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Las prostitutas de Caracas aceptan bolsas CLAP

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16/01/2018
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TEXTO: ANGÉLICA LUGO Y VÍCTOR AMAYA | FOTOGRAFÍAS: DANIEL HERNÁNDEZ

Mujeres transexuales que ejercen la prostitución en la avenida Libertador aseguran que sus clientes hacen hasta lo imposible para pagarles con papel moneda. Pero algunas ya aceptan transferencias o hasta trueques con alimentos, al modo medieval, y cajas CLAP. La crisis, la emigración y los peligros afectan los gemidos, pero el oficio no se detiene

“Todo el efectivo de Caracas lo tenemos nosotras”. Paola, una trans de 25 años se enorgullece. Ni ella, ni sus compañeras en la avenida Libertador han dejado de recibir pagos con billetes, hasta los momentos. “Esos hombres hacen hasta lo imposible por traernos el dinero. También recibimos transferencias y aceptamos trueques con alimentos, ropa y cosméticos”, afirma la delgada morena que esconde, sin demasiado afán, su “instrumento”.

Empresarios, trabajadores de empresas públicas y privadas invierten hasta tres horas al día de su tiempo para hacer colas en los bancos y cajeros automáticos. El dinero de algunos llega, sin penas, a la principal plaza de prostitución de la capital, la avenida Libertador. Para las trabajadoras sexuales transexuales no es tan complicado acceder al papel moneda.

Paola cuenta que hasta el año pasado cobraba 80.000 bolívares. “Si los hombres acaban rápido, triste por ellos. Mi servicio es un polvo y ya. El otro servicio que ofrecemos aquí, en la Libertador, es el sexo oral, que es uno de los más solicitados por nuestra clientela. Por ese cobro 40.000 bolívares”, sostiene la “chica de apariencia”. Una de las más antiguas que aún ejerce en la Libertador. De acuerdo con su testimonio, se prostituye allí desde que tenía 10 años de edad. Y clientes no le faltan.

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“La Libertador la da. Para mí es rentable. En dos ocasiones dos maridos me han sacado de aquí y me han mantenido. Pero a los dos me los mataron. Uno era malandro y el otro era funcionario del Cicpc (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas). Mi pareja que era policía era muy celoso y me dio un tiro en la nalga. Ahora estoy soltera. En ocasiones algunos clientes se enamoran o se quieren poner malandros con nosotras y es allí cuando les demuestro que también tengo la fuerza de un hombre”, advierte Paola.

Antonella también recorre con su contoneo la avenida de dos niveles. Es adolescente, apenas suma 17 años. Maquillada y colorida, no niega que en el sector funciona una mafia que rige las operaciones. Pero no detalla. Lleva tres meses taconeando esas aceras, subiendo y bajando de vehículos, tocando genitales ajenos por dinero. Su inexperiencia, estar “nueva” en el negocio la abarata: sus servicios son más económicos y ella misma es más flexible en los trueques que negocia con sus clientes.

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“Mi servicio completo lo cobro en 30.000 bolívares –en diciembre de 2017– y por el oral cobro 15.000”, apunta. Su crítica, más que a las condiciones económicas y su efecto en el mercado, es hacia los policías. “Ellos son los malos con nosotras. Quieren robarnos, abusar de nosotras y humillarnos”. Su escote es apenas un asomo y su perfume impregna cada palabra, las que usa para describir el miedo que siente de apostarse cada día en los alrededores de Los Cedros. “Me siento apoyada por algunas de mis compañeras que entienden la situación que no entendieron mis padres. Siempre me sentí niña y tuve atracción por los hombres. Por eso es que me fui de mi casa y aquí soy quien siempre quise ser”.

Desahogo a cambio de CLAP

Las chicas trans que trabajan en la Libertador reciben pacas y pacas de billetes. Tantas, que optan por ocultarlos en escondrijos urbanos hasta que termine la jornada o “un amigo” las pase recogiendo. Ellas, que trabajan con poco más que una cartera pequeña, no tienen dónde guardarse tanto papel. Los espacios más oscuros ya están ocupados.

