Querer gustar: 4 historias de aplicaciones
Buscar pareja, tener encuentros, sentirse atractivo, explorar la propia identidad. Usuarios de las aplicaciones Tinder, Grindr, Bumble, X y OnlyFans cuentan sus experiencias

Buscar pareja, tener encuentros, sentirse atractivo, explorar la propia identidad. Usuarios de las aplicaciones Tinder, Grindr, Bumble, X y OnlyFans cuentan sus experiencias

Encontrar pareja, propiciar un encuentro, sentirse deseado o simplemente mirar y ser mirado son algunas de las experiencias que pueden ocurrir dentro de las aplicaciones. Cuatro personas contaron cómo viven y utilizan estas plataformas. Para proteger su privacidad, sus nombres reales fueron omitidos.
Valeria, de 24 años, abrió Tinder en Caracas después de varias relaciones fallidas. No entró buscando encuentros casuales. Quería conocer hombres con quienes eventualmente pudiera establecer una relación. Su perfil comenzó con fotografías cuidadosamente seleccionadas: una de rostro, otra de cuerpo entero y varias tomadas durante viajes o salidas con amigos. Cada imagen era una decisión sobre qué parte de sí misma mostrar y cuál dejar fuera.
Tinder convierte esa primera impresión en una secuencia rápida: revisar, deslizar, aceptar o descartar. Cuando dos personas se dan like mutuamente aparece el match y comienza la posibilidad de conversar. La plataforma utiliza señales como ubicación, edad, distancia, preferencias, actividad e información del perfil para ordenar recomendaciones.
Para Valeria, esa mecánica terminó teniendo un efecto que no había previsto. Los días con más coincidencias se sentía atractiva; cuando disminuían, volvía a mirar sus fotografías, cambiaba alguna y modificaba su descripción. La aplicación no establece cuánto «vales», pero sus números parecía que lo hicieran.
También descubrió que detrás de un mismo botón podían existir intenciones completamente diferentes. Algunos hombres buscaban pareja; otros tenían una relación y estaban allí para conocer personas fuera de ella; unos declaraban estar en relaciones abiertas. Había quien solo quería conversar y también quienes querían encuentros directos.
Las palabras del perfil, las fotografías y hasta los emojis podían servir como códigos para insinuar intenciones que no siempre aparecían de manera explícita y parte de esas conversaciones pasaban después a Instagram, donde la persona podía mostrar mucho más de su vida y convertir esa red en una extensión del contacto iniciado en Tinder.
“Hay días en los que siento que no estoy buscando una pareja, sino comprobar que todavía le gusto a alguien”, dice.
De acuerdo con el psicólogo Carlos Andrade, el refuerzo inmediato de las plataformas puede convertir la interacción digital en una medida subjetiva del propio atractivo: “Cuando los matches, likes y respuestas comienzan a funcionar como indicadores personales, la persona puede sentir que vale más cuando recibe atención y que vale menos cuando esta disminuye, aunque esas señales solo reflejen una interacción dentro de una plataforma”.
Daniel, de 27 años, vive en Maracaibo y utiliza Grindr desde hace largo tiempo. No andaba buscando pareja. Quería conocer hombres y establecer encuentros, aunque también terminó haciendo amistades y manteniendo conversaciones que nunca salieron de la pantalla.
Grindr organiza la experiencia alrededor de perfiles próximos y permite filtrar características como edad, posición, tipo de cuerpo, altura, peso, estado sentimental, tribus y aquello que cada usuario busca. La fotografía suele aparecer antes que la conversación y, con ella, se establece la toma de una primera decisión sobre si continuar o pasar al siguiente perfil.
Daniel aprendió a leer esa pequeña gramática digital: top, vers, bottom o side pueden expresar preferencias; etiquetas como oso, twink, daddy, geek o discreto ayudan a describir identidades, cuerpos o formas de presentarse dentro de la plataforma.
“Discreto” puede ser especialmente importante para quienes no quieren que su presencia allí sea reconocida fuera de internet. Una fotografía sin rostro puede significar precaución; una cuenta sin imágenes puede pedir confianza antes de revelar la identidad; mostrar el rostro y enlazar Instagram puede significar exactamente lo contrario.
La discreción tiene una razón concreta. Algunos usuarios temen que familiares, compañeros de trabajo o conocidos descubran que están allí. Otros utilizan fotografías que no publican en ninguna otra red. También están quienes no consideran necesario ocultarse. Daniel ha reconocido a personas de Grindr fuera de la aplicación y ha sido reconocido por otras. La pantalla deja de ser anónima cuando los usuarios comparten ciudad, lugares y círculos cotidianos.
El cuerpo también entra en esa selección. Peso, musculatura, altura, edad y apariencia pueden convertirse en filtros o preferencias. Daniel distingue entre no sentirse atraído por alguien y utilizar esa falta de interés para humillarlo. Ha recibido y observado comentarios que convierten el rechazo en insulto corporal. La existencia de preferencias no obliga a convertirlas en desprecio.
Al mismo tiempo, Grindr le ha permitido conocer personas a las que probablemente no habría encontrado de otra manera, identificar intenciones antes de verse en directo y decidir con quién continuar una conversación. En una misma cuadrícula conviven la posibilidad de conexión y la reducción de una persona a una fotografía, una etiqueta o una característica física.
Según el especialista en diversidad sexual Luis Herrera, los filtros en las aplicaciones pueden ayudar a encontrar personas con intereses o preferencias compatibles, pero también establecer jerarquías sobre los cuerpos: “La preferencia personal termina cuando deja de ser una elección sobre con quién relacionarse y se convierte en una forma de descalificar, ridiculizar o hacer sentir inferior a alguien por su cuerpo, edad, apariencia o sexualidad”, argumenta.
Camila, de 25 años, es una mujer trans que utiliza Bumble y redes sociales para conocer personas, conversar y explorar cómo quiere presentarse ante los demás. No siempre busca pareja. Parte de su relación con internet está en fotografiarse, observar su propia imagen y disfrutar de saber que otras personas la miran.
Se define como autovoyeurista: le gusta verse también a través de la reacción de los demás.
En Bumble construye un perfil con fotografías, intereses y datos personales; en Instagram, la audiencia puede ser mayor y menos controlable. Una fotografía, un comentario, un emoji o una reacción se convierten en señales de aprobación o interés porque los perfiles adoptan términos como “vibe check” u “open-minded”.
Camila disfruta esa atención, pero distingue entre querer ser observada y autorizar cualquier comportamiento. Su identidad como mujer trans añade otra capa. Algunas personas se acercan para conocerla; otras centran la interacción en su identidad y convierten la curiosidad en fetichización. Para ella, mostrarse no significa permitir que otros decidan qué representa su cuerpo ni qué pueden hacer con una imagen que publicó voluntariamente.
“Que yo quiera que me miren no significa que tengan derecho sobre lo que decido mostrar”, dice.

