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Matrimonios jóvenes: más allá del te amo

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10/12/2017
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PORTADA: GABRIELA ROJAS

Casarse rápido. Casarse para irse. Casarse para tener un apoyo emocional. Casarse para tener certeza de algo en medio de tanta turbulencia, un contexto casi imposible y un país que te golpea. Las historias rosa de cuentos de hadas comparten altar con las meramente instrumentales, y hacen frente a la posibilidad del fracaso temprano impulsado por la inmadurez y la “corredera”

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Arnaldo ya casi se siente porteño. Algunos coloquialismos salpican su lenguaje. Y su acento, de vez en cuando, cambia la musicalidad caraqueña por el tango. Tiene casi cuatro años en Argentina, adonde llegó junto a una esposa que hoy es su ex. “Nos conocimos en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), en el primer semestre de Psicología. Yo tendría como 20 años y ella, 19. Empezamos a salir de inmediato y a los meses ya éramos novios. Hicimos click. La relación era muy satisfactoria. Y, desde que nos visualizamos a largo plazo juntos, tuvimos claro algo: teníamos que migrar. Porque queríamos comprar casa, mayor independencia, construir algo… cosas normales, pues. Que no se podían lograr en un país anormal, como Venezuela”, dice Arnaldo.

El color rosa del noviazgo adquirió matices muy serios “quizá demasiado rápido”: más que embeberse en las pupilas dilatadas uno del otro cuando se veían, planificaban un futuro sin darse tiempo para equivocarse. En 2013 se casaron y en 2014 partieron para Argentina.

Arnaldo, que aunque poco tradicional y nada amigo de las convenciones cedió al matrimonio para convencer a la conservadora familia de su pareja, veía el futuro con ingenuo optimismo. Quería llegar a la capital del libro en América para estudiar lo que verdaderamente le apasiona: Letras. Se imaginó trabajando, estudiando y haciendo el amor en el país que parió al autor del idilio entre Horacio y la Maga. Su esposa, mientras tanto, se visualizó terminando la tesis que tenía pendiente para obtener su licenciatura y yendo al teatro cada semana. El matrimonio, cuando es más ilusión que realidad, es una apuesta peligrosa.

cita5El de Arnaldo y su esposa no fue el único matrimonio entre un chamo de 23 años y una chama de 22. Muchos de sus compañeros de generación caminaban hacia las nupcias con sorprendente seguridad. En Caracas, por ejemplo, cada fin de semana los casorios se esparcen por sus iglesias y, durante los días hábiles, los registros están en una constante actividad nupcial: casarse para irse, casarse por papeles, casarse para tener un apoyo emocional.

Las últimas estadísticas que difundió el Instituto Nacional de Estadística (INE) corresponden al 2012. Ese año se casaron un total de 64.161 mujeres menores de 29 años versus 37.916 de más de 30 años. Mientras que en el caso de los hombres, se casaron 51.358 menores de 29 años versus 50.719 mayores de 30. Aunque la tendencia a casarse joven era más palpable en las mujeres que en los hombres, cabe aclarar que en ambos casos entre los 20 y los 29 años fue el rango de edad en el que se registraron la mayoría de las nupcias. Del año 2002 (73.163 bodas) hasta el 2012 (102.077 casamientos) se evidenció algo que, aunque no hay estadísticas confiables actualizadas, no parece haber cambiado en el presente: cada vez se producían más matrimonios en Venezuela y, además, entre personas cada vez más jóvenes.

“Aparentemente se ha producido ese aumento no solo en matrimonios sino en uniones que no son formalmente legalizadas. Las razones principales de ese fenómeno podrían estar en la necesidad de crear una familia que proporcione seguridad, tanto afectiva como económica. La inestabilidad social y política suele generar montones de ansiedad que necesitan reducirse mediante la formación de vínculos gratificantes y creo que tal debe ser el caso de lo que ocurre con estas nuevas parejas”, teoriza César Landaeta, famoso psicólogo autor de varios libros, entre los que destaca Al infierno se va en pareja.

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El caso es que Arnaldo y su esposa pasaron del Valle de balas de Desorden Público a la Ciudad mágica de Tan Biónica, donde esperaban encontrar la paz para vivir. Y, en cierta forma, lo hicieron. Solo que no juntos.

