“El día del fin del mundo: migración”: El apocalipsis según Gerald Butler
Esta secuela del éxito de 2020 convierte al apocalipsis en una travesía emocional y además, en una reflexión sobre la naturaleza del dolor en situaciones críticas. Al menos, lo intenta, pero no siempre lo logra
En 2020 y sin que nadie pudiera predecirlo. “El día del fin del mundo” sorprendió al público amante de las películas de desastres. Parte del éxito radicó en que esta película de Ric Roman Waugh protagonizada por Gerald Butler tenía pocas pretensiones más allá de entretener. Pero además, en el hecho de que su exploración sobre la idea de un cataclismo con potencial para arrasar con la raza humana, tuviera mucho de emotivo. Eso, al enfocarse en la familia Garrity, ciudadanos cualquiera que intentaban sobrevivir a toda costa. Algo que permitió al guion de Chris Sparling mostrar el desastre desde lo doméstico. Por lo que, a pesar de sus giros previsibles y efectos especiales de segunda, la producción lograba conmover.
Eso no ocurre con “El día del fin del mundo: migración”, la secuela inmediata y por completo innecesaria de ese primer relato.
En especial, porque la película original cerraba con la sensación de una conclusión verdadera, casi definitiva, con los Garrity a salvo en Groenlandia mientras el planeta se desmoronaba fuera de plano. No pedía continuación, aunque el guiño final a la esperanza dejaba claro que los sobrevivientes tenían por delante una larga adaptación a un nuevo mundo.
El director Ric Roman Waugh decidió explorar en esa aventura futura, por lo que regresa a la dirección junto a Butler para enfocarse en un giro complicado: el día después del fin del mundo. En realidad, se trata de mucho más tiempo (cinco años), pero el concepto es interesante. En mejores manos pudiera haber resultado atractivo, pero en las de Waugh se convierte en un melodramón que abandona el tono de thriller de supervivencia contenido y se lanza a una estructura más cercana a una road movie postapocalíptica.
La intención resulta clara: ampliar el mundo, explorar las consecuencias, mover a los personajes fuera del refugio. El problema surge cuando esa expansión no viene acompañada de una energía equivalente a la que tuvo la película original. Por lo que la historia se siente más pesada y compleja, envuelta en un pesimismo craso y desagradable, como si heredara la fatiga del propio planeta que retrata. Pero el argumento no explora en ese dolor contenido, invisible y en crecimiento. Antes que eso, vuelve al punto de la huida en familia, sin lograr el éxito de la primera vez.
De vuelta a los horrores
Cinco años después del impacto del cometa, las cosas van previsiblemente mal en nuestro planeta. John Garrity (Gerard Butler), Allison Garrity (Morena Baccarin) y su hijo Nathan Garrity (Roman Griffin Davis) sobreviven bajo tierra, en un búnker ubicado en Groenlandia. Pero es obvio que se trata de una cuenta atrás para otro posible evento desastroso, esta vez, debido a las consecuencias del primer cataclismo que ya se relató. La cinta cuenta todos esos pormenores a través de sus personajes: John sale con frecuencia a un exterior tóxico para recolectar suministros, sacrificando su salud en el proceso.
Por otro lado, Allison mantiene el equilibrio emocional del núcleo familiar mientras choca de frente con la burocracia del refugio. Nathan, ya adolescente, vive atrapado entre el encierro físico y una melancolía persistente que lo empuja a soñar con un afuera casi mítico. La película dedica tiempo a este estado de desgaste, subrayando que sobrevivir no equivale a vivir.
El verdadero motor narrativo se activa cuando una tormenta de radiación azota la zona y provoca el colapso del búnker. Sin refugio, los Garrity se ven obligados a huir. De nuevo.
La secuencia del escape marítimo, atravesando el Atlántico en una embarcación precaria, marca el punto de quiebre del relato. Al llegar a Europa, el paisaje resulta igual de hostil: ciudades destruidas, recursos escasos y una sociedad fragmentada en conflictos internos. Allí conocen a la doctora Casey Amina (Amber Rose Revah), una científica que introduce la idea de “el Cráter”, un lugar donde el aire y el agua aún permiten imaginar futuro. El objetivo redefine el viaje y transforma la película en una marcha constante hacia una promesa difusa.
Si la trama parece en exceso familiar y más semejante de lo conveniente a la primera temporada de la icónica “The Last of Us” de HBO, es porque lo es. La cinta toma prestada gran cantidad de las ideas más relevantes de la producción y las traduce a su modo. De modo que, por el camino, nuestros esforzados protagonistas se van a tropezar con milicias, invasores, lluvias de meteoritos y catástrofes naturales que se suceden con regularidad casi mecánica.
Pero en lugar de parecer situaciones que exploran en el mapa de horrores de un planeta herido, cada obstáculo refuerza la sensación de que el mundo no ofrece tregua. La acumulación de peligros mantiene la atención, pero también desmorona el impacto emocional que hizo brillante a la primera producción. Todo es grave. Todo es mortal. La amenaza pierde singularidad por exceso. La supervivencia se vuelve rutina, y esa elección narrativa termina por socavar el tono de la película.
El cansancio como estado emocional
No todo es malo en esta carrera contra el tiempo y la desgracia perenne. La química entre Butler y Morena Baccarin sostiene buena parte del peso dramático. Allison Garrity es un evidente contrapunto emocional, más pragmática y consciente del costo psicológico del viaje.
El joven actor Roman Griffin Davis, por su parte, construye a Nathan como un adolescente reconocible: vulnerable, irritable, confundido. El guion evita convertirlo en un prodigio de supervivencia y esa decisión aporta credibilidad. Nathan no se transforma en guerrero; sigue siendo un chico intentando entender un mundo que ya no ofrece reglas claras.
La apuesta por personajes ordinarios enfrentados a circunstancias extremas continúa siendo el mayor acierto de la saga. Incluso cuando el entorno se vuelve repetitivo, la dinámica familiar mantiene el interés. Por lo que la cinta no insiste en héroes invencibles, sino en personas que toman malas decisiones, se equivocan y siguen caminando porque detenerse implica desaparecer.
En buena parte de su argumento, “El día del fin del mundo: Migración” intenta incorporar temas contemporáneos como el desplazamiento forzado, las fronteras cerradas y la violencia entre comunidades sobrevivientes. Estas ideas aparecen de manera explícita, pero rara vez se desarrollan. Funcionan más como ruta temática que como ejes narrativos reales. La película los presenta, los menciona, y luego los utiliza como decorado para escenas de acción. El comentario social queda suspendido en el aire, sin profundidad ni consecuencias claras.
Para su final — previsible como pocos — la película no logra hallar un punto intermedio en su desorden narrativo.
Por un lado, desea y se esfuerza por conmover, pero no lo logra. Al otro, batalla por recuperar la sensación acerca de la esperanza que todo lo puede que cerró la primera película. Entre ambas cosas, “El día del fin del mundo: Migración” se desploma en una debacle mayor que un meteorito: un guion ridículo que termina por naufragar estrepitosamente.
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