Esa misma frontera también aparece cuando la mirada adquiere un valor económico.
Andrés, de 29 años, utiliza OnlyFans para monetizar contenido que mantiene separado de su vida cotidiana. Su exposición comenzó en X, donde maneja una cuenta alterna con un nombre falso, publica fotografías, recibe comentarios y utiliza otros perfiles para interactuar con desconocidos. También se reconoce como autovoyeurista: le gusta mirarse y comprobar cómo reaccionan los demás. Un comentario, un emoji o una respuesta pueden funcionar como validación.
El uso de X funciona como escaparate con códigos propios y términos frecuentes como “chudai” o “rico”, impulsando la visibilidad hacia OnlyFans, donde Andrés monetiza su contenido mediante una tarifa de 5 dólares, recordando que el pago no otorga derechos sobre su identidad ni disponibilidad.
Andrés sabe que un contenido pensado para una audiencia limitada puede ser guardado, compartido o terminar frente a más personas de las previstas. No le ha ocurrido, pero el riesgo forma parte de lo que considera antes de publicar. También están quienes intentan obtener contenido sin pagar, cuestionan sus precios o reaccionan con insultos cuando establece un límite.
El algoritmo puede ampliar esa exposición: una publicación que genera interacción en X puede alcanzar nuevas cuentas y llevar parte de esa audiencia hacia OnlyFans. La atención se convierte así en visibilidad, seguidores, interés y, eventualmente, suscripciones.
“Me gusta que me miren, pero también me gusta decidir quién sabe que soy yo”, subraya.
Los cuatro testimonios recogidos entre agosto y septiembre de 2026 muestran distintas formas de vivir el deseo y la sexualidad en las aplicaciones y plataformas digitales mencionadas.
Ninguno relata haber sufrido discriminación directamente, aunque Daniel ha observado comentarios sobre los cuerpos de otros usuarios y Camila ha identificado situaciones de fetichización hacia mujeres trans. Cada quien decide qué busca, qué muestra y hasta dónde permite que otros entren en su intimidad.