“El secreto del río”: Barrera Tyszka y Netflix en el universo muxe
A finales de 2024, el escritor venezolano se estrenó como guionista de Netflix con “El secreto del río”, una historia que visibiliza a la cultura muxe, indígenas zapotecas que se identifican como un tercer género, a través de una amistad que enfrenta los desafíos del machismo
Roberto Stopello, uno de los ejecutivos de Netflix, en 2022 le propuso a Alberto Barrera Tyszka que inventara una historia basada en el contexto de la cultura muxe, los indígenas zapotecas en Oaxaca que se identifican como un tercer género. La plataforma quería contar distintas versiones de México con historias que no repitieran los clásicos dramas de ese país en televisión.
Barrera Tyszka, que en ese momento ya se encontraba residenciado en México, sabía de la existencia de las muxes pero no tenía un conocimiento profundo. Por eso, después de recibir la propuesta de Stopello, lo primero que hizo fue investigar más sobre ellas y ver cómo podía articular una historia verosímil.
“Fue entonces cuando se me ocurrió crear la historia de una gran amistad masculina, una relación no gay, que permitiera mostrar toda la diversidad de un mundo donde convive la cultura zapoteca y el México hispánico, es decir, el machismo y la muxeidad. A Netflix le gustó la idea y comenzamos a trabajar”, cuenta Barrera Tyszka tres meses después del estreno de la serie “El secreto del río”.
―¿Conoció o tuvo algún contacto con las muxes de Tehuantepec?
―Por supuesto, fue lo primero que hice. De la mano de Diana Manzo, una excelente periodista oaxaqueña de la zona, comencé a visitar el Istmo de Tehuantepec y a entrar en contacto con diferentes muxes. Las conocí, pasé horas escuchándolas, hablando con ellas, conociendo sus procesos de vida. En general, todo el trabajo que realizamos, desde este inicio hasta el final, fue así. La serie se grabó en la región, todo se fue desarrollado con mucha gente de las comunidades, tratando de ser honestamente leales y respetuosos con su cultura.
―¿Y cómo han recibido la serie?
―La recepción ha sido enorme, estupenda.
―¿Cómo logró comprender tan bien a la comunidad?
―Es un poco en la línea de lo que te estoy diciendo. Hubo un trabajo inicial de inmersión, de aprendizaje, de mucha escucha con diferentes muxes. Luego, cuando empecé a desarrollar la historia, la iba compartiendo con Alex Orozco, actriz y dramaturga muxe, de Santo Domingo de Tehuanpec, para que me diera su feedback, para ver si aquello que yo imaginaba era o podía ser verosímil. También consulté algunos temas con Joselin Sosa, una activista muxe. Y una vez que ya tuve los libretos escritos, los cotejé con Amurabi Méndez, quien vive en Juchitán y forma parte de la asociación muxe más conocida del Istmo: “Las auténticas, intrépidas, buscadoras del peligro”. Aparte de esto, siempre tuve la interlocución de Ernesto Contreras, quien además de director fue el showrunner de la serie.
―¿Hubo algo que hubiera querido plasmar y que no haya podido por alguna razón?
―Siempre hay cosas que quedan pendientes, o que no se hacen, que no se pueden hacer, que no logran hacerse… es parte de la naturaleza misma de la industria. Y las causas también pueden ser muy diversas. Pero creo que, en general, lo que, con riesgo y ambición, queríamos hacer, contar, mostrar… está en la pantalla.
―¿Participó en el castingpara elegir al elenco?
―Participé en todo el proceso, de diferentes formas y a distintos niveles, obviamente. En el proceso de casting participamos todos, pero los directores llevaron la batuta, hicieron las propuestas. Y el reparto es extraordinario. Hubo un empeño en no “falsear” la realidad, en tener actrices trans, que todo el elenco tuviera la fisonomía y el color de la zona, en lograr una representación honesta, auténtica. Sin duda, fue un acierto enorme poner a Frida a interpretar el personaje del niño Manuel. Eso nos permitió mostrar de manera natural la naturaleza ambigua del personaje.
