Terremoto en Venezuela

Nos seguimos buscando en La Guaira: ¿dónde está mi tío?

¿Qué haces cuando la mitad de tu familia vive en el estado más devastado por los terremotos en Venezuela? ¿Por dónde comienzas? Esta es la historia de mi familia. Tres días buscando una señal de mi tío Carlos

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balance muertos fallecidos

El primer golpe del 24 de junio fue la muerte de uno de mis mejores amigos de la universidad, José Araque, un chamo de 29 años que fue diagnosticado con leucemia hace un año. El segundo, casi de inmediato, fue enterarme de que la ciudad en donde vive la mitad de mi familia, donde crecí y pasé mi infancia desapareció casi por completo y tenía ni la menor idea de si mis familiares habían sobrevivido.

Día 1: ¿Cómo nos pasó esto?

“Mis hermanos, mis hermanos”, gritaba mi mamá en Caracas. Ellos son cuatro, dos mujeres y dos hombres que viven en La Guaira con sus familias, mis primos y tías.

Pasado el sacudón de los sismos y al empezar a enterarnos de la magnitud de lo ocurrido, no había noticias sobre ellos. Comenzó la desesperación. No hay señal en La Guaira, no hay luz, todos están incomunicados. En Caracas sí pudimos contactar a mi tía que estaba en su hogar, a pocos minutos de donde estábamos nosotros.

“No me responde María Laura (mi prima hermana), no me responden tus tíos, ¿qué hacemos?”, me decía.

“Mi papá no contesta. Estaba en Tanaguarenas”, me dijo mi sobrino Jesús Alberto, quien tampoco tenía noticias de su papá, el exesposo de mi hermana. Las noticias comenzaban a fluir. Caracas afectada, edificios caídos en los Palos Grandes… ¿Y La Guaira? 

Algo, el instinto quizás, me decía que estaban bien. 

Fui a Los Palos Grandes a reportar lo que estaba pasando en Chacao. El primer edificio derrumbado que vi fue el Petunia. Era más de lo que yo imaginaba. Esa primera escena el 24 en la noche: los gritos de las mamás buscando a sus hijos, el llanto de los familiares pensando que lo habían perdido todo.

La noche la pasé frente a los restos de los edificios Petunia y Obelisco.

La Guaira
Foto: Valentina Rivas

Allí me enteré de que en La Guaira había una alerta de tsunami, que luego fue desmentida. Pensé en mis tíos otra vez. Ya de regreso a casa, mi mamá me confirmó que uno de mis tíos y sus hijas estaban bien. Una buena noticia, pero faltaba saber de mi tío Carlos, mi tía Trina y sus tres hijos.

Durante la noche y la madrugada pensábamos en cómo ir a La Guaira a buscar a nuestros familiares. Y recibíamos informaciones e historias de amigos desaparecidos, de parientes incomunicados, de conocidos… cuando vienes de un pueblo pequeño, todos se convierten en tus familiares cercanos, todos nos conocemos.

De pronto nos llegó la noticia de que al exesposo de mi hermana, el papá de mi sobrino, lo habían visto caminar lleno de polvo por la calle. 

“Cómo yo me quedo con esa noticia, Valentina. Necesito buscar a mi papá. No puedo dormir”, me dijo Jesús Alberto.

Día 2: “Perdimos todo, el edificio se fue abajo”

El tío Carlos vive cerca de la zona llamada Teleférico, próxima a la montaña. Nadie tenía información sobre lo ocurrido en el lugar.

“Tu primo tiene una moto, no entiendo por qué no va para allá y nos dice algo”, soltó mi madre de repente. “Estoy preocupada por Carlos, Carlos me preocupa, no entiendo cómo nadie se ha acercado”.

Ese día Jesús Alberto decidió buscar su papá en La Guaira, luego de recibir noticias de que estaba vivo. No lo pude acompañar.

En el transcurso del día llegaron noticias de nuestros familiares: el edificio de tu padrino se desplomó, la oficina donde trabajaba tu madrina no existe, tus otros primos por parte de papá están vivos pero damnificados, tu prima María Laura salió de su edificio 15 minutos antes del terremoto y ahora el edificio no existe.

