Terremoto en Venezuela

Cómo ayudar a los niños después del terremoto: la guía de una psicóloga infantil

Después del doble terremoto del 24 de junio, miles de familias venezolanas conviven con las réplicas y con una pregunta que se repite en casa: "¿va a temblar otra vez?". La psicóloga infantil Lorena Jiménez comparte una guía práctica con señales de alerta según la edad, respuestas honestas para las preguntas difíciles y pasos concretos para que madres y padres ayuden a sus hijos a recuperar la calma, dentro de lo que se puede. Sí papás, esto es para ustedes

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Daniel Hernández |El Estímulo

«Mamá, gracias por salvarnos», dijo Andrés, un niño guaireño de siete años. No lo dijo la noche de los dos terremotos del 24 de junio, sino días después, en casa de un familiar en el interior del país, adonde la familia se mudó temporalmente desde La Guaira. Lo soltó de pronto, como quien todavía está repasando en su cabeza lo que vivió. «Cuando me dijo esas palabras, con su cara de miedo, entendí la dimensión que tuvo para él todo esto», cuenta Loreana, su madre. Si la culpa materna pesa todo el año, en una crisis se multiplica: los niños tienen preguntas, pero los padres tienen aún más.

Muchos niños duermen todavía con la luz encendida. Otros preguntan cada noche si mañana volverá a temblar. Y no pocos padres se acuestan sin saber qué responder. ¿Qué pasa cuando los adultos tampoco tienen las respuestas, cuando ellos también están asustados? ¿Cómo se les habla a los niños de lo que pasó? ¿Se les dice la verdad? Hablamos con la psicóloga infantil Lorena Jiménez, quien preparó una guía práctica para ayudar a los niños en situaciones de alerta, con señales y estrategias según cada edad.

Fotografía: Daniel Hernández
Fotografía: Daniel Hernández

Jimenez dice que el miedo después de un terremoto no es un problema: es una respuesta esperada, normal e incluso sana. El verdadero trabajo de los adultos no es eliminar ese miedo, sino acompañarlo. Justo para eso Lorena preparó una serie de guías prácticas: qué observar en un niño pequeño y qué en un adolescente, cómo responder cuando piden certezas que nadie puede dar, qué hacer paso a paso durante una réplica y cuándo es momento de buscar ayuda profesional. “Una guía para leer con calma —y tener a mano”, como dice ella.

Aquí puedes ver y descargar la guía:

Después de un terremoto como el del 24 de junio, ¿cuáles son las señales de que un niño está afectado emocionalmente y cómo cambian según la edad? ¿Qué debe observar una mamá en un niño pequeño versus un adolescente?

Lo primero que quiero compartirles a las familias que nos van a leer es que tener miedo después de un terremoto es una reacción esperada, normal e incluso sana del proceso emocional infantil. El problema no es sentir miedo o que la ansiedad esté presente, sino cuando estas emociones comienzan a interferir con la vida diaria del niño y a incapacitarlo. Ahí es cuando tenemos que generar otros espacios de contención.

En los niños pequeños, sobre todo en los primeros cinco años, los cambios más importantes pueden darse en los hábitos de higiene o de sueño: más pesadillas, miedo a dormir solos o con la luz apagada, miedo a separarse de sus papás, llanto que antes no estaba presente, regresiones —como querer dormir con mamá o papá— e incluso, si ya había control de esfínteres, dejar de controlarlos. También una mayor necesidad de contacto físico.

En los niños más grandes, en edad escolar, puede aparecer dificultad para concentrarse, leer o hacer las tareas que venían realizando con normalidad. Surge el miedo a que vuelva a ocurrir, con preguntas constantes: «¿Va a volver a pasar? ¿Qué va a pasar? ¿Vas a estar tú? ¿Cómo sé que vas a estar bien?». Muchas veces lo mejor es responderles a nivel emocional y no cognitivo, porque lo cognitivo genera más inquietudes. También pueden presentar dolores de cabeza o de barriga sin una razón específica —eso habla de sus procesos emocionales—, cambios en el apetito y tendencia a evitar lugares que funcionan como recordatorios: grietas en una casa o un edificio, o el sitio donde estaban cuando ocurrió el terremoto.

En los preadolescentes y adolescentes el miedo no se manifiesta igual: no necesariamente lo expresan a través del llanto ni lo verbalizan, y es importante reconocerlo, porque que no lo comuniquen no significa que no lo estén viviendo. Puede verse como necesidad de aislarse, malhumor o enojo, o una preocupación constante no solo por el terremoto, sino también por temas escolares o sociales —para los adolescentes lo social es un pilar de su vida—. La dificultad para dormir o el insomnio está muy presente y, en quienes tienen acceso al celular y a redes sociales, aparece la necesidad de revisar noticias todo el tiempo.

