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Maracaibo: la ciudad donde las rutinas quedaron a oscuras

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Desde diciembre de 2017 la capital zuliana sufre de continuos apagones. El servicio eléctrico deficiente castiga a los habitantes, siendo el calor su arma preferida. En agosto la oscurana sumó horas, días enteros y aún no se recupera del todo. Entretanto, las gentes se han adaptado a la vida “unplugged”. La mentada de madre del momento se intercambia por soluciones temporales

La “choripanada” del fin de semana ya estaba “activa”. Carlos, veinteañero amante de las rumbas y las chicas, estaba despreocupado por la reconversión monetaria y la inflación que se exacerbó con los anuncios económicos de Nicolás Maduro no le iban a entorpecer sus planes de sábado por la noche. Unos dolaritos que tenía guardados por ahí eran la tabla de salvación.

Se conjuró con sus tres amigos de siempre, Roberto, Juan y Raúl. La comelona sería en la terraza de su casa, a un costado de la populosa avenida Delicias de Maracaibo. Sus panas pondrían los panes, las salsas y las verduras y Carlos buscaría los chorizos donde sea que los encontrara en plena desolación de las carnicerías tras los aumentos oficiales de sueldos –y de precios-.

Harían una “vaca” entre todos para la cerveza, las sangrías “que saben a vino” y un par de refrescos de dos litros. ¿Las papitas rayadas? Eran un lujo en un paquetico de 500 gramos por 160 bolívares soberanos que ninguno de los cuatro pensaba comprar.

Carlos, escandalizado, tuvo que llamar desde la calle a Juan:

–Marico, cada kilo cuesta 24 millones de bolos, “guón”.
–¿Qué te vieron, cara de Ricky Ricón, marico?
–Marico, pero es que no hay chorizo bueno ni barato en ningún otro lao’.
–Bueno, dale, qué más coño. Gracias a Dios que hay y que está abierto esa verga.

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Se gastaron en total un presupuesto cercano a los 1.500 bolívares soberanos, o 150 millones de bolívares fuertes. Carlos, con más ganas de beber que de vivir, les envió un mensaje de texto a sus panas y a las cinco amigas que habían invitado: “¡éjele! ¿Quihubo? Hey, bichos, véngase temprano, como a las 5, 6, porque hoy creo que me quitan la luz como a las 8”.

Su temor es el de todos en Maracaibo. En los restantes 20 municipios del estado Zulia, en realidad, desde el 23 de diciembre del año pasado, cuando una falla masiva dejó a oscuras a la región con mayor número de habitantes de Venezuela. Un apagón en Zulia es tan común hoy como el frío de Mérida. La pregunta no es si ocurrirá, sino cuándo y por cuánto tiempo. El corte eléctrico siempre llega a tiempo en el estado petrolero por excelencia de Venezuela, como el “I’ll be back” de Terminator en su primera cinta. A veces, viene cargado de esteoroides, reloaded, como Sammy Sosa, sus bíceps de mentira y su bate de corcho, y dura hasta 15 horas o más si una falla general ocurre o si la “iguana” de tu cuadra se cae sin remedio. Carlos se preocupó cuando sus “brothers” comenzaron a retrasarse. Pasadas las 6:00, se dijo confiado que Corpoelec se la iba a aplicar completica. El circuito eléctrico donde está ubicado su edificio, una zona norteña de la capital zuliana repleta de apartamentos, villas y comercios, es uno de los más perjudicados. Sabía, como si fuera un detective veterano, que en cualquier momento le iban a cortar la luz. Panas y chicas llegaron cerca de las 7:30 de la noche. “Nos toca subir por las escaleras, maricos. Si se va la luz y nos quedamos en el ascensor, nos sacará Mandrake El Mago”. Benito, el conserje, estaba de permiso.

Raúl y Roberto se emparejaron para subir la cava de cerveza negra, sudando como cochinos en domingo decembrino. Llegados al tercer piso, encendieron los carbones. La música puso a parir a la corneta bluetooth de Carlos con canciones de Ozuna, Nacho, J. Balvin y demás especies del cosmos reggaetonero. A las 9:00 de la noche, en plena ebullición etílica y cuando el hambre “era pareja”, llegó de golpe. Pum. A oscuras. Apagonazo.

“¡Coooñoooo e’ la maaaadre!”, gritaron, casi al unísono. Roberto murmuró un “mardición”. Solo el ardor de los carbones y el brillo del celular con tonadas urbanas iluminaban en la oscurana. Raúl sacó su teléfono con rapidez boltiana para alumbrar las brasas. Tenía 75% de batería. “Uffff, con esto podemos hacer tres parrillas más”, vociferó, ufano.

“Mala leche”, dijo el anfitrión. Sonrió otra vez. La rumba siguió en la penumbra. Las melodías siguieron reproduciéndose. Los bailes sensuales del grupo no se detuvieron. Cinco horas luego, la luz volvió. Tarde piaste, pajarito “corpoeléctrico”. Ya no había chorizos ni licor que iluminar.