―¿Se pensó con más capítulos y hubo alguna petición de hacer algo no tan extenso por el formato de Netflix? Los últimos capítulos parecen de telenovela, tienen un desenlace bastante dramático.
―No entiendo por qué dices que los últimos capítulos “parecen de telenovela”. Yo los siento bastante lejos de las convenciones telenoveleras clásicas. Tienen, eso sí, otro ritmo, muy distinto a la primera parte. Mientras en la infancia, la narración es bastante íntima y se centra en los dos personajes, tratando de contar también sus movimientos interiores, de fundar una relación de amistad entrañable; en la segunda parte la historia se abre al mundo adulto, es más coral, juega más con las claves del thriller, y obviamente va más rápido… Pero no deja de tocar cosas en profundidad, como la discusión sobre qué es o no ser muxe. Por otro lado, nunca pensamos en una serie de más capítulos. Incluso, al inicio, pensamos que podían ser menos, 6, quizás 7. Netflix nunca nos exigió un formato.
―Entonces, ¿no hay una fórmula de Netflix para las producciones hechas en América Latina?Lo pregunto porque la mayoría de ellas tienden a terminar en algún tipo de tráfico ilegal: drogas, órganos, personas, etc. En la suya pasa eso, al principio es una trama que apunta a la comunidad LGBTIQ+, pero luego termina desenlazándose de esa manera y lo principal toma un segundo plano, que se ve reforzada con la historia de Ámbar y su hija.
―Creo que Netflix trata de realizar y proponer diferentes tipos de contenidos y de narrativas, algunas más convencionales que otras, con distintos tipos de riesgos, pero no existe una “fórmula” que se impone. Y “El secreto del río” es una prueba de ello. Y fíjate que, con respecto a lo otro que dices, yo no creo que la serie sea una serie LGTBQ+. Creo que es un gran relato sobre la amistad, donde se toca el tema trans, por supuesto, pero también se toca el tema de las relaciones familiares, de la violencia, del abuso… y obviamente el tema de la experiencia muxe en la cutura zapoteca. Pero, en el fondo, esto no es un editorial, yo escribo para conmover, no para convencer. Esto es un cuento, la historia de una gran amistad, enfrentada a un contento hostil y a las complejidades de la sociedad y de la vida.
―¿Qué espera (o cómo ha sido la crítica) de la intelectualidad venezolana, muchas veces tan despegada de esa realidad? ¿No le han acusado del cliché de inclusión forzada?
―Que yo sepa no me han acusado de nada. Hasta ahora, en general, el feedback que he tenido ha sido muy favorable, entusiasta. Como te dije, de manera deliberada, siempre intentamos que esto no fuera una serie “de nicho”. Esto no es solo la historia de Manuel, un niño que se siente diferente y que hace una transición y luego es Sicarú. También es la historia de Erik, un niño cis, formado en el machismo tradicional latinoamericano, hijo de un padre homófobo… en la serie tratamos de mostrar diferentes puntos de vista, modos y maneras, pero siempre centrados en un relato concreto, en la historia de los personajes. Yo creo que eso permite oxigenar la discusión y mostrar cómo, en el fondo, una experiencia cultural tan antigua como las muxes, puede ser absolutamente contemporánea en el debate actual sobre lo no binario, sobre los géneros y la sexualidad.
―¿Tiene pensado escribir algo sobre Venezuela para Netflix? O con talento venezolano, al estilo de Leonardo Padrón con la serie «Pálpito».
―En general, a las plataformas como Netflix, parece no interesarles el tema “Venezuela”. O tal vez, quienes hemos propuesto historias con o alrededor de nuestra tragedia, no hemos sabido hacerlo y no hemos tenido éxito. Por lo menos, hasta ahora. El tema del talento es otra cosa. Uno puede proponer actores y actrices venezolanas en cualquier casting, pero las decisiones también dependen de otros factores, de otra gente. Todo eso también forma parte de eso que llamamos “la diáspora”. Quedarse sin país, sin territorio, es también quedarse sin mercado, sin referencias laborales, totalmente en el aire.
―¿Habrá segunda temporada?
―Eso es algo que no depende de nosotros sino de la plataforma. Por el momento, que yo sepa, no está planteado.
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