En un pequeño hotel de Chacao, en Caracas, nueve días después de los dos sismos del 24 de junio, varias personas que perdieron su vivienda en La Guaira compartían habitaciones y pasillos. Entre ellas estaba Carlos. Me cruce con él mientras hablaba por teléfono con un primo que había logrado ingresar al edificio derrumbado, a buscar pertenencias personales. Le daba indicaciones precisas: dónde buscar la cartera con los documentos, una raqueta de tenis, un bolso de su hija adolescente entre los escombros del apartamento dúplex que había sido su hogar.
“Hay unas botellas de whisky 18 años, si se salvaron las agarras para ti”, le dijo a su primo.
Carlos es oriundo de La Guaira. Vivía un poco más allá de Macuto, en un edificio que consideraba de buena calidad, con un apartamento espacioso de dos niveles. Un dúplex. Ese 24 de junio, día feriado nacional por la Batalla de Carabobo, estaba en el piso inferior viendo el partido del Mundial de fútbol en la televisión. Su esposa y su hija adolescente se encontraban en el nivel superior.
Dos sismos consecutivos —de magnitudes 7,2 y 7,5, separados por 39 segundos— sacudieron esa tarde la costa norte de Venezuela. Han sido los más potentes registrados en Venezuela en más de un siglo. Además de haber llegado uno tras otro.
En el edificio de Carlos el movimiento fue devastador. El piso inferior donde él se encontraba quedó aplastado. El edificio descendió un nivel entero sin derrumbarse por completo. Su esposa y su hija lograron salir con relativa rapidez por las zonas que quedaron accesibles. Él quedó atrapado entre los escombros, con el pie izquierdo aprisionado por estructuras de hormigón y metal. Permaneció allí casi nueve horas.
Al principio sintió la urgencia de liberarse. Intentó moverse, pero el pie no respondía. Un vecino se asomó por una abertura que quedó en la parte superior —una especie de claraboya formada por el colapso— y le dijo que no se iría hasta que lo rescataran. Esa presencia, aunque distante, le dio un punto de apoyo.
Después llegó un mecánico que vivía a pocos metros, amigo suyo. Trajo gatos hidráulicos, herramientas y una máquina de tracción —a la que se le suele llamar “una señorita”, con una cinta que se utiliza para levantar cargas. Junto con el vecino y, más tarde, el yerno de Carlos, formaron un grupo reducido de voluntarios que trabajaron sin equipos especializados. Pero habían decidido no abandonarlo a su suerte.
Con el paso de las horas y la llegada de la madrugada, la situación se volvió más difícil. La esperanza de salir con vida se debilitó. Carlos me cuenta que repasó mentalmente su vida. Grabó mensajes de voz para sus hijas —en especial para la más pequeña— como despedida. En algún momento, durante los intentos repetidos de mover los escombros con “la señorita”, sintió que la estructura que le sujetaba el pie se desplazaba apenas unos milímetros. Logró liberar el pie. Luego, por un orificio pequeño que se había formado, consiguió arrastrarse y salir. Los brazos solidarios lo jalaron.
No tuvo fracturas. Sufrió moretones extensos, cortes profundos y raspones que requirieron puntos de sutura en la cara, los brazos y la espalda. Su esposa, sus hijas, su yerno y su madre —que vivía en una casa más antigua en otra zona de La Guaira— resultaron ilesos. Dos vehículos quedaron sepultados en el estacionamiento del edificio.
Nueve días después, en el hotel de Chacao, Carlos me mostraba una fotografía tomada en el momento en que estaba atrapado. En la imagen se veía el rostro cubierto de polvo y sangre, la expresión de quien estaba cerca de la muerte, había llegado al límite. Nueve días después hablaba con voz tranquila. Repetía que lo material se repara. Había perdido el apartamento, los autos, pertenencias acumuladas durante años, pero su familia cercana estaba completa. Esa constatación, según me dijo, le permitió concluir que lo ocurrido era una suerte de renacer.
Su cumpleaños 55 fue el 26 de junio, estaba aún bajo observación en una clínica de Caracas. Ni en su rescate ni en su atención médica posterior intervino nadie del Estado, ningún cuerpo oficial estuvo en esta historia de sobrevivencia.
Sobreviviente también de la tragedia de 1999, cuando era el estado Vargas, Carlos siente que su suerte está echada en La Guaira, donde espera seguir viviendo. Cuando conversamos no expresó planes de mudanza permanente a Caracas u otro lugar de Venezuela, ni dramatizó la pérdida. Señaló que el edificio donde residía era, según su apreciación, de calidad adecuada para la zona. El colapso, en su relato, fue consecuencia de la intensidad del doble sismo más que de fallas evidentes en la construcción.
“Lo material se recupera. Estoy vivo”. Ese pasó el nuevo mantra de Carlos tras sobrevivir en La Guaira el 24 de junio.