Cinemanía

"Cómo entrenar a tu dragón": así es que debe ser un live-action

“Cómo entrenar a tu dragón” demuestra que es posible filmar un live-action que capte la magia de la película original, sin perder por ello inteligencia y personalidad. Con una escala magnífica en sus escenas de vuelo, personajes entrañables y un apartado de efectos visuales para la historia, es, ya, una de las mejores películas del año

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“Cómo entrenar a tu dragón” (2025) tenía la enorme responsabilidad de traducir a la acción en vivo una saga querida, todavía actual y cuyos fanáticos son, por supuesto, muy quisquillosos con varias de las secuencias icónicas de la franquicia. La cinta no solo logra honrar esa confianza del público, sino que lleva la historia original un paso más allá. Todo gracias a que el director y guionista Dean DeBlois expande el universo animado a lugares nuevos y mejor narrados, sin perder el centro emocional de la recordada aventura de dragones y vikingos.

Lejos del reciclaje perezoso que hemos visto en adaptaciones como “El rey león” del 2019 (versión fotocopiadora) o “Mulan” de 2020 (con amnesia narrativa), esta nueva entrega apuesta por una fidelidad meticulosa a la historia original, al tiempo que pule aspectos que la animación dejó en la sombra. El truco, como muchos sospechaban, ha sido devolver las riendas a los creadores.

Esa decisión convierte el remake en un acto de continuidad más que de ruptura. Hay ecos inevitables del caso “Lilo & Stitch” (2025) cuya versión live-action ha sido vapuleada por diluir lo que la hacía tan única. La nueva “Cómo entrenar a tu dragón”, en cambio, camina con dignidad entre dos mundos: el de la nostalgia animada y el de la reimaginación cinematográfica.

Con nueva vida

Lo más intrigante de este remake es su voluntad de no apartarse del corazón narrativo de su primera entrega. La historia de Hipo y su encuentro con el dragón Furia Nocturna se mantiene intacta en sus coordenadas dramáticas: el anhelo de aceptación, el conflicto intergeneracional, la conexión con lo otro. Mason Thames asume el rol de Hipo sin pretender replicar a Jay Baruchel (voz en la animación), pero logra capturar esa mezcla de torpeza entrañable y valentía inesperada que definía al personaje.

Hay algo mágico — y casi perturbador — en ver cómo una figura animada se traduce al cuerpo humano sin perder su alma en el proceso. La versión live-action también aprovecha el tiempo para expandir el vínculo entre Hipo y Mochuelo, regalándonos secuencias que se sienten como extensiones naturales de lo que vimos antes, pero con un ritmo más pausado y una mirada más contemplativa.

Una decisión que permite a la cinta tener su propio contexto sin tener que añadir elementos que desvirtúen su punto de vista. Aquí los cambios son específicos: ajustes sutiles para un formato nuevo.

Se respeta el tono, el conflicto central, incluso los silencios. En lugar de subrayar cada emoción con la sobre explicación, el remake deja espacio para la respiración, el gesto, el detalle. Hipo y su dragón se entienden con miradas, como si el cine estuviera volviendo a confiar en el poder de la imagen. Es, en cierto modo, un recordatorio de que los buenos cuentos no necesitan reinventarse desde cero para seguir teniendo sentido.

Una heroína de altura 

Una de las sorpresas más gratas es Nico Parker, quien logra algo casi imposible: dotar de profundidad y matices a Astrid, personaje que en la versión animada, aunque carismático, estaba más definido por su relación con Hipo que por su propio arco. Parker le imprime una presencia magnética desde su primera aparición.

Su versión de Astrid es feroz, sí, pero también compleja y contradictoria. La química entre ella y Thames no se siente forzada ni reducida a una subtrama romántica de manual; hay un juego de tensiones que recuerda a los mejores dúos juveniles del cine, como los de “Atlantis: El imperio perdido”. Esta fidelidad emocional al espíritu original, que no teme actualizar los bordes ásperos de los personajes, resulta clave para el funcionamiento del film.

