Crónicas

Quitarse la capa, salir a la calle: atletas en silla de ruedas

Otra vez, Yenny Ruzo y Juan Valladares inscribieron sus nombres en los primeros lugares del maratón CAF. Ya los conocen, los reconocen y los admiran. Esta crónica cuenta sus historias

Fotos: Daniel Hernández |@danielimagengrafica
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El borracho quizá pensó que estaba viendo a Batman (versión Cristian Bale) en su moto. El Parque Los Caobos es conocido porque entre sus sombras se mueven espectros. Por eso es tan importante que se organicen actividades que le permitan al ciudadano disfrutar de Caracas sin miedo. Por ejemplo, el Maratón CAF 2023. A las 5:50 de la mañana del 19 de marzo, un espectro ebrio trataba de pasar desapercibido cerca del parque, donde el inusual bululú le obligó a moverse como cucaracha recién alumbrada.

Pero lo que captó su atención mientras huía no era Batman, era Juan Valladares que ya estaba tomando distancia del resto de los competidores del atletismo adaptado. La oscuridad todavía bostezaba sobre una calle en la que el alumbrado público hace rato que vive un largo sabático. Por eso Juan avanzó con prudencia, para evitar un accidente. La vida útil de una silla de carreras es de tres años. La de él tiene 15. Con ella fue a dos juegos Paralímpicos (Beijing 2008 y Londres 2012) y ganó múltiples premios internacionales.

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Cualquier maratonista sabe que toda carrera inicia al menos 24 horas antes de que ordenen la salida. Yenny Ruzo fue desde Petare hacia el terminal de autobuses de La Bandera. Ahí se encontró con otras cuatro corredoras discapacitadas que venían de Valencia para participar en el Maratón CAF. Entraron a la estación del Metro. Yenny se puso de espalda, se subió a la escalera mecánica, inclinó la silla y se agarró de ambos pasamanos. Bajó sin problemas. Una de las acompañantes quiso imitarla. Se resbaló. Hizo volteretas involuntarias sobre los escalones, mientras la silla la perseguía para, al final, caer sobre ella.

—¿Por qué no me dijiste que no sabías bajar? –preguntó Yenny, mientras la socorría.

Los funcionarios les habían dicho minutos antes que no podían ayudarlas: explicaron que no estaban autorizados y si algo les pasaba a ellas (¡Dios no lo quiera!) los iban a responsabilizar. Hasta, insistieron, los podían despedir si los veían empujando una silla de ruedas.

El 18 de marzo ningún funcionario del Metro perdió su trabajo.

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¿Ayuda? Ayuda necesitaban los otros siete corredores para alcanzar a quien lideraba. Hasta el kilómetro cinco, Juan fue a paso moderado. Cuando la iluminación mejoró, a la altura de Capuchinos, aceleró. El público al borde de la pista lo aplaudía.

Estaba por cumplir 19 años cuando pasó a pie, con las muletas que todavía usa, frente a un señor en silla de ruedas cuya barba se le asemejó a la de un indigente.

—¿Tú no quieres practicar deportes?

Juan acabó yendo a un lugar en Las Vegas de Petare en el que las opciones eran natación, ping pong o básquet. Durante un año se entregó al baloncesto sobre silla de ruedas. Un día un entrenador de atletismo lo vio:

—Estás perdiendo tu tiempo, chamo. Tu velocidad es para otra cosa.

El mismo señor de la barba le prestó una silla de carreras de 16 kilos. Era el año 2000. A los tres meses hubo un chequeo nacional en Maracay. Compitió, rompió el récord de velocidad del país y lo convocaron a la selección de Venezuela. Con el armatoste de 16 kilos ganó oro en los 100 metros planos, plata en los 200 y bronce en los 400 de los Panamericanos Mar de Plata 2003. Sus rivales tenían sillas que pesaban alrededor de tres kilos. No fue sino hasta 2008 que el Ministerio del Deporte le dio una verdadera silla de carreras, previo a los Juegos Paralímpicos de Beijing. La misma con la que, 15 años después, todos los asistentes del CAF certificaban que ya la carrera había empezado: Juan era la punta de lanza entre los más de cinco mil inscritos.