Dante

El infierno tuvo sede en Maracaibo el viernes 10 de agosto. En la madrugada, justo a la medianoche entre jueves y el día siguiente, un apagón general dejó a oscuras por completo a la costa occidental del Lago y afectó también el servicio en otras comarcas del estado. Oscurana absoluta. Solo las luces de los pocos carros que circulaban a esas horas alumbraban precariamente la ciudad.

Los celulares comenzaron a zumbar. Los grupos de chat de WhatsApp estallaron. “No tengo luz… es apagón general”, escribían amigos y familiares desde las cuatro coordenadas de la ciudad y de San Francisco. Era la novena falla absoluta del servicio en Zulia, según recuento de la prensa independiente, como el diario La Verdad. apagones maracaibo 4 Los zulianos, entrenados como pocos en esas tareas propias de la oscurana, activaron sus protocolos para dormir a medias en un clima cuya humedad rozaba el 80%: abrieron sus ventanas; algunos corrieron a dormir en sus vehículos para contar con aire acondicionado y otros, más intrépidos, sacaron sus colchonetas hasta la calle para pernoctar en las aceras o se encaramaron con ellas en los techos de sus casas; algunos agitaron a rabiar sus abanicos. Se pensó que en cualquier momento se reactivaría el servicio, pero no. Fueron días terribles, no horas. Seis, en total. La mayoría de circuitos sufría racionamientos de 16 ó 20 horas al día. Otros sectores no contaron con luz en lo absoluto durante 70 ó 80 horas continuas.

Se pudrió todo tipo de comida refrigerada; los comercios permanecieron cerrados; los trabajadores de las pocas empresas que abrieron rendían a bajísimo nivel por las pocas horas de descanso; las bombas de gasolina no operaban y se llenaban de colas kilométricas; los bancos no dispensaban efectivo de ninguna manera; el transporte se desvaneció. Era Dante reescribiendo su obra maestra en la Tierra del Sol Amada.

Luis Motta Domínguez, ministro de Energía Eléctrica, y el gobernador Omar Prieto, atribuyeron el caos al “saboteo”. Ni se molestaron en mostrar fotos o evidencias del supuesto ataque.

Fuentes de Corpoelec confirmaron que la costa occidental del Lago se quedó sin electricidad tras quedar aislada del Sistema Interconectado Nacional. Ni un megavatio del Guri llegaba a la ciudad por el colapso de las únicas líneas funcionales al momento, de 400 y 230 megavatios. “Hubo una sobrecarga, no fue sabotaje nada”, indicaron. apagones maracaibo 3 El evento provocó un incendio en una de las tres líneas de 230 Kv que cruzan bajo el Puente sobre el Lago y que el gobierno reparaba en esos días. La corrección de esa vía de transmisión todavía es deuda. El ministro prometió que a finales de agosto estaría lista. “Nanai nanai” hasta el momento. Solo se reparó el cable que se reventó por la sobrecarga en Puntica de Piedra. Es una especie de soporte respiratorio del Guri, el único, para mantener con vida al servicio eléctrico de la costa occidental. Mientras, siguen los racionamientos diarios de hasta cinco horas por circuito y los bajones o subidones de voltaje en las zonas residenciales son eternos.

Nómadas de una misma ciudad

Marta prefirió sonreír a la vida que echarse a morir ante los apagones. Siempre tenía a mano el llavero de la casa de Mariu, una extrabajadora de Pdvsa que emigró a Estados Unidos huyendo de la crisis y quien le ofreció el cobijo de su propio hogar cuando fallase la luz en su circuito.

La residencia, ubicada en una villa, es cómoda, limpia, cuenta con dos aires acondicionados, tanque de 1.000 litros de agua con bomba hidráulica, cocina de gas, nevera y todo tipo de comodidades. Queda a unas 20 cuadras de distancia de su apartamento y, lo más importante, tenía luz cuando en el hogar de Marta no había ni riesgo de un corrientazo.

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Marta juega “a la casita” cada vez que falla la luz. Arronza con la maleta que tiene alistada en caso de emergencias con ropa para su hija, su esposo y ella misma; también carga con almuerzo o cena para todos. “Es como un picnic”, suele decirle a su pequeña. No quiere preocuparla. Ambas se lanzan sobre una colcha en el piso de la casa de su amiga rodeadas de juguetes y peluches. Prefiere hacerla sentir que todo es un juego.

Son solo unas horas, se dicen siempre para calmar las ansiedades. Marta y su pareja están pendientes de sus teléfonos celulares, a la espera del mensaje de texto de su suegra que les avisará que ya cuentan con servicio eléctrico en su propia casa. El bip del móvil confirma siempre la hora de partir. “¡Buenas noticias! ¡Llegó la luz!”. Marta es nómada forzada por el ritmo eléctrico y antojoso dentro de su propia ciudad.

