Terremoto en Venezuela

Barbero de refugio: un adolescente regala cortes de pelo en La Guaira

Ángel Salazar es aprendiz de barbería. Con 14 años, y en compañía de un primo, decidió afeitar a los refugiados que dejó el doble terremoto del 24 de junio. Juntos llevan más de 100 cortes de pelo y las ganas de continuar ayudando no se han ido

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Casi todos los sábados y domingos, una esquina del Campo de Golf de Caraballeda se convierte en la barbería itinerante de Ángel Salazar Rodríguez. En un bolsito lleva tijeras, peines, máquinas de afeitar portables y hojillas que luego reposan sobre un muro mientras espera a sus primeros clientes: niños, adolescentes y adultos afectados por el doble terremoto del 24 de junio.

Ángel los afeita sin sillas y sin un lavacabezas, pero procurando una sombra para no exponerse al sol inclemente de La Guaira. A la vista de voluntarios, donantes, adultos y funcionarios de seguridad, se ha convertido en el barbero de los que no pueden pagar un corte de cabello.

Ángel afeitando a uno de los niños en la entrada del campamento transitorio del Campo de Golf de Caraballeda. Foto: María José Dugarte.

«Yo afeito a mis amigos. A ellos les gusta y aprendo», dice Ángel, quien tiene 14 años y pasó a tercer año de bachillerato.

Ángel es como otros niños de La Guaira, pero después del doble terremoto decidió buscar una forma de aportar a la comunidad desde su afición: la barbería. El amor por este oficio y el servicio al otro lo aprendió de su primo Yeison Jiménez, un joven retornado de Colombia en enero de este año.

«Yo llegué con una máquina que me regalaron y me puse a practicar. Afeité a los vecinos, incluyendo a los niños, gratuitamente y él me vio y le dijo a su papá que le regalara una», cuenta Yeison a El Estímulo.

Limpiando los materiales. Foto: María José Dugarte.

Apoyar desde lo que sabe

Antes de empezar el camino de la barbería, Ángel probó muchos deportes. Su mamá, Johanna Rodríguez, recuerda que intentó con béisbol, baloncesto, karate, taekwondo y fútbol. Esa fue la última disciplina. «No jugó más porque se fracturó así que solo nos dedicamos al colegio. Y luego llegó esto de la barbería», cuenta.

«Yo quiero afeitar como mi primo», recuerda que le dijo Ángel un día. Su primera respuesta fue de rechazo, pero la insistencia jugó a favor: «Tuve que ir a un curso a inscribirlo. Me dijeron que como era menor, no podían recibirlo, pero que yo podía acompañarlo y que tomara las clases».

Ángel y Yeison Jiménez, su primo, en casa. Foto: Alejandro Cremades.

Así hicieron. Los tres meses anteriores al terremoto, Ángel los pasó viendo cómo barberos más experimentados hacían rayas, cortes y aplicaban mejores estrategias de limpieza de sus herramientas.

«Cuando me iban a entregar el certificado, ya fue el terremoto. Y eso fue horrible», relata Ángel.

Ángel en su casa, ubicada en la comunidad de Corapalito en La Guaira. La vivienda no sufrió daños estructurales, según su familia, pero no han recibido visitas de especialistas. Foto: Alejandro Cremades.

La pérdida colectiva

Ángel y sus primos, también menores de edad, vieron el desastre en persona. Estaban en los tambores del Día de San Juan cuando la alarma del celular sonó, pero no pudieron hacer mucho. En segundos, el piso comenzó a romperse. Escucharon un rugido. Y luego el polvo, los gritos, los heridos y los muertos. Todo lo vieron.

Los días posteriores fueron para llorar y contabilizar la pérdida. Una de sus tías falleció. Conocidos de toda la vida también, incluyendo compañeros del colegio. Y aunque su vivienda se mantuvo en pie, varios familiares perdieron sus apartamentos en la zona de Caribe y La Costanera. Otro de sus primos fue uno de ellos.

Desde la casa de Ángel se ven los edificios destruidos por el terremoto. Foto: Alejandro Cremades.

«Por mi primo y mi tía es que llegué al Campo de Golf. Ellos perdieron su casa y él me pidió que me quedara con él en la carpa para no estar solo», cuenta Ángel.

Entre tantas conversaciones y cosas que vieron frente a los edificios colapsados, Yeison y Ángel coincidieron en que querían ayudar. Era una necesidad solo tenían algo para ofrecer: el servicio de barbería.

El primero en probar la dinámica fue Yeison y en un día afeitó a unas 10 personas, una por cada hora. La sorpresa fue grande: los refugiados le ofrecieron mesas, sillas y hasta un espejo.

Ángel se adapta al deseo de los clientes. Si hay que cortar completo, corta. Si no es así, solo rebaja. Foto: Betania Ibarra.

«Los niños cuando uno llegaba, se ponían alegres. Se acercaban y decían: «¿Qué necesitan? ¿Necesitan sillas, necesitan mesa?». Nos llevaban las cosas. Preguntaban: «¿Tienes hambre? ¿Quieres jugo, arepa?». Solo pensaba en lo agradecidos que eran», expresa Yeison.

A esta labor se sumó después Ángel.

En una de sus jornadas, Yeison y Ángel identificaron un problema: un grupo externo llegó a afeitar a varios niños y sus cortes no quedaron bien.

