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Antonio Díaz a puño limpio

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08/12/2014
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FOTOGRAFÍA: HÉCTOR TREJO

En los tatamis siempre ha sido noticia. Y este año no fue la excepción. En noviembre el karateca conquistó un triunfo más en el Mundial de Karate Do celebrado en la ciudad alemana de Bremen. Una medalla bronce para su rimero o colección deportiva. Antonio Díaz es para muchos una sutileza hecha kata

Antonio José Díaz Fernández es ejemplo entre venezolanos. Este caraqueño, campeón mundial dos veces consecutivas en la modalidad de Kata, ha logrado no distraerse en las penas que despistan a muchos de sus coterráneos. Sin el enorme apoyo que reciben del estado venezolano otras disciplinas deportivas ni la cobertura mediática, este karateca no ha parado de triunfar sin que esto le suponga una ventana a la soberbia o la autocomplacencia. Su meta es trascender y sabe que para lograrlo hacen falta más elementos de trabajo que trofeos. Es por ello que no olvida nunca sus orígenes ni lo mucho que le debe a esta disciplina.

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En los momentos previos a una nueva comparecencia en el mundial de karate, finales de septiembre 2014, Antonio encuentra el tiempo y la paciencia para atender a la visita periodística Hace gala de una paciencia que sólo quienes dominan alguna rama de las artes marciales pueden desarrollar.

Díaz empieza su facundia hablando de quienes desechan al aprendizaje y sólo aceptan a los trofeos como único símbolo del éxito. “Más que ganar una medalla, el éxito es comprender que se puede ser mejor cada día, lo que se traduce en intentar cumplir con las pequeñas metas diarias que permiten acercarse al gran fin. Como te digo, no siempre se trata de una medalla sino de ir sumando hasta convertirme en una mejor persona, una que sea capaz de inspirar y motivar con mis acciones. Uno quiere llegar a los niños y sé que es una gran responsabilidad. Por eso me gusta hacerles conocer valores como la perseverancia y la dedicación, porque no todo en mi carrera ha sido luces y reconocimientos. Para llegar a la cima hay que trabajar, y ese es el ejemplo que quiero proyectar”, reflexiona.

Para conocer un poco a qué se dedica este exitoso venezolano vale recurrir a la web Wikipedia. La biblioteca virtual define karate como “un arte marcial tradicional de las Islas Ryūkyū de Japón, lo que actualmente es conocido como Isla de Okinawa. Tiene su origen en las artes marciales indígenas de las Islas Ryukyu, llamadas te y en el kenpō chino. Estos estilos de artes marciales surgieron de la necesidad de los guerreros nobles de la isla (los pechin) de proteger al último rey de Okinawa, Sho Tai, y a sí mismos de los guerreros con armadura japoneses (los samurái)”. Tiene además varias ramificaciones, una de ellas es el Kata, en la que Antonio ha cosechado todos sus logros y que no es otra cosa que “una sucesión de técnicas de bloqueo y golpe determinadas que se ejecutan al aire contra adversarios imaginarios”.

En un país tan beisbolero y futbolero, ¿por qué adoptar esta disciplina y no caer en las garras de lo habitual? “Mi papá hizo muchos deportes de combate y en algunas ocasiones practicaba en casa. Yo, como cualquier niño, me ponía a su lado e intentaba copiarlo, por ello siempre digo que mi primer maestro fue mi padre. A los seis años me llevaron por primera vez a un gimnasio para que entrenara pero esa primera clase fue muy difícil, sólo estaba pendiente de que mis padres no se fueran. Después sí empecé a disfrutar y a pesar de no ser el más destacado —era un poco gordito— la pasaba bien y veía que con mi trabajo lograba ascender. El karate tiene unos rangos que te permiten medir tu progreso: cambias de cinta, te aprendes las distintas secuencias, entonces, desde la inocencia del niño fui comprendiendo que los éxitos eran hijos del trabajo”.

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De mirada fija, seguro de sus palabras, contundente pero amable, Antonio vuelve a lo que este deporte le ha entregado, casi como para que no se le recuerde únicamente por sus medallas sino por lo que esta actividad le puede ofrecer a sus practicantes. “Hay algo más allá del deporte y de lo físico en el karate. Es la disciplina, el logro a través del esfuerzo. Estos son valores añadidos que superan cualquier otro aporte”.