Y lo mejor es que “Cómo entrenar a tu dragón” no se avergüenza de su vena romántica. En tiempos donde los blockbusters parecen rehuir del amor juvenil como si fuera una bacteria obsoleta, esta nueva entrega abraza con honestidad los sentimientos en ebullición de sus protagonistas. Sin recurrir a sentimentalismos baratos ni edulcorar las emociones, la película permite que Hipo y Astrid compartan una evolución conjunta, que crezcan a la par. Esto no solo le otorga más capas a sus recorridos en la trama, sino que refuerza la idea central del relato: aprender a ver al otro con nuevos ojos. Y en el cine, pocas cosas son tan transformadoras como una mirada bien filmada.

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Mason Thames es Hipo en «Cómo entrenar a tu dragón»

Buenos vikingos

Gerard Butler regresa como Estoico el Inmenso, y su retorno no es anecdótico: es uno de los pilares emocionales de la película. A diferencia del Estoico animado, que se mantenía más distante y autoritario hasta el clímax, este nuevo Estoico tiene más escenas, más diálogos y el guion se toma el tiempo de explorar su papel como líder, padre y figura atrapada en un mundo de creencias rígidas. 

Esto crea un contraste potente con la mirada renovadora de Hipo. Es como si el film nos invitara a ver a través de dos generaciones al mismo tiempo, sin demonizar ni idealizar a ninguna. Butler, con su voz grave y su físico imponente, podría haberse limitado a ser un eco del personaje animado, pero lo que ofrece aquí es una versión cargada de matices, de duda, de ternura reprimida.

El resto del elenco está a la altura del desafío. Nick Frost le da vida a Bocón con una mezcla de cinismo y ternura que funciona como válvula de escape, pero también como contrapunto emocional al drama entre Hipo y Estoico. No es solo un alivio cómico, sino una figura de sabiduría torpe que recuerda a personajes como Baloo de “El libro de la selva”, secundarios que parecen desinteresados pero que sostienen el tejido emocional de la historia.

En el mismo espíritu, los nuevos Brutacio y Brutilda, interpretados por Bronwyn James y Harry Trevaldwyn, escapan del cliché del dúo ridículo y aportan una dimensión casi entrañable a sus escenas. No hacen ruido por hacer ruido: contribuyen a humanizar el ecosistema vikingo.

Vuelo alto para losdragones

En el terreno visual, el salto a la acción real podría haber sido un campo minado. Pero el equipo detrás del remake decidió no imitar la estética de la animación con efectos hiperrealistas, como hizo el “Pinocho” (2022) de Robert Zemeckis (con resultados desconcertantes). En su lugar, optaron por una fusión estilizada entre el realismo y el lirismo fantástico. El mundo de Berk respira: sus texturas, sus neblinas, sus acantilados son tangibles.

El trabajo del diseñador de producción Dominic Watkins es admirable: no solo recrea, amplía. Las locaciones se sienten más vastas, los espacios más habitables. Y lo mismo ocurre con el vestuario de Lindsay Pugh, que respeta las siluetas de la animación pero las traduce en tejidos y cortes que parecen salir de un museo vikingo.

Los dragones, claro, son el otro gran espectáculo. Mochuelo sigue siendo el alma de la historia. Y aunque digital, transmite emociones reales. En las escenas de vuelo, uno no puede evitar recordar el impacto que tuvo la película animada en 2010, cuando volar con Hipo por primera vez fue algo comparable a lo que “Avatar” de James Cameron nos dio un año antes.

Aquí, el director de fotografía Bill Pope vuelve a capturar esa sensación de vértigo y libertad, esa danza entre criatura y humano que en manos menos expertas sería mero artificio. La batalla final, con la Muerte Roja como amenaza colosal, no es solo un clímax de adrenalina: es también un recordatorio de lo que el cine puede lograr cuando se alía con el asombro. El broche de oro para una historia que demuestra que Hollywood cuando quiere, puede.

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