María Laura y su esposo vivían en uno de los edificios más afectados en Macuto, llamado Punta Piedra. Se derrumbó. Y los aledaños cayeron también. Los sobrevivientes son pocos, mi prima una de ellas.

En la tarde, Jesús Alberto mandó un mensaje: “Encontré a mi papá y su primo, están bien. Su edificio se derrumbó pero salieron vivos”.

Día 3: voy a buscar a mi tío

Decidí que tenía que ir a La Guaira. La misión era clara: buscar a mi tío y hacer mi trabajo.El trayecto fue el primer momento tranquilo que tuve desde que comenzó esta tragedia y el último que iba a tener en todo el día.

Llegamos primero a Playa Grande, la urbanización donde pasé mi infancia. Todos los apartamentos destrozados, los lugares que frecuentaba con mis amigos ya no existían, eran escombros. El lugar en donde crecí se fue.

Respiré profundo y seguí trabajando, pero todavía con la angustia en el pecho de no recibir noticias de mi tío. A diferencia de lo que vi en Caracas, en La Guaira el sonido de las ambulancias, la gente gritando, el polvo y el inevitable olor de la muerte te nubla por momentos y piensas que estás en medio de una guerra. Y es así, a su manera: una guerra contra el tiempo.

Foto: Daniel Hernández

Rumbo a Maiquetía, en el camino encontraba a otros familiares y conocidos: abrazos en medio de la incertidumbre, buenas noticias, malas noticias…

“Por ahí la cosa está medio fea”, me respondieron cuando les dije que iba a buscar al tío Carlos. Dejé mi carro para evitar la congestión de la vía y tomé una mototaxi. Tenía la certeza de que él estaba vivo, pero al mismo tiempo me preguntaba cómo le diría a mi mamá en caso de que estuviera equivocada. No hay manera de acallar las voces internas en momentos así.

Subiendo en la moto, lo vi a lo lejos sentado afuera de su casa en una silla y con su bastón.

“Yo te conozco”, le dije y él me respondió: “Yo también te conozco a ti”.

Nos abrazamos por varios minutos. Le pedí la bendición y lo primero que me preguntó fue: ¿cómo están todos? Él también tenía miedo de recibir una noticia devastadora. Antes de que siguiera hablando le dije: “Todos estamos vivos tío, todos vivos”.

Me comenzó a contar cómo habían vivido el terremoto. Su casa no sufrió tanto pero sí se les cayó el tanque de agua y perdieron toda el agua que tenían allí de reserva.

“Mañana voy al río a agarrar agua del manantial”, dijo, olvidando que sufre de pie diabético y no puede hacer tanto esfuerzo.

¿Cómo ayudarlo? ¿Podré traerle agua, comida, medicinas? ¿Cuándo podría llegar otra vez hasta su casa? No lo sabía.

Le dije: “Dame el nombre de todas tus medicinas que vemos cómo hacemos para traerlas. No te puedes quedar así”.

Mientras anotaba, me comentó que mi primo estaba en SUMA, las edificaciones de Misión Vivienda que sufrieron grandes daños. Su moto quedó aplastada junto con su celular, por eso no había podido comunicarse. Pero logró salir con su familia.

Foto: Daniel Hernández

“De la que no sé es de Carolina (su hija). Alguien me dijo que la vio, pero una cosa es que lo digan y otra cosa es verla en persona”, dijo. Carolina estaba bien. Se había comunicado con mi mamá y confirmó que iría a buscarlo al siguiente día.

Le volví a dar un gran abrazo. Le dije: “te amo, te quiero mucho”. Algo que no nos decimos a menudo. Ese abrazo iba por todos. Por mis padres, mis tíos y mis primas. Hasta por mis abuelos que desde arriba nos estaban viendo despedirnos.

Ahora nos queda la tarea compartida de cuidarlo, enviarle ayuda y siempre hacerle saber que no está solo en esto.

La mitad de mi familia es guaireña. Mis padres y yo somos sobrevivientes de la vaguada de 1999. Y se siente como si la historia se estuviese repitiendo. La vez que mis papás y yo desaparecimos por tres días, mis tíos salieron a buscarnos entre el barro, la desesperación y la angustia. Hoy la historia se repite, pero al revés: 27 años después, nosotros los buscamos a ellos.

Y los encontramos.

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