Aquí es muy importante, más allá de fijarnos solo en la emoción, preguntarnos cómo está nuestro hijo en sus funciones diarias. Si estas emociones le impiden dormir, jugar, relacionarse o volver a sus tareas cotidianas, es momento de buscar más apoyo.

– Con las réplicas que siguen ocurriendo, muchos niños preguntan «¿va a temblar otra vez?». ¿Qué debe responder una mamá? ¿Se les dice la verdad o se les protege de la información?

– Es una situación compleja. Los niños necesitan dos cosas al mismo tiempo, siempre ajustadas a su edad: verdad —una verdad que puedan procesar e integrar sin generar emociones displacenteras— y seguridad.

Muchas veces tendemos a decirles «tranquilo, eso no va a volver a pasar», y la verdad es que no es recomendable prometer algo que no podemos controlar, porque no tenemos forma de predecirlo. Si llega a haber otra réplica, se rompe la confianza que estamos estableciendo con nuestros niños. Aquí, más allá de lo teórico o cognitivo, se trata de atender el proceso emocional, la conexión y brindar seguridad. Podemos responder algo como: «Mi amor, la verdad no sé exactamente si va a volver a temblar, o si va a ser más leve. Lo que sí puedo saber, y lo que sí podemos preparar, es qué vamos a hacer para cuidarnos y protegernos. Los adultos vamos a estar contigo y vamos a buscar las alternativas para que estés seguro». Es cambiar el foco de la conversación hacia la parte emocional y, sobre todo, hacia la sensación de protección.

También es muy importante —y esto lo conversaba con una amiga psicóloga que está trabajando en Caracas— limitar la exposición a noticias e imágenes repetitivas, porque muchos niños terminan integrando que el terremoto sigue ocurriendo, aunque ya haya pasado hace más de una semana, por la información a la que están expuestos. Y no solo en redes sociales: las conversaciones que tenemos los adultos y nuestro propio impacto emocional generan en ellos un efecto que se mantiene, los pone hiperalertas y hace que el miedo esté mucho más presente.

– ¿Qué hacer en el momento exacto de una réplica para que el niño se sienta seguro? Denos pasos concretos.

– Lo primero es seguir siempre las recomendaciones de protección física: eso es lo más urgente y la prioridad. Antes de que ocurra, yo recomendaría construir una historia donde los niños entiendan qué va a pasar si vuelve a temblar: «Mamá te va a decir esto», «mamá va a sonar este pito», «mamá te va a decir esta palabra», para que asocien cuál va a ser la reacción ante la señal que vamos a dar. Mientras hacemos eso, también podemos cuidar el resguardo emocional.

Les recomendaría cuatro pasos concretos que ayudan a trabajar sobre todo con el sistema nervioso:

Primero, acercarnos físicamente al niño o a la niña, si es posible.

Segundo, hablar con una voz lenta y tranquila. Sé que en esos momentos no sabemos bien cómo vamos a reaccionar, pero se trata de brindarles un ancla emocional.

Tercero, describir lo que está ocurriendo sin dramatizar: «Mi amor, está temblando y tenemos que ponernos debajo de esta mesa para mantenernos seguros», o «está temblando, agarra el bolso y vamos a salir, porque no es seguro que estemos en el edificio». Describir sin tinte emocional le permite al niño reaccionar de manera más adecuada.

Y cuarto, cuando ya pase, ayudar al cuerpo a salir del estado de alerta: «Ya pasó, estás con mamá, estás con papá. Vamos a respirar juntos. ¿Quieres un abrazo? Vamos a tomar agua». Y, sobre todo, permitir un espacio para que haga preguntas y exprese lo que está sintiendo.

Todo esto se basa en un hecho: el cerebro infantil aprende la seguridad a través de la calma de un adulto disponible. Sé que en momentos así puede ser complejo, pero si anticipamos cómo van a ser esos momentos y cómo podemos guiarlos, es más factible tener una respuesta asertiva que no genere un trauma emocional o un impacto más marcado.

– ¿Cuándo es momento de buscar ayuda profesional y no solo manejarlo en casa?