Ángel trabaja con lo que sus manos y su cuerpo permite trasladar. En el refugio no hay una tubería o un lugar propicio para afeitar, entonces toma las esquinas y los muritos para instalarse y comenzar su labor. Foto: María José Dugarte.

«Ellos nos dijeron que le pusieron como unas tazas en la cabeza y los raparon. Nos pidieron que arreglaramos eso y luego quedaron contentos», expresa Ángel.

Más de 100 cortes de pelo y clientes de todas las edades

Adultos mayores, adolescentes, niños y hasta militares han llegado a las manos de Yeison y Ángel, quienes a veces trabajan juntos y otras individualmente. En conjunto, han afeitado a poco más de 100 personas.

«Esto es un servicio que nos da chance de aprender. Yo me tardaba al inicio una hora con cada corte, pero ahora lo menos son 40 minutos», expresa el niño, que se ha quedado sobre todo en el Campo de Golf.

Ángel rebajando el pelo de Yeison. Foto: Alejandro Cremades.

Yeison, que ha ido hasta los refugios de Catia La Mar, concuerda: «Esto lo hacemos primeramente para ayudar a la gente. Ellos necesitan cortarse su pelo y nosotros necesitamos mejorar y aprender. Es de parte y parte, y es una gran oportunidad».

Y agrega: «Es gratificante aportar algo con las manos. Esto es algo que se hace con las manos y no se necesita prácticamente mucho. Unas máquinas, unas tijeras, unos peines y ya. La gente se siente agradecida».

Sostener el servicio

Cuando Ángel va al Campo de Golf de Caraballeda, toma un bus o camina. Es una distancia de unos 5 o 6 kilómetros desde Corapalito, el barrio donde vive con su mamá, su abuelo, unos tíos y primos. El mismo recorrido hace Yeison cuando lo acompaña o acude a campamentos transitorios de otras zonas.

Cuatro máquinas, tijeras, hojillas. Todos los materiales limpios para afeitar. Foto: María José Dugarte.

El material usado en cada corte de pelo ha venido de los aportes familiares; en el caso de Yeison, de sus ahorros y trabajo. «Cada hojilla que usamos, por ejemplo, es nueva. Es un proceso de limpieza», dice Ángel, quien ya sabe reconocer lo que sí se puede y lo que no se puede hacer en este oficio.

«Nosotros vamos a Caracas a comprar porque es más barato. Todo instrumento es comprado aparte, con el sudor de uno», dice Ángel.

En casa, los materiales siempre están igual de limpios. Foto: Alejandro Cremades.

Por eso es que cuando se acaba algún producto, la labor se pausa.

El aprendizaje académico y el del oficio

El liceo de Ángel Salazar queda en Corapal, a unos 10-15 minutos de su casa y sufrió daños importantes. Murieron profesores y alumnos. Las clases todavía están suspendidas.

«Antes del terremoto, ya las clases eran irregulares. Iban tres días a la semana. Faltaban mucho los profesores. De 12 materias, los muchachos veía 6 a medias», dice Johanna, la madre de Ángel. Que su hijo no pueda acabar el bachillerato es una de sus preocupaciones.

El espejo y el bolsito que Ángel lleva al refugio. Foto: Alejandro Cremades.

«Yo le digo siempre que se gradúe, que es importante para llegar a cualquier lugar que decida irse», agrega Johanna, quien tiene dos hijos fuera de Venezuela.

Mientras el liceo regresa, Ángel ha aprendido cosas nuevas. Le muestran un corte de pelo en un video de TikTok e intenta emularlo. Cuando ya conoce al cliente, entonces afina la técnica: «Las cejas con la raya y las patillas también». Ya sabe cosas importantes: «Afeitar a niños siempre es lo más difícil».

Ángel quiere emigrar. Es un plan a mediano plazo, cuando termine el liceo, que es el deseo de su mamá. Foto: Alejandro Cremades.

Lo dice porque es complejo complacerlos. Yeison lo confirma: «No les gusta sentir pelo en la piel. Se mueven mucho. Aprender con niños es complicado. Siempre uno se demora».

Desde que Ángel comenzó a afeitar en el Campo de Golf, las correcciones y los recordatorios han sido constantes.

«Ponte serio. Concéntrate en tu corte y en que lo que estás haciendo, lo estés haciendo bien. Compórtate», le repite Yeison cada vez que lo ve.

Querer seguir ayudando

Aunque la familia de Ángel le dio un brazalete para que entre y salga del campamento transitorio, él siempre se presenta ante los guardias por su oficio: «Soy barbero, vengo a afeitar». Los que han confiado, ya lo dejan pasar sin muchas preguntas, y cuando no, muestra la pulsera: «Con el QR ya no me pueden decir que no».

Afeitar también puede ser jugar. Foto: María José Dugarte.

Ángel y su primo Yeison continúan moviéndose en favor de la barbería. Sueñan con un local, pero lo más indispensable, por ahora, son bancos, una mesa y un espejo portátil mediano: «Siempre sufrimos con el espejo porque ellos se quieren ver».

Eso es a lo que aspiran por ahora. El lado bueno es que ya tienen clientes que respaldan su trabajo. «Ellos confían y siempre preguntan cuándo volvemos».

Al fondo, la entrada del campamento transitorio. Foto: María José Dugarte

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