La exposición es continua, casi como uno de los kata que lo han llevado a la cima. “Hay un estigma de que el karate promueve la violencia por ser de contacto. Esto va mucho más allá que lanzar golpes. Claro que las artes marciales ayudan a la defensa propia, pero están concebidas para ser aplicadas en casos extremos. Hay una filosofía de respeto por el oponente, de cuidar y fomentar la educación y la cortesía”.

Cuando Antonio habla de esfuerzo, dedicación y disciplina no lo hace en vano. Su camino al pináculo no fue sencillo —nunca lo es. Hubo algún momento de duda en el que los fantasmas casi detienen su progresión. “En el 2002 logré mi primera medalla de bronce en el Campeonato Mundial, para luego repetir el mismo resultado en las ediciones de 2004 y 2006. Disfrutaba sentirme entre los tres primeros del mundo pero a la misma vez reflexionaba y me daba cuenta que llegar al oro estaba cada vez más difícil. Pero seguí adelante”.

Esa continuidad vino reforzada con un cambio que definió su carrera: ir a entrenar en Japón. “Alcancé la final y logré la medalla de plata en el mundial de 2008. Mi primera idea fue rendirme porque no veía cerca la oportunidad de ganar, pero me di cuenta de que estaba tan cerca que valía la pena intentarlo una última vez, y así, en la edición de 2010, conquisté lo que tanto quería: ser campeón mundial. Fueron más de diez años para lograr esa meta. No me olvido de quienes me han acompañado y que me han permitido que me dedique más de lleno a una actividad que aún no goza del peso mediático”.

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“Luego de celebrar esa medalla llegué a mi habitación y no sabía cómo reaccionar. En el momento en que estás solo, después de todo lo que viví, no dormí casi. Recordé mi época de niño, los momentos en los que casi abandoné y claro que hay lágrimas, de alegría y de nostalgia. Uno se reconcilia con uno mismo, con todo el camino recorrido. A mi memoria me vino el recuerdo de mis padres, de mis entrenadores, de todos aquellos que me han escoltado y también de todos los momentos de soledad”.

Pero después de alcanzar la cima de la montaña aparecen nuevos fantasmas. Ya el atleta no duda de sus capacidades sino que, instalado en ese pódium puede ser víctima de los halagos, los cumplidos y dejarse ir. Es algo natural. Mantener el hambre de triunfos es una misión tan o más complicada que la victoria, por ello son pocos los atletas que han logrado establecerse en el Olimpo de los Dioses. Antonio lo comprendió rápidamente, quizás influenciado por esa reflexión que hizo, en soledad, el día que fue coronado campeón del mundo. Pero lo entendió y supo motivarse y rechazar la miel de los halagos.

Hay quienes pueden creer que la vida de un atleta como Antonio es muy solitaria. Él mismo lo descarta. “El karate me ha permitido hacer muchas amistades. Además, mi carrera en la selección nacional ha sido tan extensa que las amistades se han ido fortaleciendo”. Aunque también recuerda lo no vivido por tanta dedicación. “Esa época de los 18 años es el momento más duro. Dudas si salir de rumba o mantenerte en la línea. Caro que disfruté mi adolescencia pero hubo uno que otro sacrificio. Pero no olvido que mis amigos me ayudaron y me apoyaron mucho para mantenerme firme”.

Pero Antonio no es únicamente artes marciales. Es comunicador social graduado de la Universidad Católica Andrés Bello. “Me ayudó a aprender a manejarme en las entrevistas y, por supuesto, complementó el balance que uno debe tener entre cuerpo y mente”.

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El futuro es incierto. En el horizonte está una nueva Copa del Mundo. El torneo se efectuará en Alemania, en la ciudad de Bremen, entre el cinco y nueve de noviembre. Ser y deber ser comulgan en un atleta como Díaz; su camino ha sido exitoso porque supo complementar talento con trabajo y dedicación. Verse al espejo y saberse número uno del mundo es algo que pocos pueden disfrutar, pero volver atrás y reconocerse en el pasado, aquel que transcurría en una habitación soñando con la gloria, es algo reservado para los grandes campeones, aquellos que, al igual que Antonio Díaz, dejan como legado mucho más que unas medallas.

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