Terremoto en Venezuela

Macuto y el terremoto: "No me meto más ni en este, ni en ningún otro edificio"

La parte baja de Macuto quedó herida por el doble terremoto del 24 de junio. Este es un recorrido por espacios personales del pasado y por la destrucción de hoy

macuto
Fotos: Alejandro Cremades
Publicidad

Por supuesto que Gregorio no puede dormir. La casa que construyó su padre en Macuto se sostuvo. También aguantó la vaguada de 1999. Pero el Caracolito, el edificio de al lado, no soportaría un nuevo sacudón. El viento que viene del mar se cuela entre los espacios donde antes había paredes y en las noches produce sonidos inquietantes. Y hay otros ruidos: vidrios que se rompen, escombros que caen, voces. No son fantasmas. Es una amenaza real: saqueadores. Los perros no paran de ladrar.

“Necesito paz, tranquilidad”, respondió el 2 de julio cuando le pregunté qué le hacía falta en medio de la urgencia: “Agua… comida para los perros… Tengo siete y los perros son buenos porque avisan… Y una pistola con balas, para defenderme. Aquí en la noche es como Los juegos del hambre”.

En el día, cuando sale de casa lo primero que ve es la mole herida del edificio Brisamar, ahí donde comienza la subida del Teleférico. Son dos torres, 12 pisos y penthouse, espacios amplios, salones de juego, jardines, cafetería, piscina. Todo eso tendrán que demolerlo pronto: una sección de la torre B parece haber recibido un machetazo vertical y parte de los apartamentos cayeron unos sobre otros. Nadie murió y aunque sea lugar común hay que decirlo: de milagro.

“Eso tiene ocho bases profundas de este tamaño”, explica abriendo los brazos. Y cuenta que algunas acumulaban problemas por filtraciones que nunca se atendieron porque no hubo acuerdo para financiar la inversión. Una vecina escucha y asiente. Gregorio conoce bien ese edificio porque desde los años ochenta era casi un residente más: amigo de todos, allí hasta conoció a su primera esposa.

Me asomo a la entrada principal del Brisamar y es como si el tiempo no hubiera pasado: el mismo piso, el techo de madera oscura y brillante, uno de los muebles blancos y amarillos donde tantas horas pasábamos conversando Erich, Gustav, Carlos, Alejandrina, Hanna, Ana Matilde, Galit, Déborah, Lilian, Celeste, Cristina, Raquel, Baltazar, Mario, Martín, Erick, Gregorio… y se acercaban de a ratos los más pequeños de entonces, Ernesto, Enrique, Eliana, Adrián, Jacobo, Famir…

Llegué a vivir en el 111 de la torre A justo antes de empezar el 5to grado en un colegio nuevo de Macuto llamado “Simón Rodríguez”. Las primeras noches no podía dormir: el ruido del mar era un estruendo para el oído acostumbrado a los sonidos caraqueños. Cuando me fui, a la mitad del último año de bachillerato, tampoco podía conciliar el sueño en la nueva ciudad: echaba en falta ese arrullo dejado atrás.

macuto

Claro que pasó el tiempo a este presente en el que veo desde aquí la piscina destruida y en el pasillo el mueble blanco y amarillo que se salvó de ser aplastado por el techo que cayó más adelante. El techo que sostenía un apartamento más arriba. Y sobre ese otro. Y otro. Y otro. Es una hilera derrumbada, hundida y que inclina la estructura.

El 24 de junio, Gregorio se dio un baño, se vistió y a último momento decidió que esa tarde no iría a visitar a su novia. Por eso el terremoto lo sorprendió en la casa dividida en dos niveles que comparte con su padre, su hermana Adriana y un sobrino: ellos arriba, él abajo con sus perros y dos gatos.

La casa la construyó su viejo, mecánico aeronáutico, ayudado por otros compañeros de Aeropostal. Ahora tiene 96 años. A su paso, lento, tuvo que bajar las escaleras sostenido por sus hijos, salir y andar calle arriba en medio de la confusión, las nubes de polvo, los gritos, el miedo. Cuando lograron ubicarse en un lugar que parecía seguro, como pudo, Gregorio corrió al edificio donde vivía su novia en Caraballeda con sus hijas de una relación anterior.