Las transferencias bancarias también son útiles, pero en la Venezuela del socialismo del siglo XXI el sexo no solo cuesta dinero. A veces hay pagos más valiosos: celulares, maquillajes –“una compra en Farmatodo, por ejemplo”– y alimentos. Incluso cajas de algún Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP).

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Paola, por ejemplo, asegura que entre sus clientes hay funcionarios de varios cuerpos de seguridad del Estado, de esos que reciben sus paquetes subsidiados directamente en los comandos. “Un cliente me quería pagar con dos kilos de harina de maíz y le pedí la caja completa”. Antonella es menos pretenciosa y se conforma con maquillaje Valmy o un par de kilos de cualquier alimento precocido. Otras intercambian sudores por alguna compra en locales de comida rápida, y aceptan “regalitos” comestibles. Revolcones por club house.

Uno de los principales defensores de derechos humanos de la comunidad LGBTI, y en especial de transexuales dedicadas al trabajo sexual, es Yonatan Matheus, director de la ONG Venezuela Diversa, refiere que la causa, además de la obvia de la crisis económica nacional, está en la exclusión. Ha recibido reportes de mujeres transexuales que no pueden optar a recibir cajas CLAP porque no cuentan con carnet de la patria, al que no pueden optar pues sus cédulas y demás documentos no se corresponden con su identidad de género. No existen para el Estado como mujeres, putas o no.

Andrés Campos es cliente de la Libertador. A sus 34 años de edad, recuerda que “probó” por primera vez hace más de una década. Él también ha visto el cambio en el negocio. “Comencé cuando era estudiante universitario y tuve carro y trabajo, entonces podía pagar. Al principio solo las buscaba para sexo oral, incluso mutuo, porque me dan mucho morbo. Además, era lo más barato y lo primero que ofrecen. Es rápido, en el carro, en alguna calle tranquila o hasta rodando para evitar problemas. Luego las comencé a llevar a hoteles”.

El abogado, “heterosexual pero con mis gustos” –activo, eso sí–, no le lleva la pista a la inflación, pero sabe que ahora “todo es más caro”, incluso “los pagos a la policía o a la guardia si por mala leche te pillan con una, aunque no estés haciendo nada. Ya tenerlas montada en el carro te pone en un aprieto”. Especialmente cuando no cargas efectivo. “Yo a ellas les pago por transferencia desde mi celular. Pero cuando te para ‘un paco’, ¿cómo lo sobornas así? Eso deja rastro y no les conviene”.

Diego Martínez lo acompaña en sus preferencias. “Me gustan las trans porque son mujeres que saben cómo hacerle las cosas a un hombre”, dice. En la Libertador ha alquilado a varias “aunque ahora la oferta es menos porque se han ido del país. Hay nuevas, que se vienen del interior del país como paso previo a emigrar también”.

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Con cierta facilidad para conseguir efectivo, por su trabajo como comerciante minorista, Martínez paga al contado y en billetes. “Pero a veces no es eso lo que quieren, sino que te dan la opción de buscar algo de comida. Hace no mucho le compré a una un sánduche en un local de Bellas Artes antes de dejarla cerca de la pensión donde vive. Fui su último servicio y ella no había comido nada. No teníamos confianza ni nada, pero en esta crisis todo el mundo entiende lo que pasa el otro”.

Sexo vespertino

Aún es temprano en la Libertador. El sol no ha terminado de caer y ya los cuerpos de estas mujeres “con regalo” –como se autocalifican algunas–bordean el cuadrante de mayor actividad, cerca de los cruces con las avenidas Las Acacias, Los Jabillos y Los Samanes. No hace falta que llegue la noche para que la lujuria asome sus fauces en carro y hasta en moto. Getzabel tiene 28 años y la suficiente experiencia para explicar cómo han cambiado los horarios de trabajo. Las “shemales” criollas también se resguardan ante la gran protagonista de la madrugada: la inseguridad. Por eso comienzan a laborar más temprano, sexo vespertino. Con la luna, la oferta disminuye considerablemente, y más en una zona donde los postes de luz ya no son antorchas.