Récord interrumpido

Sebastián, un chamo de clase media en sus años de bachillerato, estaba a punto de lograr un récord mayúsculo en su videojuego favorito de la Xbox 360. Eran las 11:45 de la noche del sábado cuando hizo ebullición la “guerra de clanes” en línea del Call of Duty: Ghosts –el más famoso juego de batallas simuladas de videoconsolas-.

No había quien ganara a su equipo en el modo Guerra a muerte. “Seba” era un sniper virtual de lujo. Ninguna cabeza enemiga parecía estar a salvo de él, a pesar de contar con una mediocre conexión de Internet. Años de experiencia tras un control le habían pulido en esas misiones de adivinar dónde poner el ojo y la bala no obstante la ralentización del juego (lag le llaman en ese universo). Sus compañeros, un mexicano, dos colombianos y tres estadounidenses, eran especialistas en combates cuerpo a cuerpo con otro tipo de armas. Eran el conjunto ideal. Solo faltaban tres victorias para lograr el hito que les daría recompensas únicas en aquellas guerras: personalización de sus uniformes, nuevas armas, coloridas miras telescópicas.

Les había tomado un par de días acercarse tanto al Santo Grial de los gamers de COD. Sebastián ubicó su soldado en una esquina boscosa en el mapa más gigantesco del juego, no bien había comenzado la partida. Los adversarios caían uno a uno con sus balas. Carcajeaba por su astucia. Sus amigos disfrutaban, corriendo por todo el lugar y cargándose de cadáveres al paso.

El zuliano, inmiscuido en la matanza y aislado del mundo exterior con sus audífonos de última generación, ni se recordaba del caos eléctrico de su ciudad mientras aniquilaba terroristas en la virtualidad de Sovereign, Whiteout, Stormfront y otros mapas de su videojuego. Algún mensaje enviaba a su equipo cuando, de repente, se hizo la nada.

Quedó a oscuras frente al televisor en la sala de su apartamento. Permaneció petrificado por segundos. Disparó, entonces, una grosería del tamaño de un tsunami –“¡jue’ la gran putaaa!”– antes de aventar su control contra el mueble. Un cojín lo amortiguó. Su paz, en cambio, no halló colchón ni comodín esa noche.

“Así es arrecho”

Nairín y Marcos llegaron al café ajetreados a las 3:15 de la tarde del lunes siguiente al apagón general. No contaban con servicio eléctrico en su casa desde hacía horas. Uno debía enviar con urgencia un reporte al correo electrónico de sus jefes y la otra simplemente decidió acompañar a su esposo para cambiar la rutina del calor por otra de aperitivos salados y marrones con mucha azúcar.

“Chica, ¿nos puedes ubicar en alguna mesa que tenga cerca un tomacorriente? Necesito cargar la laptop”, dijo Marcos, promotor de seguros de vida internacionales. Nairín, mientras, no dejó de chequear los chats de su celular. Se sentaron y ordenaron. El teclado de la computadora portátil crujía por la rapidez con que el hombre tecleaba. “Así es arrecho concentrarse”, decía sobre el bullicio de los demás comensales que, como ellos, corrieron a buscar refugio en aquel negocio con planta eléctrica. No tenía alternativa. Era el griterío en un sitio con electricidad o la nada en casa. El plan de emergencia del comercio era insuficiente para encender el aire acondicionado central. Bastaba solo para mantener operativa la cocina, también la administración, y encendidas las luces del local. Varios cafés, dos tequeños supersize y dos aguas minerales luego, Marcos pudo al fin enviar su informe utilizando el Internet compartido de su propio celular. Misión cumplida, se dijo, ya menos estresado. Nairín tuvo chance de ver en su móvil al menos dos capítulos de la serie española La Casa de Papel. “No me interesa si me cobran millones en la factura del teléfono, pero voy a gastarme todos los cobres que deba en tener datos disponibles en el celular para ver Netflix o chequear el Instagram”, le había advertido a su pareja días antes durante uno de esos racionamientos eternos. apagones maracaibo 1 Marcos quedó en shock cuando pidió la cuenta. “¿Veinticinco millones de bolívares por unos cafés, tequeños y dos aguas minerales? Muchacho, ¿qué rompimos?”, le preguntó al mesero entre jocosidad y seriedad. Sacaba su billetera cuando el mozo le advirtió que solo estaban aceptando transferencias bancarias. Nairín puso cara de pena. Había olvidado comentarle el detalle a su esposo cuando, minutos antes, se enteró mientras él estaba en el baño. “No pasa nada, mi amor”, le dijo, recordando las emergencias vividas en los hospitales durante los apagones, los seis kilos de carne podrida en la nevera de su madre o el estruendoso choque de tres carros que colisionaron por la falla de un semáforo en la más transitada avenida de Maracaibo.

Todo aquello era peor que perder unos minutos en una sesión bancaria online. Se llamó a capítulo. Ese, y no el suyo, era el caos auténticamente trágico en una ciudad de vidas y rutinas que, desde hace nueve meses, se apagan sin previo aviso ni remedio.