Mientras algunos corrían buscando un lugar seguro, otros solo intentaban localizar con desesperación la voz de un hijo, de una madre o de un abuelo entre el ruido, el polvo y el desconcierto. Porque cuando la tierra tiembla, las prioridades cambian en un instante: dejamos de pensar en lo que tenemos y comenzamos a pensar únicamente en quienes amamos
Hay días en los que la vida parece avanzar con la normalidad de siempre. Hacemos planes para mañana, programamos reuniones, discutimos por asuntos que dentro de unas semanas ni siquiera recordaremos y posponemos conversaciones importantes con quienes más amamos. Vivimos con la silenciosa ilusión de que el tiempo siempre estará de nuestro lado, ¡hasta que la Tierra decide recordarnos que no!
El reciente doble terremoto que golpeó a nuestro país, dejando una profunda huella de dolor, especialmente en el estado La Guaira, no solo derrumbó edificaciones. También estremeció esa sensación de seguridad que solemos dar por sentada. En apenas unos segundos, familias enteras pasaron de la rutina al desconcierto, de la tranquilidad al miedo, de la certeza al más absoluto estado de incertidumbre.
Mientras algunos corrían buscando un lugar seguro, otros solo intentaban localizar con desesperación la voz de un hijo, de una madre o de un abuelo entre el ruido, el polvo y el desconcierto. Porque cuando la tierra tiembla, las prioridades cambian en un instante: dejamos de pensar en lo que tenemos y comenzamos a pensar únicamente en quiénes amamos.
Sin embargo, las tragedias también tienen la extraña capacidad de confrontarnos con preguntas que rara vez nos hacemos mientras la vida transcurre con aparente normalidad: ¿Qué haría diferente si supiera que el mañana no está garantizado? ¡ y la realidad es que nunca lo ha estado!
Vivimos como si la vida fuera un contrato sin fecha de vencimiento, cuando en realidad es un préstamo cuya duración nadie conoce. En realidad, el terremoto hizo visible una verdad que siempre ha existido: la fragilidad forma parte de la condición humana.
Hace algunos años, Ric Elias, sobreviviente del famoso accidente aéreo que terminó sobre las aguas del río Hudson, relató en una conferencia que, mientras el avión descendía convencido de que eran sus últimos minutos de vida, lo único que ocupó su mente fueron las personas que amaba y la forma en que había vivido.
Su conclusión sigue siendo una de las reflexiones más poderosas que he escuchado: al final, no importa tanto cuánto tiempo vivimos, sino cómo vivimos y cómo queremos ser recordados.
Los grandes acontecimientos de la naturaleza tienen una extraña virtud: en apenas unos segundos ponen en orden nuestras prioridades. Lo urgente pierde protagonismo y lo verdaderamente importante aparece con absoluta claridad: abrazar a nuestros hijos, llamar a nuestros padres, reconciliarnos con alguien, expresar un «te quiero» que hemos venido postergando o simplemente agradecer el privilegio de seguir aquí. Paradójicamente, solemos necesitar que la tierra tiemble para recordar aquello que nunca debimos olvidar.
Pero junto con esa reflexión aparece otra realidad igualmente humana: la ansiedad.
Después de una tragedia es completamente normal sentir miedo, hipervigilancia, dificultad para dormir o una constante sensación de que algo malo puede volver a ocurrir. Nuestro cerebro está diseñado para protegernos y, después de una experiencia traumática, permanece en estado de alerta.
Foto Daniel Hernández
Afortunadamente, la psicología también nos ofrece buenas noticias. Sabemos que, cuando atravesamos situaciones de incertidumbre extrema, existen acciones sencillas que ayudan a recuperar gradualmente el equilibrio emocional. No pretendo minimizar el dolor ni las emociones que cada persona experimenta frente a una tragedia como esta. Solo quisiera compartir algunas acciones que pueden ayudarnos a atravesar estos momentos con un poco más de serenidad:
Aceptar que no podemos controlar la naturaleza, pero sí nuestra manera de responder a ella.
Limitar la sobreexposición a noticias e imágenes que reavivan constantemente el miedo.
Hablar con familiares y amigos sobre lo que sentimos, porque compartir el dolor evita que la angustia crezca en silencio.
Mantener pequeñas rutinas diarias que devuelvan una sensación de normalidad.
Y, sobre todo, concentrarnos en aquello que sí permanece bajo nuestro control: nuestras decisiones, nuestra actitud, nuestra capacidad de ayudar a otros y la forma en que elegimos vivir cada nuevo día.
Lo cierto es que la incertidumbre nunca desaparecerá por completo; lo que sí puede cambiar es nuestra relación con ella. Aceptar esa realidad no elimina el dolor, pero sí transforma la manera de atravesarlo. Quizás esa sea una de las enseñanzas más profundas que dejan las grandes tragedias: la vida no nos garantiza más tiempo; nos invita a dar más vida al tiempo que sí tenemos.
Cuando la tierra tiembla, comprendemos que el mañana no pertenece a nadie. Ni al joven que apenas comienza a construir sus sueños, ni al adulto que hace planes para el próximo año, ni al anciano que cree haber visto todo. Todos habitamos la misma vulnerabilidad.
Y precisamente por eso cada abrazo merece ser dado hoy, cada perdón pronunciado hoy y cada gesto de amor expresado hoy.
Porque el verdadero legado de una persona nunca se mide por los años que vivió, sino por la paz que dejó en quienes tuvieron el privilegio de compartir el camino con ella.
Ojalá que, cuando el miedo vaya cediendo y la reconstrucción comience, los venezolanos también reconstruyamos algo más profundo: nuestra capacidad de valorar el presente, de vivir con mayor gratitud y de recordar que la vida no se mide por el tiempo que permanece encendida, sino por la luz que deja mientras arde.
Y quizás, entonces, en medio del dolor, descubramos que la esperanza también puede levantarse de entre los escombros.
Cuando miro la imagen de Nico Williams entregándole la medalla a su madre, no veo solo a un deportista celebrando. Veo a un hijo diciéndole a su madre: “Todo lo que sufriste por nosotros valió la pena”. La lección es que hay victorias que comienzan muchísimos años antes de ser celebradas
Los buenos modales son una de las formas más simples y profundas de demostrar cuánto valoramos a los demás. Son esos pequeños gestos cotidianos los que revelan nuestra verdadera educación: saludar con respeto, mirar a los ojos, escuchar sin interrumpir, agradecer un favor, pedir disculpas cuando nos equivocamos o, simplemente, tratar a los demás con la consideración que todos merecemos
Cuando la persona que se marcha ha vivido con el corazón abierto y el propósito claro, la tristeza de la despedida cede su lugar a una profunda gratitud por haber sido parte de su historia