Entonces, se resguardan en los hoteles de paso –varios en la misma zona de Plaza Venezuela– hasta el día siguiente, cobijadas por las cuatro paredes que comparten con compañeras de oficio, y financiadas por el dinero que logran recabar cada día –un día bueno puede sumar alrededor de 500 mil bolívares a 1 millón. Lugares convertidos en cuarteles generales de las transexuales de la Libertador y salón de belleza comunal donde acicalan sus cabellos, maquillajes, menjunjes y hasta curvas, porque las modificaciones corporales, en el peor de los casos, se hacen con biopolímeros y aceites inyectados de manera artesanal; un peligro.

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Cuando la calle afila demasiado sus colmillos, las opciones digitales pasan a ser relevantes en el mercado. Distintas.net y SexyCaracas.com siguen líderes en ese mercado, y hasta en franca competencia. Además, no pocas tienen cuentas de Twitter que usan para promocionarse, incluso con apoyo muy gráfico aprovechando que la red del pajarito no censura las palomas.

Pero las chicas que allí se muestran no están libradas de las extorsiones y amenazas de las mafias que hacen vida en la avenida Libertador, representadas por mujeres –o trans– conocidas en ese submundo como “madres”. El negocio es el mismo, y la vitrina de Caracas sigue siendo esa arteria.

Yonatan Matheus, activista con casi 10 años de experiencia en este campo, vive fuera del país desde mediados de 2016. Partió a otras fronteras al recibir amenazas de muerte que, asegura, provenían de una banda de crimen organizado que opera en la avenida Libertador de Caracas. Fue el resultado de apoyar una investigación concerniente el asesinato de dos trabajadoras sexuales trans, que condujo a la captura de varios sospechosos, involucrados en explotación de trabajadoras sexuales en el área. Algunos de ellos fueron liberados, y comenzaron las intimidaciones, según reporta la Fundación Reflejos de Venezuela.

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Desde el extranjero, sin embargo, Matheus aún recibe denuncias de las trabajadoras sexuales de la capital venezolana. “Hablar de explotación y comercio sexual de personas trans en Venezuela causa incomodidad a muchos, a quienes se lucran de las actividades ilícitas con las que se mantiene el negocio, y esto incluye a funcionarios, policías, micro distribuidores de droga y proxenetas, que son conocidas como las ‘madres’ en esa plaza de prostitución”, explica. El activista sostiene que a los clientes de las mujeres trans también les incomoda, pues en ello “encuentran una vía de escape a la doble vida que llevan por no aceptar su orientación sexual, porque muchos de estos clientes son hombres casados, con esposas, hijos y algunos son hasta funcionarios policiales”, precisa.

El director de Venezuela Diversa ha confirmado que las mujeres trans que han emigrado de Venezuela se han ido del país para buscar mejores condiciones de vida: “Producto de la situación de violencia y exclusión y crisis que hay en Venezuela, ya hay varias transexuales venezolanas que ejercen el trabajo sexual en Colombia, Perú, República Dominicana, Panamá. También hay grupos de chicas trans que emigran hacia Europa para tender puentes en Barcelona, España, Madrid, Italia y Alemania”.

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El mayor susto

La prostitución es un oficio de alto riesgo, y más en un país donde el acceso a tratamientos antirretrovirales es cada vez más estrecho. Matheus advierte que las mujeres trans, que antes tenían complicada la atención médica por su identidad de género, “ahora deben hacer lista de espera hasta para hacerse los exámenes de carga viral de VIH y los de seguimiento”.

Si están infectadas puede que no lo sepan, y aunque lo hagan “también padecen el déficit de medicamentos”, dice el activista. Confirma que algunas de sus conocidas han tenido que parar la medicación, aumentando el riesgo propio y de sus clientes. Una bomba de tiempo que distribuye la vulnerabilidad a partes iguales, una sábana a la vez.

Pero en la avenida Libertador el comercio de cuerpos sigue, a pesar de todos los peligros e incluso impulsados por ellos: la adrenalina corre. El consumo tampoco se detiene, a pesar de que la clientela merme. “Lo que antes era una escapada apenas, ahora es todo un lujo. Vuelvo a la Libertador menos que antes, porque no alcanza, pero siempre vuelvo”, cierra Campos.

*Todos los nombres, excepto el de Yonathan Matheus, fueron cambiados para proteger la identidad de los entrevistados