“Una colección de relatos reales que nos recuerdan que, pese a ‘las playas, las mujeres bonitas y los hermosos paisajes’, Venezuela no era tan cool”. Esa es parte de la descripción de “La jevita que no encajaba”, el libro de Becky Plaza (Caracas, 1986) que reúne historias basadas en su experiencia antes de emigrar al Sur editado por Círculo Amarillo
Becky Plaza sabe que Caracas es una ciudad de dualidades y contradicciones. Vivió en San Agustín hasta 2019 – año en el que emigró– y experimentó íntimamente lo que muchos venezolanos pasan pero pocos tienen la valentía de contar: la travesía que implica salir del barrio en medio de protestas, balaceras y problemas sociopolíticos que amenazan con asfixiarnos.
Publicado por la editorial Círculo Amarillo en septiembre de este año, “La jevita que no encajaba” es un compendio de relatos autobiográficos en los cuales Becky combina sus experiencias personales, la vida del barrio y la vida en el Este, para formar un retrato de la turbulenta Caracas azotada por la crisis.
Becky, graduada en Archivología en la UCV, escribe desde que tiene memoria. En 2010, abrió un blog para dar a conocer sus textos. Uno de ellos fue visto por Héctor Torres, autor de “Caracas muerde”, quien detectó que ella tenía madera de escritora y que no podía mantenerse escondida: debía publicarla en la revista Cambur. Desde entonces, ha narrado sus experiencias para La Vida de Nos, Revista Ojo y Sello Cultural.
No fue hasta que llegó a un taller de Círculo Amarillo dictado por Lizandro Samuel, fundador de la editorial, que pensó en publicar un libro sobre su vida. Lo que siguió fue un íntimo viaje por su pasado doloroso de recuerdos compartidos con millones de caraqueños que buscan donde encajar en un país lleno de –en palabras de la misma autora– “alimañas literales y metafóricas”.
– ¿Sigues sintiéndote la jevita que no encaja o has logrado dar con tu lugar en el mundo?
-Siento que en cierta forma he dado con mi lugar en el mundo. Más que un lugar físico, ha sido como una conexión distinta con la realidad. Creo que, al final de cuentas, no somos tan diferentes. Uno va creciendo y encontrando gente de distintos países o de distintos orígenes, y te pasa un poco lo que dice Isabel Allende, que tienes tu país inventado. Vas creando tu propia nación con tu gente, con tus afectos. Esa sensación de no encajar pasó un poco. Siento que ya no intento encajar en algo, sino que más bien entiendo que los seres humanos somos distintos y tenemos nuestras formas de ver las realidades y que en un punto de tu vida te das cuenta de que no se trata de encajar, se trata de conseguir a las personas que son como tú.
A eso me ayudó muchísimo a la migración. Al vivir en Buenos Aires, que es una ciudad donde todo el mundo es heterogéneo, donde todo está permitido, donde todo el mundo es en cierta forma aceptado o validado, te das cuenta de que no eres el diferente. Entonces, dejas de buscar validación porque no la necesitas, algo que nos pasa mucho en Venezuela cuando tienes una forma de ser o de vivir distinta.
Es súper impresionante porque uno está en Venezuela y está en parte de ti el estereotipo, no solo desde el punto de vista físico, de que seas una persona de color o de que tengas los cabellos rulos. Está normalizada en Venezuela la aporofobia y el clasismo. Siento que es tan parte de nuestra cultura que ni siquiera nos damos cuenta.
– En el libro hablas muchísimo de eso, y también hablas de la diferencia entre cuando estabas en tu trabajo en Macaracuay y las realidades que vivías en el barrio. ¿Cómo y cuánto crees que el barrio influenció tu estilo de escritura?
-Influenció muchísimo. Hay mucho del lenguaje urbano, del contexto de hablar y de los códigos que se viven. Una persona que no vive en un barrio no lo sabe, no lo entiende, o no lo usa. Si lo usa es, como yo lo llamo, “sifrilandro”. Influyó porque hay toda una subcultura, un estrato social que va más allá de lo económico. Hay muchas cosas dentro de un barrio que solo lo entiende el que vive en un barrio: la movida cuando viene la policía, o cuando los malandros están enguerrillados con otra banda. Es otro universo dentro de Caracas. Te da una perspectiva distinta de una misma ciudad.
