Terremoto en Venezuela

El retorno forzado a Petare: el drama de una sobreviviente del terremoto

El doble terremoto del pasado 24 de junio no solo destruyó el urbanismo donde vivía en La Guaira; también forzó a Erika Tovar a regresar a sus raíces en el sector 19 de Abril de Petare, cargando con sus hijos, sus recuerdos y una compleja condición respiratoria

Daniel Hernández
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«Me cuesta hablar por mi condición respiratoria, pero te puedo contar lo que pasó. A la hora que aconteció la catástrofe yo estaba sentada en el baño cuando, de repente, sentí que el edificio comenzó a estremecerse. Ponía las manos para sujetarme de la pared y me levanté rápidamente para abrazar a los míos. Nos quedamos quietos en un espacio cerca del baño. Yo pensaba que el edificio se iba a caer; fue un momento de pánico muy grande».

Así empieza el relato de Erika Tovar, una mujer de 40 años que hasta hace dos semanas vivía en Tanaguarenas, estado La Guaira, junto a sus dos hijos.

Erika Tovar sobreviviente del doble terremoto del 24 de junio 2026

Aunque no es nativa de La Guaira, hace ocho años se mudó al urbanismo OPPPE 35D «Jesús Romero Anselmi», en Tanaguarenas. Antes de eso, vivía con su mamá en el sector 19 de Abril del barrio Fechas Patrias, en Petare. Cuando se marchó al litoral central, lo hizo buscando un futuro mejor junto a sus hijos: Amaya, que hoy tiene 8 años, y Sebastián, el mayor.

Erika recupera la agilidad de su voz a medida que avanza el relato. Para ella, vivir en La Guaira había sido una gran experiencia. Sin embargo, ahora le resulta imposible ocultar sus emociones al pensar en la relación tan cercana que sus hijos tenían con esa zona, la cual quedó devastada tras los dos potentes terremotos del pasado 24 de junio.

El caos en el piso 11

Aunque no es lo común en la región, en su edificio nunca faltaba el agua. Erika recuerda que ese miércoles no fue la excepción. Minutos antes del sismo, se preparaban para lavar la ropa y adelantar los quehaceres del hogar.

«Nunca faltaba el agua, Daniel. Mi hijo Sebastián estaba en la cancha y el resto estábamos en la casa. Cuando empezó el terremoto todo se volvió un caos. Sentía que el edificio se iba a caer de lado; era horrible cómo se desplazaba el piso y cómo se caía todo. Sebastián logró salir y se quedó en la calle, en un espacio abierto, porque ellos aprendieron sobre eso en la escuela. Pero yo vivía en un piso 11 y, así como estoy, que no puedo respirar bien y debo tener conmigo una bombona de oxígeno, todo se complicó para poder salir del apartamento».

El callejón del barrio 19 de Abril donde por ahora vivirá mientras consigue una casa alquilada
La tia Agustina le da el mejor de los apoyos

Erika se quiebra antes de poder continuar. Con lágrimas en los ojos, hace un esfuerzo por seguir compartiendo su historia: «Unos vecinos me ayudaron y tardé hora y media en bajar. Mi vecino me cargaba y otras vecinas también me apoyaban. Así como estoy, con la respiración entrecortada, íbamos bajando: descansaba, continuaba y volvía a descansar. Fue muy difícil para mí ese recorrido hasta la planta baja».

Su respiración se agita; es inevitable revivir la angustia a tan solo dos semanas de los terremotos. Erika respira profundo, buscando la calma. «Yo fui la última en salir. Inclusive, por un momento, le dije a mis vecinos que me dejaran, porque para mí era demasiado difícil avanzar. Sin embargo, gracias al esfuerzo de ellos, pude salir. Fui la última en hacerlo».

El dolor de lo que quedó atrás

La tristeza y la esperanza se funden en sus palabras. Cuenta que su edificio no se derrumbó en su totalidad a pesar de la fuerza de los movimientos telúricos, y por eso toda su comunidad pudo salir a salvo. Recuerda su bloque como uno de los más organizados del sector, donde mantuvieron una convivencia ejemplar desde el primer día hasta la tarde del doble terremoto.

Lamentablemente, los edificios vecinos no corrieron con la misma suerte. Lo que vio a su alrededor al salir la golpeó profundamente, dejando una marca imborrable en sus recuerdos: «Eso fue horrible. Edificios en el piso, muchos conocidos muertos, amigos de mis hijos que quedaron tapiados… Todo el entorno de ellos colapsó. Por eso no quise quedarme en La Guaira, ni en carpas ni en ningún lugar que dispusieran como refugio».

Erika Tovar usa oxígeno entre 3 y 4 horas al día por una condición respiratoria
Los hijos de Erika y su mascota juntos después del doble terremoto

La solidaridad como refugio

Si algo tiene que agradecer Erika en medio de la tragedia es la presencia de sus amigos. Esos lazos que ha cultivado a lo largo de su vida se activaron apenas las circunstancias lo permitieron para ir a buscarla y ofrecerle un techo seguro.

«La noche del 24 de junio y hasta el día siguiente dormimos en la calle, en un módulo policial. La segunda noche, unos amigos nos fueron a buscar y dormimos en Catia para que mis hijos pudieran estar en un lugar seguro. Luego, una tía me recibió a mí y a mi familia aquí arriba, en el 19 de Abril de Petare. Gracias a Dios he contado con ella y con muchos amigos que me han estado apoyando, como por ejemplo David Liendo, quien ha sido sumamente solidario conmigo, con mi hermana y con mis niños».

Erika nunca pensó que tendría que regresar a Petare. Siempre creyó que, si se mudaba, sería a un lugar nuevo para vivir otra experiencia y un propósito de vida diferente. Sin embargo, no se arrepiente de haber vuelto a sus raíces.

Una batalla médica a contrarreloj

Por ahora, la prioridad de Erika es estabilizar su delicado estado de salud. Su diagnóstico médico es complejo: un tumor en el mesenterio que le genera una enfermedad autoinmune llamada Castleman.

«Mi amigo David y otras personas me han estado ayudando con el oxígeno. Si necesito rendirlo un poco, podría usarlo solo tres horas al día para extender la vida útil de la bombona. El llenado de un cilindro grande cuesta 30 dólares, por eso debo economizarlo al máximo».

A pesar de las adversidades, Erika mantiene la esperanza de conseguir una vivienda en alquiler en la ciudad de Caracas. Es una mujer trabajadora y el principal sustento de sus hijos. Aunque no vive con el padre de los niños, asegura que es un hombre responsable que la apoya en lo que puede; de hecho, es él quien actualmente arriesga su seguridad ingresando al apartamento afectado en Tanaguarenas para intentar rescatar los enseres más útiles antes de que la estructura termine de colapsar.

Al cerrar su relato, Erika reflexiona sobre la profunda unidad de los venezolanos en los momentos más oscuros. Para ella, ver a personas capaces de sacrificar lo propio por ayudar a los demás es la viva esencia de la venezolanidad. No obstante, deja un mensaje flotando en el aire: «Sería hermoso que lográramos mantenernos así de unidos más allá de las catástrofes».

Erika no pierde la esperanza de mejorar, por ahora es de nuevo vecina de los petareños del barrio 19 de abril
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