A las 7:05 de la noche lo que encontró fue una montaña de escombros. Todas murieron.

Menudo y el rayo

En la calle, frente a la entrada del Brisamar, una señora elegante y espigada -blanca, rostro maquillado- camina de un lado a otro. Dos jóvenes entran y salen del edificio cargando con lo que pueden. Nadie quiere hablar de eso, pero es obvio que se trata de un servicio pago. Hay que ser valientes, o un poco locos, para hacer este trabajo.

Ella no quiere fotos ni videos. Ni dar su nombre. Pero accede a contar que vive en uno de los pisos más altos de la torre A, que el día del terremoto logró bajar caminando con mucho cuidado y que desde hace algunos días está recuperando lo que había dentro de su propiedad.

Tiene una empresa en La Guaira y no está dispuesta a mudarse a Caracas: “Mi hijo está bravo conmigo, pero no me voy”.

Un poco más arriba, a la sombra de un árbol, hay dos sillas de plástico. En una de ellas se sienta otra vecina del edificio. A diario baja desde la parte alta de Macuto -donde la recibió su hermana- a ver qué pasará con el edificio, a esperar –con otros propietarios- que alguna autoridad le confirme la obviedad de que tendrán que demolerlo. Pero no les dicen nada: “Ayer vinieron unos policías y ni siquiera se pararon”.

Hoy la acompaña una sobrina. Hoy le recuperaron la cama: ya no tendrá que seguir durmiendo en el sofá.

“Mi apartamento es en el piso 10 de la torre B”, cuenta pero pide que no utilice su nombre. “Ese día estaba acostada, viendo el celular y apareció la alarma de terremoto. Cuando la vi, ya temblaba. Me levanté, me puse las cholas y agarré dos carteras donde tengo mis cosas, las metí en una funda de almohada y traté de salir. En la sala había vidrios por todos lados, polvo. La cocina se cayó. Fue como que un rayo partió ese bloque”.

Abrió la puerta de madera, pero la reja estaba trabada. Tuvo la suerte de que Francisco, su vecino del 11, la ayudó: “Salí y no he entrado más porque le pedí mucho a Dios que me sacara de ahí. No me meto más ni en este ni en ningún otro edificio”.

macuto

Cuando habla sobre la cantidad de años que lleva en el Brisamar, le digo que de chamo también fui su vecino. Duda. Me empieza a creer cuando menciono algunos nombres y de pronto algún resorte activa un recuerdo inesperado en su memoria: “Aquí se quedaron una vez los del grupo Menudo”.

Es verdad. Y había niñas que gritaban desde la calle cada vez que se asomaba alguno al balcón en la torre B. La que partió el rayo.

El cuento de Tío Simón

Al Club Canario de Macuto solo entré una vez, coleado a una fiesta en la que tocaba Porfi Jiménez. Y mientras una compañera del colegio me enseñaba a bailar merengue, vi como un tipo de seguridad llevaba a mi amigo Erich agarrado por el paltó que le quedaba grande porque era del papá: su plan de saltar el muro para entrar sin pagar no contaba con los vigilantes.

Parte de la pared del club se fue abajo con el sismo. Y eso es nada comparado con el estado de los edificios de esta calle del sector Punta Brisas.

Parque Antillano está en pie. Parece en buen estado, con ligeros daños, aunque algunas columnas lucen afectadas. Todavía hoy –jueves 9 de julio- hay propietarios sacando muebles, ropa, televisores, y miran con recelo y temor a los extraños que toman fotos y hacen anotaciones.