Hay gente que vivió otras realidades en Caracas y se fue de Venezuela por otros motivos muy distintos a los míos. Tengo un conocido que se fue de Caracas porque un día fue a comprarse una botella de ron y no tenía plata. Él tenía como costumbre todos los viernes tomarse una botella de ron con su esposa, y un día fue a comprarse una botella de Santa Teresa y no le alcanzó. Para él, ese fue el motivo para irse. Yo le decía “ay, por Dios, José, ¿en serio te vas a ir por una botella de ron?”. Pero, después, te das cuenta de que era completamente válido. Por ejemplo, yo me fui porque estaba cansada de caminar todos los días de Chacaíto a San Agustín, de que no hubiera transporte, de que no hubiera agua y de que no hubiera luz, pero ninguna de las razones para irse era poco válida, solo eran realidades distintas. Yo estaba demasiado acostumbrada a quitarme los lujos para cumplir las necesidades, entonces que alguien no se pudiera tomar una botella de ron o no pudiera comprarse un Playstation, no me parecía la gran cosa.
– ¿Tienes la vida que te imaginaste cuando querías salir del barrio?
– Creo que lo único que no tengo en la vida que imaginé es a mi familia cerca. Yo siempre quise salir del barrio y siempre pensé que necesitaba poner cierto grado de distancia con mi familia, porque estamos acostumbrados a vivir cerca, en la misma cuadra, y es así generación tras generación tras generación. Eso era algo que yo no quería para mí. Quería tener la cercanía de poder ir cada tanto si quería, pero tener un espacio distinto. Aun así, nunca pensé que esa distancia iba a ser de siete mil kilómetros. Entonces, en ese sentido, nunca estuvo en mis planes vivir en una ciudad fuera de Caracas. Tampoco estuvo en mis planes vivir permanentemente afuera.
Creo que es una de las cosas más duras de cuando te vas: darte cuenta de que estás haciendo vida -y la vida que querías- lejos. Fuera de eso, que no es menor, siento que sí tengo la vida que soñé. Tengo un trabajo en el que hago aquello para lo que estudié, y ese trabajo me permite pagar una vida regular. Me permite pagar mi casa, mis gustos, mi comida, ayudar a mi familia, a mi mamá, y sobre todo me permite tener un solo trabajo. En Venezuela tenía como 7 trabajos para poder llegar a lo básico. Entonces, eso de poder decir “bueno, el sábado voy a salir a comer afuera” o hacer algo sin tener que pensar en que estás desajustando el presupuesto, esa tranquilidad… Sí, siento que en ese sentido sí lo logré. De verdad, gracias a Dios.
– En el libro, una de las cosas que conectas con tu vida en el barrio es la música. Cada capítulo comienza con una frase de una canción. ¿Qué te hizo tomar esa decisión literaria?
– Fue algo muy natural. Soy una persona que escucha mucha música y de casi todo tipo. La música que no oigo es poca, son cosas muy puntuales. Por ejemplo, no disfruto escuchar a Bad Bunny, no porque me parece que sea un asco de artista, sino que no me gusta su forma de cantar. No disfruto el vallenato. Pero en general, creo que soy una persona que escucha mucha música y es una de las cosas que más me identifica. Además, me gusta de todo: escucho salsa, escucho merengue, escucho rock, escucho pop. Pearl Jam es mi banda favorita, y es lo más depresivo y cabilla del universo. Después, me gusta lo más rosa de la vida, como La Oreja de Van Gogh.
Siento que todos tenemos un soundtrack para nuestra vida y esa idea de ponerle una letra a una historia me pareció interesante. Lo puse en el libro, vi que Lizandro no se quejó ni nada, y bueno, dije “se queda”.
– Si pudieras elegir una canción que describa todo el libro, ¿cuál sería?
– Me la pusiste dificilísima, la verdad… Creo que elegiría una estrofa de una canción de Alejandro Sanz, que se llama “Lola Soledad”, y la estrofa dice “las tragedias deja que se vayan, tú vales más”.
