"Nos sentimos olvidados": así viven los damnificados del terremoto en un campo de béisbol de La Guaira
En El Campito, decenas de familias damnificadas sobreviven en carpas bajo el calor y la humedad de La Guaira, mientras esperan soluciones habitacionales y temen que el gobierno los olvide
Detrás de una de las avenidas más afectadas por el terremoto del 24 de junio en Catia La Mar, se encuentra una vía alterna hacia Playa Grande, en donde se juntan los barrios Los Campitos y La Lucha. Allí está el campo de béisbol Estadio Jesús Sandoval, mejor conocido como El Campito. Cientos de niños iban a entrenar allí con guantes y bates, ahora es un refugio para familias que perdieron su hogar.
El calor y la humedad de La Guaira hacen casi insoportable vivir dentro de estas carpas. Algunas son pequeñas —parecidas a las de campamento—, otras, las más grandes, fueron donadas por la ayuda internacional.
«Nosotros no nos bañamos aquí. Vamos a un taller que nos prestaron y ahí nos bañamos todos», dijo una de las vecinas de la zona, quien también le explicó a El Estímulo que ya varios equipos de apoyo internacional están instalando baños y duchas públicas para los damnificados.
Campamento de refugiados Los Campitos. Foto: Daniel Hernández
Algunos vecinos han tenido que utilizar las instalaciones del mismo campo de béisbol para crear cuartos improvisados mientras la emergencia pasa. Ese es el caso de la señora Ana, de 96 años de edad, oriunda de Carúpano, estado Sucre, quien se mudó a La Guaira cuando tenía aproximadamente 30 años.
Ana vivía en el barrio La Lucha y cuenta que su casa quedó totalmente derrumbada. Se resigna pensando que esta fue la situación que le tocó vivir por los momentos: «¿Cómo le vamos a hacer?, eso es lo que la gente no ve… ¿a quién vamos a llamar, cómo hace uno?».
La familia de Ana le habilitó la cantina del campo de béisbol para poner una colchoneta y algunos ventiladores. Allí, sobre paquetes de comida, aceite y algún que otro enser que pudieron sacar de sus casas, se queda Ana junto a cuatro personas más.
La señora Ana. Foto: Daniel Hernández
«Yo perdí todo, pérdida total. Mi casa estaba en el Urbanismo Hugo Chávez. No recuperé nada, lamentablemente, pero dándole gracias a Dios que todos estamos vivos. Mi núcleo familiar está vivo», dice Lucy Pérez, hija de la señora Ana.
Lucy es paciente oncológica y comenta que ha sido difícil seguir su tratamiento. Indica que han llegado jornadas médicas al lugar, pero no son suficientes. «Nos sentimos aislados, porque quien debería pronunciarse, que es nuestro gobierno, no lo hace, no sé por cuál razón».
Sin ayuda del Estado, pero con ayuda internacional
La mayor crítica que hacen los vecinos que viven en el estadio es que allí no ha llegado ningún ente gubernamental, más allá del camión que llevaron una sola vez para dejar un pollo y una bolsa de comida.
«Aquí no ha llegado ni alcalde, ni el gobernador, ellos no se han parado por aquí», dice uno de los vecinos.
Algunas personas del sector aseguran que no hay organización al recibir las ayudas. Muchos se llevan más bolsas de comida de lo que deberían, dejando al resto sin nada.
La ayuda internacional ha hecho lo posible por habilitar el lugar en el campo de béisbol, pero se siguen sintiendo aislados y, más que todo, olvidados por un sistema que no ha llegado a verificar cuáles son las necesidades más importantes para ellos.
Foto: Daniel Hernández
Valmore Pérez, el encargado del estadio, cuenta que desde el primer día está atendiendo a las familias que quedaron damnificadas allí. «Este es un trabajo que va un poco lento […] pero hemos recibido muchas ayudas de la comunidad internacional, como es el caso de las carpas y los toldos», señala Pérez.
El encargado indica que las personas que están refugiadas allí no han podido ser censadas todavía y que están a la espera de que el gobierno pueda ayudarles con eso.
«Muchos de ellos necesitan reorganizar su vida, reparar sus casas y que se ubiquen en otro lugar más seguro».
La comunidad que ahora se reubicó en Los Campitos espera que no los olviden. Después de que pasaron las primeras semanas tras el terremoto, la ayuda se desbordaba en La Guaira; ahora ellos sienten que ya no es así y les preocupa que queden a la deriva: sin ayuda internacional y sin la del mismo gobierno.
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