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Margot Benacerraf en su trono de sal

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08/03/2017
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FOTOGRAFÍAS: ANASTASIA CAMARGO | MAQUILLAJE: AMÉRICA VILLASANA

El peso de su apellido pudo haberla dejado apoltronada en las estancias familiares, pero desafió incluso al viento. Se alzó, en Cannes, con el muy laureado documental Araya como la cineasta pionera de la Nueva Ola Latinoamericana. De honda y emotiva, aquí una conversación con la fundadora de la Cinemateca Nacional, hoy en el Día Internacional de la Mujer

La niña Margot es introvertida, tanto que casi ni juega. Nació en Caracas el 14 de agosto en 1926. La niña Margot se la pasa sentadita, observando, contemplando. Lee mucho. Cuando la señorita Margot estudió filosofía y letras le llamaba mucho la atención la literatura de la española sor Juana Inés de la Cruz, de fray Luis de León, y dice que encontró que ese misticismo católico era el mismo que había en la religión del momento. La niña, bueno, la señorita Margot es muy mística. Sí, se graduó en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París.

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A la señora Margot le molesta la gente pretenciosa. La película Araya de la señora Margot tiene una magia: la belleza de la imagen, plano tras plano, se contrapone a la dureza corrosiva del trabajo arduo, infinito en los gestos de la sal. La señorita Margot, la señora, es curiosa, amante de todo, ama la vida. Nunca deja de escuchar las canciones de su gran amigo Vinícius de Moraes, que son muy hermosas; también le gusta la música barroca y el flamenco de verdad. Lee a Carlos Fuentes, a quien quiso muchísimo, y a Leonardo Padura que, como ella dice, es un escritor cubano muy interesante —y desde siempre, no porque este año se haya ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Los niños del paraíso de Marcel Carné fue la película reveladora, con la que supo que se podían hacer tantas cosas. Pero no se le sale de la mente esa rara de Kurosawa, Trono de sangre, que está basada en el clásico Macbeth de Shakespeare.

La señorita Margot se ha atrevido a todo. Es una rebelde, pero sin escándalos, muy refinada. Fue impresionante cuando en 1959 la premiaron en el Festival de Cannes por Araya, y siempre recalca que fue el Premio de la Crítica Internacional y el Premio de la Comisión Superior Técnica, ¡pero es que también tuvo menciones especiales en los festivales de Venecia, Locarno, Edimburgo y Moscú! Ella, que es tan coqueta, tan apasionada, que ayuda a todo el mundo, insiste en que no nació predestinada, que nadie nace predestinado para el cine. Pero Margot siempre ha sido la favorita. Esas pirámides de sal son suyas. Reverón también. Ella es como una faraona de la luz. No habría cine en Venezuela sin sus primeros pasos. La señorita Margot es la elegida.

Nombres y apellidos completos.

—¿Qué te los diga? Bueno, yo me llamo Margot Benacerraf, sin más nada. Tengo apellidos y nombres pero mi nombre es Margot Benacerraf.

Fecha y lugar de nacimiento.

—Ah, eso no. Ya no vuelvo a caer en ese error. (Risas). Soy mayor de edad.

¿Cómo fue la infancia de la niña Margot Benacerraf?

—Muy tranquila, en una Caracas muy colonial donde se iba a veranear a Los Chorros ¡Y aquello era lejísimo! O a Macuto. Se hacían maletas como se hacen hoy para ir a Europa. De resto, yo vivía en una casa muy agradable, muy linda de estilo colonial en el centro de Caracas.

¿Existe alguna anécdota de esa infancia que haga pensar en que siempre sintió pasión por el cine, por las imágenes?

—No. Y además siempre lo repito, eso que dice la gente que se nace predestinado para el cine, no es verdad. Yo primero estudié filosofía y letras, y escribía al mismo tiempo. Mi pasión siempre fue el teatro, y este, por una serie de circunstancias muy especiales, me llevó al cine. Yo escribía guiones y me gané un concurso para ir a estudiar teatro en EE.UU. Caí en un lugar donde también daban cine. Descubrí el séptimo arte —que reúne teatro más tantas cosas. Así que eso de predestinada, nunca. Y menos cuando las películas que yo veía aquí eran de vaqueros, los sábados por la tarde con mis hermanos. Así que cuando yo descubrí el cine de verdad-verdad, me quedé impresionada con lo que se podía hacer.

¿Cómo se traducen sus raíces judío-marroquíes en su manera de hacer cine?

—Los judío-marroquíes son esencialmente españoles, los sefarditas. Yo no creo que se puede sentir en mi manera de ver porque nunca viví en Marruecos. Nosotros somos ya la segunda generación en el país. Mi padre llegó muy, muy joven a Venezuela, exactamente a Carúpano, así que prácticamente somos muy venezolanos. No tuve ninguna experiencia marroquí. Mis padres eran muy venezolanos, estaban muy integrados a la sociedad.

¿Cuál es el viaje más extraordinario que ha hecho, el que haya fijado un antes y un después en su vida?

—El de México, porque ahí cambió totalmente mi visión venezolana porque ese es un país tan fuertemente americano que yo sentí una conmoción enorme. Sentí que era latinoamericana porque Venezuela no tiene esa fuerza de civilización que tiene México. Estuve tres meses en Pátzcuaro, trabajando con la Unesco.

¿Por qué desembarcó con todo un equipo de filmación sobre una tierra árida donde nada crecía?

—Ay, espérate, que me voy a pintar, que no me he pintado, si van a empezar a sacar fotos. Me arreglo un poquito y vuelvo.

