“Tengo odio porque no nos ayudan”: Mare Abajo sigue esperando una solución tras el terremoto
Al menos 500 familias permanecen en carpas temporales en Mare Abajo, donde enfrentan calor extremo, falta de agua, baños en malas condiciones y la incertidumbre de no saber cuándo podrán volver a sus casas
Humedad y calor es lo que se siente al entrar a una de las carpas de los refugios temporales de Mare Abajo, en La Guaira. El plástico de lo que ahora los vecinos llaman hogar asfixia a cualquiera, si sumamos el sol, el salitre, la arena y la bruma de la playa, hace que vivir allí sea una odisea todos los días, pero estar en las carpas es de las pocas opciones que le quedan a los vecinos que sufrieron daños en sus viviendas.
Luego del 24 de junio, muchos de ellos perdieron sus viviendas y algunas quedaron inhabitables. Habían dos opciones: aceptar el material de construcción que el gobierno les ofrecía o seguir viviendo en las carpas donadas por organizaciones internacionales. Solo basta ver el mar de carpas azules posadas en la calle principal para saber cuántas personas decidieron reconstruir su casa.
El señor Ramón Rodríguez es uno de ellos. Vive en una de las primeras carpas de la zona junto a su esposa, hija y dos nietas; cuenta que no tiene los recursos para contratar mano de obra y comenzar a reconstruir su casa de dos pisos.
“A mí me dan las cabillas, la arena y el cemento y qué hago. Mi casa necesita fundaciones”, dice sentado en el colchón de su carpa, con dos ventiladores al lado para soportar el calor de la tarde.
Esa misma decisión tomó Marlenis Bogado. Su casa es inhabitable, por eso decidió vivir en la avenida junto a las otras familias. Su hija de 19 años vive cerca de ella, en la carpa de al lado, junto a su hijo de un año y su pareja.
“Me dieron la carpa no hace mucho porque hice un video. Suárez (alcalde del municipio Vargas) me la prometió”, cuenta Laura Yaraure, hija de Marlenis.
Marlenis Bogado frente a su carpa en Mare Abajo. Foto: Daniel Hernández
Bañarse a la intemperie
Tener servicios básicos en un refugio temporal es casi un lujo. Las actividades cotidianas como bañarse, ir al baño, cocinar o lavar la ropa se han convertido en un trabajo extenuante para los vecinos de la zona, ellos se las arreglan todos los días para intentar tener agua, comida o una ducha decente.
Laura cuenta que no utiliza los baños que pusieron a disposición para las más de 500 familias. Prefiere bañarse al aire libre, frente a los tanques de agua con un tobo. Ahí es donde ducha a su hijo de un año también.
“Es más lo que los baños están cerrados que abiertos”, dice Laura.
Al entrar a los baños provisionales que pusieron frente a las carpas, el hedor es instantáneo. Papeles sucios en el piso, duchas sin limpiar y lavamanos sin agua.
Marlenis dice que también la comunidad debe colaborar y limpiar los baños o, al menos, mantenerlos en buen estado.
Llenar los tanques también es cuestión de suerte. “Tenemos que cazar cuando pasa una bomba (de agua) para que nos puedan surtir. Pero del resto no tenemos estipulado que alguien va a venir una vez a la semana a llenar los tanques”, explica Marlenis.
Refugio temporal de Mare Abajo
La zona de Mare Abajo fue dividida en siete sectores distintos, por eso no todas las donaciones de insumos llegan por igual. Marlenis afirma que los suministros por parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) llegan constantemente, pero hay muchos otros que no los toman en cuenta.
“Hay un lado en donde sí llegan bastantes donaciones, de las cuales a nosotros no nos llaman. Ellos dicen que trabajan con una data y a ellos les traen beneficios, pero no llaman a todo el mundo”.
