Ustedes el balón en el pie, nosotros el micro en la mano: imponiendo freestyle en la Pre World Cup
La Pre World Cup, de Urban Rooster, se hizo por primera vez en Caracas el 13 de junio: Venezuela en el mapa de los grandes eventos de freestyle

La Pre World Cup, de Urban Rooster, se hizo por primera vez en Caracas el 13 de junio: Venezuela en el mapa de los grandes eventos de freestyle

Chang es el mejor batallero de freestyle de la historia de Venezuela. Sí, sí, ya sé que tú viste a Akapellah, a Mcklopedia, a Biancucci, que si los momentos virales de Letra, que al fin Lancer Lirical está teniendo más reconocimiento, que Blackcode hizo algo inédito en Perú y que Ken Zingle siempre deja buenas barras. Ajá. Nadie ha competido de forma tan sostenida, tan contundente y por tanto tiempo como este venezolano que hizo de la rabia producto de la xenofobia y el racismo un motor para una carrera en un ámbito en el que, en teoría, era imposible lograrlo.
Xenofobia y racismo de sus propios coterráneos, a los que hoy día representa.
El sábado 13 de junio a las 9 de la noche pasó algo que cualquier centennial venezolano juzgaría imposible: se organizó en Caracas un evento internacional de freestyle. Todavía mi generación, los millenial, teníamos un vago recuerdo de las primeras Red Bull, nos grabamos rimas de Mcklopedia a Biancucci (“Sí, William, yo soy un mamarracho / pero a ti Deborah siempre te montó los cachos”) y recordamos torneos “de máximo nivel” en una época en la que rimar “coño de tu madre” era equivalente a ganarse una mención en Concurso Rafael Cadenas de poesía.
Eran otros tiempos, gente.
Las batallas de freestyle se profesionalizaron, superaron en industria a cualquier otra disciplina de improvisación musical y adquirieron una relevancia en el circuito hispano que hasta los gringos envidian, con superestrellas que pueden cobrar hasta 15.000 dólares por una fecha. Y Venezuela, que puso varias de las semillas más fructificaras en la escena del hip hop en español, se quedó atrás porque… bueno, porque el país se volvió mierda.
Pero ese sábado 13 el ambiente en el Gimnasio Papá Carrillo era el de un público dispuesto a gritar rimas, que reconoce rostros del freestyle local con la misma facilidad con la que tu tía identificaría un mechón de pelo de Chayanne y movía el cuello al ritmo del rap de fondo desde las 6:00 pm. Se disputaba la segunda fecha de la Pre World Cup, de Urban Rooster. Dicho de forma sencilla, este año se va a organizar un mundial por equipos, con todos los países de habla hispana, y la empresa responsable utilizó eso de excusa para probar si tenía sentido lo que por tantos años se ha pedido en Internet: que vuelvan los eventos de élite a Venezuela.
No sé qué conclusiones sacaron. Yo tengo tres:
El día anterior se había disputado la primera fecha en Maracay, en la que el equipo de Argentina (Larrix, Mecha y Stuart: nombres tan rutilantes que nada, salvo las cuentas bancarias, tendrían para envidiarle a la selección de fútbol de su país) se coronó campeona. Menos de 24 horas después, Venezuela, Colombia y los vencedores mencionados tuvieron que salir a escena de nuevo. Stuart y Lancer Lirical, por ejemplo, estaban afónicos. Igual que el host principal, Trébor.
Voy a pecar de cursi: lo que más me hinchó el pecho de orgullo fue verlo de host en una fecha de tal magnitud. ¿Por qué? Porque conozco su historia, porque sigo a Free Convict (el mejor grupo de hip hop en Venezuela), porque lo he visto crecer en su oficio desde aquellas rudimentarias fechas de “No se aceptan pollos” hasta el presente, curtiéndose cada día no solo sobre la tarima sino también en la organización de eventos como la Liga de Freestyle de Venezuela. Quienes dicen que el hip hop y el arte salvan vidas deberían hablar con él. Porque yo creo que nada te salva: solo tú mismo con las herramientas que consigas. Y él se aferró su pasión para lograr un destino improbable y dejar atrás un pasado que luce imposible para cualquiera que no lo haya conocido hace diez años.