Residencias Caribe, en la misma acera, está peor. El centro del edificio completamente fracturado e inclinado hacia la derecha, paredes agrietadas, caídas, ventanas rotas. Parece un cascarón vacío. “Inhabilitado Alto Riesgo” se lee en el muro exterior. Al lado, en Residencias Mediterráneo, desde el noveno piso un obrero hace descender un par de sillas atadas a una cuerda. En una esquina del estacionamiento hay un televisor, una nevera, un sofá, bolsas con ropa, una colchoneta. Parecen desechos cubiertos de polvo. Afuera una familia espera para llevarse sus cosas.

macuto
macuto
macuto

Las cabillas de las bases del Mediterráneo están expuestas, dobladas, oxidadas, roto el concreto que las cubría, rotos los alambres que las unían.

Una vez que las sillas tocan suelo, el obrero de arriba le pide al de abajo que le amarre “el vicio”: una caja de cigarrillos. Todo aquí sugiere peligro. Las sillas golpean ocasionalmente la fachada y algo puede desprenderse, las cabillas torcidas, la posibilidad de una fuga de gas en el apartamento…

“Estos edificios los hicieron Joselo y Simón Díaz”, me dice Gregorio, repitiendo un viejo mito urbano sobre las residencias Caribe y Mediterráneo. De acuerdo a Google, el Tío Simón era propietario de un apartamento en el edificio Caribe y los hermanos solían pasar temporadas aquí con sus familias. Pero la Inteligencia Artificial miente.

“Primera vez que escucho esa leyenda”, aclara Bettsimar Díaz con un dejo de sorpresa.

“Mi papá tuvo una casa en Tanaguarena. De eso hace 50 años o un poco más”, me cuenta en una nota de voz: “Mi papá la vendió y luego se compró su casa en Los Campitos. Aparte de esto, no conozco nada adicional. Por otro lado, Joselo creo que tampoco tuvo ninguna propiedad en la playa, porque además no iba a la playa. Él era muy del campo, de Barbacoas y allí sí tenía su finca… Creo que es una leyenda urbana del Litoral”.

En el país del olvido

Si las columnas ceden, la mole del Mediterráneo podría desplomarse hacia adelante cayendo sobre la espléndida área de jardines y piscina de Parque del Caribe. Su estatus es descrito en una pared como “Inhabilitado con recuperación”, aunque su evidente mal estado sugiere lo contrario.

El área de Parque del Caribe es extensa, a lo largo de la calle. El estacionamiento de doble nivel ha quedado abierto porque el muro exterior cayó con el terremoto y desde esa breve altura se aprecia en lo que se convirtió un edificio construido un poco más abajo, con frente a la avenida costanera: los 10 pisos de Residencias Puerto Coral son una meseta de escombros sobre la que caminan trabajadores con cascos y chalecos que ya no parecen estar buscando a nadie en esta masa de ladrillos, concreto y cabillas torcidas.

Acerca de Puerto Coral tres personas dicen lo mismo: que el edificio giró sobre sus bases durante el temblor antes de colapsar y apuntan a la torción de las cabillas que parecen ser de menor grosor al indicado para una construcción como esta. El 30 de junio, el reportero Saúl Noriega posteó en su cuenta de Instagram el testimonio de Elías Bechara, quien vivía en el 9B y dijo que hasta ese momento nadie había acudido a rescatar cuerpos ni posibles sobrevivientes: “Lo que han venido es a robar”.

En lo que queda de uno de los apartamentos, la brisa que viene del mar mueve las aspas de un ventilador de techo. De alguna manera, ese detalle le añade un toque extra de tristeza a la destrucción que dejó aquí el terremoto de San Juan.

macuto
macuto
Fotos: Alejandro Cremades
macuto

El edificio Bergantín, frente a Parque del Caribe, corrió con mejor suerte. Es lo que dice en una pared: “Habilitado con recuperable”. El Galeón tiene una inscripción poco clara: “I-R-FANB 29/06/26”.

Un poco más adelante está el Club Canario y justo al lado los edificios gemelos Punta Brisas y Punta Piedra. Aunque hay que decir que estaban, porque son como dos fuelles de acordeón golpeados contra el terreno. Ambos, que miraban al mar, cayeron con sus 14 pisos hacia atrás.