Marlenis sabe que su estadía en esas carpas va a ser larga, porque no tiene otro lugar a donde ir y tampoco puede reconstruir su casa. Algunos ingenieros del gobierno que fueron a revisar su vivienda ya la dieron por perdida, pero esa no es su mayor preocupación: su salud está en juego.
“Necesito operarme, estoy abierta por dentro. Me iban a operar cuando el terremoto y no pudieron, me dejaron en stand by por la situación. Todavía trato de no comer, me mantengo con suero”, dice Marlenis.
Ella agradece que cada tres días viene una camioneta y reparte suero, con eso se mantiene, pero aclara que necesita asistencia médica inmediata, sus intestinos pueden colapsar y producir más dolor.
“Tengo odio en mi corazón”
Teresa Jiménez tiene 70 años de edad y vive en Mare Abajo con su hijo Noel Jiménez, de 51, quien tiene parálisis cerebral espástica. Toda la vida ha cuidado de él, pero después del terremoto se complicó.
Su casa quedó averiada. De hecho, confiesa que antes del terremoto había algunos tabloncillos que estaban sentidos. “Yo pedí y pedí ayuda, pero no llegó y me cansé”, dijo Teresa.
Ese día dijo que le había entregado una carta a un coronel que estuvo en la zona. La carta pedía que la ayudaran y explicaba que su hijo necesitaba un lugar en donde poder descansar, ya que ahora está durmiendo en una carpa en el porche de su casa, el cual también dice que está socavado.
La respuesta del coronel fue rápida: “Hay que esperar”.
Teresa Jiménez. Foto: Daniel Hernández
A Teresa, al igual que Ramón, le ofrecieron materiales para volver a construir sus casas. El problema no es ese, sino que económicamente no tienen cómo pagar una mano de obra que los ayude a reconstruir lo perdido.
“Estoy deprimida porque me veo durmiendo en una carpa con mi hijo, que no debería ser. ¿Dónde está la ley de la persona de la tercera edad? ¿Cómo ayudan a las personas que están encamadas como mi hijo?”, pregunta Teresa.
Al igual que Marlenis, Teresa pidió ayuda para que le dieran un tanque, ya que la discapacidad de su hijo demanda mucha agua. “El calor es extremo. El plástico de las carpas parece que transmitiera más el calor”.
“Tengo odio porque no nos ayudan. En mi caso no veo solución y a mí me da tristeza que mi hijo esté nervioso, el plástico de la carpa lo tiene desesperado y el piso en donde estamos durmiendo está socavado”.
Teresa pide que la ayuden a sacar a su hijo de allí porque no sabe si en cualquier momento su casa termina de colapsar.
“A mí me da miedo con él porque no habla, no grita, no camina. Tengo odio porque aquí no hay ley de nada. Todo eso se acabó”, dice Teresa.
Bloques de construcción en Mare Abajo. Foto: Daniel Hernández
Diciembre en «Ciudad Carpita»
Ramón sabe que sus navidades no van a ser iguales este año. Hasta el momento, ninguna entidad oficial les ha dado respuesta sobre hasta cuándo van a permanecer en esas carpas.
“Nos han querido sacar para llevarnos a un refugio, pero cómo nos vamos nosotros al refugio, no puedo dejar todo atrás”, dice Ramón.
Ramón y su familia en carpas en Mare Abajo. Foto: Daniel Hernández
Una de las mayores preocupaciones es que los trasladen hacia otros estados. “Cuando quieran ellos nos pueden tirar para Maracaibo o Barquisimeto. Nosotros, a la edad que tenemos, viviendo en otro lado con nuestras cosas aquí, no podemos irnos”, explica Ramón.
Teresa dice que, cuando se acerque diciembre, pondrán un arbolito al frente de sus carpas porque no tienen esperanzas de que para esa fecha tendrán una solución oficial para salir de lo que ellos llaman «Ciudad Carpita.
Si quieres apoyar a la señora Teresa Jiménez y su hijo puedes contactarte al siguiente número: 0424-130.4149.
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