“Cuando llegamos, estuvimos un mes en un cuarto matrimonial en un hotel. Como para establecernos y conocer. Después de una semana que agarramos como para turistear, empezamos a buscar trabajo. Como todavía no teníamos los papeles, solo podíamos aspirar a empleos en el sector de servicio. Después de un mes, mi ex consiguió en un bar, como camarera; y yo conseguí en otro bar. Pero los bares no quedaban cerca entre sí. Y ambos trabajábamos hasta la madrugada: llegábamos a casa, dependiendo del día, entre la una y las seis de la mañana. De paso, yo empecé a estudiar en las mañanas. Nos veíamos poco. Luego de unos seis meses, me puse a buscar y encontré un trabajo mejor en una empresa. Ella continuó en el bar. Un par de meses luego, nos separamos”, dice Arnaldo. No suena orgulloso, ni melancólico. Quizá apenado. Prefiere no ahondar en los detalles que los llevaron a tomar rumbos distintos: habla del poco tiempo que compartían, de que él se adaptó mejor al cambio, de que la visión de ambos de repente no coincidía, de celos y asoma la posibilidad de alguna infidelidad. Pero todo lo resume con una breve oración: “No estábamos listos para el matrimonio”.

Solos contra el mundo

“Una tendencia indeseable en la sociedad venezolana ha sido la de ‘acelerar´ a los niños para que se conviertan en adolescente tempranamente y luego empujarlos hacia una adultez para la que no están listos. Esto sin duda ha sido un factor constante en los últimos años y a un nivel preocupante. Desde luego, la duradera crisis a que se ha visto sometida la población determina que muchos padres quieran unos hijos menos dependientes de ellos. Si para ello es necesaria una ‘aceleración’ de las edades, pues no se lo piensan demasiado y así vemos salir a la calle a jovencitos poco elaborados que ven en el sexo o la vida en pareja un refugio a sus malestares de soledad”, comenta César Landaeta.

Una idea similar se desarrolla en el libro La belleza propia: arte, adolescencia e identidad, escrito por varios psicólogos de la UCAB. En uno de sus capítulos, Manuel Llorens se refiere a la adolescencia como la época del coqueteo, un periodo en el que se puede flirtear con diversas opciones de vida sin comprometerse con ninguna. Una época que en la Venezuela actual cada vez se ve más violentada: se les exige a los jóvenes tomar decisiones muy importantes muy rápido. Como migrar, como casarse.

Así, hay historias de chamos que contraen nupcias solo para conseguir el pasaporte europeo, que deciden acelerar la experiencia de vivir en pareja porque piensan que al migrar es mejor estar con alguien que estar solos, y hasta casos telenovelescos como el de un muchacho que en Miami se casó con la ex de su hermano para lograr quedarse en Estados Unidos. Como incentivo, le pagó a la mujer una operación de aumento de busto. La anécdota la publicó El venezolano news.

Explica Landaeta: “Ciertamente hay una influencia decisiva de la condición estresada en que vive la población venezolana desde hace unos cuantos años. La familia ha sido la institución más impactada por la incertidumbre y el sobresalto social. El temor a un futuro poco promisorio, a la inseguridad pública y a la debacle económica ha hecho emigrar a un inmenso grupo de jóvenes, con lo cual el grupo familiar que se había mantenido como referencia psicológica ha perdido su poder integrador. Casarse tal vez se haya convertido en el único medio para preservar la esperanza de un cambio favorable”.

cita2En el caso de Alejandra, su boda no se produjo. Se canceló justo antes de pararse frente al sacerdote. Un matrimonio rápido en una pareja que lucía consolidada hizo aguas cuando las diferencias surgieron sin remedio, y no hubo la madurez ni la firmeza para afrontar y corregir los fallos. “No supimos cómo hacerlo”, explica ahora. A él le surgieron muchos miedos de cómo sobrellevar las diferencias una vez enlazados. A ella le cansó, rápidamente, tanta inseguridad.

Pero Amanda y Oldaniel sí se casaron, ante todo, por amor. Ella, que a los 25 años ya venía sintiendo la necesidad de “enseriarse”, dejó a un novio al que no quería, con quien no se veía a futuro y a quien montaba cachos con frecuencia, para centrarse en su planificación de vida. El primer paso era migrar de Venezuela. Su mejor amiga tenía dos años en Perú y le habló maravillas del país. Tras un largo papeleo y mientras le ponía fecha al viaje para un año más adelante (2016), conoció a Oldaniel. O sea, conoció el amor.

“Es la primera vez que me sentí amada de verdad, que sentí que encajé con alguien. Conversamos y queríamos lo mismo para nuestro futuro. Pero él no quería irse del país. Yo le dije: ‘mira, yo me voy en tal fecha. Si tú quieres, te vienes conmigo. Y si no… bueno, si de verdad somos el uno para el otro, nos volveremos a encontrar’. Él se entristeció un poco. Su familia tampoco quería que se fuera del país: son muy unidos. Pero, al tiempo, con la situación de Venezuela empeorando y nosotros uniéndonos más, Oldaniel como que se fue animando. Me pidió matrimonio, nos casamos cómo siempre soñé y nos mudamos a Lima”, cuenta Amanda.