– Ah, esa la pusiste en el epílogo.
– Ah, sí, la dejé en el epílogo, no me acordaba. ¿Por qué? Porque estuvimos dilucidando si la dejábamos o no. Pero creo que esa frase es el ejercicio que quería hacer con el libro, que era, “yo viví esto, y he cargado con esto durante toda mi vida, pero en realidad ya no lo quiero seguir cargando”. Quiero que la gente que vivió cosas parecidas sienta que es una mochila que no necesitan cargar más porque hay que hacer espacio a lo nuevo, ¿no? Y Venezuela ya no es ese país. Para bien y para mal, ya no es ese país. Si en algún punto decido regresar a vivir en Caracas, Caracas no va a ser la misma ciudad.
Entonces, es como dejar ese país, esa vida que yo viví, porque esa vida ya no es. Fue, y no lo necesito más. Necesito las enseñanzas, pero no el dolor.
Foto: Ana Marian
– ¿En qué momento te diste cuenta de que esas experiencias personales podrían convertirse en un libro autobiográfico?
– Todo comenzó con un taller que hacíamos semanalmente, que se llamaba El Club de Escritores, que Lizandro moderaba. Éramos un grupo bastante grande de personas a quienesnos gusta escribir, y la idea era generar contenido durante la hora de clase y discutir un libro en paralelo.
Lizandro nos ponía disparadores y dos de los disparadores dieron pie a dos de las historias que están publicadas en el libro y otras que están publicadas en Revista Ojo. Por ejemplo, la historia del “Cometa Papá” nació de un disparador, que fue “¿Cómo se conocieron tus padres?”. Cuando terminé de escribirla ni siquiera estaba segura de querer que la leyeran en el taller. La idea era que todos tuviéramos prendida la cámara cuando leyéramos las historias. Para mí, la historia era dolorosísima. Le dije “Lizandro, yo necesito apagar la cámara, porque me voy a poner a llorar mientras tú estás leyendo. No quiero que todo el mundo me vea llorando”. La receptividad que tuvo en el grupo fue increíble. Todo el mundo se sintió identificado, porque algo que caracteriza a la sociedad venezolana es la ausencia de padre.
Luego, la otra historia que escribí es la del golpe de Estado. Lizandro nos puso como disparador escribir algo que hubiésemos vivido en nuestra niñez que nos marcó para toda la vida. También fue una historia que tuvo mucho alcance tanto dentro del grupo, así como cuando la publicamos.
– “¡Cállate la jeta, muchacha gafa!”es el nombre del capítulo.
– De hecho, no se llamaba así en principio. Le cambiamos el nombre por temas de Venezuela. La habíamos llamado “Chávez se las chiabe todas”, porque era la expresión que usaba mi tía, pero después dijimos “no, no, este temita de nombrar a este señor en el título nos va a generar drama”. A raíz de esa historia, creo que Lizandro y yo empezamos a soñar con la idea de publicar un libro. No iba de contar la vida del barrio. Queríamos hacer una parte A y una parte B: la primera de la salida del barrio, y luego la vida de emigrante. Mis cinco años en Argentina no fueron un camino de rosas. La pasé duro con lo que implica ser emigrante y vivir en una ciudad como Buenos Aires. Como te decía, es una ciudad muy heterogénea. También, es el cambio del contexto: “Ok, no tengo tiroteos, pero vivo en una ciudad con cuatro estaciones, que el frío es una cagada, que me pongo mal con la alergia, que no consigo empleo, que tengo que trabajar en una heladería 24-7, o limpiando casas. Nunca quise limpiar casas y me tuve que ir de mi país a limpiar casas”.
Queríamos contar las dos partes hasta llegar al punto de venir a Uruguay, pero cuando empezamos a trabajar la primera parte Lizandro me dijo “¡para absolutamente todo lo demás! No quiero que escribas nada de tu vida fuera de Venezuela. Quiero que exploremos absolutamente todos y cada uno de los rasgos que podamos de la vida en un barrio”. Es una narrativa que en la sociedad venezolana es poco explorada. No tenemos tantos escritores que vengan de la vivencia interna del barrio. Entonces, reestructuramos lo que queríamos contar en el libro y le metimos más power a las historias del barrio.
