Cinemanía

La incómoda diversión de ver “Marty Supreme”

“Marty Supreme”, de Josh Safdie, es una fábula nerviosa sobre ambición desbordada, egos inflados y talento real, que funciona gracias a un guion brillante y a la actuación extraordinaria de Timothée Chalamet

marty supreme
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“Marty Supreme” es una de esas películas que resulta difícil de definir porque, en apariencia, no está enfocada en un único tema. Podría ser un drama deportivo en clave de ópera bufa —pero no lo es— o solo un drama sobre la arrogancia y la ambición, que tampoco es.

En realidad, esta historia es una combinación de registros y tonos, y funciona gracias a un elemento específico: la forma en la que Timothée Chalamet encarna a un hombre con la arrogancia suficiente para creerse mejor que cualquiera. Y hacerlo además de manera convincente, carismática y emocionante.

Ese eco entre actor y personaje -inspirado en el jugador Marty Reisman- resulta clave para entender el impacto del film. Marty Mauser (Chalamet) vive convencido de su destino excepcional. No lo reflexiona, lo da por hecho. Esa actitud, arrogante y magnética a partes iguales, define el tono de una historia que se mueve entre la comedia incómoda, el drama deportivo y el thriller urbano.

“Marty Supremo” no trata únicamente sobre ganar torneos de tenis de mesa, habla de fabricar una identidad a toda velocidad para deslumbrar. Todo apoyado en un caudal inagotable de narcisismo. De modo que la actuación de Chalamet funciona como el núcleo que ordena todo lo demás: una exhibición física, verbal y emocional que confirma por qué su ambición no suena vacía.

El foco del campeón

Ambientada en la Nueva York de principios de los años cincuenta, Marty trabaja en una zapatería, aunque se presenta ante cualquiera que quiera escucharlo como la próxima gran figura del tenis de mesa. El deporte, todavía en expansión, se convierte en el escenario de su delirio de grandeza. Marty habla como si ya fuera famoso. Se vende como futuro ídolo con una convicción tan exagerada que descoloca. Sin embargo, su vida cotidiana desmiente esa narrativa triunfal. Vive con su madre, Rebecca (Fran Drescher), una mujer absorbida por sus propias obsesiones médicas, y mantiene una relación clandestina con Rachel Mizler (Odessa A’zion), amiga de toda la vida y esposa de otro hombre.

La contradicción entre lo que Marty dice ser y lo que realmente es alimenta el conflicto. Aun así, su fe ciega en sí mismo lo impulsa a tomar decisiones arriesgadas. Abandona el trabajo estable y viaja a Londres para competir en un torneo importante.

Allí, su comportamiento provoca tanto rechazo como fascinación. Exige lujos, incomoda a los organizadores y actúa como si el éxito fuera una formalidad pendiente. Esa misma actitud lo lleva a iniciar un romance con Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una ex actriz que comparte hotel con su marido, el empresario Milton Rockwell (Kevin O’Leary).

Así que Londres y toda la experiencia que conlleva es una prueba de fuego: Marty demuestra que su talento no es puro humo y obtiene un resultado destacado. Regresa a Nueva York con argumentos renovados para sostener su mito personal, aunque también con más frentes abiertos.

Dinero, trampas y velocidad

De vuelta en casa, el relato se acelera y se vuelve confuso. Marty necesita financiar su próximo desafío: un torneo en Japón que podría consagrarlo definitivamente. Pero no tiene el dinero.

A partir de ahí, “Marty Supreme” entra en una espiral de decisiones desesperadas. Marty se involucra en planes dudosos para financiarse y buena parte de la película se sostiene, justamente, sobre la sensación de que una mala decisión — y hay muchas — puede echar todo abajo. 

Josh Safdie construye este tramo como una sucesión de obstáculos que se encadenan sin respiro. Cada intento de solución genera un problema nuevo y mayor que el anterior. La sensación de urgencia domina la puesta en escena. Marty corre, habla, promete, miente y seduce con la misma intensidad.

El guion, firmado por Safdie y Ronald Bronstein, evita la estructura clásica del cine deportivo para inclinarse hacia un territorio más imprevisible. Así que “Marty Supreme” parece avanzar siempre al borde del colapso. Esa elección conecta directamente con trabajos previos del director, aunque aquí aparece una riqueza emocional distinta. La obsesión por el dinero no anula el deseo de reconocimiento. Ambos impulsos conviven y chocan.

Parte del buen ritmo de la película se lo debe a un reparto secundario de enorme química. Odessa A’zion brilla como Rachel Mizler, una figura que desafía a Marty y lo acompaña con la misma ferocidad. Su conexión con Chalamet aporta una dimensión emocional clave. Gwyneth Paltrow, como Kay Stone, ofrece una interpretación sorprendentemente vulnerable. Su regreso al cine fuera del universo Marvel recuerda por qué su presencia sigue siendo valiosa. El elenco se completa con elecciones tan inesperadas como efectivas: Kevin O’Leary, Penn Jillette, Sandra Bernhard, Géza Röhrig, Fred Hechinger e Isaac Mizrahi, entre otros. Todas estas piezas encajan en el universo excéntrico que propone Safdie.

“Marty Supreme” no resulta perfecta. Sus 150 minutos pesan en el tramo final del segundo acto, donde el ritmo pierde algo de filo.

Aun así, “Marty Supreme” se sostiene como una de las propuestas más intensas del año. Una obra que acelera el pulso, incomoda y divierte, mientras observa con ironía la obsesión por ser grande antes de tiempo. ¿Una indirecta para el Chalamet desesperado por un Oscar? Nunca se sabe.

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