“Exterminio: El templo de los huesos”: una historia de zombis para reflexionar sobre la humanidad
En “Exterminio: El templo de los huesos” la directora Nia DaCosta se toma al apocalipsis con calma, ironía medida y una fe incómoda en la empatía humana
Lo primero que queda claro en “Exterminio: El templo de los huesos”, de Nia DaCosta, es que rinde homenaje al género zombis con una aproximación más cercana a George A. Romero que a Zack Snyder. Por lo que la película -secuela de “Exterminio: La evolución”- es una radiografía social disfrazada de carnicería.
Pasa buena parte de su primer tramo analizando qué ha ocurrido con la naturaleza humana enfrentada a una amenaza total que bien podría convertir a cualquiera, en bestias violentas. Claro está, no es un giro novedoso.
Cada época ha usado a los infectados para señalar sus propias miserias: el miedo colectivo, el consumo sin freno, la obsesión por mandar sobre otros incluso cuando todo está perdido. “Exterminio: El templo de los huesos” retoma esa tradición, pero decide mover el foco. Aquí no se trata tanto de denunciar lo que está mal, sino de preguntarse qué queda en pie cuando el colapso ya ocurrió.
Alex Garland, guionista con historial de incomodidades elegantes, propone una lectura extraña para el género: en lugar de insistir en la crueldad como motor narrativo, apuesta por la compasión como último recurso para explorar en su historia. No es un gesto ingenuo, es una decisión política dentro de un cine que suele alimentarse del nihilismo. La película entiende que el horror contemporáneo ya no necesita exagerarse.
Monstruos y dilemas familiares
Por eso, la historia opta por buscar destellos de humanidad en espacios donde solo esperaríamos barbarie. Esa elección redefine el tono general y desplaza la atención hacia vínculos improbables, silencios incómodos y actos pequeños que, en este contexto, se sienten radicales. El resultado es una obra que dialoga con el legado del género sin repetirlo mecánicamente.
Hay violencia, hay sangre, hay cuerpos putrefactos.Pero también hay tiempo para observar, para escuchar, para dejar que una escena respire sin subrayados. Esa paciencia es clave.
“Exterminio: El templo de los huesos” no quiere impresionar a cada minuto; prefiere erosionar al espectador lentamente, como si la esperanza fuera un músculo atrofiado que necesita entrenamiento. El mensaje se filtra sin discursos grandilocuentes: incluso en un mundo arrasado, el cuidado sigue siendo una forma de resistencia.
Una decisión que se nota desde las primeras escenas. En lugar de introducirnos con personajes “buenos” o situaciones de supervivencia clásica, la película abre con una muestra extrema de deshumanización. Los Jimmys, una pandilla liderada por Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell), encarnan un tipo de mal que no depende del virus. Son violentos por convicción, no por contagio. Su estética ridícula —pelucas rubias, chándales, referencias infantiles— es una máscara inquietante: la crueldad aquí se disfraza de juego.
El protagonista de la película anterior, Spike (Alfie Williams), arrastrado a este entorno, se convierte en nuestro punto de entrada emocional. Su incomodidad constante, su reacción física ante la brutalidad, marca una distancia clara entre sobrevivir y aceptar. La película no romantiza su sufrimiento, pero tampoco lo convierte en héroe automático.
En paralelo, el guion va sembrando la idea de que incluso dentro de estructuras violentas existen fisuras. Jimmy Ink (Erin Kellyman) observa, duda, se detiene. Esos gestos mínimos adquieren un peso enorme porque el contexto los vuelve raros.
Garland organiza la información de manera dosificada, evitando explicaciones largas. Todo se entiende por acumulación: miradas, silencios, decisiones torpes. La narrativa avanza sin prisas, pero con dirección clara. Cada escena suma una capa a un mundo donde la brutalidad parece normalizada, y precisamente por eso, cualquier acto de empatía resalta como una anomalía. Esta primera parte establece el tono moral de la película: el verdadero horror no está en los infectados, sino en lo que los humanos hacen cuando dejan de verse entre sí como personas.