Cuatro equipos: Venezuela, Colombia, Argentina y Caracas. Solo el último (compuesto por: Clintos, Bleesai y El Dh) desentonó. Su primera batalla contra Colombia se volvió aburrida muy rápido: recordó a aquel lejano amistoso de fútbol del año 2012 entre la selección de España y de Venezuela, en la que los europeos caminaban y pasaban por encima de los mejores venezolanos que estaban sudando como nunca. Marithea, desganada, enterraba a sus rivales como un dios soñoliento que no entiende para qué lo despertaron seres indignos de su vocabulario. Valles T y Fat N (quien para mí sería el MVP de la fecha), solo con un poquito de flow parecían ferraris contra volkswagen escarabajos.
—Esto ya es humillante –comentaba alguien que grababa videos y de repente bajó el teléfono y se puso a chatear con una chica a que la que estaba cortejando.
Así sería el resto de presentación del team Caracas: el momento en el que muchos del público aprovechaban para estirar las piernas, ir al baño y comprar comida/bebidas.
Con rimas tan ingenuas empezó también Elias Chang hace años, antes de migrar a Colombia. No me lo contaron, lo llegué a ver en plazas caraqueñas en una época en la que quizá solo él creía tanto en sus posibilidades. Lo dijo Luis Scola en una entrevista con Juan Pablo Varsky: “Los mejores probablemente se crean que son los mejores antes de realmente serlo”.
Ver al equipo de Venezuela era como asistir a un cumpleaños. Aunque ya lo sospechaba, me hizo tomar otro nivel de consciencia de cuánto influye la localía en estos eventos. No solo por el apoyo del público, que en esta ocasión gritó y ovacionó a todas las selecciones, sino por el marco de referencias que pueden hacer que el recinto estalle aunque los rivales no entiendan las rimas. Por ejemplo, al equipo de Argentina, los venezolanos les dijeron algo así como que uno tenía pinta de ser de Chacao y otro de Altamira. Por supuesto, ninguno de los aludidos entendió que quisieron decir. Pero el sumun fue cuando en la batalla entre Argentina y Colombia, los cafeteros soltaron que aquí no se cruzaba el Darien, sino que se cruzaban trochas. Ni Mecha ni Stuart ni Larrix parecían saber qué era una trocha. Mecha respondió con un juego de palabras que, la verdad, fue ingenioso, solo que para el público sonó como un chinazo. Fat N se lo hizo saber. El rostro de Mecha era el de quien descubre que se ríen de él sin entender el motivo: bebió agua como niño chalequeado.
Fat N: colombiano, 20 años, promesa/estrella del free. Estaba agrandado, fue el que más veces luchó en tarima, casi podría decirse que se sintió en casa. Tiene sentido: su inspiración y quien lo formó fue Chang, quien luego de migrar y mientras se abría paso con rimas en las plazas colombianas sembró también en el futuro de ese país.



Esa noche, cuando Argentina primero y por último Colombia pusieron en aprietos a los locales, fue este quien tomó la lanza, corrió a primera fila y rebanó argumentos. Sería injusto decir que ganó “solo”. Letra recordó a cuando la prensa hablaba de la sonrisa de Ronaldinho, alegando que si el brasileño estaba feliz era imparable y si no (lo cual era un eufemismo para hablar de su falta de compromiso) paseaba la cancha como cachorro abandonado. Pues bien, cuando Letra ríe se vuelve viral: es divertido, pícaro y nos recuerda cómo llegó a coronarse en la FMS Caribe. El problema es que, al igual que el antiguo 10 brasileño, la irregularidad lo ha acompañado. Aquella noche en Caracas parecía el niño más travieso y querido del salón.
