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La poesía incómoda de Rafael Cadenas alza su voz

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11/05/2018
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FOTOGRAFÍA: ALBERTO DI LOLLI, EL MUNDO DE ESPAÑA

El poeta venezolano Rafael Cadenas, Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en España, ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018. Su lenguaje sencillo y luminoso irradia luces. Su obra poética sigue muy arriesgada e incómoda con cualquier manifestación totalitaria del poder

Venezuela celebra una vez más, no solo una de las voces más sólidas de la literatura en lengua española, sino también una de las voces más lúcidas de cuantas nos quedan, tan imprescindibles en estos momentos borrascosos que vivimos. Los más oscuros de la historia contemporánea. La voz de Rafael Cadenas tiene el suficiente prestigio para, hablando desde la serenidad y la humana duda, obligarnos a callar y a prestarle atención.

Fue su impronta la que lo hizo merecedor del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en 2015, como un reconocimiento al conjunto de su obra, “siempre lúcida, deliberadamente marginal y muy callada”, a la vez que “muy arriesgada e incómoda con cualquier manifestación totalitaria del poder”, según dijo Carlos Pardo en representación de la Fundación, quien agregó que la poesía latinoamericana y española de los últimos sesenta años “no puede entenderse” sin la obra de Cadenas, a la cual se le debe “algunos de los momentos más importantes de la antipoesía de los años cincuenta”.

Ahora, en 2018, Cadenas es galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, convirtiéndose así en el primer escritor venezolano en recibir esta distinción por el “valor literario que constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España”, y de acuerdo al jurado seleccionador, se le concedió el honor por “habernos regalado dudas, certezas, palabras, reflexiones sobre la palabra”.

Cadenas, de 88 años de edad y considerado como uno de los escritores más importantes de Hispanoamérica, recibirá el premio en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el próximo 23 de octubre, luego de la nicaragüense Claribel Alegría, que lo obtuvo en 2017.

Para el presidente del Patrimonio Nacional, órgano ibérico dedicado a la preservación de bienes históricamente vinculados con esa nación, Alfredo Pérez de Armiñán, la obra del poeta criollo “no solo merecía el premio sino que enaltece el propio premio”.

El premio, que celebra este año su edición número 27, está dotado con 42.000 euros y la publicación de un poemario antológico de la obra del galardonado.

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El silencio revela visiones. El que vive hablando tiene poco tiempo para observar. Cadenas camina por las calles de Caracas con paso ingrávido. Con su chaqueta y su maletín al hombro. Con su mirada viva y silenciosa, como el que mira con avidez por una rendija. Hablando consigo mismo. Sus pasos lo llevan a trazar rutas caprichosas. Se deja ver por las librerías Noctua o por Templo interno, a curucutear libros en silencio. Preferiblemente de ensayos o de poesía. Conversa algo brevemente, y sigue su camino. Que es como decir, sigue dialogando con su silencio, deshilvanando la ciudad violenta y tosca que lo cerca. Luego podemos verlo en El Buscón, buscando en silencio algún tesoro.

Pequeños privilegios para quienes hemos tenido que padecer días tan oscuros.

“Me sería muy difícil escribir algo que no esté cerca del habla, algo que no pueda también decir sin rubor. Es absurdo empeñarse en seguir escribiendo poemas `poéticos´, literatura `literaria´”, señala en sus Anotaciones, este poeta que, en efecto, logra mostrar el mundo que observa y medita con un lenguaje tan luminoso y sencillo que atraviesa los ardides con los que el poder pretende hacernos desconfiar hasta de lo que vemos y sentimos.

“Es limonada”, dice el viejo chiste.

Y decir con serenidad y firmeza lo que piensa ha sido siempre una constante en Cadenas. Durante la rueda de prensa posterior a recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en 2009, señaló que: “adherirse a un partido no me parece aconsejable para el intelectual. Creo que el intelectual debe tener suficiente libertad para ejercer su oficio, que es el de la crítica”.

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Y este hombre, que ha dedicado su vida a algo tan “sagradamente inútil” como la poesía, fue sin aspavientos, el 19 de mayo de 2016, a la ciudad de Granada, a recibir el Premio Federico García Lorca, cuyo acto se llevó a cabo por primera vez en el Centro Lorca de Granada, en el marco del Festival Internacional de Poesía de esa ciudad.

“Este premio es un inmenso honor del que no he podido recuperarme. No se me malentienda: es que me ha conmovido sobremanera. Debo decir gracias. Una vez más tengo que usar esta palabra incansable”, señaló el poeta frente un auditorio embelesado ante la sencillez de sus palabras, agregando que “el premio significa mucho para mí, para los poetas venezolanos y para mi país, que está sufriendo más de lo soportable a causa de una crisis total de la que es responsable el actual régimen. Pero no voy adentrarme en esto, por lo demás muy sabido aquí. Ya habrá otra ocasión para hacerlo. Hoy es la poesía la que nos convoca con toda la gravitación, la sencillez y la generosidad de Granada”, recordando, además, durante su discurso, unas palabras que se han convertido en la prédica de una obra de contemplación y de humildad ante la belleza: “En realidad, no sabemos lo que es la poesía, pero la reconocemos cuando aparece, sea en el vivir, sea como escritura. Por eso se desliza en todos los terrenos y en todos los géneros. A veces, paradójicamente, no está en el poema”.