Allá, aunque difícil, el matrimonio ha sido una experiencia satisfactoria. “Ambos estamos claros de que aquí solo nos tenemos el uno al otro. Eso ha fortalecido nuestra relación”. Sobre todo, frente a algunos casos de xenofobia que a Oldaniel le han exacerbado la nostalgia. Como que lo hayan tratado con desprecio en sus trabajos, que no lo hayan querido atender en una tienda por ser venezolano o que lo acusen de estar invadiendo Perú. “Pero tomamos la mejor decisión al venirnos –insiste su esposa–, acá hemos accedido a muchas oportunidades que antes no teníamos: como alquilar un apartamento solo para nosotros”.

Amanda, ahora, tiene pocas dudas en su vida: sí, están –ambos– logrando lo que quieren. Sí, se hubiesen casado así no les hubiese tocado migrar. Y no, no se casaron por comodidad: lo hicieron por amor.

Los que se quedan

“Lamentablemente, la medida para dar ese paso trascendental siempre ha sido un ‘yo te amo’, dicho más con el estómago que con la cabeza. Mi experiencia en el asesoramiento de parejas me ha enseñado que la mejor preparación se da cuando el puente cerebro pensamiento y emociones controladas está bien estructurado y hay una visión compartida de que todo no es romance e ilusiones, sin un piso de realismo bien afincado. Si hay bases sólidas, fortaleza anímica y ganas de hacer las cosas bien… ¡cásense! Si no, mejor esperar una mejor ocasión”, opina Landaeta.

Y Gerardo, de 24 años, probablemente esté de acuerdo. Su novia tiene 23. Ambos, que se acaban de graduar de Medicina en la UCV, llevan seis años de noviazgo. Y desde hace dos viven en casa de los padres de Gerardo. Intercambiarán alianzas antes de que acabe el 2017. ¿La razón? “Porque ambos queremos formalizar e independizarnos como pareja. En líneas generales, no hay motivos para no hacerlo: la relación va bien, nos estamos graduando, tenemos dónde vivir y nos amamos. Mi familia se casa joven, así que para mí es lo normal: mis padres tienen 30 años juntos”, explica.

Gerardo no ve tan viable irse del país pronto. En Venezuela, mal que bien, pueden vivir en un apartamento, que hasta ahora está desocupado, de su familia; tienen posibilidades laborales, e ingresos suficientes para vivir solos de forma decente. Él atiende en una clínica de medicina alternativa y cree que con su salario es suficiente para que ambos se mantengan; pero además, dice, contarían con los ingresos que ella produzca en cualquier trabajo que consiga. “El plan es trabajar y probablemente irnos del país. De no irnos, disfrutar en esta mierda y en unos cinco años tener hijos”, visualiza.

cita1En 2012, de nuevo el último año con estadísticas publicadas por el INE, se produjeron en el país 30.660 divorcios. En ese momento, la cifra fue la más alta de los últimos cuatro años. Y, según publicó Globovisión dos años luego, el promedio de separaciones iba en aumento. De hecho, el 50% de las parejas se divorciaba en los primeros cinco años de matrimonio. Lo que es lo mismo que decir que casarse es como lanzar una moneda: o se ve la cara del éxito o se recibe el golpe del sello de la derrota. Hay igual cantidad de probabilidades estadísticas de que salga uno u otro lado.

“El matrimonio, en general, implica una dosis de riesgo y algunas ventajas. Cuando hablamos de personas menores de 25 años, las probabilidades de inestabilidad aumentan y disminuyen las ventajas. Los riesgos de infidelidad, por ejemplo, son mayores en parejas muy jóvenes. Que alguien de 22 o 23 años se plantee que (por ley) debe permanecer totalmente alejado de tentaciones externas durante el resto de su vida, demanda de una madurez emocional extraordinaria y, a mi forma de ver, esa no es una característica extendida en la población mundial”, argumenta Landaeta.

Pero a Gerardo, que ni es celoso ni ha sido infiel, no le preocupa mucho ese tema dentro de su relación. Confía en su prometida y en él mismo. Son acaso una de las pocas parejas que, por tradición y convicción, se hubiesen casado así Venezuela estuviese en época de vacas gordas. Su caso rompe el lugar común: ambos siempre quisieron casarse jóvenes, en la Venezuela de la crisis tienen algunas posibilidades de establecerse, no se preocupan más de la cuenta por dinero y le recuerdan al drama –que ha adquirido protagonismo en los últimos meses– que hasta en las épocas más oscuras es posible plantearse escribir una historia de amor con la parsimonia que demanda la verdadera felicidad conyugal.

 

*La mayoría de los nombres fueron cambiados por solicitud de las personas entrevistadas.