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El apartamento de Yenny no es estudio, es examen: al menos tiene una habitación. Se lo dieron entes públicos luego de que acumulara victorias. Apenas cabían las cinco mujeres. Entonces, la llamaron dos corredores que venían de Ciudad Bolívar: acababan de llegar al aeropuerto. A Yenny no le quedó otra más que subirse a su camioneta Blazer año 82. La mueve poco, debido a la escasez de gasolina. En las colas, ha apelado a su discapacidad, también ha presumido de ser selección nacional pero al final más de una vez ha tenido que pasar la noche en la fila, durmiendo dentro del carro, para llenar el tanque.

Al llegar del aeropuerto, adaptó el baño a las necesidades de sus invitados. Como ella tiene una pierna que le funciona perfectamente, suele bañarse parada. Pero entre sus huéspedes las discapacidades eran variadas.

—Yenny, ¿tú no quisieras ser mi entrenadora? –preguntó una chica.

—Bueno –su voz anticipaba la carcajada final–. ¿Pero tú sabes que dicen que los alumnos superan a los maestros? Te advierto: si tú me superas, te boto de mi escuela.

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La gente de Yenny la estaba esperando alrededor del kilómetro ocho, por la Redoma de La India; cerca del IND, donde entrena cada mañana. Allí intercala atletismo con esgrima. Esta última disciplina empezó a practicarla en 2019 y ya asistió a sus primeros Panamericanos. Cuando los compañeros que la esperaban entre el público vieron a una corredora pasar se agacharon y entornaron los ojos.

—¡Es Yenny!

La calle se llenó de vítores.

En el 2018, en el maratón de Gatorade, su hija menor la esperaba en la meta. Hacia el listón se acercaban ella y Mercedes Gómez. El narrador gritó:

—Yyyyy la ganadora eeeeeesssssss… ¡Mercedes Gómez!

La hija de Yenny se desmayó.

—¡No! ¡Perdón! –corrigió el hombre– ¡La ganadora es Yenny Ruzo!

Es que el casco de ambas era muy parecido.

—Hija, ¿por qué te desmayaste? –inquirió Yenny después.

—Es que pensé que habías perdido.

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Era noche cerrada en Petare. Se armó una balacera en la fiesta. Yenny salió corriendo, se subió a su moto. Antes de que pudiera arrancar, un par de tipos armados, le ordenaron que se bajara. Ella forcejeó, hasta que le dispararon con una escopeta tres en boca. Tenía 22 años, tres hijos, era soltera y aún vivía en el hogar materno. Cuando abrió los ojos estaba en el Hospital de El Llanito: la moto no fue lo único que perdió ese día.

Juan nació en Boconó. En esas montañas no había nada parecido a un establecimiento médico. Los bomberos hacían jornadas de vacunación, pero no siempre llegaban allí. Tenía poco más de un año cuando le dio polio. La pierna derecha quedó atrofiada. Su mamá se mudó con él a Caracas –a Petare- para que lo atendieran en el Hospital Ortopédico Infantil. Pasó su niñez entre quirófanos, proceso en el cual también perdió movilidad en su pierna izquierda. A los 12 años anunció a su mamá que no seguiría desperdiciado su juventud en un sitio en el que sentía que no hacían nada por él; en el que, todavía lo cree, lo usaban para experimentar.

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No hay derrota posible para Juan Valladares en Venezuela. De hecho, no sabe por qué la CAF los hace correr media maratón, cuando la medida internacional para su disciplina son los 42 kilómetros. Después de pasar ida y vuelta por la avenida Los Ilustres, una de las más animadas –por público y voluntarios, por quioscos de hidratación en los que sonaba música actual y muchas personas gritaban vamos, tú puedes–, su ventaja era insalvable. Cruzó la meta sobrado. Yenny Ruzo hizo lo propio un rato después. Su hija de nuevo la estaba esperando.

Fotos: Daniel Hernández

Una foto de cada podio: el de los hombres, el de las mujeres. Entre los seis triunfadores, solo Yenny se puso de pie. Se paró en el medio de las otras dos chicas, sostenida por su única pierna, tan alta como sus logros.