Dos semanas después estuvo en Casa América, en Madrid, para participar en un homenaje que se realizó a su obra y a presentar su más reciente libro: En torno a Basho y otros asuntos (Pre-Textos), acto que contó con la moderación de la ensayista venezolana Marina Gasparini Lagrange. En el homenaje participaron los poetas españoles Jordi Doce, Álvaro Valverde y Manuel Rico, así como el narrador venezolano Antonio López Ortega, quienes reflexionaron sobre diversos aspectos de la obra del poeta venezolano.

“El premio Federico García Lorca me honra tanto que ya no sé qué decir. Solo quisiera ser digno de su memoria”, señaló Cadenas apenas presentarse al podio. Luego volvió a leer las palabras de aceptación del Premio Lorca, en donde se paseó por algunas de sus lecturas y sus recuerdos de la Residencias Estudiantiles de Madrid. Luego leyó algunos poemas.

“Vivo. ¿A quién debo este honor? Mi alma vacila. Dante me acompaña a través de la noche soviética. Yo vago entre las ruinas de la Hélade. No puedo huir. Esconde los poemas, Nadezda. Apúrate. Cómo pudiste, César, destruir nuestra vivacidad. He abandonado toda esperanza a la entrada del campo. El único que habla ruso no podía olvidar. Un Dios perdona. Un semidios no. Los gritos se pierden en la vastedad de mi país”, leyó en homenaje al poeta ruso Ósip Mandelshtam.

El de Cadenas es un tono reflexivo, ajeno a la prisa. Del que no habla demás. Ya basta su tono sosegado para que el oyente lo reciba como quien se prepara para una revelación. Como todo el que no usa el lenguaje de forma frívola. Poemas que se asombran, que agradecen, que respiran en silencio, viendo flotar la vida en torno.

“En la mañana me recibe una franja de sol sobre el piso del apartamento. Sentados a la mesa olvidan el árbol pero él no deja de estar ahí. Sombras veloces de pájaros dan vueltas en la acera y solo un transeúnte las ve. Sigilosamente ha entrado el árbol por el balcón al apartamento”.

Solo la voz despejada del que no encuentra sentido en discutir, solo el trabajo consecuente de un poeta que ha decidido habitar en el terreno de la humildad, solo un hombre que tiene por costumbre no hablar más de lo necesario, tiene el suficiente aplomo y autoridad para deplorar los abusos y atropellos de tiranías que, arropándose en el manto de la izquierda, han encontrado en la intelectualidad occidental palabras benévolas y descarados matices. Y ese hombre sereno que parecía sopesar cada palabra que recitaba, como si fuese un catador ante una prueba, es Rafael Cadenas.

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Por tanto no fueron pocos los poemas que leyó sobre la situación del país. Y no se trataba de poemas militantes. No se trataba literatura comprometida. No en el sentido del compromiso a un dogma. Eran poemas a favor de la vida. Pinceladas tristes que le ponen voces a los acallados a la fuerza:

“Enemigo: La sangrante palabra enemigo toca puertas en son de guerra”, leyó en un breve texto. O un haikú que señala: “Días del falaz relato / gritado por bocas enseñoreadas / Tan vacías que solo el poder las llena.”

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“No pertenezco al linaje de aquellos cuyo pensamiento se mantiene casi invariable durante toda su vida. Camino dejándome”, señaló Cadenas en una de sus Anotaciones. Y dejándose fue haciendo su camino aquel joven nacido en Barquisimeto, en 1930, que publicó sus Cantos iniciales en una imprenta local, en 1946, en su ciudad natal, texto que fue prologado por su coetáneo y paisano, Salvador Garmendia. Años después se involucraría en política y participaría en las huelgas contra Pérez Jiménez. Eso lo llevó, junto a otros 12 compañeros, a conocer la Cárcel del Obispo y la Cárcel Modelo. Un día, unos agentes de la Seguridad Nacional lo trasladaron al aeropuerto y lo montaron en un avión a Trinidad. De esa manera conoció también el exilio. Y al Partido Comunista por dentro, donde militó por un breve tiempo. El tiempo suficiente para desencantarse y entender que “lo que pensábamos del comunismo era una mentira”.

A su regreso de Trinidad, escribe y publica en Caracas Una isla (1958) y Los cuadernos del destierro (1960). De esa época, finales de los años cincuenta, principios de los sesenta, queda como testimonio el que quizá sea su poema más conocido: “Derrota”.

“Yo que no he tenido nunca un oficio…”.

Ese poema se convertiría en un texto representativo de una generación, ubicándose a contracorriente de ese sentido épico que con una sospechosa grandilocuencia con tufo a prisa, a falta de carácter, a ausencia de reflexión, el venezolano dibuja su historia.

A aquellos poemarios le seguirían Falsas maniobras (1966), Intemperie (1977), Amantes (1983), Dichos (1992) y Gestiones (1992), títulos todos que evocan una musicalidad de obra clásica de la lengua, de bibliografía fundamental.

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En esta realidad atolondrada, testosteronizada, de poder sordo, de verdades ciegas y de hombres y mujeres enmudecidos por el dolor, realidad de bala y motos y crímenes impunes y manos que mueven hilos e indolencia y desesperanza, el poeta desliza una sentencia que nos recuerda su sutil pero imprescindible rol en este caos. “Los poetas no convencen. Tampoco vencen. Su papel es otro, ajeno al poder: ser contraste.”

Y así, con la sencillez que estuvo en Granada y en Madrid, volverá a andar por nuestras calles, recogiendo el mundo en torno, dándole forma y correspondencia con las palabras, sopesándolas y tratándolas con la reverencia que se merecen, como corresponde al que conoce el poder que tienen. Volverá a sus afanes, con humildad y timidez.

A hacer poesía, escrita o vivida.