Un héroe inesperado
En contraste directo con los Jimmys aparece el doctor Ian Kelson (Ralph Fiennes), un personaje que encarna otra forma de resistencia. Su espacio, un templo construido literalmente con restos humanos, podría parecer el escenario perfecto para el delirio. Sin embargo, Kelson lo convierte en un lugar de observación, casi de cuidado. Su relación con Samson (Chi Lewis-Parry), un infectado alfa, es el núcleo más inesperado del filme. Así que lo que comienza como un experimento científico se transforma en un vínculo basado en la repetición y la confianza.
Domesticado en cierta forma por Kelson, Samson es tratado como individuo. Toda una rareza en un género que tiende a homogenizar a sus monstruos como una masa imparable. La decisión de la trama es una de las tantas particularidades de “Exterminio: El templo de los huesos”, que procura evitar clichés de género para atreverse en terrenos desconocidos. Un giro que le brinda una curiosa personalidad.
También lo hacen sus personajes memorables. Fiennes interpreta a Kelson con una mezcla precisa de cansancio y curiosidad. No es un salvador ni un mártir. Es alguien que se niega a renunciar a la idea de que entender al otro todavía importa.
La dirección de Nia DaCosta subraya estos momentos con planos largos, sin música intrusiva, permitiendo que la incomodidad se asiente. La amistad que se forma entre criatura y ser humano, no busca conmover de manera obvia; surge de la rutina compartida. Y funciona porque la película confía en su propio planteamiento. Al mostrar que incluso un infectado puede responder al cuidado, “Exterminio: El templo de los huesos” reconfigura las reglas emocionales del género.
Este enfoque se siente aún más potente cuando se compara con el arco de Spike. Mientras Kelson explora la posibilidad de convivencia, Spike atraviesa un proceso inverso: aprende hasta dónde puede llegar la violencia humana sin excusas biológicas. “Exterminio: El templo de los huesos” alterna estos caminos para construir un contraste claro. Por un lado, la ciencia como acto de fe; por otro, la barbarie organizada como espectáculo. DaCosta maneja este paralelismo con pulso firme.
No hay subrayados morales, pero la diferencia entre ambos mundos es evidente en la puesta en escena. Los espacios de Kelson, aunque construidos con muerte, son silenciosos. Los de los Jimmys son ruidosos, caóticos, saturados. Esa oposición visual refuerza el discurso sin necesidad de diálogos explicativos. Además, la película evita convertir a Kelson en una figura idealizada. Su obsesión roza lo peligroso, su aislamiento tiene costos.
Por lo que “Exterminio: El templo de los huesos” cierra su recorrido con una claridad poco común en el cine de terror contemporáneo. No necesita un giro espectacular para justificar su existencia. Su apuesta es más sutil y, por eso, más arriesgada: insistir en que la humanidad no desaparece con el colapso, solo se vuelve más difícil de ejercer. Eso, sin ignorar la violencia ni la desesperación, pero se rehúsa a convertirlas en único horizonte posible.
Garland y DaCosta proponen que el cuidado, la escucha y la curiosidad también pueden ser motores narrativos. Ese gesto redefine el legado de la saga y amplía las posibilidades del género. Lejos de sentirse complaciente, la película resulta incómoda porque nos obliga a replantear nuestras expectativas. Aquí, sobrevivir no basta, importa cómo y con quién.
“Familia en renta”, de la japonesa Hikari, es una silenciosa, delicada y ligeramente irónica comedia que observa a la soledad contemporánea con ternura, usando a Brendan Fraser como brújula emocional en un Tokio cotidiano
2026 promete una buena cantidad de títulos de calidad. De secuelas de franquicias históricas, a live-action que harán las delicias de los niños de todas las edades, hasta el fin de una trilogía que marcó un hito en el mundo del cine. Te dejamos la lista de las películas que vienen… que ya casi están aquí
No es remake, ni segunda parte. “Anaconda” es una buena idea que no está bien resuelta pero que de vez en cuando te hace reír y al mismo tiempo pensar en el misterio del chiste original