sostuvo con toda su fuerza a Radio Comunidad. Hizo televisión para mostrar rostros y voces ciudadanas.

En los últimos tiempos estuvo severamente comprometida su salud, pero retornó como una suerte de ave Fénix, no sólo repotenciado en su visibilidad pública y acción social, sino además siendo papá de nuevo. Suponíamos que habría Elías Santana para rato, pero nos equivocamos. Se nos fue.

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”, esto lo escribió Brecht. Elías ha sido un imprescindible en estos 40 años de devenir social y ciudadano en Venezuela. Tuve el privilegio de conocerlo.

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