“Haz que regrese”: una escalofriante mirada al duelo y la muerte
Danny y Michael Philippou han pasado de debutantes a referentes del terror moderno. “Haz que regrese” (2025) confirma que su punto de vista sobre el terror no busca solo asustar. Entre tragedia y horror, los hermanos construyen un universo inquietante y profundamente humano
Los hermanos australianos Danny y Michael Philippou sorprendieron al mundo del terror con una primera película que rompió expectativas: “Háblame”. Más allá de los sustos y los jump scare a lo James Wan, lo que distinguió a ese debut en 2022 fue la manera como enlazaron la angustia adolescente con la experiencia de la pérdida. En su segunda cinta “Haz que regrese”(2025), los directores decidieron no repetir la fórmula, aunque mantuvieron el tema de la ausencia como núcleo dramático. Si en su ópera prima el dolor se disfrazaba de rito adolescente y fiesta clandestina, aquí la atmósfera cambia radicalmente.
La nueva película se construye sobre una base mucho más sobria, impregnada de melancolía desde los primeros minutos. En lugar de fiestas caóticas y juegos temerarios, el espectador se encuentra con grabaciones caseras borrosas, recuerdos distorsionados y una puesta en escena que transmite desgarro en cada detalle. El resultado es un relato más duro, en el que no existe el respiro de la comedia ocasional ni el alivio de la complicidad entre adolescentes.
“Haz que regrese” se mueve en un terreno más áspero, explorando cómo el duelo consume lentamente a quienes no logran desprenderse de él. Los Philippou han consolidado un estilo propio: terror que no busca únicamente el sobresalto, sino que se alimenta de la herida emocional. Esa decisión estética los diferencia de otros directores recientes del género y confirma que su interés principal no es solo aterrorizar, sino también incomodar con emociones muy humanas.
La trama gira en torno a dos hermanos, Andy (Billy Barratt) y Piper (Sora Wong), que enfrentan una situación devastadora: tras la repentina muerte de su padre, quedan bajo el cuidado temporal de una madre de acogida. Laura (Sally Hawkins) vive con su hijo Oliver (Jonah Wren Phillips), un chico extraño y prácticamente mudo. Pero en lugar de explorar en el tropo del niño aterrador, los directores optan por algo más sutil: lo que acecha se esconde en lo cotidiano.
En eso se concentra el argumento. Andy observa con desconfianza a su nueva tutora, que parece arrastrar obsesiones perturbadoras relacionadas con la muerte, mientras Piper encuentra en Laura una figura protectora que compensa la ausencia paterna. El contraste entre la adaptación de la niña y la resistencia del adolescente se convierte en el motor dramático. No se trata únicamente de un relato sobrenatural, sino de la forma como cada personaje procesa el dolor.
Andy, con la carga de ser pronto el tutor legal de su hermana, percibe el nuevo hogar como una amenaza más que como un refugio. Mientras tanto, Laura, aún marcada por la pérdida de su hija, proyecta sobre Piper una mezcla de cariño y sustitución que la vuelve inquietante.
La convivencia en esta casa crea un terreno ambiguo, en el que la línea entre las alucinaciones del duelo y las prácticas siniestras de Laura nunca está del todo clara. Mucho más, cuando es evidente que incluso su salud mental está en entredicho.
El miedo a la muerte convertido enamenaza
Una de las virtudes de los Philippou es su capacidad para dosificar la información. En “Háblame”, nunca mostraban por completo a los espíritus que podían canalizar los personajes, lo que intensificaba la sensación de peligro. En “Haz que regrese” repiten ese mecanismo, aunque con un giro: la tensión se genera a partir de grabaciones viejas y rituales incompletos. La cámara se detiene en cintas VHS desfiguradas donde se vislumbran apenas formas grotescas, obligando al público a llenar los huecos con su imaginación.
Pero la diferencia fundamental entre las dos películas está en cómo se aborda la tristeza. En la primera, el duelo era un motor de las acciones, mientras que aquí es el propio corazón de la narrativa. Cada personaje carga con un vacío que condiciona sus actos: Laura, incapaz de superar la pérdida de su hija; Andy, obligado a asumir una madurez forzada; Piper, adaptándose a una nueva figura materna que mezcla cariño con obsesión. Lo interesante es que los Philippou no tratan el duelo como un simple detonante del horror, sino como la materia prima de la historia.
La película se convierte en una exploración de las formas que adopta la memoria: a veces funciona como aprendizaje, otras como cárcel. La tensión no surge únicamente de los rituales que practica Laura, sino de la pregunta que atraviesa a todos: ¿se puede vivir sin dejar atrás lo que se ha perdido? En esa pregunta radica la incomodidad que genera la cinta. El terror se convierte entonces en una extensión de ese vacío sin respuestas del miedo a morir, como si los fantasmas fueran una expresión física de la incapacidad del duelo para dejar ir al que fallece.
En conjunto, “Haz que regrese” confirma la intención de los Philippou de construir un cine de terror que no se limita a la superficie. Sus primeras obras forman un díptico que reflexiona sobre la pérdida, el apego y el deseo imposible de traer de vuelta a quienes se fueron. La diferencia es que esta segunda entrega apuesta por un tono más sombrío y sin concesiones, lo que la hace menos accesible pero más devastadora.
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