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Mare Abajo de noche: 3 meses durmiendo en la calle esperando soluciones

Los vecinos de Mare Abajo esperan soluciones concretas aunque saben que probablemente recibirán el 2027 bajo el plástico de las carpas

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Elizabeth y Carmen se sientan todas las noches frente a sus carpas, sacan dos sillas y se les unen cuatro o cinco más, son sus propias vecinas que han creado una nueva rutina para tratar de olvidar lo que hace tres meses se convirtió en su realidad.

Se conocen de toda la vida, son vecinas de Mare Abajo desde que eran jóvenes, pero después del 24 de junio su vínculo se hizo más fuerte. Frente a toda la incertidumbre que todavía pasan, ellas tratan de olvidar, por lo menos por unas pocas horas al día, la pesadilla que están viviendo. Se reúnen, hablan y hasta se ríen. Dicen que eso las ha ayudado a manejar sus sentimientos después del doblete sísmico que arruinó parcialmente sus viviendas.

Al llegar a Mare Abajo en la tarde, lo primero que ves es a los vecinos preparando sus carpas para vivir una noche más en la calle. Dicen que ese es el único momento en donde pueden estar tranquilos dentro de ellas porque el calor de la mañana es insoportable.

Elizabeth tiene su casa afectada. Ella dice que vivir allí por tres meses ha sido retador. Su rutina es casi la misma todos los días: duerme en la carpa y cuando se levanta el sol corre a su casa para protegerse del calor. Luego vuelve por la tarde a reunirse con las otras vecinas. Así es su vida desde hace tres meses.

Carmen prefiere quedarse en su carpa antes que regresar a su apartamento en Mare Abajo. “¿Y si vuelve a temblar y se cae ese edificio? Prefiero quedarme aquí”, dice. Aunque su torre no sufrió daños graves y ya comenzaron los trabajos de reconstrucción en las áreas comunes, ella y su esposo siguen viviendo en la calle, bajo una carpa que, según cuenta, les entregaron los “gringos”.

Vecinos en Mare Abajo. Foto: Daniel Hernández

Las dos vecinas coinciden en que el día a día es duro. En las noches solo se escucha el ruido de las motos y una música a todo volumen que indica que el fin de semana llegó.

Algunos vecinos de Mare Abajo se esconden en sus carpas cuando cae la noche, pero otros prenden una corneta, ponen música a todo volumen y se quedan bailando hasta altas horas.

«Esto es todos los fines de semana», dice Elizabeth.

Por otro lado, los vecinos situados frente a la avenida Bicentenario cuentan que vivir allí de noche significa soportar el ruido constante de las gandolas. El equipo de El Estímulo pudo constatar que en un lapso de dos horas pueden pasar al menos cuatro gandolas cerca de las carpas.

Yuleidy Castillo cuenta que eso ha provocado que muchos niños se despierten en la noche pensando que el movimiento de las gandolas es un nuevo terremoto.

Yuleidy vive con su pareja y sus dos hijos en una carpa frente a la avenida. A un lado tiene la carpa de su hermana con sus dos sobrinos y al otro, la de sus padres.

«Si me ofrecen irme, me voy, pero mi mamá y mi hermana no se quieren ir y yo no me voy sin ellas», dice sentada en la acera de lo que algún día fue el frente de su casa.

Yuleidy Castillo. Foto: Daniel Hernández

Yuleidy explica que su edificio será demolido. Ese es el destino de otras estructuras en el complejo residencial Mare Abajo, constituido por 48 edificios. Algunos están en pie, como la torre de Carmen, y ya comenzaron los trabajos de reestructuración; otros están completamente desalojados y sin iluminación.

Estos complejos forman parte del programa social Gran Misión Vivienda, iniciado en 2012 bajo el gobierno del expresidente Hugo Chávez. En 2021 se formalizó el urbanismo de Mare Abajo, en donde viven al menos 2.000 familias.

Alejandra, otra vecina del complejo, explicó que las autoridades les dieron dos opciones: salir de La Guaira y reubicarse en otro estado, o aceptar un crédito de 30.000 dólares a BCV para comprar otra vivienda en el sector. El problema, según los vecinos, es que nadie quiere aceptar ese monto para vender su vivienda.

La demanda es clara y unánime: quieren soluciones concretas. Muchos no quieren irse de su estado, dejar atrás lo que tanto les costó conseguir, sin un futuro cierto ni las mismas oportunidades que ya tenían.

Hacer de la carpa un hogar

Yuleidy cuenta que cuando comenzaron a vivir en la acera se comprometieron a hacer de la carpa su casa. Con lonas y ladrillos que encontraron en la calle fueron creando habitaciones, una especie de sala con espejo y muebles incluidos, y una pequeña cocina que de noche alumbran con una luz portátil. Dice que en parte tomaron esa decisión por sus hijos.

Cocina de Yuleidy. Foto: Daniel Hernández

Carmen y Elizabeth también lo hicieron, dentro de sus posibilidades. «Mi carpa está bien chévere», dice Carmen, que cuenta que adentro construyeron una cama que parece una king size.

Otros vecinos de Mare Abajo cuentan que gracias a la ONU les instalaron puestos de lavandería, baños, regaderas, lavamanos y un punto de agua potable. Aunque algunos insisten en que no todos tienen acceso a esos beneficios: son principalmente para quienes viven dentro del refugio habilitado en lo que antes era el Campo de Béisbol de Mare Abajo.

Lavadoras en el refugio de Mare Abajo. Foto: Daniel Hernández

«Nos dormimos a las 2 a.m. todos los días»

Vivir en estas condiciones no ha sido fácil, pero ya no les queda otra opción. La noche es el momento en que pueden agarrar un poco de brisa sentados frente a las carpas que en la mañana son insufribles.

Yuleidy dice que ella y sus hijos no se duermen antes de las 2 a.m., casi siempre por el ruido de la calle. «Es lo que toca soportar», dice.

Mare Abajo
Foto: Daniel Hernández

El día a día en Mare Abajo es monótono. Se despiertan, algunos van al trabajo, otros esperan bajo la sombra, y en la tarde regresan a sus carpas lidiando con la falta de agua y, en algunos casos, de luz.

Esperan que pronto la pesadilla acabe. Pero por ahora no hay señales de que en diciembre puedan volver a sus apartamentos ni de que les den una opción viable para mudarse.

«Estaremos aquí hasta que nos den una solución», dice Alejandra, mientras sus vecinos escuchan música sentados en las sillas de su nuevo porche: la acera de la calle.

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