Cinemanía

"Wolf Man", el monstruo para la generación Z

En “Wolf Man” de Leigh Whannell, el clásico hombre lobo es un padre modelo que debe luchar contra la maldición de la violencia. Y no solo en las noches de luna llena. Una reinvención a la medida para las preguntas y cuestionamientos acerca de la masculinidad tóxica

wolf man
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El hombre lobo ha tenido una vida mucho menos interesante que los vampiros o la criatura de Frankenstein, ambos convertidos en iconos de la dualidad del hombre y la parte más compleja de lo sobrenatural.Con apenas unas cuantas versiones, la condena eterna bajo la luna llena parece menos atractiva que la sed de sangre. “Wolf Man” (2024), de Leigh Whannell, toma en cuenta eso para explorar en un ángulo más intrigante del habitual y en el que profundiza desde el terror psicológico: ¿quién sería el monstruo en la actualidad?

La respuesta, aunque obvia, es igual de sugerente: la de un hombre contemporáneo lleno de matices y dimensiones complicadas sobre la culpa y el dolor.

Blake (Christopher Abbott) es un padre modelo que atraviesa una situación complicada. Es escritor, está desempleado y tiene problemas de ira.Por lo que su pequeña familia, formada por Charlotte (Julia Garner) y su hija Ginger (Matilda Firth), debe afrontar que para sanar — y continuar juntos — es necesario luchar como equipo.

Esta versión del hombre lobo también es una alegoría muy poco disimulada sobre la masculinidad. Pero no la tradicional o la poderosa, sino justo la que lucha contra un trauma generacional que define lo viril como un terreno complicado y hostil. Whannell, que en 2020 convirtió al hombre invisible en un marido maltratador que utiliza su misteriosa capacidad para acosar a su exesposa, hace de la herencia lupina un vehículo para reflexionar sobre la agresividad y la violencia.

Y permite hacerse preguntas complicadas sin dar casi ninguna respuesta acerca de quién es el monstruo en realidad, en medio de una survival movie a media luz y con un bosque misterioso de fondo.

El aullido de un lobo moderno 

“Wolf Man” comienza con una escena que también sirve de contexto para Blake y sus dilemas. Siendo un adolescente, su paranoico padre le lleva a cazar al bosque que circunda la granja de Oregón en la que ambos viven. Armados y con estrategia militar, ambos intentan dar muerte a lo que sea que se esconde entre los árboles y que devora animales con una muy humana crueldad.

Durante ese primer tramo “Wolf Man” deja claro lo inevitable: antes o después, el desventurado y confuso Blake tendrá que luchar con una herencia sobrenatural que le espera en el futuro.

Mucho de la eficacia de la cinta radica en su capacidad de convertir su dilema — el hombre detrás del lobo — en una exploración acerca de qué alimenta realmente el miedo, el dolor y la crueldad. Por lo que durante su primera parte -en la que dedica tiempo, interés y recursos visuales para insinuar a la criatura al acecho- la cinta funciona mucho mejor. También, al permitir que Abbott humanice a la bestia con una actuación inteligente que combina los rasgos de un hombre propenso a la cólera con los síntomas de una infección aterradora.

Pero el director, que también escribe el guion, está más interesado en mostrar que la cualidad lobuna de su protagonista es una combinación de rasgos, dolores y retorcidas visiones de la identidad. Una vez que Blake resulta contaminado y por tanto, sujeto a una lenta y trabajosa transformación con una deuda visual muy evidente al cine de Cronenberg, la película pierde sus matices.

Tanto, como para enfocar toda su energía en detallar cómo de angustiosa, dolorosa y corporalmente incómoda es la transformación.

Charlotte, que hasta entonces logró comprender el lado iracundo y oscuro de su marido, debe extrapolar ese conocimiento sobre el mal interior para domar a la bestia. O al menos, eso parece insinuar el argumento, que se inclina definitivamente al body horror y se toma su tiempo para mostrar detalles físicos de la aparición del monstruo titular. Eso, al costo de olvidar su interesante trasfondo humano.

“Wolf Man” intenta hacer equilibrios entre una exploración en clave simbólica de la masculinidad moderna y un monstruo con sed de sangre. Sin embargo, al director le falta habilidad y sensibilidad para lograr que ambas ideas se mezclen de manera creíble o, al menos, interesante.

El lobo en “Wolf Man” 

Como la recientemente estrenada “Nosferatu” demostró, toda película de monstruos depende más o menos, de la forma en que reinterpreta a su criatura. Y es el gran fallo en “Wolf Man”. A pesar de que el equipo de producción tomó la decisión de usar efectos prácticos para crear al hombre lobo, el resultado está lejos de ser perfecto. De hecho, buena parte de los fallos de la segunda parte y final de la cinta, provienen justamente de la incapacidad de resultar creíble.

Ya sea porque el apartado visual tiene una apariencia barata y artificiosa o simplemente, el núcleo de interés de la historia está en el drama, la película parece caer en la inevitable sucesión de clichés.

Paso a paso, Blake tiene que tratar de contener su parte más salvaje y profundizar en las posibilidades de la criatura que está a punto de convertirse. Pero el guion pasa de largo en los posibles dilemas de un punto de vista parecido, para explorar directamente en dentelladas, sangre y aullidos.

Si la película “Wolf Man” (1941) de Lon Chaney que inspira a Whannell reflexionaba sobre un hombre lobo que atacaba a un pueblo pequeño, la actual hace lo mismo en escala reducida y doméstica. Pero el giro carece de la ambición para reordenar líneas de exploración y mostrar la idea como un mecanismo para establecer paralelismos en todos los temas que plantea.

De modo que para su última hora y en especial la secuencia cierre, “Wolf Man” se rinde al intento de ser más profunda y se deja llevar por ser solo una película de terror. Lo que le cuesta la atmósfera entera que hasta entonces había planteado.

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