San Millán es tal vez el epicentro cultural de Puerto Cabello. Desde allí, sus habitantes sostienen varias costumbres ancestrales arraigadas en la raza negra, herencia orgullosa de antepasados que trajeron fiestas al ritmo de los tambores, campanas, escardilla y los cachos. Desde la comunidad, se organizan los Diablos Danzantes de San Millán, Los Tambores de San Juan, El Paseo de la Burra y El Entierro de la Hamaca. Estos dos últimos se celebran durante las fiestas de Carnaval.

Traída por los curazoleños fundadores del barrio desde hace 145 años, el Entierro de La Hamaca dramatiza un funeral. Cuentan los Hamaqueros con mayor jerarquía, como David Bolívar (65 años), que el difunto era un señor muy querido y popular en la comunidad, un fiestero y parrandero y por eso todos se visten de flores y celebran mientras sus restos son traídos en La Hamaca. Esta consiste en una sábana rellena de tela, adornada con flores, que cuelga de un largo palo de madera que cargan dos mujeres.

En la esquina de las calles Regeneración a Libertad de San Millán espera la gente bebiendo cocuy, ron, cerveza o aguardiente, y a la media noche del martes se hace el grito.
“¡Ya se murió!”, exclama Luis Rengifo (55), encargado de darle inicio a la fiesta. “¡Hay que enterrarla!”, responden los hamaqueros con sus veras al aire, y así comienza el velorio y los tambores.

Cuenta la historia que los hombres del pueblo se molestaron al ver que las mujeres lloraban por el difunto, y llenos de celos se lanzaron a pelear entre ellos alrededor de la hamaca usando una vera, o garrote de madera que mide alrededor un metro.
“Uno pelea por su mujer”, dice Rainer Martínez (36), quien bebe cocuy con los demás hamaqueros mientras llega la media noche. También saluda a los niños pequeños que le recuerdan cuando aprendió a pelear con vera a los 10 años. Dice que quienes se visten de flores son héroes, y son reconocidos por todos los que participan en la fiesta, en especial las mujeres, que los valoran por su destreza al luchar y luego se le acercan para ofrecerles caña y conversar.

Rainer es reconocido como uno de los mejores peleadores, pero eso quiere decir que todos los demás lo quieren retar. Anteriormente la confrontación se hacía en papiamento: “Hombre macho yo, vita hombro, abre campus”, y comenzaban los palazos. Israel Croker era su ídolo cuando estaba comenzando a ser hamaquero, junto a Wilmer, y otro luchador que llamaban el Catire. Ellos siempre salían retratados en la prensa, y por eso eran los más famosos, comenta. Pero Rainer también cuenta que se transforma empieza el baile. Sientes que te espelucas al escuchar los tambores, dice. Te posee una euforia de la coronilla a los pies. Es una energía inexplicable, casi mágica. Asegura que una vez creyó que peleaba con un muerto.
Esa noche se le prenden velas y se le ofrece ron al difunto. Al mediodía siguiente lo llevan a recorrer la ciudad. Cerca de dos mil personas siguen la hamaca por las estrechas calles de Puerto Cabello, todos coreando “¡Hay que enterrarla!” mientras retumban los tambores, los cachos y las campanas. El ambiente es festivo y reina el bochinche característico del carnaval, con agua, pintura y travesuras.

De San Millán la procesión se encamina a La Alcantarilla, lugar famoso por ser la escena donde Héctor Rondón fotografió al cura Padilla socorriendo al soldado herido durante el Porteñazo, el golpe de estado contra el gobierno de Rómulo Betancourt en Junio de 1962. De allí se dirigen hacia la plaza La Concordia, para luego tomar hacia El Malecón y la Plaza Bolívar, donde pasean por el casco histórico. Antes de regresar al punto de partida, la procesión visita el barrio Rancho Chico.
De regreso en San Millán, casi a las siete de la noche, los hamaqueros llevan al difunto a la casa del tambor, donde alzaron la hamaca a su lugar de reposo en la fachada del edificio, mientras cantaban “¡Un año más!”.