—Primero te voy a decir que no era un equipo, éramos dos personas. Eso le sorprende a todo el mundo. Araya fue hecho con dos personas. Nosotros hicimos la imagen y el sonido. Me gustó trabajar así porque había una empatía muy grande con el camarógrafo, y aunque le pedía cosas muy difíciles, las hacía. El sonido lo grabábamos de noche: la música, las canciones, los ruidos. Así que no fue un equipo, primera aclaratoria. Y aunque un cineasta nunca está contento porque cree que pudo hacerlo mejor, conseguí ese dramatismo que yo quería con la foto de Giuseppe Nizolli en blanco y negro. Y esa tierra árida siempre me ha atraído mucho. Después yo iba a hacer una película, ¿y dónde crees que la iba a filmar? ¡¿En La Guajira?! Es que Araya, además de la aridez, tenía una luz, un misterio muy especiales. Yo fui buscando lugares para una historia, y como quería un lugar sobre el mar, llegué allá y me impresionó muchísimo, más que cualquier otra playa.

En Araya a veces uno se asombra ante tamaña belleza de paisaje y a veces un nudo aprieta la garganta. ¿Qué fue lo más duro que dijo la crítica entonces?

—Va a parecer muy vanidoso, pero todas las críticas fueron unánimemente halagadoras, entusiastas. Las de Cannes fueron absolutamente delirantes. Y, que yo sepa, no ha habido crítica, sino una dificultad al principio para entender la película, que no está encasillada porque siempre son de ficción o documentales, dramáticas o no dramáticas; pero Araya es una cosa muy especial: una narración bajo forma de poema de un lugar en el mundo, Araya, donde se da esa belleza y esa dureza de vida. Entonces yo trabajé con los actores —que no eran actores sino personajes de la vida real— en ese contraste. La clave de la película, para decírtela, es la niña que recoge los caracoles en medio de tanta dureza, tanta dificultad. Hay un sentido poético en esa niña que va y recoge caracoles, y tú no sabes, hasta lo último, para qué lo está haciendo. Crees que está jugando con el mar, pero es para adornar las tumbas de sus familiares que murieron todos, salineros o pescadores. Y como no hay flores, les levanta esas maravillas de tumbas como ofrenda. Eso te da el sentido de la gente de Araya, que en medio de tanta dificultad, eran muy dignos y tenían un sentido de la belleza, porque esas tumbas eran verdaderamente extraordinarias con caracoles, con ciriales. Era una forma de sobrevivir a tantas dificultades, ¿no?

¿Qué se propuso con su filme Reverón? ¿Acaso una mirada a ese hombre-pintor vuelto genio?

—Era exactamente lo opuesto a lo de Araya. Reverón está hecha, tratada, en círculos concéntricos; es decir, yo circunscribí a Reverón, lo rodeé —dicho así, perfectamente, sin la i del vulgo holgazán. Si tú estudias la película, está hecha toda en círculos hasta que llegas al corazón de la película que es Armando pintando su autorretrato. Y si Araya es la visión de un mural, en cambio a Reverón yo lo acosé.

Así como el castillo de Araya supuso una empresa titánica, ¿cuántas fatigas se necesitan para levantar una pasión por hacer cine?

—Cuando los jóvenes se acercan para decirme que quieren hacer cine, les digo que de verdad deben tener una pasión por el cine porque es muy difícil. Si haces una película bien armada, tienes por lo menos una preparación de guión muy lenta, muy profunda. Yo, por ejemplo, investigaba muchísimo antes de escribir. Y ahí no hay dificultades, porque cuando tú estás entusiasmado, puedes hacer los esfuerzos más increíbles; y no importa, no los sientes porque es tan extraordinario el poder del cine que no te fatigas. Pero es una gran fatiga desde el primer momento hasta el último. Hay que contar, entre una cosa y otra, que una película normal —entre investigación, filmación y posproducción— puede llevarse dos o tres años, y en nuestras circunstancias, más difícil aún.

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¿Cómo nació su amistad con Picasso?

—Mi amistad con Picasso era excepcionalmente tierna porque no era un hombre tierno, era más bien un hombre muy seco, pero yo era una muchachita muy joven. Acababa de hacer la película Reverón, él la vio, le gustó mucho. Tenía una actitud protectora conmigo. Yo era verdaderamente una niña. Entonces me quedé muchos meses allá filmando con él las cosas que se le ocurrían. Fue una amistad muy linda y muy enriquecedora. Pero nadie lo puede creer porque él era un hombre muy rudo, muy fuerte. Así como tenía esos ojos penetrantes, él era una fuerza de la naturaleza.

Hoy como ayer, el sol y el mar no han dejado de hacer sal. Hoy como ayer, ¿Margot Benacerraf seguirá haciendo cine?

—Bueno, ya la edad no me lo permite. Sigo pensando en cine, amando el cine. Caramba, cuánto daría por tener unos años menos. Pero se necesita mucha fuerza física para hacer cine, y yo tengo una salud un poco irregular. Y más para filmar en estas condiciones, porque tú no estás aquí sentado como en Hollywood diciéndole a la asistente “Haga esto, haga aquello”. Además, yo hice cine de autor. Claro, sigo haciendo cine bajo otra forma: escribo, me mantengo en contacto con todos los grupos de cine, tengo una fundación que se llama Fundación Margot Benacerraf, dedicada al cine, al conocimiento, a la difusión y a la investigación del cine. Así que yo creo que desde que descubrí el cine en 1949 hasta el día de hoy, no ha habido un solo día en que yo haya dejado de pensar o hacer cine.