– El momento de buscar ayuda tiene que ser bien proactivo. Yo recomiendo hacerlo si el miedo no disminuye luego de unos días —o incluso aumenta—, si hay cambios en el sueño, la alimentación o las tareas diarias, si evitan salir o estar solos, o si aparecen pensamientos intrusivos, episodios de pánico, ansiedad o cambios de comportamiento. Ahí es importante buscar apoyo sin esperar más.

Hay factores que exigen consultar con más urgencia: si el niño estuvo directamente expuesto a situaciones de mucho riesgo, si perdió a un ser querido o si fue separado de su familia durante la emergencia.

Y una señal más sutil: hay niños que están manejando un léxico de grietas, réplicas y temblores, pero cuando profundizamos en los términos no saben qué significan. Simplemente están repitiendo e integrando todo a su realidad interna por exposición a la información. Eso también es importante revisarlo.

– ¿Cómo puede un padre darle herramientas a su hijo cuando él mismo está viviendo la situación y tampoco se siente seguro?

– Lo primero es que nuestros niños necesitan padres disponibles y reales, no padres que no sienten miedo. Necesitan saber que, incluso cuando como familia sentimos miedo, tristeza y ansiedad, podemos atravesarlo juntos.

Como adultos, hay que comenzar por nosotros: si estamos sobreexpuestos a la información, ellos también lo van a estar. Una cosa es estar informados y otra es ver videos en repetición, algo que no nos da seguridad sino que nos angustia mucho más. Durante los primeros años de vida los niños se regulan a través de nosotros: si yo como mamá estoy desbordada y eso ya está afectando mi crianza, es necesario revisar y tomar acción.

Es completamente esperado que los padres estemos asustados. Lo importante es encargarme de mis emociones y luego no dejar solo al niño con la suya. Podemos decirle: «Yo también me asusté, sigo un poco nerviosa. Estamos juntos. Mamá está aprendiendo a respirar. ¿Quieres respirar conmigo?».

Y un poquito de teoría: nuestras neuronas espejo nos permiten aprender por imitación. Si mi hijo me observa tomando una respiración, diciéndome una frase que me calma o buscando apoyo, eso lo ayuda a modelar su propia regulación emocional. Estas conversaciones son oportunidades para que no solo les enseñemos la teoría, sino que vivan cómo se practica.

– Muchos niños no dicen «tengo miedo». ¿Cómo puede una mamá ayudar a su hijo a expresar lo que siente cuando no lo verbaliza?

– Los niños muchas veces viven sus procesos en silencio y dentro de su imaginación. Pero se expresan con el cuerpo, con el juego o con cambios de comportamiento: se muerden las uñas, se jalan el pelo, juegan al terremoto o a que son bomberos. La conducta siempre nos habla de la necesidad emocional de los niños.

En lugar de preguntarles «¿qué sientes?» una y otra vez —porque no siempre van a tener la respuesta—, podemos apoyarnos en el juego, que es su universo y su forma más eficaz de comunicarse: colorear, los títeres, el juego simbólico, ponerle nombre a las emociones. Y hacer preguntas distintas: «¿En qué parte del cuerpo sientes la emoción?», «¿Qué necesita tu corazón en este momento: un abrazo, una canción, que yo te acompañe?», «Si tu emoción fuese un color, ¿de qué color está ahorita?».

Lo más importante es no corregir sus respuestas. Si dice que sintió el miedo en las piernas, no es «no, el miedo se siente en el pecho». Y si hay más peleas con los hermanos, la respuesta no es «¿sabes que hay niñitos que perdieron todo?», sino «vamos a buscar formas y juegos para que puedas sentirte cómodo con tu hermano». Cuando el cerebro se siente escuchado, comienza a calmarse y, poco a poco, a poner en palabras lo que está viviendo. Y cuando ordenamos, comienza el proceso de autorregulación.

– ¿Qué mensaje final le dejas a las familias que están atravesando esta situación?

– Después de una experiencia tan traumática como la que estamos viviendo, no se trata de cambiar lo que pasó ni la emoción que está presente. Lo que sí podemos cambiar es la manera en que los niños están transitando esta experiencia. Un adulto que está ahí, que escucha, que valida y que acompaña, sí se puede convertir en un lugar seguro para que los niños vuelvan a sentirse en calma.

Eso marca una diferencia enorme en cómo ese recuerdo queda guardado para el resto de su vida: se convierte en una referencia de cómo responder ante situaciones complejas y de qué forma pueden apoyarse en papá y mamá. Más allá del aquí y el ahora, deja una huella en cómo ese niño podrá enfrentar sus emociones difíciles y, de manera saludable, comenzar a gestionarlas.

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