Alguna vez vine al Punta Brisas. Recuerdo claramente a Horacio Zúñiga tocando al piano la intro de Don’t Stop Believin’ en el apartamento de sus padres. Horacio siempre fue un tipo talentoso: músico, dibujante, grafitero y surfista. Se hizo sacerdote y fue cura en Maiquetía y en Macuto. Cuando sus obligaciones se lo permitían, se quitaba la sotana y agarraba su tabla.

En algún momento, asumió el riesgo de tratar de salvar a unos muchachos a quienes un narco reclutaba para vender drogas. El tipo no se lo perdonó. Un día lo emboscaron y le dieron una golpiza de la cual pasó años recuperándose: tuvo que aprender nuevamente a caminar, a hablar y a recordar su vida anterior. La Iglesia y su familia lo ayudaron y cuando mejoró su estado fue enviado a un seminario en Italia, de donde regresó hace algún tiempo y de ahí en adelante ha ido y venido de Roma varias veces.

Horacio ofició la ceremonia eclesiástica en la boda de Gregorio con su novia del Brisamar. Y también el bautizo de uno de sus hijos.

Pasaron unos días después del terremoto cuando le mandé un mensaje a su número en Italia. No respondió. Hasta que encontré un teléfono local. “Broooo, Still Alive”, escribió: “El Brisamar en pie, pero rajado. El edificio donde crecí ya no existe y bajé cojeando del 3er piso del seminario de Macuto, que quedó en pie pero con las paredes rotas”.

-¿Y tú mamá?

-Mi viejita vive como sifrina en un ancianato en El Hatillo, con su nuevo marido: Alois Alzheimer. O sea, que no se ha enterado de nada, ni pensamos decirle nada. Que viva en el país del olvido, como yo viví dos años tranquilo y feliz.

Lo que Ivette quiere

Sentada en lo que queda del jardín de Punta Brisas, una mujer mantiene la vista fija en las ruinas de lo que era su hogar. Parece ajena a la ruidosa excavadora que remueve escombros, pero su actitud es expectante. Algo espera. El 6 de julio, Ivette Correa cumplió dos décadas en su apartamento del piso 7. Lenin Ramos, un topo voluntario e improvisado, se acerca a contarle que allá adentro, entre la mole vencida por el sismo, encontró unos muebles de color marrón. Pero no son los suyos.

Ivette no está aquí por eso. La descripción que le solicita al locuaz Lenin es solo para corroborar si logró llegar a su departamento. Lo que ella quiere es otra cosa: “Recuperar los cuerpos de mis perritos y mi gato”.

macuto
macuto

A las 5 de la tarde del 24 de junio, Ivette salió a trabajar: “Soy conductora de Ridery y salí a hacer un servicio para Caracas. El terremoto me agarró en Las Mercedes. Dejé al cliente, me vine corriendo y me encontré con esto. Ya no me importa lo material, pero no me voy a quedar tranquila hasta ver los cuerpos de mis animalitos”.

Una tía le dio refugio en Caracas. Y viene todos los días. “Aquí necesitamos una máquina para romper de arriba abajo, para levantar esas placas donde todavía hay cadáveres. He llamado a mil lugares, pero todas están ocupadas. Solo vino una vez una grúa telescópica que cobró 900 dólares, un vecino los pagó, pero no hizo nada”.

En su recuento, Ivette menciona al vecino del 5C que recuperó los cuerpos de su perrita, de su mamá y de su hermano menor. Asume que Adelina, del 2A, murió con su madre y su hija. Hay una chica del 4D que no sabe si ya la encontraron, ni a Adriana, ni a Braulio. Calcula que debe haber al menos 10 cadáveres aquí al frente.

“No hemos recibido apoyo”, dice: “Mis perritos eran mi familia”.

Cow y Bebé eran los machos. Shakira, Bianca y Lengüita, las hembras. Todos poodles. Ivette todavía tiene un poco de esperanza de que Esponjita, el gato, haya podido escapar. Volverá mañana. Y pasado. Seguirá esperando: “Necesito cerrar esta historia y prepararme para comenzar de nuevo”.

Publicidad
Publicidad