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Yenny y Juan se saludaron, conversaron con otros corredores, atendieron a quienes les pidieron fotos y videos, devolvieron promesas a los que les realizaron invitaciones sociales. Sergio Díaz-Granados, presidente ejecutivo de la CAF, dijo a Yenny que le iban a conseguir una nueva silla de carreras. Ella se emocionó, aunque luego, mientras desarmaba y acomodaba las sillas de sus huéspedes en el techo de su carro, se le ocurrió que era mejor que le dieran una para esgrima: aspira a clasificar a los Paralímpicos de París.

Arrancó la Blazer con sus seis invitados. Una vez llegaron al Urbanismo Ciudad Lebrún, en Petare, donde está su apartamento, la comunidad los aplaudió. Del cielo cayeron papelitos. Yenny correspondió con sonrisas dignas de la realeza. Era importante sorber la miel, pues la siguiente semana le tocaría volver a la rutina: recorrer en transporte público los alrededor de 20 kilómetros que median entre su casa y el lugar donde entrena; para después, en la noche, ejercer su nuevo trabajo: vendedora ambulante de pan.

Juan tiene una anécdota. En el 2012 fue al maratón de Lanzarote, en las Canarias. En el lobby del hotel, un señor obeso le preguntó si iba a correr la carrera de 5 kilómetros, una competición recreativa para niños. Juan respondió que él era profesional: iba a correr el maratón. El señor, que asistía como público, se quedó balbuceando. En la edición de 2013 del mismo maratón, a Juan se le acercó un hombre en la pista de entrenamiento, quien le preguntó si no lo reconocía. Juan negó. El hombre le refrescó la memoria: era el mismo que un año atrás había hablado con él, solo que ahora tenía 20 kilos menos e iba a correr los 21K.

—Amigo, usted me dio una motivación, la familia me ha aplaudido, me dice: ¿quién te hizo eso? Es que usted me inspiró –contó, todavía un poco pasado de peso–. El año que viene te prometo que voy a correr el maratón.

Juan nunca supo si el hombre cumplió su promesa: en 2014 no pudo viajar a España por problemas financieros.

En el documental Rising Phoenix se oye la siguiente frase: “Los juegos Olímpicos producen héroes. A los Paralímpicos van héroes”. A Juan le gusta repetir que la importancia de que le saque el máximo provecho “al talento que Dios me dio” es que “nosotros inspiramos a la gente”.

Sin embargo, ni siquiera Bruce Wayne lleva siempre el traje de Batman.

Tras ganar el CAF, llegó a su casa a abrazar a su hija y –con cortesía obligada– a saludar a su ex pareja: los tres viven juntos.

Hace cuatro años viajó a Costa Rica y se quedó: allá tenía más comodidades para ejercer el deporte profesional. Regresó a Venezuela de visita y lo agarró la pandemia: el circuito internacional se paró, por lo que prefirió quedarse en su casa en Guarenas. El problema es que su esposa ya no era su esposa. Desde entonces, la estrella de los maratones vive en un país quebrado y en una casa que tiene el corazón roto.

Ahora sale a las 5 de la mañana para echar gasolina, llega a su casa a las 7. Va a entrenar a las 8, llega a las 10 u 11, descansa una hora y luego lleva a su hija al colegio. A las 1 de la tarde sube a Caracas a trabajar como taxista de Ridery. Regresa a las 9 de la noche.

Cuando el público ve a Yenny y a Juan sobre la pista, lo hace con ojos de admiración. Pero cuando, por ejemplo, la ven a ella, en una pierna, gritando “pan, pan, pan” en la calle, algunas miradas cambian.

A veces, Juan busca en Internet fotos de la silla que anhela: cuesta 33 mil dólares, la usa el suizo Marcel Hug. Suspira, empieza a pensar en cómo reunir los 8 mil dólares que vale la silla a la que realmente puede aspirar. Entonces, si le toca subir a Caracas, su hija le insiste con que lo quiere acompañar, le jura que se quedará calladita en el asiento trasero para no molestar a los clientes. Él, mientras niega, se pregunta si el cuerpo y los recursos le alcanzarán para que su niña, que ahora tiene cuatro años, lo vea correr en París.

Nota: esta crónica fue publicada inicialmente en junio de 2023 y republicada el 17 de marzo de 2024, porque ambos atletas ganaron el Maratón CAF.

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