– En los agradecimientos mencionas a Héctor Torres, llamándolo tu Gandalf literario. ¿Cuál es tu relación con él?
– Yo escribo desde muy chama y tenía un blog. Publiqué una historia de cómo me fui a Trincheras con mi prima, su esposo, Catherine y José – que están ahí en el libro -. Viajamos a Trincheras porque nos queríamos ir el fin de semana a descansar de toda la locura de Caracas, las marchas, las protestas y todo lo que estaba pasando en el 2015. No habíamos ido nunca. Pocos meses antes, había pasado lo de Mónica Spears y cuando vamos a mitad de la carretera vamos hablando del libro de “Caracas muerde”, diciendo “Héctor es un mago, Héctor es un genio”. Mi prima es como yo, súper lectora, y somos recontra fans de Héctor Torres.
En algún punto de este viaje, nos paramos a pedir instrucciones en la vía y el señor nos dio unas instrucciones que nos dejaron asustados. Nos dijo que subiéramos los vidrios, que no nos paráramos a pedir instrucciones a nadie. Estábamos en ese punto antes de entrar a Naguanagua en el que no hay retorno. Nos dimos cuenta de dónde estábamos. Obviamente, nos entró el cagazo de que mataron a Mónica Spears hace dos meses y nosotros somos unos inconscientes que nos vinimos para acá a las ocho de la noche en la vía sola.
No nos pasó nada, pero yo escribo esta historia, la publico en mi blog y Héctor Torres la leyó y me contactó. Me dice “me encantó esto que escribiste. Me parece que eres súper talentosa”. Me pidió que escribiera para la revista Cambur un artículo sobre por qué creía yo que los chamos de mi generación estaban emigrando. Héctor lo publicó. Luego, fundan La Vida de Nos y Héctor me invita a escribir. Hago un par de talleres con él. Gracias a ese taller, me invitan al Seminario de la Bigott y allí , gracias a Héctor, conozco a Lizandro. Nos hicimos amigos casi que al instante. Como Lizandro era el director creativo de Revista Ojo, empiezo a escribir para Revista Ojo y luego para Círculo Amarillo. Y todo comenzó porque Héctor Torres leyó una historia que publiqué en mi blog. Héctor es mi Gandalf y yo los quiero, tanto a él como a Lenis, su esposa, pero Héctor es… Bueno, yo lo amo.
– Siempre mencionas lo fuertes que son tus raíces caraqueñas. Si pudieras comparar tu libro con un espacio de Caracas, ¿cuál sería y por qué?
– La Candelaria. Sería la Candelaria. Lo digo sin duda porque en la Candelaria convergen muchas cosas, ¿sabes? Converge la clase media, pero también hay mucha clase baja, porque tienes muy cerca La Hoyada, y de la Hoyada tienes una zona muy popular para hacer compras. Además, hay muchos colegios en la Candelaria. Tienes el Liceo Andrés Bello, que es un liceo grande, y a dos cuadras tienes dos colegios súper sifrinos. Es una zona donde convergen muchas cosas. Cruzas un poquito y tienes a San Bernardino al lado. Tienes a la Candelaria al lado el barrio, y luego los apartamentos más chic de toda esa zona de Caracas
-En la descripción de ti misma que escribiste en Círculo Amarillo, pones que ahora te identificas como la ex Perdonatodo3000 ¿por qué decidiste mantener tu viejo apodo, aunque cambiado, como parte de tu vida?
– Creo que es importante no olvidar las cosas que a uno le costó muchísimo cambiar, ¿sabes? Siento que debo recordarme que fui capaz de perdonar cosas que no tenían perdón: “Llegaste a este punto. No te puedes volver a permitir en la vida esto, porque ya tú no eres esto”. Si hay una cosa que ya no soy, es la experdonatodo. Y necesito recordármelo constantemente porque… Bueno, porque a veces se me olvida. Esa para mí, puntualmente, es una alerta muy importante que no quiero soltar.