Lancer Lirical sí ha sido constante, lástima que por algún motivo no le han terminado de dar el reconocimiento que merece. Lucía cómodo. En una de las rimas dijo que era la primera vez que su mamá lo veía competir desde el estadio, la señaló, miles de personas vitorearon y la señora se puso de pie. Lancer siempre ha sido destacado, incluso en México. Supongo que esa es la diferencia entre ser local y visitante: en el país de los tacos se ha vuelto más famoso y mejoró su vida, pero también lo metieron preso injustamente luego de una “confusión” respecto a su estatus migratorio. En Caracas, era él quien rodeaba de barras a sus rivales.
La picardía de Letra y el flow de Lancer podrían haber sido insuficientes contra una Argentina que aglutinaba tres campeones de Red Bull, dos de FMS (uno de ellos bicampeón), uno de God Level y uno de FMS Internacional; y contra unos colombianos que en estado de gracia podrían haber derrotado a cualquiera: Valles T cómodo, Fat N sintiéndose invencible y Marithea como un Snorlak que solo despierta para derrotar de un golpe a su rival de turno. Repito, la picardía de Letra y el flow de Lancer podrían haber sido insuficientes sin la jerarquía de Chang.
Jerarquía, esa palabra vacía de tanto manosearse en contextos deportivos. Ese día al fin la entendí. El capitán de Venezuela daba vueltas, dejaba a los compañeros hacer lo suyo y cuando le tocaba inflaba el pecho y soltaba la rima del momento. Era Deyna Castellanos jugando con la selección.
Elias Chang es más venezolano que un tequeño. Su rostro remite al fenotipo de los chinos, porque esa es su ascendencia, aunque no habla una palabra de mandarín. En un episodio de “El Apartaco” contó el bullying que sufrió de niño y adolescente. La xenofobia y el racismo. Admitió que no aprendió mandarín porque detestaba que todos se refieran a él como “el chino”, renegó de sus raíces. Fue campeón en Venezuela, migró a Colombia y de repente no solo era “el chino” sino también “el chamo”. El viaje del héroe se completó: se aceptó, entrenó y ahora el público de los dos lados se lo pelean tanto como a la arepa: ambos se ven representados por él.
En la literatura venezolana actual hay muchas narrativas que están quedando por fuera. La responsabilidad no es de quienes están triunfando: cada quien habla de lo que sabe y si tu historia fue estudiar en un colegio fancy y tener pasaporte comunitario, está bien hablar desde ahí. Lo que echo en falta es más pluralidad. Recuerdo en mi temprana adultez los comentarios sobre las discotecas de ciertas partes del este caraqueño en las que no dejaban pasar a negros, cómo olvidar aquél viral cartel de Cine Citta en el que buscaban mesonero de “tez clara”. ¿Cuántas telenovelas venezolanas han sigo protagonizadas por negros/as?
Eso, sin embargo, es quedarse en la primera capa de la discusión.
¿Por qué la migración china, siria, triniteña y haitiana no está tan representada en nuestras propuestas culturales?
¿Por qué cuando tantos venezolanos se llenan la boca hablando de lo bien que el país recibió a extranjeros en su momento se suele pensar por antonomasia en portugueses, italianos y españoles? Casi nadie recuerda a las familias colombianas que crecieron con estigmas o a los heladeros de Haití y de Trinidad y Tobago, con los que nos hicieron infinitos chistes a todos los niños negros del país.
El rostro y la historia de Chang es de lo más representativo que podríamos conseguir. Cuando en 2024 ganó la Red Bull de Sudamérica, su rival en la final, el uruguayo Spektro, le gritó “Que hable de Venezuela me da disgusto / debería ayudarlos no usarlo como recurso”. Él respondió: “Y los estoy ayudando dándoles observación / porque allá hay dictadura y no se ve la televisión / allá no hay periodismo, solo improvisación / y uso la Red Bull como mi medio de comunicación”. Luego: “En Venezuela en el fútbol somos muy malos / ustedes el balón en el pie, nosotros el micro en la mano”.
El sábado 13 de junio, con un Chang tan imparable como dos años atrás, Venezuela triunfó en la segunda fecha de la Pre World Cup. A los tres exponentes se les salieron unas pocas lágrimas mientras alzaban sus trofeos.