Esa fue una de las historias más difíciles de escribir. Lizandro quería que la contáramos. Yo no quería que se interpretara como esa historia en la que yo lo estaba haciendo responsable a él de todo. Lo que quería reflejar es lo capaces que somos las mujeres de permitir… De ser migajeras, pues, punto. Yo lo perdonaba, yo permitía que volviera, y claramente para él era cómodo. Hermana, no tiene que darnos pena decir que somos migajeras o que fuimos migajeras. Todas lo hemos sido.
Él hizo cosas que no estaban bien, pero ni siquiera necesitaba decirme que no quería lo mismo que yo porque me lo estaba demostrando constantemente. Pero yo estaba demasiado obsesionada con que era él y que era por ahí, que yo era la cenicienta negra, básicamente.
‑ ¿Tienes pensado hacer otro proyecto literario, quizás un libro de ficción o algo sobre lo que vives como migrante?
‑Sí, quiero. Estamos pensando en otro libro. Empiezo a entender esto, esta movida de lo que es ser una escritora publicada. Es un poco abrumador, incluso, porque es muy nuevo. Interesante, divertido, pero también abrumador. Una de las cosas que se maneja en Círculo Amarillo es publicar autores que quieran hacer carrera como escritores. Yo publiqué un libro hace poco y por eso pido pausa. Una de las ideas de Lizandro es que escribamos esa segunda parte de emigrar y darte cuenta de que el país puede cambiar, pero lo primero que necesita cambiar eres tú.
Eso, por un lado. Y por el otro, estoy trabajando a mi ritmo en un libro que quiero hacer sobre la migración. Quiero documentar mujeres desde el punto de vista de la fotografía documental, hacer fotografías a mujeres, como un trabajo foto periodístico. Y contar las historias de esas mujeres porque nosotros somos números, ¿sabes? El migrante es números. Son 8 millones de migrantes, 1.500.000 migrantes en Argentina, 700.000 migrantes en Uruguay, pero yo siento que somos historias. Por ejemplo, acá conozco a la mamá de una compañera de trabajo que se vino porque a su familia la amenazaron de secuestro por el trabajo que tenía su papá, y tuvo que dejar toda su vida.
Es una mujer que en Venezuela estuvo todo el tiempo luchando contra toda la situación política. Desde acá, está un poco atada de manos, porque acá, ¿qué hace? Uruguay es lo más tranquilo del universo.
Y la historia de su hija, que se la trajeron cuando tenía 15 años, ya tiene 26 años. Y esta chiquita recuerda que lo último que vivió en Venezuela fue el choque que tiene de… “me monté en un avión y lo último que recuerdo de Venezuela es ver la costa. Y no recuerdo más nada, porque tenía 15 años y yo no me quería ir. Me obligaron a irme. Celebré mi cumpleaños. Nos vamos y ya está”. Llegas a otro país, otra realidad, otro dialecto, otra forma de vida.
Hay muchas historias valiosas de migrantes que han tenido que dejar la vida atrás. Siento que hay un valor narrativo ahí. De hecho, tengo muchas fotos hechas, tengo entrevistas hechas, pero necesito macerarlo un poco porque es profundo y es también hurgar en tus heridas como migrante.
‑ Si pudieras elegir dos frases del libro que lo resuma perfecto para aquellos futuros lectores, ¿cuál escogerías?
‑ ¡Wow, pero es súper difícil! A ver, ni siquiera tengo el libro a la mano. Creo que “el civismo, es mucho más que ir a votar”. También, me identifico mucho con esa parte en la que hablo de lo que es vivir en un barrio, en los abusos policiales, que dice “Nos sentíamos más resguardados por los pistoleros que por la policía. A los primeros les importábamos porque éramos sus vecinos de toda la vida. A los segundos nuestra vida siempre les valió mierda”.
Círculo Amarillo, la productora que fundó con Blanca Hurtado Nederr, se estrenó en el mundo de los libros y uno de ellos reúne una serie de perfiles de venezolanos que se fajaron para lograr el éxito: "El triunfo de los coyotes"
La coach y autora mexicana Alejandra Llamas viene a Caracas para dictar una conferencia cuya promesa básica es que te dará herramientas para vivir mejor y aprenderás sobre el poder de "manifestar". Aquí respondió algunas preguntas descreídas